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EL OBSERVADOR |

Vaticano. Cerca de 1 millón de personas asistieron a las canonizaciones de Juan XXIII y Juan Pablo II

Desde el fondo de la Via della Conciliazione llegó el aplauso largo hasta el altar de la plaza de San Pedro, donde el papa Francisco acababa de pronunciar la fórmula de canonización, y Juan XXIII y Juan Pablo II, dos de los pontífices más recientes de la Iglesia católica, fueron declarados santos. El papa emérito Benedicto XVI fue uno de los cardenales concelebrantes que estaban en primera fila y permitió que la jornada, que prometía ser histórica, lo fuera aun más.

Nunca antes habían coincidido cuatro pontífices y ayer domingo esto fue posible. Cuando las pantallas distribuidas en la plaza, calles cercanas y otras zonas de Roma enfocaron su cabeza cubierta con un solideo blanco –el único entre tantos morados–, la multitud estalló también en un aplauso, mezcla de agradecimiento con veneración y respeto. Contrariamente a lo que a veces transmite la prensa, ayer, en San Pedro, se vivió una gran devoción hacia quien renunció hace un año, y que cada vez que era enfocado por alguna cámara suscitaba emociones que se traducían en murmullos.

La ceremonia de canonización fue en el marco de una misa que transcurrió según lo previsto, ante la presencia de 92 delegaciones internacionales y con entre 130 y 150 cardenales concelebrando. Los primeros de negro y los segundos de blanco, ubicados a derecha e izquierda del altar, tenían una vista privilegiada a una multitud difícil de calcular, pero cercana a las 500 mil personas dentro de la plaza y la calle en la que desemboca, al margen del medio millón que se quedó en las inmediaciones y en otras zonas acondicionadas de Roma.

Debido a la cantidad de gente que se esperaba, muy pocas fueron las personas que tuvieron un acceso prioritario y que pudieron seguir la ceremonia sentadas en sillas.

Los controles fueron firmes y, pese al tumulto y al caos, la gendarmería no permitía a nadie el pasaje a una zona especial sin que tuviera la entrada correspondiente. Los que sí accedieron fueron los cerca de 2.000 obispos y sacerdotes que concelebraban o distribuían la comunión, así como algunas personas que por diversos motivos merecían estar más cerca de los papas. Era el caso de afines a los cuerpos diplomáticos, delegaciones de las diócesis de donde eran oriundos los canonizados, o representantes de comunidades cristianas muy reducidas, como, por ejemplo, de Sri Lanka.

Anna era una de estas personas que tenían silla y buena ubicación, en este caso gracias a su condición de polaca residente en Alesund, una ciudad de Noruega de cerca de 100 mil habitantes donde hay apenas una misa católica por mes. Llegó a Roma el sábado, a las 10 de la noche, durmió en el suelo y el domingo, a las 7 de la mañana, estaba instalada con su mochila. Anoche volvió al país donde reside con una alegría que seguramente tendría algún adjetivo en polaco o noruego, pero que ciertamente no era comprensible para alguien que habla inglés o algunas lenguas latinas.

Cerca de ella se encontraba alguien que se hacía llamar Paul, pero que por sus rasgos denotaba que en realidad tenía un nombre oriental. En efecto, Liu Qiang es de Pekín y seguía todo con la misma emoción de quien nunca ha visto a tantos católicos juntos, pues en su ciudad viven unos 12 millones de personas, pero hay apenas 70 sacerdotes y 20 iglesias.

María Teresa, de Nigeria, lucía con orgullo el traje que se mandó a hacer para la ocasión, estampado con imágenes de Jesús de la Misericordia, cuya devoción fue fijada por el mismo san Juan Pablo II en el año 2000 y que se celebraba ayer, en coincidencia con el domingo después de Pascua.

El testimonio de los santos

Los otros que pudieron seguir la ceremonia con mayor tranquilidad fueron los enfermos, quienes contaron con una zona especialmente habilitada para ellos y sus acompañantes, custodiada por monjas que los atendían.

Más allá de que generalmente se procura darles un espacio especial, en esta ocasión el esfuerzo fue más notable debido a la coincidencia con la devoción instaurada por el papa polaco y porque tanto san Juan XXIII como san Juan Pablo II “tuvieron el valor de mirar las heridas de Jesús, de tocar sus manos llagadas y su costado traspasado”, según destacó Francisco en su homilía de apenas 10 párrafos.

La homilía del papa fue en italiano, y según el guion que tenía, ante un silencio de los fieles que hacía olvidar que se estaba junto a otro medio millón de personas. “San Juan XXIII y san Juan Pablo II no se avergonzaron de la carne de Cristo, no se escandalizaron de él, de su cruz; no se avergonzaron de la carne del hermano porque en cada persona que sufría veían a Jesús. Fueron dos hombres valerosos, llenos de la parresía del Espíritu Santo, y dieron testimonio ante la Iglesia y el mundo de la bondad de Dios, de su misericordia”, proclamó Francisco, que a continuación hizo referencia al Concilio Vaticano II.

Convocado en busca de un “aggiornamento” de la Iglesia por el papa Juan XXIII –aquel que se pensaba que ejercería un ministerio de transición–, acabó siendo un evento de tres años (1962-1965), donde se precisaron realidades de la Iglesia tales como la llamada universal a la santidad. Durante esos años, Juan Pablo II participó como padre sinodal (era entonces obispo de Cracovia), y ayer Francisco destacó que él y su predecesor “colaboraron con el Espíritu Santo para restaurar y actualizar la Iglesia según su fisonomía originaria, la fisonomía que le dieron los santos a lo largo de los siglos”.

El pontífice recordó que “son precisamente los santos quienes llevan adelante y hacen crecer la Iglesia”, y puntualizó que en la convocatoria del Concilio, san Juan XXIII “demostró una delicada docilidad al Espíritu Santo, se dejó conducir y fue para la Iglesia un pastor, un guía-guiado, guiado del Espíritu. Este fue su gran servicio a la Iglesia; por eso, a mí me gusta pensar en él como el papa de la docilidad al Espíritu Santo”.

En el caso de Juan Pablo II, su servicio a Dios fue por la familia, continuó diciendo Francisco. “Él mismo, una vez, dijo que así le habría gustado ser recordado, como el papa de la familia. Me gusta subrayarlo ahora que estamos viviendo un camino sinodal sobre la familia y con las familias, un camino que él, desde el cielo, ciertamente acompaña y sostiene”, agregó el papa, y el aplauso se extendió en instantes por la plaza antes de que comenzaran las peticiones de la oración de los fieles.

Como en toda ceremonia solemne, los silencios y el incienso también tuvieron su protagonismo acompañado por la piedad de la gente. En orden, fueron comulgando y al regresar a sus puestos se arrodillaban para rezar mientras los demás hacían lo propio.

Pero una vez que la misa había terminado y el papa se disponía a saludar a los jefes de Estado antes de recorrer la plaza con el papamóvil, los murmullos aumentaron y la gente comenzó diplomáticamente a buscar una ubicación cercana a alguna valla, como para ver de cerca a Francisco. Las banderas se desplegaron de a miles y la música las hacía ondear a su ritmo. Pero en el momento en que sonó Jesus Christ you are my life fue cuando las emociones finalmente se precipitaron en llantos, fotos y exclamaciones.

Es que la canción comenzó a pasarse en la Jornada Mundial de la Juventud del año 2000 y se convirtió en una suerte de himno de aquellos eventos que comenzaron por impulsos de Juan Pablo II.

Los presentes en la plaza –salvo contadas excepciones contemporáneos del “papa de los jóvenes” y testigos de aquellos encuentros– se repetían a sí mismos, una vez más, que estaban viviendo momentos históricos. l

Noche blanca de oración

La iglesia de Santo Spirito in Sassia queda a pocas cuadras de la Basílica de San Pedro y es una de las 12 que durante la noche permanecieron abiertas para que los peregrinos rezaran antes de acudir a la misa. Afuera, la imagen de Juan Pablo II invitaba, y aunque las decenas de personas instaladas en las escalinatas –de pie, sentadas y acostadas en sobres de dormir– indicaban que era mejor rezar desde afuera, igual valía la pena entrar aunque fueran dos minutos.

Sobre el altar estaba la custodia con la hostia expuesta y en la nave central los peregrinos rezaban de pie o sentados en los bancos. Hasta ahí todo predecible. Lo que no se podía imaginar era que en los costados de los bancos y junto a la puerta lateral había gente acostada, aparentemente durmiendo, aunque el tránsito hacía que pareciera imposible. Piedad popular al extremo.

Su “estrategia” no fue mala, pues al día siguiente estuvieron más cerca que gran parte de la multitud a la hora de procurarse un acceso a la plaza de San Pedro, desbordada por todos sus costados.

Muchos peregrinos durmieron en las calles, a la espera de la llegada del alba, y otros durmieron unas pocas horas y cerca de las 3 de la mañana comenzaron su camino hacia la plaza.