Iglesia al día

" El Tiempo de la Creación es un tiempo para renovar nuestra relación con el Creador y con toda su maravillosa obra, la naturaleza, por medio de la celebración, la conversión y el compromiso. "
Tiempo de la Creación

La Iglesia en los medios ¡Todos al Registro Civil! [Opinión]

LA REPÚBLICA | Julio Guillot |

Hace no muchos años, nadie habría podido imaginar que el Uruguay incorporaría a su legislación civil la posibilidad de que dos personas del mismo sexo contrajeran enlace entre sí.

Porque –reconozcámoslo– por más que el país lleve la impronta progresista de Pepe Batlle y su laicismo, la sociedad uruguaya siguió siendo bastante pacata, conservadora e hipócrita; la prueba está en las dificultades que hubo que superar para lograr la despenalización del aborto.

Hasta no hace mucho, el oficial del Registro Civil encargado de celebrar un matrimonio repetía, entre otras consignas, aquello de que “el marido debe protección a la mujer” (mirando al novio emocionado, prolijamente trajeado y engominado); y, dirigiéndose a la novia –conmovida casi hasta el llanto, primorosamente vestida de blanco y con peinado de peluquería–, le recordaba: “la mujer debe obediencia al marido”.

Felices tiempos en que el blanco no podía faltar en el vestido de novia; es el color de la pureza y la inocencia. (Aunque hay que acotar que todas se casaban de blanco aun cuando hubieran pecado manteniendo relaciones prematrimoniales, las muy casquivanas).

Recordemos, de paso, que para contraer nupcias, se requería el consentimiento de los padres hasta cierta edad: el varón debía contar con el aval de sus progenitores hasta los 25 años; y la mujer, hasta los 30 (¡!). Pero todo ese disparatario fue felizmente sepultado hace ya un buen tiempo.

Con el paso de los años, paralelamente al aumento de los divorcios, el casamiento empezó a percibirse como una imposición de la sociedad burguesa, un mero trámite desprovisto de significado que no garantizaba la felicidad de la pareja. Al punto que la mayoría de las parejas actuales prefieren vivir en concubinato y no pasar por el Registro Civil; sobre todo desde que se reguló y reglamentó la unión concubinaria, que incluye, también, a las parejas homosexuales (hombres y mujeres).

En tales circunstancias, cuando parecía que el matrimonio estaba definitivamente condenado a desaparecer, surgió el reclamo de gays y lesbianas por su derecho a contraer enlace con todas las formalidades y al mismo título que las parejas heterosexuales. El sistema político, siempre sensible a las causas justas, hizo suyo el reclamo y así obtuvo sanción, por abultada mayoría, la reciente Ley de Matrimonio Igualitario. Y todos contentos.

Pero la dicha ley no se agota en esta novedad sino que incluye, además, otras disposiciones que apuntan al más noble igualitarismo. Ya no será obligatorio que los críos lleven como primer apellido el paterno, sino que, de común acuerdo entre los cónyuges, podrán ser anotados con el apellido de la madre en primer lugar. Otro duro golpe al machismo que no ha sido derrotado aún y sigue dando batalla para no perder sus prerrogativas.

Claro está que todo esto fue una revolución cultural y generó las respuestas más virulentas de los conservadores escandalizados. Repasando notas de prensa de años anteriores, me encontré con algunas consideraciones de opositores al matrimonio igualitario que vale la pena transcribir. Por ejemplo, una integrante del Instituto Jurídico Cristiano aseguró, ante la Comisión Parlamentaria que estudiaba el matrimonio igualitario, que la iniciativa “demuestra un desconocimiento del concepto de familia que se establece en la Constitución”. Además, criticó que se intente un acompasamiento de la norma a la realidad social. Sostenía que con ese criterio, “mañana podemos llegar al reconocimiento de situaciones aberrantes, amparando legislativamente, por ejemplo, el incesto, la pedofilia, etcétera” (sic). De donde se deduce que para esta buena señora los homosexuales deben compartir la misma bolsa hedionda que ocupan la pedofilia y otras aberraciones.

Otra militante del mismo grupo afirmaba que “no es conveniente la crianza de niños por parejas homosexuales” porque “los niños tienden a repetir las conductas que se desarrollan en el seno del hogar”; con lo que “la repetición de las conductas homosexuales llevaría a la disminución de los nacimientos”. (Todo sic). Aparentemente, habría que concluir que esa tendencia repetitiva de las conductas de los mayores no fue seguida por los varones y mujeres homosexuales criados en hogares heterosexuales, ¿verdad?

Y finalmente, calculando que debe de haber unos cuantos homosexuales católicos que desearían casarse por iglesia, me aventuro a predecir que les espera una lucha mucho más dura: lograr el acceso, también, al matrimonio religioso; esto es, que su unión sea bendecida por el Señor.

La veo difícil, pero no hay peor gestión que la que no se intenta. Así que ahora, Ovejas Negras, a prepararse para la batalla.