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EL PAÍS |

EN EL COMEDOR DEL CONVENTO DE LOS CAPUCHINOS SE SIRVEN 150 PLATOS POR DÍA

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El comedor de la Iglesia San Antonio identifica desde hace un siglo al convento de los capuchinos. Éste fue restaurado hace tres años pero el muro de la calle Minas otra vez resultó pintarrajeado. Nueve religiosos prestan los servicios.

CARLOS CIPRIANI LÓPEZ06 abr 2014

Los franciscanos capuchinos llegaron a Uruguay hace 130 años, y casi desde que pisaron estas tierras pusieron en práctica la atención al necesitado, aportándole alimentación.

Desde hace 100 años funciona un comedor institucionalizado, que abre sus puertas a las 11:30 horas y atiende a unas 60 personas por día, de lunes a sábado. Además de la cocinera contratada, una vecina del barrio Palermo, colaboran varios de los nueve religiosos del convento, de edades que oscilan entre los 34 y 95 años.

“Es una acción social, pero el punto de partida es siempre un tema de fe; ésta debe madurar en la caridad, en un servicio de amor, nos tiene que llevar a eso”, dijo a El País el padre Aníbal Holasek, uno de los que participa en servir y lavar los platos, y preparar los alimentos. Es además el guardián responsable del convento y párroco de la comunidad.

El comedor.

“A diario salen unas 150 porciones, porque algunos de los que concurren repiten el plato, y otros se llevan una vianda para la noche, por su situación de calle. Siempre se hace comida de olla, guisos en base a arroz, polenta y fideos, alternando con buenos tucos, carne y condimentos”.

En días festivos, como San Antonio (13 de junio) y San Francisco de Asís (4 de octubre), se prepara pollo al horno. Los sábados, algún postre y tortas. En Navidad y Pascua se agregan budines y pan dulce que aporta gente de la comunidad de la parroquia ubicada en la calle Canelones y Minas.

“No sólo se da el plato de comida sino que se van gestando vínculos, conociendo los nombres y algunas historias de los comensales. Unas trescientas personas conforman la comunidad parroquial, y ellos colaboran también en las alcancías o trayendo alimentos y ropa. Hay ventas económicas, y parte de lo recaudado se destina al comedor. Esos son los recursos, las donaciones. Y alguna vez nos llegan alimentos de Bromatología, de la Intendencia, que decomisan”.

Al comedor asisten personas mayores de 60 años, la mayoría hombres, pero también mujeres; muchos viven en la calle o en refugios. Hay también gente que necesita el servicio por un período breve.

“Vienen con situaciones muy difíciles; algunos tienen hijos pero sufren situaciones dolorosas, de abandono o soledad, y soportan también una condena social, de pronto porque tienen la ropa sucia, porque no tienen un lugar para lavarla. Por eso también a veces les damos ropa y frente a su angustia hay que contenerlos, charlar, hacerles preguntas muy respetuosas. La gente es tremendamente agradecida. Para nosotros el comedor es como otra misa; yo celebro misa en la más preciosa iglesia de Montevideo, que es ésta. Pero tengo esa otra misa que uno debe preparar con tanto amor y esmero como hace la liturgia, igual que se reparte la Eucaristía, se parte el pan y se sirve el plato. La madre Teresa de Calcuta decía algo que hace poquito lo volvió a decir el Papa Francisco: ir al encuentro del pobre y tocar la carne del pobre, la persona, es tocar a Cristo. Y eso sucede cuando se recibe la Eucaristía. Yo lo vivo así; no es un compromiso militante ni social; es ser cristiano. No tenemos el punto de partida de una ONG. Jesús es el que viene a pedir de comer, y del otro lado, uno es el Jesús que tiene que multiplicar el pan. Yo creo en los milagros, y los he visto acá desde hace cuatro años que estoy. A veces uno ve que la olla no se termina, mientras viene más gente; ponemos la misma cantidad de fideos, y a veces, no me pregunten por qué, salieron doscientas o más porciones, en vez de las ciento cincuenta habituales. Sobre esto le doy gracias a San Antonio, el padre de los pobres, que era gran predicador pero hacía muchos de esos milagros cuando durante mucho tiempo trabajó de cocinero del convento”.

Vandalismo.

Los “frailes de la vida eremítica” o Capuchinos llegaron a Montevideo en 1865, y la piedra fundamental del edificio -al que luego se sumaron alas laterales y la Iglesia San Antonio-, se colocó en 1870.

Hace tres años se realizó una restauración de todo el convento, una recimentación, con la colocación de columnas, y fueron pintadas todas sus paredes, incluidas las exteriores. Primero aparecieron las pintadas con el nombre “PEÑAROL” y después infinidad de grafitis.”Es una cuestión que deforma el sentido de la cultura urbana, resulta una agresión en cuanto nadie pide permiso. Es lamentable el deterioro de un lugar que se intenta cuidar y hace al entorno del barrio, que en este sentido está también maltratado”, afirmó el padre Aníbal.

El padre Aníbal cuestionó los objetivos de las pintadas que hacen barras deportivas con el propósito de “marcar su territorio”, pero también estableció el perjuicio de la publicidad en año electoral. “El partido político, cualquiera, podría proponer y darlo a conocer, que asume pintar tal o cual escuela, tal o cual espacio público o sector de hospital. Sería una forma de propaganda pero invirtiendo mejor la pintura. Lo mismo pasa con la cartelería, por qué no repensar en usar los cartones en otro tipo de cosas”.

Liturgia y sociedad.

En la parroquia funciona un taller de manualidades y un costurero, con señoras mayores de la comunidad de los capuchinos, que se reúnen los martes y están tejiendo prendas para donar en invierno.

En el Día de San Antonio, se lleva ropa para bebés al Hospital Pereira Rosell.

“La fuente de los valores para nosotros nace desde el Evangelio de Jesús. De ahí sale la solidaridad, la esperanza, la familia, el compañerismo, el lugar que el otro tiene en nuestra vida”, dice el padre Aníbal.

Después de explicar que durante Semana Santa la parte litúrgica de meditación, oración y celebración, se afectúa en torno a la Cruz, narró lo que llaman la historia del Cristo del Pichicome.

“En una de las sacristías se encuentra un cuadro, al dorso del cual hay una historia escrita. Se cuenta cómo lo trajo aquí un señor que venía al Comedor y lo encontró en un basurero. La historia es ésa, cómo aquel pobre trató tan humanamente a Jesús, que era otro pobre. Con frecuencia volvemos a esto en Semana Santa”.

El pesebre gigante.

Otra característica de la Iglesia San Antonio, que se impone por su arquitectura neobarroca, es un pesebre que se custodia desde 1903. Se compone de 60 piezas que promedian un metro de altura, talladas en madera; incluye figuras humanas y también elefantes o camellos.

Cada año comienza a armarse el 8 de diciembre y queda listo para Navidad, instalado en un costado de la iglesia.

Ocupa allí veinte metros, y cada año se va recreando con modificaciones, recurriendo a telas o iluminación, armando escenas diversas.

“El último año pusimos una cascada y tres fardos de alfalfa, y todavía la iglesia tiene olor a establo, que es muy rico, muy rico”, contó el padre Aníbal entre risas.

La iglesia está abierta de martes a domingo de 8:30 a 11:30 y desde las 15:00 a 19:00.