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Tiempo de la Creación

La Iglesia en los medios Un profesor de gimnasia impulsa el polideportivo de Don Orione

EL PAÍS |

Cuevas y Filippini inauguran cancha de tenis; a Forlán le toca la de fútbol.

En el predio del Cottolengo Don Orione de varones, ubicado en Avenida de las Instrucciones y ex Propios, se ha generado un notorio cambio del paisaje con obras que apuestan a la recreación deportiva.

Detrás del proyecto hay un impulsor decisivo, el profesor de Educación Física Daniel Grau Zaffaroni, quien allí trabaja desde hace ocho meses.

Con el apoyo del personal de mantenimiento y un jardinero se allanaron los terrenos, cortando algunos árboles, para realizar una cancha de tenis inaugurada el 3 de diciembre, una de fútbol, un frontón y otra cancha de vóleibol disponible desde el pasado viernes.

Al estar vinculado a nivel docente también con el Carrasco Lawn Tennis, Grau hizo gestiones fructíferas que terminaron en la donación de la red de tenis, treinta raquetas, pelotas y la pintura con que se está en estos días dándole color al espacio polideportivo.

También Grau consiguió que los famosos tenistas Marcelo Filippini y Pablo Cuevas visitaran el Cottolengo Don Orione en el día de su inauguración, para afianzar el entusiamo de los internados que pueden participar en juegos deportivos o sesiones de gimnasia.

El próximo invitado será Diego Forlán, para la inauguración de la cancha de fútbol bien empastada.

La población del Cottolengo, en donde residen 230 personas, es muy heterogénea; incluye desde niños (el menor tiene 4 años) hasta adultos mayores. La gran mayoría posee trastornos generalizados del desarrollo, déficits motores o psicosis. Muchísimos sufren un alto grado de dependencia en variados aspectos, y además de las discapacidades pasan por situaciones de abandono familiar.

“Es el lugar que asiste a la mayor variedad de patologías de Uruguay. Yo tengo un grupo de veinte a treinta internados; tres chicos en sillas de rueda; es gente con distintos trastornos que puede hacer deportes. Pero bueno, de pronto les digo la consigna del día, por ejemplo hacer galopa, y entienden, cumplen con eso. Lo que sucede es que me interrumpen para decirme que cayó un platillo volador, o que tenga cuidado que pueden robarme la cadenita o que van a comer milanesitas. Algunos tienen treinta años y aunque se hace difícil no puedo dejar de escucharlos”, explicó a El País el profesor Grau, quien está en el centro tres horas al día, de lunes a viernes.

Él no había agarrado una raqueta hasta que el proyecto que pergeñó en el Cottolengo se lo exigió. A los 33 años de edad piensa ir a las canchas del Parque Rodó a tomar clases.

Padrinazgo.
Para avanzar en el desarrollo de los trabajos recreativos, Grau estima que sería fundamental contar con más profesores que ayuden a estrechar los vínculos con aquellos que se dispersan durante las clases o se apartan del lugar sin un motivo.

“El profe que estaba antes me decía que esto era muy desgastante pero para mí hoy en día es algo natural, no me pesa, lo extraño. No sé por qué será. Muchos en mi familia adoptaron un hijo, por ayudar. De pronto eso me hace sentir identificado. Hace pocos día me bauticé en el Cottolengo, para ser el padrino de tres chicos. Mi tía Cecilia Zaffaroni fue mi madrina. Con ellos tendré un compromiso de por vida”, sostuvo Daniel Grau.

La finalidad del Cottolengo Don Orione es darle a sus residentes una mejor calidad de vida en todos los aspectos y crear con ellos los vínculos de afecto y familia, especialmente con quienes quedaron marginados de cualquier contexto puertas afuera de la institución.

El nuevo complejo de canchas colaborará con las metas y ayuda a comprender que el término “cottolengo” no se asocia con el de un centro asilar, que aísla a sus residentes internados. Desde la institución se recuerda que Don Orione, quien tuvo de maestro a Don Bosco, inauguró hospicios para albergar en ellos al desprotegido, al enfermo y al abandonado, a quienes padecen una pobreza que les impide paliar la enfermedad por sus propios medios.

Fue gracias a Don Bosco que Don Orione, a fines del siglo XIX, supo de la existencia de San Benito Cottolengo, quien había vendido hasta su manto para iniciar un albergue en un par de piezas que alquiló. Desde Italia la obra de ambos se expandió al mundo.