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La Iglesia en los medios Sirios en un rincón del sur

EL OBSERVADOR |

Uruguay recibió con los brazos abiertos a las cinco familias sirias que llegaron huyendo de la guerra civil, pero está por verse qué tan fácilmente se adaptarán a la cultura local. Hay razones para el optimismo

Desde que llegaron las cinco familias sirias a Uruguay, el 10 de octubre, una preocupación de sus anfitriones, del gobierno y de la opinión pública en general es qué tanto se adaptarán a Uruguay. Son 42 personas que no hablan español ni algún idioma remotamente parecido y no conocen el alfabeto. Sus tradiciones, su religión y su cultura son otras.

En Uruguay, además, no hay una comunidad siria propiamente dicha con la cual atenuar la llegada. Casi no hay musulmanes en el país. En Montevideo sí hay una colectividad de origen libanés, que en su momento eran sirio-libaneses. Hablan árabe y vienen de la misma región del mundo pero son cristianos. Sus descendientes se adaptaron a las costumbres locales de tal manera que no hay rasgos que los separen, salvo alguna costumbre culinaria y la sonoridad de los apellidos árabes.

Los sirios que llegaron hace 10 días y los que se espera que lleguen en unos meses, vienen de zonas desérticas o rodeadas de desiertos y estaban cercados por la intolerancia y la guerra.

La diferencia con la tierra a la que llegan es tan clara, que es un gran incentivo para adaptarse, pero ¿qué tan distintas son las realidades culturales?

El ejemplo de Alí

Hay alguien capaz de responder con propiedad la pregunta. Se trata de Alí Ahmad, nacido en Alepo, una ciudad siria con 3.800 años de historia. A los 22 años decidió probar suerte en Uruguay y se quedó. Ahmad dice que con un poco de voluntad es muy fácil adaptarse a este país de gente amable y cultura de tolerancia.

“Uruguay es un país divino. Si vos te acostumbrás a Uruguay, no podés dejarlo. Si vivís en Uruguay y te acostumbrás a la gente, es lo mejor que te puede pasar. En Salto, donde vivía, todo el mundo me decía: “Alí, turco, ¿cómo andás?”. “Todo el mundo riendo”, dice.

La aventura uruguaya empezó cuando Ahmad hacía el servicio militar en el Líbano, como parte de las fuerzas de paz sirias instaladas después de la guerra civil (1975-1990). Estuvo tres años en el servicio y ahí conoció a un libanés que tenía familia en Uruguay y se decidió a emigrar. Él es el segundo de siete hermanos, en una familia sunita de posición económica holgada. Estuvieron de acuerdo con su viaje y lo apoyaron.

Fue en 1993.

“Era lejos y yo no sabía lo que era. Yo fui buscando aventura. América. Salir del país. Esa era la idea mía, quería salir. Era un régimen de partido único. Yo quería libertad. Allá todos los jóvenes quieren eso”.

Llegó a Salto, donde hizo “un montón de negocios”. Trabajó en faena de animales, aunque también tuvo peluquería, un restaurante de cocina árabe y terminó en la compraventa de inmuebles. “Trabajaba todo el día. Dormía dos o tres horas. Aguantaba, tenía veintipocos años”, recuerda.

Le fue bien. “Yo soy comerciante, comerciante. Yo compraba y vendía casas. Y claro, cuando la cosa estaba barata, compraba, y después vendía”. En 2002 se estableció en Montevideo y siguió con la compra-venta de inmuebles. Puso un estacionamiento y creó el Centro Islámico.

En 2001, volvió a Siria y su familia le explicó el abecé de su propia cultura. “No es solo trabajar, también hay que crear una familia numerosa”. Le presentaron a una mujer. Ahmad volvió a Siria en 2005, se casó con ella y regresaron a Uruguay. “Las mujeres allá son distintas, son más caseras”. Ahora tienen cuatro hijos.

La vida en Uruguay les sonríe: “Si vos no andás en cosas raras, acá la gente es todo bien. Si vos andás derecho, está todo bien. Felizmente, hasta ahora, nunca tuve ningún problema con nadie. Siempre derecho, siempre con la verdad, siempre así por el camino. Prefiero perder yo que estar mal con la gente. Es mi costumbre. Siempre quiero estar bien. No quiero entrar en conflicto con nadie”.

Ahmad se adaptó muy bien. Tiene amigos uruguayos, socios uruguayos y es querido y respetado. Lo difícil para él es adaptarse a Siria, cada vez que vuelve. “Cuando te acostumbrás a vivir acá, volver es difícil. Yo fui en 2001 a Siria y, te digo de corazón, iba por tres meses y a los 10 días me quería ir. Dije: “Madre, me voy. ¿Por qué? Porque extraño, me tengo que volver”, narra Ahmad.

En gran parte, la incomodidad tenía que ver con el protocolo entre hombres y mujeres. “Cando fui a Siria, mi prima… yo me equivoqué y le acerqué la cara para darle un beso y ella se retiró. Y a mí me chocó, me chocó tanto. Yo quería saludar a mi prima y le fui a dar un beso en la cara y se tiró para atrás. Es costumbre. Yo me olvidé. Por eso no aguanté”.

Lo que no extrañó en Siria fue el mate, porque “tenés que saberlo: en Siria se toma mate. El vaso es de vidrio, no es esta calidad”, dice, y señala su mate, sobre la mesa de la oficina del Centro Islámico, un mate de verdad.

En cuanto a la educación de sus hijos, Ahmad dice que aprenderán los valores que él aprendió en Alepo, pero que son uruguayos y cuando sean mayores decidirán por sí mismos: “Yo les voy dar la educación mía y no voy a olvidar, pero quiero ser razonable. Nosotros decidimos vivir acá y aceptamos la vida de acá”.

El islam

El Centro Islámico, de Ejido y Soriano, tiene un doble propósito: ser un lugar de oración y de encuentro para los árabes que viven o que llegan a Montevideo y “mostrar quiénes somos, de dónde venimos, qué significa ser musulmán. Si alguien quiere conocer, leer, acá hay material a disposición”.

Ahmad considera necesario explicar que lo suyo no tiene nada que ver con política: “Me han llamado a ver qué te parece, Alí, tal cosa, qué te parece tal otra. Yo no soy político ni lo quiero ser. Soy una persona común y corriente. El islam tiene que ver con mi vida cotidiana, porque soy musulmán. No quiero dañar a nadie. Hago negocios y los hago derecho. Lo mío es mío y lo tuyo es tuyo. Mi palabra es mi palabra. No cambia”, explica.

Ahmad también da consejo espiritual y explica que su manera de seguir los preceptos del islam tiene que ver con sus circunstancias: “Somos moderados, musulmanes de Occidente. Somos más abiertos”.

Ahmad considera que el presidente José Mujica hizo algo muy bueno. “Él tiene principios, luchó toda la vida por sus principios. Él quiere ayudar. Porque él sabe que hoy en día, un país en guerra es Siria: es la peor guerra del mundo. Trajo algunas familias: Uruguay es un país chico, pero es un ejemplo, a ver si otros países hacen algo parecido”. Según el sirio, estos compatriotas suyos tuvieron mucha suerte. Para el pueblo uruguayo es una cosa nueva, pero les están dando una mano. Yo traje una familia con ocho hijos. Tuvieron suerte, también. Pusimos un cartel afuera y la gente viene y trae ropa que no usan y compran pañales y los traen”.

Según Ahmad es perfectamente posible ser sirio y ser uruguayo: “Acá cada uno hace lo suyo sin que nadie lo moleste”. Y ni siquiera hay esos problemas que existen en Europa: “Ahí tenés que escuchar música con auriculares en tu propia casa. Acá es distinto, la gente se saluda a los gritos en la calle. Somos más parecidos”, concluye.

Los sirios recién llegados por ahora están viviendo sus 15 minutos de fama: son estrellas mediáticas, a donde van hay cámaras y micrófonos y por alguna razón que tiene que ver con la identidad uruguaya, se los ve con una simpatía muy peculiar.

Ahmad no tiene ninguna duda de que saldrán adelante sin necesidad de perder su esencia: “Como me pasó a mí, ellos nunca estarán solos; siempre estarán en su casa”. l

Sin trueque

Alí Ahmad no cambia a Uruguay por nada del mund

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El inicio del camino

Son familias numerosas que llegan de una experiencia traumática y cuyas costumbres son muy distintas a las locales. Una de ellas tiene 12 integrantes: el matrimonio y 10 hijos, adolescentes y niños. Otra tiene seis integrantes: un matrimonio joven y cuatro hijos, escolares y preescolares. Una tercera familia tiene 14 integrantes: el matrimonio y 12 hijos entre los que hay desde adultos a escolares.

También llegó una familia de cuatro integrantes: un matrimonio y dos hijos pequeños; y la quinta familia es de seis integrantes: una mujer viuda y cinco hijos, adolescentes y escolares.

El presidente de la República tomó la decisión de ofrecer refugio a los sirios luego que el canciller Luis Almagro, de gira por Medio Oriente, visitó el campo de refugiados de Zaatari, en Jordania, país limítrofe con Siria. La guerra civil que se desató en Siria, donde gobierna Bashar Al Asad, obligó a emigrar a dos millones y medio de personas.

Se espera otra tanda de refugiados sirios para febrero. El gesto del gobierno uruguayo tiene que ver con razones humanitarias. Mujica señaló: “No podemos parar una guerra, pero sí mitigar sus efectos”. Con la llegada del segundo contingente, prevista para febrero, los sirios en Uruguay serán 120, una gota en el océano de refugiados, pero el gobierno pretende que este sea un ejemplo para otros países de la región, y así contribuir a un esfuerzo más importante.

Esta es una primera etapa de la inserción de los sirios en la sociedad uruguaya. Un trabajador social y un psicólogo realizan el acompañamiento socioeducativo con la intención de una integración paulatina. Hay un par de técnicos cada tres familias.

Se espera que esta etapa tenga una duración de tres meses, mientras se encuentra un lugar definitivo para las familias, así como puestos de trabajo para los adultos. El tema es seguido por los medios de prensa y hay avidez del público por conocer los detalles, en tanto que no ha sido usado, o apenas lo ha sido (el orgullo de la cancillería, algún cuestionamiento del expresidente Jorge Batlle), en la campaña electoral. Parecería que es un tema en el que, en general, la sociedad concuerda.

Un negocio redondo

“Estos son pueblos que caminaron mucho, que vienen caminando de Arabia”, dice Pedro Abuchalja, presidente del Club Libanés del Uruguay. Se refiere a sus antepasados libaneses y también a los antepasados de los sirios que ahora llegaron a Uruguay.

“Tuvieron suerte en venir a este país en particular. Es como un juguete para los uruguayos. Y nosotros tenemos suerte de que vengan. Ojalá vinieran 2.000, 3.000 sirios. Uruguay precisa población joven, que tenga temple. Esta gente nace ya con cultura. Son civilizaciones antiquísimas”, dice Abuchalja.

Para el descendiente de libaneses, la situación a la que llegaron es ideal. “Juegan a la pelota, que es un símbolo universal. Llegan a la libertad, ya no tendrán miedo a las bombas ni a la represión”.

Pero también hay mucho para ganar por parte de Uruguay. “Desde el punto de vista del trabajo, esta gente viene a trabajar, quiere progresar. Fijate que los paisanos nuestros, libaneses y sirios, salían en zapatillas, por caminos que no existían, llevando baúles o cargando canastas con mercaderías. Iban llevando lentes, camisas, bombachas gauchas, zapatos. La gente se probaba los lentes haciendo una prueba con una aguja y un hilo: cuando embocaban, era el lente adecuado. Iban llevando mercancías a lugares donde no había nada. No había ni brújula. Incluso tomaban pedidos y volvían”, explica.

Para Abuchalja, el contacto con nuevas generaciones que lleguen de Medio Oriente solo puede ser beneficioso, como lo fue cuando llegaron los sirio-libaneses en el siglo XIX. Esa zona del mundo tiene algo especial: “Fijate que ahí se paró Dios, ahí apareció. En toda esa zona. Primero las ideas de Buda, después las ideas de Jesús, después las de Mahoma. Y todas eran coincidentes en una serie de cosas muy importantes”.

El club Libanés se creó en 1908 como Sociedad Siriana, un nombre curioso que agrupaba a los sirio-libaneses que se habían establecido en el país.

En Uruguay no hay una comunidad siria, propiamente dicha, salvo algunos sirios que viven en las comunidades palestinas de las fronteras con Brasil.

En el caso de la inmigración libanesa, se trata de cristianos maronitas y ortodoxos que emigraron a fines del siglo XIX y principios del XX.