Iglesia al día

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Tiempo de la Creación

La Iglesia en los medios Daniel Sturla: “El Papa ha acercado el mensaje de Cristo a la gente, el gran drama de la Iglesia en este momento”

ESPECTADOR.COM | Programa EN PERSPECTIVA

ARZOBISPO DESIGNADO

El papa Francisco designó a monseñor Daniel Sturla como nuevo arzobispo de Montevideo. Sustituirá a Nicolás Cotugno el mes que viene y se espera que continúe con la línea renovadora que ha caracterizado al Papa argentino a poco de cumplirse un año de su asunción. Sturla dijo a En Perspectiva que “el Señor lo eligió a él” con sus “límites” y “capacidades”, y agregó: “trataré de ser yo mismo y de querer mucho a toda la gente de Montevideo”. También aseguró que “el gran drama de la Iglesa en este momento” es la cercanía con la gente, pero que el papa Francisco ha logrado acercar “el mensaje de Cristo”. Con respecto a la aprobación del matrimonio igualitario y la despenalización del aborto, Sturla mantuvo su desacuerdo, pero considera que “hay que evangelizar a partir de esta realidad”.

 

(emitido a las 8.49 hs.)

EMILIANO COTELO:
Aquellos que el martes pasado a las 9 de la mañana de Uruguay estuvieran leyendoL’Osservatore Romano, el vocero oficial del Vaticano, se enteraron de primera mano de una información que involucraba directamente a nuestro país: el papa Francisco había nombrado como nuevo arzobispo de Montevideo a monseñor Daniel Sturla, que hasta ahora se desempeñaba como obispo auxiliar en la capital.

Aunque su nombre se había manejado en los últimos meses, la designación efectiva de Sturla como sucesor de Nicolás Cotugno no dejó de sorprender, ya que otros “candidatos” en principio aparecían como favoritos en esa especie de apuestas, especulaciones que siempre ocurren en estos casos.

Salesiano y de 54 años, Sturla asumirá funciones el próximo 9 de marzo y ya hay quienes trazan un paralelismo entre su designación al frente de la diócesis más importante del país y la renovación que Francisco viene impulsando desde el Vaticano.

Para conversar sobre los desafíos que implica la responsabilidad que le fue encomendada y cómo piensa llevarla a cabo, recibimos a monseñor Daniel Sturla.

La noticia oficial de su nombramiento se conoció el martes de mañana. Supongo que usted estaba enterado antes, ¿cuánto tiempo antes?

DANIEL STURLA:
Una semana antes me llamó el nuncio apostólico para darme la noticia, y también uno tiene que aceptar el nombramiento. Después de ahí entran a correr una serie de trámites hasta que se fija la fecha en que se va a publicar. Así que una semana antes ya lo sabía.

EC – Notable la reserva que se logró mantener, porque la noticia recién empezó a circular el lunes por la noche, por la vía de trascendidos.

DS – ¡Funcionó bien eso que se llama el “secreto pontificio”, que detiene las lenguas bajo penas! (Risas.)

EC – ¿Qué contestó cuando recibió la novedad? Recién decía “me correspondía aceptar”.

DS – Yo fui a la nunciatura y allí me dieron la noticia.

EC – ¿Tuvo que dar la respuesta en ese mismo momento?

DS – Sí. Sinceramente, no sé cómo es en otros casos, pero yo en ese momento di la respuesta porque… ayer el evangelio decía justamente que hay que ser hombre de sí y de no, del sí-sí, no-no del Evangelio, que se dice a veces. Entonces yo entendía que tenía que aceptar, así que le dije al señor nuncio que sí aceptaba. Pero le dije aquellas cosas en las cuales me veía un poco sorprendido y algunos límites que él ya sabía, porque ya los había hablado con él cuando mi nombramiento como obispo auxiliar de Montevideo. Pero bien, el nuncio me dijo: “Todo eso ha sido tenido en cuenta y el Papa lo ha elegido a usted”. Entonces dije: “Ya acepté, espero poder servir a la Iglesia”.

EC – ¿Qué detalles lo preocupaban?

DS – (Se ríe.)

ROSARIO CASTELLANOS:
Me muero por saberlos, me dejó muy intrigada.

DS – Uno, el ser joven, digamos así, el ser salesiano, soy el tercer arzobispo salesiano…

EC – Tres salesianos consecutivamente han sido arzobispos de Montevideo.

DS – … y después límites más personales, que eso queda más en reserva. (Se ríe.)

RC – ¿Por qué el ser joven suponía para usted un desafío mayor? Al contrario, ¿no está pleno de fuerza para asumir una responsabilidad mayor a esa edad?

DS – Sí, es posible. Lo que pasa es que estas responsabilidades se asumen casi sin término hasta los 75 años. Por más que uno no sabe cuánto puede vivir, supone, si Dios me da vida, que voy a ser 21 años arzobispo de Montevideo.

EC – Esa era una de las preguntas que pensaba hacerle.

DS – (Se ríe.) Eso es un peso medio pesado pensar así, pero no solo para mí, sino para los otros, que dicen: “¡Uy, 20 años! Si funciona, fenómeno, pero ¿y si no…?”.

EC – Justamente, la edad, 54 años, joven en términos relativos para este cargo. ¿Puede interpretarse como que el Papa al nombrarlo quiere un rumbo firme, que pueda perdurar? ¿Cabe hacer esa lectura?

DS – Creo que cabe hacer esa afirmación. Obviamente, las intenciones del Papa no las conozco, sé que me ha elegido y habrá tenido en cuenta los informes que el nuncio apostólico le ha presentado junto con los de otros candidatos. El Papa optó por mi nombre, pero entiendo que también había otras personas que reunían tantas o más condiciones que yo. Ahí está la subjetividad de las elecciones.

EC – Ya hace casi dos semanas que se enteró, ha tenido tiempo de procesar semejante cambio en su vida. Ahora, con esa distancia, ¿cuál es su estado de ánimo?

DS – Creo que Dios acompaña la vida de las personas. Entonces he vivido este tiempo, por diferentes circunstancias de mi vida, con mucha paz…

EC – ¿Qué tiempo?

DS – Estos últimos meses en que se estaba procesando todo el tema de la elección, de quién era, de quién no era, y de qué pasaba y qué no pasaba. Y cuando el nuncio me señaló que el Papa me había elegido también lo viví con mucha paz interior. El día antes de que se publicara el nombramiento (se ríe), ahí como que me vino un poco el susto y todo lo que se venía encima, etcétera, pero el día mismo, el 11 de febrero –día de la Virgen de Lourdes, como para estar mal ese día–, me volvió la paz. Esa es la sensación básica.

Obviamente, un poco de susto hay, porque la responsabilidad es grande, pero ahí entra la confianza en el Señor. En toda la vida cristiana, pero cuando uno emprende el camino de la vida religiosa, sacerdotal, el centro de la vida de uno tiene que ver con la relación con Dios y la confianza en que él actúa, no es espectador, aquella historia del relojero que pone en funcionamiento el reloj y después mira a ver si se rompe o no se rompe. Nosotros los cristianos creemos que Dios realmente está presente en el día a día de nuestra vida.

EC – Hablemos de sus antecedentes, de su vocación, de su inmersión en el sacerdocio. Vamos a tratar de conocer un poco más de cerca de quien hoy termina como arzobispo de Montevideo.

Cuando usted decidió ser sacerdote estaba en segundo año de Facultad de Derecho y, al mismo tiempo, cursaba segundo año de profesorado de Historia en el IPA. ¿Por qué cambió de rumbo?

DS – En realidad, como todas las cosas, fue un proceso medio largo. Yo había recibido una llamada expresa, me habían propuesto la vocación sacerdotal cuando estaba en quinto de liceo. Ahí mi primera reacción fue “uh, me están llamando, qué bueno”, porque si alguien llama a otro para ser de la propia familia, quiere decir que lo aprecia, que lo quiere. Fue el padre Félix Irureta en el Juan XXIII. Y le respondí que no, que mi proyecto era formar una familia, que tenía otros proyectos de vida. Pero la inquietud me quedó adentro, en los años sucesivos más de una vez dije: ¿qué hago con esta inquietud que no se me termina de ir?…

EC – Eran años complicados en su familia, usted acababa de perder a sus padres con una diferencia de un par de años entre un caso y el otro.

DS – De tres años, sí. En ese caso (se ríe) éramos una familia medio atípica, porque nos quedamos los cinco hermanos, yo soy el menor, pero muy seguidos, los cinco viviendo en casa, nos organizábamos nosotros, los mayores trabajaban… En casa no había plata. Tuvimos unos tíos y sobre todo unas tías excepcionales que nos ayudaron muchísimo…

EC – Fue un contexto francamente inusual y duro el que pautó esos años, de los 16 a los 20 años cuando termina tomando esta decisión.

DS – Sí, pero son cosas que miro ahora de lejos y digo: ¿cómo hicimos? No sé, porque al mismo tiempo vivimos muy felices. Pienso en mis años de liceo y en mis años de Juan XXIII y me encuentro todavía con mis amigos y compañeros y compañeras del Juan XXIII y creo que era muy feliz (se ríe), aun cuando tuvimos esos dos golpazos enormes. Pero no sé si era el contexto, la familia, la cohesión que logramos entre los hermanos o qué… o mucho apoyo.

RC – ¿Era una familia de católicos practicantes?

DS – Sí. Mi padre era un católico muy fervoroso desde joven, había estado en la Acción Católica, y al mismo tiempo había sido militante político de joven. Mi madre no, mi madre venía de una vertiente más de madre católica y de padre batllista, anticlerical, muy fuerte. Mi madre no era católica hasta que, al ennoviarse con mi padre descubre la fe y se hace también católica, participa en la Asociación de Estudiantes Católicos de la época, que era muy fuerte. Entonces era una familia católica, con un padre más piadoso o más convencido, y una madre más intelectual, más inquieta, más cuestionadora incluso de las cuestiones de fe. Al revés de lo que pasa en general en las familias uruguayas católicas, que la madre es la más “de iglesia”, en general son las mujeres las más religiosas. En mi caso fue al revés.

EC – Usted acababa de perder a esos dos padres cuando le hicieron por primera y única vez el planteo que en principio descartó pero siguió pensando.

DS – Exacto. Mientras tanto yo seguía mi vida normal de joven de la época hasta que, cuando estaba en primero de Facultad de Derecho y de profesorado de Historia, dije “esta inquietud me la tengo que sacar”. Ahí comencé un camino, que consistió en hacer un acompañamiento espiritual, en dar catequesis en un colegio, en la escuela primaria que funcionaba en Talleres Don Bosco. En ese año me decidí, al principio con mucha fuerza, y después vinieron las dudas, como siempre, pero seguí adelante.

EC – Sus amigos no se sorprendieron demasiado. Dicen que usted mostró desde siempre una “vocación de servicio” muy fuerte. Uno de ellos me dijo: “No era un ‘comesantos’, era un tipo completamente normal, pero siempre se involucraba en actividades solidarias, por ejemplo con los Castores, jornadas de visita y ayuda al cotolengo, en el colegio era animador, en los campamentos cumplía funciones de líder…”.

DS – Sí… En segundo de liceo en el San Juan Bautista -el colegio adonde iba- comenzó a funcionar un grupo que está muy vinculado a los jesuitas, al Seminario, que es ese grupo de Castores. Eso marcó muchísimo mi vida también, porque además de todo lo que era el ambiente de liceo, que nos divertíamos muchísimo, además de estudiar y todo lo demás, pero fue una época muy divertida…

RC – Jugando al fútbol, por ejemplo. Y le fue muy bien.

DS – Siempre fui patadura, pero seguí jugando al fútbol cuando mis amigos dejaron de jugar. Como yo estaba en la congregación, en los colegios y con los jóvenes, cuando mis amigos dejaron de jugar al fútbol yo seguí jugando, entonces al final el patadura de veterano terminó jugando un poquito mejor. Pero ahí en Castores fue una experiencia linda por todo ese contacto con una realidad que era muy distinta de la realidad que yo vivía: Cotolengo Don Orione, Hospital de Niños Pedro Visca, y después también en una cooperativa de viviendas, íbamos los domingos a cargar ladrillos, a hacer la planchada. Era una cooperativa de empleados de AFE.

EC – Obviamente usted no era el único que participaba en esas actividades, pero cuentan los que lo conocían en esa época que usted se involucraba mucho, que se destacaba en ese tipo de frentes.

DS – Puede ser. (Se ríe.) Pero sí, con ganas, esos fueron los años primeros del liceo, después ya cuando entré a Juan XXIII dejé Castores. Ahí hubo varios motivos, entre otros porque en mi casa en esa época no es que me acompañaran mucho en que fuera de Castores, porque eran años difíciles, porque hubo un problema vinculado a la comunidad jesuita en esos años, había caído la policía y qué sé yo, entonces había un temor a lo que me pudiera pasar. Y mi madre me dijo: “Por favor, dejá Castores”. Y justo fue cuando se enfermó, entonces dije: voy a dejar Castores. Ese fue el motivo.

EC – Desde que decidió que iba a ser sacerdote ha servido en distintas instituciones y responsabilidades: trabajó en los inicios del Movimiento Tacurú, en los Talleres Don Bosco, donde fue consejero de estudios, en el instituto preuniversitario Juan XXIII (donde fue director), en la Facultad de Teología Monseñor Mariano Soler (como docente de Historia de la Iglesia en Uruguay), fue inspector salesiano para el Uruguay, y últimamente obispo auxiliar de Montevideo. ¿Cuál de esas actividades le trajo más alegría?

DS – Entiendo que los seis años de director en Juan XXIII fueron muy lindos porque además estuvieron muy unidos a una tarea social que desarrollábamos con los exalumnos en distintos barrios de Montevideo. O sea que se complementaba muy bien el trabajo en colegio, el trabajar con chicos muy buenos, que además unos cuantos eran hijos de antiguos compañeros míos, entonces me sentía muy padre de esos chicos que estaban en esa época en el Juan XXIII. Y al mismo tiempo los fines de semana íbamos a distintos barrios de Montevideo donde el Juan XXIII se atiende una experiencia que es muy sencilla pero muy significativa, que son los oratorios festivos, entonces en el kilómetro 21 y en el kilómetro 16 de camino Maldonado, en el mismo Juan XXIII para la zona más carenciada que está ahí cerca del Cordón, y en Aires Puros, donde ahora, con ayuda de exalumnos del Juan XXIII, pudimos hacer una casa donde funciona un centro de apoyo escolar, club del niño, y ahora también de apoyo liceal, también con un convenio con INAU, que queda en Propios al lado de la cancha de La Luz. Entonces fue una época muy bonita también porque tenía varias puntas muy lindas de trabajo pastoral.

EC – Ustedes eran cinco hermanos, dos varones, el mayor y el menor de todos, usted, y en el medio tres mujeres. Su hermano mayor, Héctor Martín Sturla, fue abogado y diputado por el Partido Nacional, tuvo una gestión parlamentaria muy destacada en los dos primeros Gobiernos después de la dictadura, hasta que falleció en 1991. Tal vez por ese motivo a usted se lo suele calificar como blanco y wilsonista. ¿Es así?

DS – (Se ríe.) Yo tuve clarísimo cuando el 10 de setiembre del año 78, plena dictadura y yo estaba con el planteo vocacional, era fecha de Aparicio Saravia. Fui al monumento de Aparicio Saravia, porque había un acto en un momento muy delicado para el Uruguay, acababa de ser la muerte de Cecilia Heber, los vinos envenenados, había mucha represión. Yo fui. Pero ahí dije: si entro en la congregación salesiana este es el último acto político partidario en el que voy a participar en mi vida. Tengo clarísimo que como religioso, sacerdote, más ahora obispo, no pertenezco a ningún partido.

EC – Pero también, por ejemplo en el Partido Nacional, destacan que usted ha oficiado distintas misas en ocasiones que tienen que ver con la historia de ese partido, incluso con la historia reciente.

DS – Sí, pero celebré misas. (Se ríe.) Si a un sacerdote le piden misas, por quien sea, las celebra. Hace más de un año se celebró una misa por Chávez en la parroquia de Conventuales, y si me la hubieran pedido a mí por supuesto que estaba en primera fila. Y por quien fuere, porque si hay algo universal es celebrar el sacrificio de Cristo.

EC – Está bien, son buenas respuestas, pero es un hecho que muchos dirigentes blancos o militantes blancos se lo apropian, dicen…

DS – ¡Ah, eso es otra cosa! (Se ríe.)

EC – … “Daniel es de los nuestros”. ¿Eso puede de algún modo afectar su relación con otros partidos, eventualmente con el Gobierno? ¿Cómo lo maneja?

DS – Personalmente lo tengo clarísimo. Me siento independiente, sé que soy obispo para todos, siento muy fuerte la realidad del Uruguay, me siento muy uruguayo, me brota un amor a lo que es el Uruguay, la patria, el país, lo que pasa, lo que no pasa. Eso lo tengo dentro. Y tengo buena relación y tengo amigos y familiares de todos los partidos, con todos me llevo bien, dialogo, no tengo ningún problema. Entonces que otros quieran apropiarse de mí es otro problema (se ríe), pero yo no, yo pertenezco solo a Cristo y a la Iglesia.

***

EC – El martes pasado de mañana los católicos uruguayos recibieron una sorpresa: el papa Francisco había designado a monseñor Daniel Sturla como nuevo arzobispo de Montevideo. Con él estamos conversando esta mañana en En Perspectiva.

***

EC – Cuando le adelantaron la decisión, cuando fue a la representación de la Santa Sede y lo notificaron unos cuantos días antes de que se conociera públicamente la novedad, ¿le marcaron lineamientos? ¿En el nombramiento resuelto por Francisco había directivas?

DS – No. Hubo un diálogo con el nuncio, breve, sobre algunos elementos de la realidad de la Iglesia uruguaya, pero directivas no.

EC – ¿Qué diferencias podemos esperar entre usted y su antecesor, Nicolás Cotugno?

DS – Creo que no es momento de marcar diferencias. Yo soy yo, él es él, también hay diferencias de estilo que son evidentes por personalidades diferentes. También hay momentos diferentes en la Iglesia. Monseñor Nicolás terminó su episcopado en los inicios de un nuevo pontificado, y un nuevo pontificado que marca de algún modo también para mí, que estoy para iniciar mi tarea como arzobispo de Montevideo, toda una línea nueva o renovada eclesial. Con todo, me gusta decir: como en todas las cosas, la Iglesia no empieza conmigo ni termina conmigo, yo soy un eslabón dentro de una cadena.

Y además me gustaría que el rostro de la Iglesia de Montevideo no lo dé solo el arzobispo. El rostro de la Iglesia de Montevideo está dado por el arzobispo, por el obispo auxiliar, por los curas, los diáconos, por el laicado, por los consagrados, hay una realidad variopinta. Si hay un tema particular en el que se necesita la voz de la Iglesia; si es la voz de la Iglesia oficial está bien que sea el arzobispo, pero en otra cantidad de elementos vaya si hay católicos preparados en distintos campos que pueden dar una opinión eclesial sin ser exclusivamente el arzobispo quien la manifieste. Esto es muy importante, una Iglesia que se manifieste en su variedad, y el arzobispo cumple la misión que tiene como tal de ser la cabeza del cuerpo representando a Cristo, pero el Cristo total es todo su cuerpo, como dice san Pablo, todo el pueblo de Dios.

RC – De cualquier forma, usted sabe que esa cabeza tiene una cara visible y que por lo tanto muchos vamos a estar pendientes del más mínimo de sus gestos. En ese sentido, ¿es consciente de que cada una de sus actitudes, hasta la forma de hablar, es una forma de comunicar ideas que de alguna manera le está exigiendo la gente? De pronto los católicos mismos estamos esperando otro tono en el arzobispo del que tuviera su antecesor.

EC – Sí, fue notorio durante la gestión de 15 años de monseñor Cotugno. En distintas ocasiones planteó posiciones conservadoras, incluso varias declaraciones cortantes, muy tajantes, que generaron cierta antipatía hacia su persona y por extensión hacia la iglesia. Incluso muchos católicos no se sentían representados por Cotugno. ¿Cómo juega ese contexto?

DS – Voy a responder con claridad en esto con dos cosas. Uno, creo que es bueno en la vida ser leal, entonces no sería leal en este momento si hablara de mi predecesor. Cada uno tiene su estilo, él tuvo el suyo, yo tengo el mío. Y otra cosa que fue muy importante en mi vida: en la mitad de la formación los salesianos tenemos una etapa que se llama de experiencia pastoral que tiene un nombre italiano medio raro, el tirocinio, ahí hacemos tres o cuatro años de estudio y vamos dos años de experiencia pastoral. Yo fui a Talleres Don Bosco de asistente de los pupilos de talleres y en una escuela primaria que funcionaba allí. Cuando iba para allí había un salesiano joven que había estado en Talleres Don Bosco, y le pregunté: “Dame un consejo, qué tengo que hacer, cómo me tengo que parar”. Y me dijo: “Daniel, sé vos mismo y queré a los gurises”. Esto me ha servido en otros momentos de mi vida también. Entonces ahora cuando tengo que asumir esto, digo también: el Señor me eligió a mí, con mis límites y mis capacidades, trataré de ser yo mismo y de querer ya no a los gurises, de querer mucho a toda la gente de Montevideo, a los católicos y a los no católicos, de querer a todos aquellos a los cuales el Señor me envía.

RC – Pero en esta época en que la imagen es tan importante, ¿no está convencido de que su carisma o su llegada a la gente tiene que ver no solo con esa actitud, sino que con serlo y parecerlo? Usted trabajó mucho tiempo con gente con otras necesidades, evidentemente a esa gente se le habla de otra forma, se responde a sus necesidades de otra manera. Supongo que eso debe ser un background muy interesante en lo pastoral, que refiere que es lo que la Iglesia está necesitando.

DS – Puede ser, siento que soy alguien que aprende, toda la vida siento que estoy aprendiendo. Justamente, yo decía ahora: quiero aprender mucho de toda la Iglesia de Montevideo, sobre todo de los curas. Ahora estoy aprendiendo también el hecho de tener mayor contacto con la prensa, por ejemplo, ¡que no es fácil! (Se ríe.) ¡Vaya, vaya! Soy alguien que aprende. Tuve un padre, que es cierto, se murió cuando yo tenía 13 años, pero ha sido una figura siempre presente en mi vida. Y era un hombre de una transparencia, un hombre de una honestidad… Entonces si me proyectara y dijera: ¿qué querría ser? Una persona transparente, que lo que viva y sienta y crea lo pueda manifestar con sencillez y alegría y ojalá con mucha fortaleza.

EC – El papa Francisco todavía no lleva un año en el Vaticano y, sin embargo, ha removido muchas rutinas de la Iglesia católica. ¿Cómo sintetiza usted el cambio que Francisco viene dibujando?

DS – Creo que el Papa ha acercado el mensaje de Cristo a la gente, el gran drama de la Iglesia en este momento, y de la Iglesia en Uruguay indudablemente también. Benedicto XVI fue un Papa espectacular, un intelectual brillante, es tener a Santo Tomás de Aquino o a San Agustín de Papa, es una cosa extraordinaria. Pero a la Iglesia como tal le costaba mucho llegar con su mensaje a la gente sencilla, a la gente de cada día, a la gente de la calle. Y lo que ha logrado Francisco es precisamente este acercar rapidísimamente, ya desde el primer gesto acercó Cristo a la gente. Eso es lo que la Iglesia tiene que hacer, entonces en ese sentido la tarea de Francisco está siendo estupenda.

Después también, no es que intelectualmente le falten elementos para aportar a la Iglesia y al mundo. Quiero destacar algo que ha pasado medio desapercibido porque después no pasó nada, pero cuando todo hacía suponer que se invadía Siria, por ejemplo, no digo que haya sido el Papa quien detuvo la invasión que se venía, pero el Papa tuvo mucho que ver con la oración, con hacer rezar a los cristianos, con movidas diplomáticas que habrá habido, supongo yo, y con crear una conciencia en el mundo de que eso no se podía hacer. Y eso lo hizo en dos semanas.

EC – ¿Y usted cómo piensa trasladar ese nuevo rumbo en la Iglesia católica uruguaya?

DS – Reitero que yo con otros, no yo solo como que fuera el campeón que va a hacer las cosas por sí solo. Creo que en la Iglesia uruguaya hay un tema de comunicación. He hecho varias veces la anécdota de un amigo mío que hace dos años en una cena me dijo: “¡Daniel, ustedes tienen el mejor producto y no lo saben colocar!”, y le digo: “¿Qué producto?”. “La felicidad –me dijo– porque ustedes tienen, ustedes saben, yo estoy convencido de que el que es cristiano es más feliz que el que no lo es. Pero no lo saben colocar.” Es de marketing de una empresa, gerente comercial. (Risas.) Y eso nos está pasando, estoy convencido de que el cristianismo, el Evangelio, Jesucristo, el encuentro con él es el tesoro más grande, la alegría más grande que a una persona le puede ocurrir es encontrarse con Cristo. ¿Y qué pasa cuando vemos que hay una disminución del número de gente en la misa, cuando hay menos gente que celebra los sacramentos? Yo recorro los barrios, he estado en misión ahora en verano en Jardines del Hipódromo, en un barrio muy bonito pero muy difícil, y digo: menos mal que muchas iglesias, evangélicas, etcétera, han llegado a esos barrios…

EC – ¿”Menos mal”?

DS – Sí…

EC – Es una competencia fuerte que le ha salido a la Iglesia católica.

DS – Es cierto, pero gracias a Dios mucha gente ha seguido su vida de fe, su encuentro con Cristo, con la palabra de Dios, a partir de la presencia de otras iglesias en lugares donde, por distintos motivos, la Iglesia católica no estuvo tan presente en estos años.

EC – ¿Por qué? ¿Cómo sigue su razonamiento? ¿Qué habría pasado de no haber existido esa actividad de esas otras iglesias?

DS – Esa gente, cuando pierde el contacto con Dios, con Jesucristo… ¿qué pasa con el sentido de su vida?

EC – En uno de sus primeros mensajes el papa Francisco se refirió expresamente a los sacerdotes y dijo que debían “oler a oveja”, es decir, estar metidos de lleno en la sociedad…

DS – Me encanta esa expresión.

EC – Después, cuando participó en las Jornadas Mundiales de la Juventud, en Río de Janeiro, exhortó a los jóvenes a que salieran a la calle e hicieran lío en sus parroquias. ¿Cómo observa esos llamados?

DS – Lo del olor a oveja me parece extraordinario como una expresión muy gráfica de lo que significa que el pastor esté con la gente. No puede haber un pastor, sea cura, párroco, sea un evangelizador, un catequista de un colegio, que no esté metido…

EC – … pero hay…

DS – ¡Pero gracias a Dios!

EC – … hay curas burocratizados, digamos.

DS – ¡Ah! Yo decía: gracias a Dios que hay muchos curas –creo que la mayoría– que están muy metidos con la gente. Podrá haber, en la realidad uruguaya si los hay son mínimos, porque el cura uruguayo está metido con la gente, está en las parroquias o en las distintas actividades eclesiales muy cerca de la gente. Quizás en algunas cosas nos está faltando, hay un tema de lenguaje, no está tan fácil traducir el lenguaje de un modo sencillo, claro. Ahí los jóvenes son nuestros maestros, uno tiene que adecuarse, el contacto con los jóvenes hace que uno agarre un lenguaje –que también va cambiando, así que no hay que seguir con los jóvenes de hace 10 años– que lo ayuda a estar más en comunicación con la gente, que si no, se hace muy difícil.

EC – ¿Va a pedirles algo especial a sus colegas, a los sacerdotes uruguayos?

DS – Antes que pedir, voy a escuchar, aprender y compartir. Después estará el momento de que entre todos fijemos líneas, y ojalá todos puedan meterse la camiseta y tratar de vivirlas.

***

EC – En los últimos dos años, a instancias del Gobierno y el Frente Amplio, el sistema político uruguayo se embarcó en la discusión de varias leyes polémicas, sobre las cuales la Iglesia hizo sentir fuerte su voz de oposición, en especial la de despenalización del aborto y la aprobación del matrimonio igualitario, pero también la regulación de la marihuana, que tuvo varios cuestionamientos de la Iglesia. Ayer, en una entrevista en el diario El País, usted decía que hay que asumir que esas leyes ya están, mirar hacia adelante y moverse en el nuevo escenario. ¿Qué implica eso?

DS – Obviamente nosotros no cambiamos nuestra mirada, no es que ahora vamos a entender que el aborto está bien ni nada por el estilo. El tema es asumir la realidad como es. Ese es un primer principio. Una de las cosas de las que habla el Papa en este documento es el valor que tiene la realidad, uno no puede ir contra los molinos de viento que uno se imagina que idealmente tendríamos que ser. ¡No! Uno tiene que tomar al hombre como el hombre es, a la sociedad como la sociedad es, y ahí anunciar a Cristo. Entonces esta sociedad uruguaya –obviamente estoy en contra de esas dos leyes– aprobó el aborto, aprobó el matrimonio igualitario: a partir de ahí evangelicemos esta realidad, no sigamos peleando contra lo que ya fue, evangelicemos a partir de esta realidad nueva que se plantea la sociedad uruguaya.

EC – ¿Ha tenido contacto con el Gobierno desde la noticia de su nombramiento?

DS – He recibido algún llamado y he pedido entrevistas. Me he entrevistado con el vicepresidente y tengo una entrevista pendiente con el presidente que se realizará esta semana. Me parecía que correspondía que el arzobispo nombrado saludara a las autoridades máximas del país.

EC – Dice un mensaje de un oyente: “Verdadero regalo de Dios. La tiene muy clara sobre la educación”.

DS – ¡Ojalá! (Se ríe.)

EC – Usted ha estado muy vinculado a la educación, mencionamos por ejemplo su época de director del preuniversitario del Juan XXIII. ¿Cuántos años fueron?

DS – Seis años.

EC – Pero en general además hay un vínculo histórico de los salesianos con la educación. Es un tema muy sensible, que está casi al tope de la agenda del debate político uruguayo. La Iglesia y el Arzobispado de Montevideo han hecho sus aportes en esa materia, por ejemplo con la experiencia pionera del liceo Jubilar en la zona de Casavalle, a la que le ha ido muy bien y que se convirtió en un modelo alternativo, que incluso ha tenido sucesores, como el liceoImpulso

DS – … ahora se inaugura el nuevo liceo Providencia en el Cerro-Casabó.

EC – … A lo que iba es a que por iniciativa del Arzobispado de Montevideo y de monseñor Cotugno en particular se creó el Jubilar y se sentó un precedente, apareció el debate sobre los liceos públicos de gestión privada. En este asunto en particular, ¿cuál se puede esperar que sea su línea de acción?

DS – Me gustaría crecer en algo en que el Uruguay ya ha dado vuelta una página, de lo que tenemos que darnos cuenta todos los uruguayos: ese Uruguay donde lo privado y lo público quedaron como separados y no había colaboración, etcétera. Desde que el INAU, entonces todavía Consejo del Niño, en la primera presidencia de Sanguinetti, con la restauración democrática, comenzó a sostener –a través de convenios con ONG que trabajan en barrios populares– experiencias educativas privadas, eso ha sido un paso gigante. Esto ha ido creciendo y a través del INAU se llega a muchos acuerdos con muchas ONG, entre otras varias de la Iglesia, que hacen una presencia educativa en barrios populares del Uruguay que ha sido importantísima. Ni que decir en el momento de la crisis del 2002, pero sigue siendo importante.

A nivel de UTU también se están haciendo acuerdos, pero ahí ya es más trabajoso, porque todavía tenemos unos prejuicios grandes en el Uruguay con respecto a esa colaboración público-privado. A nivel de la educación formal de liceos y escuelas todavía hay como un balde en la cabeza que nos impide decir: ¿qué es lo que importa: el chiquilín, el muchacho, el niño, o los intereses corporativos? Entonces puede ser que en algún momento en la vida uno pueda dejarse guiar más por las ideologías, etcétera, pero cuando la casa se está quemando todos tenemos que tirar el balde de agua. Hay un momento en la educación difícil, que no es solo en Uruguay, ojo, la emergencia educativa en parte es mundial y en parte en Uruguay tiene características propias. Pero cuando pasa esto, tratemos –sé que es un poco idealista lo que estoy diciendo– de poner al chiquilín en el centro y busquemos cómo pueden colaborar Estado, sociedad civil, y ahí incluyo, por nuestra realidad, a la Iglesia, y crear o multiplicar instancias exitosas para la educación de los chicos. Estos liceos, Impulso, Jubilar, ahora en Paysandú están organizando para fundar uno para el 2015, el Providencia que se funda ahora, estas experiencias se tienen que multiplicar como gracias a Dios se ha multiplicado en el Uruguay desde el 86-87 hasta ahora la colaboración Estado-sociedad civil en la educación de la gente más necesitada.

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Transcripción: María Lila Ltaif