Iglesia al día

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Mirando con Dios este tiempo

La Iglesia en los medios Un Francisco criollo

Semanario BRECHA |

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Un arzobispo distinto, sus primeras señales. La alegría, las euforias, las dudas. El triste y solitario final de Nicolás Cotugno.

Los primeros pasos de Daniel Sturla. Su primera reunión con el papa Francisco, confirmada. El extendido consenso contrario a bajar la edad de imputabilidad. La Iglesia uruguaya en la era Bergoglio.

La nueva cara de la Iglesia uruguaya

Mariana Contreras/ Ricardo Scagliola

Hijo de otro tiempo. Esa es tal vez la definición más benévola que la comunidad católica uruguaya le dispensa al ex arzobispo de Montevideo, Nicolás Cotugno. Este italiano, que durante 15 años ostentó el cargo simbólicamente más importante de la Iglesia uruguaya, renunció en setiembre pasado al cumplir 75 años, tal como lo dicta el derecho canónico. En su lugar asumió Daniel Sturla, quien hasta entonces se desempeñaba como obispo auxiliar y que comparte con su antecesor la procedencia salesiana. Pero hasta ahí llegan las coincidencias. Los tres lustros de Cotugno al mando de la Arquidiócesis de Montevideo estuvieron fuertemente marcados por su activa participación en algunos de los debates más importantes de la sociedad uruguaya. La lectura más extendida dentro de la Iglesia imputa al ex arzobispo una idiosincrasia sustantivamente distinta a la uruguaya. Otros curas le atribuyen un excesivo perfilismo, no exento de una cultura política como la italiana, que tiene diferencias abismales con la autóctona. Llegado a Uruguay hace 43 años y designado por el papa Juan Pablo II, a Cotugno no le fue sencillo comprender a cabalidad la laicidad asentada desde hace cien años en un país donde la gravitación de la Iglesia no goza de prerrogativas exorbitantes ni mucho menos. Y donde el discurrir de la sociedad civil ha transitado, lejos de los preceptos católicos, en pos de la libertad de cuerpos y mentes, de la diversidad y del mejor posicionamiento de las minorías.

A tono con la postura vaticana de Juan Pablo II y Benedicto XVI, Cotugno fue portavoz de la sensibilidad más conservadora y reaccionaria de la Iglesia. Sus formas dejaron como legado una institución cerrada, protagonista de las expresiones más agresivas que se recuerden de una autoridad eclesial nacional en tiempos modernos. Durante su mandato, el arzobispo saliente atacó duramente a los homosexuales, acusándolos de padecer “depravaciones graves”, y abrió las parroquias montevideanas a “grupos de reflexión ” para ofrecer “una salida para quienes quieran curarse ”, oponiéndose además al matrimonio entre personas del mismo sexo y a la posibilidad de que éstas adopten hijos. Tampoco dudó en llamar “asesinato” al aborto, llegando a compararlo con el terrorismo mundial, y no dudó en intervenir fuertemente durante la campaña para la interposición de un recurso de referéndum contra la aprobación del proyecto de ley que lo despenalizó. En todos los casos, Cotugno se opuso tenazmente a cualquier iniciativa de ampliación de derechos, de secularización, de respeto a costumbres socialmente implantadas.

Si lo anterior fue crudamente visible a los ojos ajenos a la institución, la política de Cotugno también influyó decisivamente a ralear la participación en la interna de la Iglesia. Nunca aceptó los pedidos de reunión surgidos de un grupo de curas nucleados alrededor de la figura del ex arzobispo de Montevideo Carlos Parteli y de la “Iglesia posconcilio”. Obispo primero de la Diócesis de Tacuarembó y Rivera y luego designado arzobispo de Montevideo (19761985), Parteli no sólo es recordado por su fuerte compromiso social y su férrea oposición al golpe de Estado, sino también por ser quien, siguiendo los preceptos del Concilio Vaticano II y las conferencias de Medellín( 1968) y Puebla (1979) ocasiones en las que se sintió con fuerza la influencia de los teólogos de la liberación y en las que se ratificó con firmeza la “opción por los pobres”, intentó sin suerte la renovación de la moral católica en Uruguay. Estos pedidos de reunión surgían de un grupo que representa, de manera informal, a un sector crítico con la gestión de Cotugno y una vertiente progresista dentro de la Iglesia uruguaya. De él participan algunos curas vinculados a la sensibilidad de la teología de la liberación, que trabajan a impulso individual en los barrios de la capital.

Pero Cotugno nunca se mostró muy adepto a abrir la participación en el gobierno de la Arquidiócesis de Montevideo. Durante su período algunos órganos de consulta fueron relegados y otros fueron directamente suprimidos. Por consiguiente, la participación de la comunidad católica disminuyó considerablemente en la estructura eclesiástica. El Consejo del Presbiterio, un órgano consultivo previsto en el derecho canónico, conformado por sacerdotes, apenas se reunió dos veces el último año, lo que contrasta con los encuentros mensuales que se hacían antes de su llegada a la arquidiócesis. Este consejo tiene la función de asesorar al obispo en el gobierno de su diócesis, y aunque su opinión no es vinculante muchas veces actúa como soporte de las tareas. De hecho, y como otro signo del nuevo período que atraviesa la Iglesia desde su llegada al trono de San Pedro, el propio papa Francisco se jactaba en una de las pocas entrevistas concedidas en este caso a la revista Razón y Fe de haber convocado “varias veces al año’’ al consejo para “optar por las mejores decisiones ” durante su pasaje por la diócesis de Córdoba, Argentina.

Decidido a gobernar en soledad, Cotugno también suprimió el Consejo Pastoral Arquidiocesano, integrado por sacerdotes, laicos y consagrados, un órgano consultivo en temas de índole pastoral, y uno de los espacios donde confluyen las diversas voces de la comunidad. Este consejo tuvo un papel muy activo cuando, en 1984, durante la salida de la dictadura, analizó la coyuntura electoral de la naciente democracia. El carácter decididamente narcisista del ex obispo lo llevó también a frenar algunos tímidos intentos de la Iglesia por vincularse con el resto de la sociedad. El ejemplo más insólito quizá sea la decisión de hacer coincidir la celebración de la Arquidiócesis de Montevideo con la fecha de su llegada al arzobispado, el 21 de diciembre. A diferencia de Cotugno, su antecesor, monseñor José Gotardi, había fijado la conmemoración el 3 de mayo, día de San Felipe y Santiago, patrones de la ciudad. Aquel había sido un período que algunos definen como de apertura hacia la ciudad y sus temas, en un intento por acercar la Iglesia a la realidad social. De ahí que, en un principio, la celebración había cobrado un carácter decididamente laico. En 1996 siete personalidades no religiosas (entre ellas el entonces intendente de Montevideo, Mariano Arana, y el líder histórico del pitcnt José D’Elía) habían sido invitadas a responder sobre las expectativas de la sociedad en relación con el rol de la Iglesia, con la intención de recabar insumos para la reflexión. Ese año se convocó a una celebración sin misa en la Catedral, y hasta la murga Aracá la Cana cantó “La canción de los barrios”.

La experiencia se repitió, un año sí y otro también, hasta la llegada de Cotugno. En el primero de su mandato, el nuevo arzobispo aceptó participar aunque incorporando la misa a la celebración. Los organizadores accedieron, pero al año siguiente la fiesta dejó de realizarse, y el obispo pasó a autocelebrar su llegada al cargo. Con el correr del tiempo la respuesta displicente de sus pares no se hizo esperar. Durante los 15 años en que Cotugno estuvo al frente de la Iglesia de Montevideo, la Conferencia Episcopal del Uruguay (ceu) órgano que reúne a todos los obispos del país y cada tres años elige a su presidente eludió siempre la posibilidad de concederle la máxima jerarquía eclesiástica del país. Su amargo pasaje por Montevideo tuvo su corolario el pasado 20 de diciembre, cuando en la misa de celebración del final de su mandato apenas tres de sus 15 vicarios se hicieron presentes. Fue, explicaron fuentes de la curia a Brecha, un modo de contraponer la desmesura y la ambición que se le atribuían a Cotugno. A la hora de la despedida, Cotugno dejó tras de sí un clero y una feligresía en buena medida dichosos de su partida, que permitirá ahora comenzar una nueva etapa. Sin embargo, esa misma malhumorada grey no intentó jamás patear el tablero durante los 15 años de su arzobispado. El solitario final lo encuentra ahora residiendo en el predio de la Fraternidad Contemplativa María de Nazareth, que él mismo contribuyó a fundar. Allí convive con otros religiosos y sobre todo laicos que pertenecen a la comunidad. Una vez retirado, Cotugno continúa participando de la ceu en su calidad de obispo emérito.

EL PANCHO ORIENTAL. El nombramiento de Daniel Sturla, un hombre de un talante decididamente diferente al de Cotugno (véase nota aparte), es visto con buenos ojos dentro de los diversos sectores de la Iglesia, pero también fuera de ella. “Hace muchos años que un nombramiento episcopal no causaba la adhesión entusiasta que ha provocado el de monseñor Sturla”, reconoció a Brecha Jaime Fuentes, único obispo perteneciente al Opus Dei, uno de los sectores más conservadores de la institución. Fuentes aludió así a la presencia en la Catedral, el 9 de marzo, día de la asunción de Sturla, del presidente José Mujica, la intendenta Ana Olivera, el diputado Jaime Tro bo y Pedro Bordaberry, entre otros líderes políticos, además de representantes de las Fuerzas Armadas y líderes de otras comunidades religiosas. “Es un presagio, pienso, de que la Iglesia uruguaya irá por el mismo camino que marca el papa Francisco”, vaticinó. Es probable que Fuentes tenga razón. Que la llegada de Francisco haya dado un empuje o viento de cola a la algarabía que rodea el advenimiento de Sturla. Dos años atrás, cuando ya se hablaba del recambio en el arzobispado, en la danza sobre el posible sucesor el nombre de Sturla sonaba junto al de Alberto San guinetti, obispo de Canelones y hombre de impronta más conservadora (véase Brecha, 13 IV12). Una vez instalado Francisco, el obispo canario dejó de figurar en las apuestas, cobrando fuerza los nombres de Carlos Collazzi, obispo de Mercedes, y Arturo Fajardo, de San José. Si bien es cierto que tanto éstos como Sturla no pertenecen a los magros sectores progresistas dentro de la Iglesia, no menos cierto es que tienen un talante mucho más abierto que su antecesor a la hora de exponer públicamente sus opiniones.

A pesar de ello, algunos nombramientos de Francisco habían dado esperanza a ciertos sectores de que “la novedad fuera mayor”, con relación a la designación del nuevo arzobispo de Montevideo. El nombramiento, en setiembre de 2013, del argentino Juan José Chaparro como obispo de Bariloche había ambientado cierta expectativa en las comunidades más progresistas de la Iglesia. Hasta febrero del año pasado, Chaparro se había desempeñado como cura párroco en Montevideo. Hombre de extracción popular, sencillo, abierto y comprometido, se había consustanciado con ciertos sectores progresistas. Pablo Bonavía, párroco de La Cruz de Carrasco, y Javier Galdona, nombrado ahora vicario pastoral de la Arquidiócesis de Montevideo, eran algunos de los nombres que alentaban una mayor esperanza de transformación. No obstante, la magnitud del cambio es patente, hasta obvia. La pregunta mundana que cunde ahora en estos sectores, relegados en las últimas décadas, es si eso impactará en su, hasta ahora, activa y sutil práctica religiosa.

EL DISCURSO DEL REY. Es indudable el apego que en materia discursiva guarda Sturla con el papa Francisco. En apenas un mes el arzobispo pidió disculpas a las organizaciones LGTTB por acciones de la Iglesia uruguaya que pudieran haber herido a la comunidad gay, se manifestó contrario a la idea de bajar la edad de imputabilidad (véase recuadro), aceptó tener dudas en tomo al debate sobre la marihuana, y bajó el alto perfil que la Iglesia sostuvo en el tema del aborto, aduciendo que “hay que mirar para adelante, porque la ley ya está aprobada”. Más sintomático todavía es cierto realineamiento que parece producirse en la interna de la CEU. Los obispos de Uruguay acaban de publicar un documento, al que llamaron Un aporte a la reflexión en este tiempo electoral, en el que esbozan criterios a tener en cuenta a la hora de elegir candidato en las próximas elecciones nacionales. El texto contrasta con el tono utilizado para las elecciones de 2009, donde los “principios no negociables” de la iglesia fueron planteados como fuertes condicionantes a la hora de elegir el voto. Un ejemplo fácil mente palpable del cambio es la redacción dada en 2009, donde la Iglesia planteó, como “criterio de discernimiento’’, “poner como condición necesario de nuestro apoyo a las distintas propuestas la defensa de la familia basada en el matrimonio estable de un varón y uno mujer y la coherencia de esos propuestas con la consecuente’ visión de la sexualidad humana y su significado”. Al calor del nuevo clima imperante en Roma, en esta oportunidad los obispos de la ceu optaron por no plantear criterios específicos y se limitaron a enumerar los principios y valores que identifican al catolicismo.

Atendiendo a la necesidad de renovación interna, Sturla fijó tres prioridades que parecen querer revertir la situación heredada. La primera, “el acercamiento a los sacerdotes de la Arquidiócesis”. Antes de asumir, el nuevo obispo mantuvo entrevistas con diversos grupos (entre ellos los nunca recibidos por Cotugno). Sturla nunca fue cura párroco su recorrido por la Iglesia está fuertemente vinculado a la educación y a la formación de salesianos, y ha reconocido en esos encuentros que tiene mucho para aprender, empezando por dominar el trabajo territorial. La franqueza de su planteo causó buena impresión entre los concurrentes. “Es un hombre que no rehuye la discusión y sabe sostener sus posiciones sin descomponerse”, describió Paul Dabezies, párroco de la Aguada, que participó en una de esas reuniones. Dabezies integra el grupo afín al pensamiento de Parteli ya mencionado, y contó a Brecha que durante el encuentro le plantearon al nuevo arzobispo su preocupación por la formación sacerdotal. No sólo porque el recambio de profesores es escaso, sino también porque las nuevas generaciones cultivan una actitud mucho más conservadora y tradicional (para empezar, en la liturgia) que sus mayores. La curia de corte más “progresista” planteó, en uno de los encuentros que mantuvo con Sturla, la necesidad de abrirse como Iglesia a la realidad montevideana, una iniciativa que podría incluir el llamado a laicos comprometidos y competentes en sus áreas de acción, para crear un “diagnóstico de la realidad que viven los montevideanos”. La segunda prioridad de Sturla serán “los movimientos internos de la curia”.

Y la tercera, la necesidad de “repensar las estructuras pastorales de la Arquidiócesis, en un clima de diálogo con todas las realidades de la Iglesia” (revista digital Carta Obsur, abril de 2014).

“El gran desafío es la comunicación ”, ha dicho también el flamante arzobispo, sabedor del déficit uruguayo pero también de las dificultades que arrastra la Iglesia Católica alrededor del globo. Y aunque, como buen pago chico, el destino de la Iglesia nacional estará signado por la fumata de Roma, habrá que esperar para saber si el desafío comunicativo de Sturla incluye ir más allá de la cosmética vaticana.