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Mirando con Dios este tiempo

La Iglesia en los medios Un país laico [opinión]

EL PAÍS |
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Por Juan Martín Posadas

Pasado mañana es Navidad. El 25 de Diciembre es una festividad que tiene un origen y una connotación francamente religiosa; en concreto, cristiana. Se conmemora el nacimiento de Jesús.
El carácter religioso de esa fecha, que está marcado en rojo en todos los almanaques del mundo occidental, ha desaparecido prácticamente en nuestro país.

Esa festividad ha perdido su contenido religioso cristiano a manos de las estrategias comerciales de consumo pero en nuestro país se verifica un motivo más para el desvanecimiento del sentido religioso del 25 de Diciembre. El Uruguay fue a partir del siglo XX un país laico y pasó a ser en el siglo XXI un país laicista. No se trata de un juego de palabras sino de una diferencia sustancial, tal como lo expresó el Cardenal Ravasi tres años atrás en la conferencia que ofreció en la Intendencia de Montevideo en oportunidad de celebrarse lo que se llamó “El Atrio de los Gentiles”.

Dijo el Cardenal Ravasi: “La secularidad (o la laicidad) es una categoría de matriz cristiana que libera a la religión de toda concepción integral y teocrática, reconocida por la distinción declarada por Cristo mismo de modo lapidario: «dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios» (Mateo XXII, 21). La secularidad o laicidad, a diferencia del secularismo o laicismo, es la necesaria y legítima consecuencia de la fe cristiana”.

Más adelante continuó diciendo: el Concilio Vaticano II, con su documento fundamental Gaudium et Spes, proponía a la Iglesia esta secularidad positiva, estableciéndose por tanto en el mundo como semilla fecunda de crítica, de transformación, de santificación moral y espiritual, sin quererlo sacralizar en modo fundamentalista, como sucede en una cierta concepción musulmana o como sucedía en el pasado con las teocracias y las mezcolanzas “impertinentes” entre fe y política.

La laicidad ordena (en el sentido de poner orden) la separación de la Iglesia del estado; eso significa que el estado no tiene religión ni Iglesia oficial, ni injerencia alguna en los asuntos eclesiásticos. La laicidad no proscribe lo religioso, no lo descalifica sino que lo separa del gobierno, de lo oficial, de lo legalmente obligatorio.

El laicismo, por el contrario, es una posición hostil a todas las Iglesias y a todos los credos religiosos. No fue laica sino laicista la reacción de la Ministra Kechichian cuando, habiendo concedido -sin saber de qué se trataba- un privilegio tributario al congreso de iglesias protestantes celebrado en Punta del Este, lo retiró cuando se enteró de la naturaleza religiosa de ese encuentro. No fue laica sino laicista la postura de la Ministra Muñoz cuando calificó al barrer como plaga a todas las denominaciones protestantes pentecostales que existen en el país.

Vuelvo al Cardenal Ravasi: “No hay quien no vea, sin embargo, cuán delicada es esta presencia “secular” en su concreta declinación (en el sentido en que se declina un verbo) similar a un recorrido sobre una arista, una cresta cortante de una montaña. César y Dios, efectivamente, frente a frente se dedican a un único sujeto, la creatura humana y el mundo, con matices diversos que, sin embargo, deben disponerse en armonía, sin prevaricaciones pero también sin ausencias”.

Sabias palabras para este Uruguay tan dado ahora a confrontaciones tan estridentes y enardecidas sobre causas y asuntos de los que conoce poco y entiende menos. ¡Feliz Navidad cristiana!