Iglesia al día

" “Todos somos discípulos misioneros en salida” "
I Asamblea Eclesial de América Latina y el Caribe

La Iglesia en los medios A Roma con el vestido de novia

EL OBSERVADOR | Suplemento O2 |

Es tradición que los recién casados saluden al papa y reciban su bendición, pero para esto deben cumplir con el requisito de ir vestidos como en su boda. Todos los miércoles la plaza de San Pedro se convierte en un desfile con modelos llegados desde todo

Día soleadísimo, la plaza de San Pedro repleta y la audiencia de todos los miércoles del papa Francisco con los fieles de todo el mundo está por terminar. La proximidad con las canonizaciones de Juan XXIII y Juan Pablo II hace que esté especialmente poblada la mañana de ese miércoles. Las fotos serían miles: el papa Francisco sonriente, los cardenales que se toman fotografías entre sí después de saludar al obispo de Roma, los grupos multitudinarios con gorros de iguales colores que forman mareas, guardias suizos que cumplen órdenes y señoras que lagrimean.

Francisco llega entre ovaciones y, después de que termina su mensaje sobre el don de entendimiento y pronuncia un saludo que se traduce en varios idiomas, los cardenales pasan a saludarlo de a uno. Abrazos, risas y se retiran hacia atrás de la plaza, como para entrar a la imponente basílica. Mientras se dan esos movimientos entran a la zona varias parejas –unas 30 tal vez– vestidas de casamiento y se colocan a cierta distancia del papa, atrás y en el centro, en paralelo a las puertas de San Pedro. Son los recién casados que ese día saludarán a Francisco.

Es costumbre que en las audiencias generales de los miércoles los nuevos esposos reciban una bendición papal si cumplen con dos requisitos: acudir en el año de su casamiento y estar vestidos como aquél día. Deben tramitarlo a través de la Nunciatura en su país, esperar una respuesta y acudir el mismo día de la audiencia a buscar las entradas correspondientes.

Los recién casados que saludarán a Francisco esta mañana parecen de países y culturas distintas, según dejan entrever sus facciones y vestidos. Aparecen atuendos que nunca se verían en Uruguay. Con todo, el blanco es el color de las mujeres y el negro es homogéneo en los hombres. Salvo en un caso: el de Aníbal, que tiene un buzo a rayas, jeans y calzado deportivo. Su esposa Carolina está a tono, con un vestido blanco corto que deja ver sus jeans y championes Converse rojos.

Algunos guardias hicieron la vista gorda y los dejaron pasar. Pero ahora, ya casi frente al papa, la cosa es más estricta y amenazan con sacarlos y dejarlos sin saludo y sin bendición porque no cumplen con el requisito de la vestimenta. “Cuando los guardias nos vinieron a sacar por última vez, me di por vencida”, recordó Carolina, la esposa, cuando fue entrevistada por El Observador.

“Estaba juntando mis cosas cuando la gente de Latinoamérica que estaba ubicada detrás del altar comenzó a gritar para que nos dejaran quedarnos. Lo único que escuchaba era que la gente gritaba: ‘A Francisco no le importa… el hábito no hace al monje’”, agregó.

Al lado de este hay otro matrimonio y a la legua se nota que los cuatro se conocen y son argentinos. Los amigos son Facundo y Silvia, quien aunque va con una pollera blanca larga, parece poco verosímil que se haya casado así.

El momento es tenso: la tribuna que grita, la pareja que llora y el guardia que espera. Pero puede más la empatía.

“La gente se solidarizó con nosotros, una mujer me prestó una mantilla blanca para que me cubriera la cabeza y un cura le prestó su saco a mi marido”. En efecto, en el calor de aquella mañana en la plaza solo un sacerdote podía tener a mano un saco negro como para prestarle al joven argentino, que con su esposa había atravesado medio mundo y no tenía espacio como para llevar el traje y el vestido blanco en la misma valija que las bermudas y el calzado para las caminatas.

Se quedan y, después de los nervios, el encuentro con el papa es breve. De nada sirve el discurso que se habían preparado, Carolina se queda sin palabras cuando le da la mano a Francisco y apenas le puede decir que son de su mismo país, que se casaron el 5 de abril y que quieren su bendición. Aníbal le besa el anillo y le pide disculpas por la vestimenta que llevan. El papa lo desarma diciéndole que no hay ningún problema con eso.

Pese a que es breve, el encuentro queda para siempre. “Fue una ocasión honrosa, y sin duda, fue una experiencia que nunca vamos a olvidar”, resumió Carolina. “Finalmente nos queda un recuerdo hermoso, con su anécdota, con el agradecimiento a quienes nos hicieron de hinchada para aflojar a los guardias y sobre todo con una emoción que vamos a recordar siempre por haber podido estar juntos pidiéndole al papa que bendiga nuestra unión y nuestra familia”, agregó Silvia.