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La Iglesia en los medios Velo en la escuela y “laicidad positiva”

EL OBSERVADOR |

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Por Daniel Corbo – Especial para El Observador

La disputa suscitada sobre si debe admitirse que las niñas sirias usen el velo islámico en la escuela y la relación que ello guarda con la comprensión de la laicidad debe considerarse un ejercicio reflexivo valioso para la República. Pero este intercambio viene requerido por cotas de calidad que nos permitan esclarecernos como sociedad sobre un principio de fuerte significación ciudadana, pero cargado de equívocos. Si bien las posturas en debate están claras, las razones que las fundan no poseen igual discernimiento ni sustentabilidad. En lo que sigue, presentaremos algunas controversias que recorren esta cuestión y buscaremos fundar una concepción de “laicidad positiva”, como la más idónea para una democracia pluralista.

Suelen confundirse conceptos de naturaleza y alcance bien diferentes, como laicidad y laicismo. Laicidad es la defensa de un espacio público de pluralismo, de diálogo activo en una relación antagónica o complementaria entre ideas y verdades opuestas. Es la pluralidad opuesta al monopolio de la verdad, la racionalidad crítica opuesta a los dogmas. La laicidad alienta el desarrollo de la autonomía moral de los educandos y su espíritu crítico mediante un acceso sin restricciones a las fuentes de la cultura y, a la vez, negando toda forma de adoctrinamiento en la escuela. El laicismo, en cambio, fue históricamente formulado en fuerte aversión hacia el fenómeno religioso en general y el catolicismo en particular. Es un movimiento congelado en el siglo XIX y en las luchas anticlericales. Más que la expresión de una versión auténticamente liberal, con capacidad de reconocer y valorar la diversidad de formas de creer o no creer, la ideología laicista descalifica como retrógrado la sensibilidad y las convicciones religiosas. Al negar su expresión en el espacio público minimiza el papel que este fenómeno ocupa en la cultura de las civilizaciones humanas. Como nos lo recuerda el filósofo Charles Taylor: “Es razonable suponer que las culturas que han aportado un horizonte de significado para gran cantidad de seres humanos durante un largo período –que han articulado su sentido del bien, de lo sagrado, de lo admirable– casi ciertamente deben tener algo que merece nuestro respeto”. En el plano de los sujetos, negar la opción –y los signos que la simbolizan y expresan– de aquellos que en torno al eje de lo espiritual construyen sus propias narrativas humanas de sentido y la comprensión última de la existencia es negarles su identidad moral.

“Uruguay vuelve a discutir cosas que resolvió a fines del siglo XIX. Estamos atrasándonos en lugar de adelantarnos”, dice la doctora Bianchi. No, si nos quedamos anclados en las definiciones adoptadas en el siglo XIX, mientras el mundo y la cultura evolucionan, es que nos atrasamos. Adelantamos si cambiamos y nos reformulamos a la par de que cambian las cosas y las sociedades. Dejamos atrás la idea de una identidad social unificada, de monismo cultural, para acoger la riqueza y el florecimiento de lo diverso. Las referencias culturales han mudado hacia una creciente afirmación del pluralismo como núcleo duro de la sociedad moderna. La laicidad, como dice Ricoeur, no es ya de “abstención”, sino que es “deliberativa”, por lo que “nada que sea importante para el sentido de la vida debe ser sustraído al debate”. Prosigue Bianchi: “Las autoridades educativas podrían revisar alumno por alumno para constatar si llevan una cruz. Aunque no es lo mismo una cruz que a veces está desprendida de significado religioso, que un velo. Yo no dejo entrar a nadie vestido de monja”. Me permito disentir amablemente con mi antigua colega. Alguien que ha consagrado su vida a la religión tiene derecho a estudiar. ¿Por qué no tendría derecho a ingresar al aula vestida de lo que es? Solo al creyente se le exige que escinda su identidad en una parte privada y en una parte pública. Por qué violaría la laicidad el alumno que lleva una cruz cristiana o la estrella de David a la escuela, símbolo de la creencia de sus familias? Si una niña siria lleva un velo que le cubre el cabello, ¿por qué debería ser repudiada, en lugar de que conviva en el aula con otra, que tal vez use ropa muy ajustada al cuerpo y exhiba un piercing en el ombligo? Capaz que aprenden una de otra sobre el significado que le dan a su cuerpo. Lo importante es que los agentes en formación no queden unilateralizados en una influencia exclusiva. El espacio público debe ofrecer a los educandos formas variables del bien, abrirlos al entrecruzamiento de variados puntos de vista y experiencias, que amplíen el horizonte de sus opciones para que puedan construir sus propios sentidos de valor. En la negación del velo hay una representación de una laicidad rígida, ciega a las diferencias, pretendiendo igualar en una falsa neutralidad a todos los ciudadanos, despojándolos de su identidad cultural o religiosa. Más lógico es entender el espacio público como una tarea cooperativa que exige de cada una de las partes ponerse en la perspectiva de la otra. Como ha dicho Habermas, “el common sense democrático se refiere a la articulación mental y espiritual de un espacio público de múltiples voces”. No se trata, entonces, de que cada uno anule la voz propia, sino de un aprendizaje recíproco en la diversidad. Nos parece que acierta la directora de Primaria, Irupé Buzzetti, cuando dice: “La laicidad es una forma de democracia. Lo que importa no es la neutralidad sino el respetar al otro. La cultura está compuesta por tradiciones y creencias y tener algunos símbolos que los identifica. La libertad de cultos es la verdadera laicidad. Pasa por que aceptemos que un niño o niña pueda tener otras creencias y otras tradiciones”.

En otro ángulo de la polémica, el doctor Sanguinetti afirma: “En un país que hace un siglo quitó los crucifijos de los hospitales públicos, ¿puede aceptarse que en los establecimientos públicos de enseñanza los adolescentes luzcan ese velo?” El expresidente Sanguinetti no podrá dejar de apreciar que, precisamente el polémico episodio de los crucifijos, no es expresión de auténtica laicidad sino, como lo denunció Rodó, un acto de jacobinismo e intolerancia, desprovisto de un elevado concepto de la libertad por su repulsa a una gran tradición humana.

Lo que preocupa al presidente Sanguinetti es un dilema de otra época, de un tiempo de formación de la nación: la caída en una escuela fragmentada, dividida por los particularismos. Pero es falso que sea una condición para la integración borrar las diferencias. Por el contrario, la visibilidad pública de las creencias favorece la integración cívica, en lugar de obstaculizarla, ya que permite que los ciudadanos intercambien entre ellos su cultura, sus versiones del bien y la justicia, sin ocultar sus identidades ni ser indiferentes a las identidades de los otros. Debemos asumir el reto de dar a nuestros alumnos la posibilidad de un modo de convivencia plural donde el respeto por las distintas opciones personales de creencia o no creencia, no sean el fruto del desconocimiento y la indiferencia, sino del interés empático, de comprensión de las razones y sensibilidades del otro, permitiendo a cada uno ser iguales en su derecho de vivir sus vidas personales y comunitarias con fidelidad a sus convicciones, derribando los muros del miedo o la indiferencia al otro, que nacen del desconocimiento mutuo.

Una laicidad que quiera ser fiel a su vocación debe ser simultáneamente plural y dialogante. No debe ser excluyente, sino una forma de garantizar la convivencia en un marco de diversidad y reconocimiento mutuo, de relación complementaria, de respeto activo y comprensión empática recíproca, en lugar del silenciamiento que ignora, la negación que excluye y la indiferencia hacia aquellas versiones particularistas y razonables de vida buena, que abrazan distintas familias ideológicas y tradiciones culturales. Lo que necesitamos es aprender a vivir juntos en sociedad y no encerrados en guetos ideológicos que alimentan el desprecio y la negación. Como dice Poulant, “nuestra laicidad pública aparece así como una sabiduría política y un sutil equilibrio que no obliga a nadie a sacrificar sus creencias, pero que propone a todos un nuevo arte de vivir juntos”. l