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La Iglesia en los medios Conociendo más al Ing. Eladio Dieste, el señor de los ladrillos, de la mano de su nieta, la Arq. Elisa Dieste

DIARIO EL PUEBLO |

Conociendo más al Ing. Eladio Dieste, el señor de los ladrillos, de la mano de su nieta, la Arq. Elisa Dieste

El Ingeniero Eladio Dieste era un hombre del interior, oriundo de Artigas, de madre salteña. Egresado de la Facultad de Ingeniería de la Universidad de la República. Fue también Profesor Ad Honorem de las Facultades de Arquitectura de Montevideo y Buenos Aires, Doctor «Honoris Causa» de la Universidad de la República. Obtuvo varias distinciones, Premio a la obra global de la Bienal de 1990 en Quito, Ecuador, Premio Gabriela Mistral de la OEA (1990), Premio América a la Obra Global (1991).

Arq. Irene Barla Zunini. Dipl. en Innovación y Creatividad en Educación. Dipl. en Defensa Internacional de DDHH. Dipl. en Diseño de Políticas Públicas. Dipl. en Inclusión Social y Acceso a Derechos.

Como docente, fue Profesor contratado por la Unesco para ciclos de conferencias sobre cerámica armada, así como ponente invitado de varias universidades Argentina, Brasil, Colombia, Paraguay, Chile, México, Estados Unidos, España y Francia. Fue Profesor de Puentes y Grandes Estructuras, Profesor de Mecánica Teórica y Director de Taller de Ingeniería Civil, en la Facultad de Ingeniería en Montevideo.
Su ingenio estructural se vio plasmado en bóvedas de cerámica armada que cubren grandes luces y un manejo exquisito de la luz natural en sus interiores. Recientemente, en julio 2021, UNESCO incluyó la Iglesia de Cristo Obrero (1958-1960) de Atlántida, de su autoría, en la Lista de Patrimonio Mundial. Es de una riqueza plástica emocionante, con sus paredes onduladas y la liviandad de su cubierta. El juego de entrada de luz que se genera en su interior es místico.
Las obras de Eladio Dieste están presentes en los departamentos de Artigas, Salto, Paysandú, Durazno, Flores, Florida, Soriano, Río Negro, Colonia, Treinta y tres, Maldonado, Canelones y Montevideo. Contamos con Iglesias, gimnasios, tanques de agua, silos, embotelladoras, estaciones de servicio, depósitos, muelle, fábricas, complejos industriales, torre de comunicaciones, Shopping, locales comerciales, terminal de ómnibus y viviendas de su autoría.
El año 2005 fue designado «El año de Eladio Dieste», por el Museo de Arte Moderno de Nueva York, la Universidad de Princeton y el MIT de Massachussets. El Día del Patrimonio en Uruguay en 2006, se celebró bajo el lema «Tradición e Innovación. Eladio Dieste: el señor de los ladrillos».
En 2016, se crea la Fundación Dieste, cuya finalidad es promover el conocimiento y la puesta en valor de las obras que se encuentran en todo el país. La Directiva de la Fundación la integran la Facultad de Arquitectura, el Ministerio de Educación y Cultura, la Intendencia de Canelones y la Sociedad de Arquitectos del Uruguay.
En Salto tenemos el privilegio de contar con varias de sus obras, el Parador Ayuí, Gimnasio de Club Remeros, Citrícola Salteña, Exrefrescos del Norte hoy Venturini, Terminal de ómnibus, ex Terminal municipal, Termas del Daymán, tanque de agua y el homenaje «La Gaviota» con parte de la cubierta de la ex estación de servicios Barbieri y Leggire. Ojalá el día de mañana contemos con un Circuito Dieste, tanto a nivel departamental como nacional.
Dialogando con una de sus nietas, Elisa Dieste, que es Arquitecta egresada de UdelaR, conozcamos un poco más de este uruguayo destacado.
-¿Cómo era Eladio como abuelo? ¿Cómo lo recuerdas?
Mi abuelo era una persona muy especial que a pesar de su rigurosidad tenía con nosotros actitudes muy amorosas. Era un hombre de pocas palabras, que nos demostraba su afecto con pequeños gestos.
Si cierro los ojos, lo primero que recuerdo es su mirada intensa, pero cuando me miraba se transformaba en la más tierna del mundo, mi abuelo hablaba con la mirada. A él le gustaban mucho los ojos negros, eran sus preferidos, recuerdo que me pedía que mirara a la luz y me decía, «cayube, usted tiene los ojos negros» y los míos son claramente marrones.
Mis abuelos tuvieron 12 hijos, yo soy hija de Juan Eladio, el hijo mayor. Somos 35 nietos y los mayores tuvimos el privilegio de poder disfrutarlo un poco más, a todos nos decía cayube, una palabra que había inventado para llamarnos de manera cariñosa.
También recuerdo a mi abuela con mucho afecto, una mujer con una gran fortaleza y sabiduría, que supo ser un gran pilar para él y para toda la familia. Era una gran cocinera, los aromas de esa cocina eran únicos y la recuerdo siempre escuchando música clásica mientras preparaba la comida, era la única música que siempre sonaba en la casa.
Yo pasé mi niñez y parte de mi adolescencia en Bella Unión, cuando veníamos a Montevideo era un gran acontecimiento, mis hermanas y yo nos sentíamos muy mimadas. Nos reuníamos todos en la casa de mis abuelos y era un motivo de mucha alegría. Desde la perspectiva de una niña, la casa era enorme, como un gran palacio, llena de laberintos y rincones ideales para jugar a las escondidas.
Disfrutábamos mucho cuando nos llevaba al cine, siempre íbamos Lucía, Inés y yo, somos las primas que tenemos la misma edad, lo hacía por tandas y por generación porque éramos una banda, íbamos al Parque Lecocq, a veces salíamos a caminar, nos llevaba hasta la Plaza Virgilio que está en el barrio.
También recuerdo que, ya de adolescente, iba a hacer un viaje en ómnibus hasta La Pedrera a encontrarme con mis primas, y le pedí que me prestara un libro, me dio uno de Charles Dickens que tenía letras diminutas, había que leerlo con lupa, mi abuelo era así, tenía esas ocurrencias. Me aconsejó que nunca me cansara de releer a los clásicos de la literatura porque ahí estaba la repuesta a todas las cosas.
-Varios hijos y nietos hoy son arquitectos. ¿Crees que su obra influyó en ti para la elección de tu carrera?
Con respecto a que si la obra de mi abuelo influyó en mí para elegir la carrera de Arquitectura, no podría afirmar algo así, por lo menos de una manera consciente, esos son procesos muy complejos. Si bien siempre supe que mi abuelo era una persona excepcional, que no era común ver construcciones como las que él hacía, comencé a tomar dimensión de su obra cuando empecé a estudiar en la Facultad.
Lo que sí puedo afirmar es que influyó en mí y en toda la familia, su sentido profundo y estricto de la estética, creo que a todos nos marcó. Mi abuelo decía que para que un tapiz sea más bello que un jergón de lana tiene que ser un tapiz muy bueno.
Muchas veces llegaba a ser bastante intolerante con ciertas cosas, cuando algo no le gustaba decía, «esto es la prueba de que el diablo existe».
Cuando era niña vivíamos en una chacra y cerca había un tajamar, los fines de semana iba a sacar barro, lo moldeaba, lo dejaba secar, lo pintaba con tierra de colores y luego hacía móviles. Una vez les traje de regalo uno a los abuelos. Él me dijo que iba a pensar el lugar donde colgarlo y lo hizo cerca de una ventana, para mí fue muy emocionante y motivador porque en la casa de mis abuelos no había casi nada colgado en las paredes. Siempre me incentivó con respecto al trabajo manual, en aquel momento me dijo que me iba a regalar un horno para hacer cerámica si seguía experimentando con todo eso, me decía que tenía oro en las manos.
-¿Cómo recibió la familia la pronunciación de UNESCO días atrás?
En el ámbito familiar recibimos la noticia con mucha alegría, da una sensación de sano orgullo.
Fue un merecido reconocimiento a su genialidad, su creatividad, su honestidad, su humildad, a la austeridad, a su coraje y a su trabajo, mi abuelo fue un trabajador incansable.
Estoy segura que él estaría muy contento, sobre todo porque esto indica que no estaba errado cuando eligió este camino y porque este reconocimiento es un gran motor para las nuevas generaciones, es un claro ejemplo de que cuando hacemos las cosas bien, y con mucha pasión se puede llegar muy lejos.
Él decía, y cito textuales palabras, que frente a cualquier problema nuestra actitud es dar por sentado que la solución o el camino de la solución ya está planteada en los países desarrollados y esto es falso. Debemos salir del subdesarrollo pero de una manera humana y nuestra.
Mi abuelo fue un gran humanista, que quería que las cosas buenas llegaran a todos y que creyó mucho en el hombre, en sus valores y en sus fines eternos.