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La Iglesia en los medios “Si no hubiera rezado, habría abierto la puerta y me mataban”

EL OBSERVADOR |

La reconstrucción de Ruanda, el egoísmo en el mundo y el testimonio del milagro

Immaculée vive en Nueva York, trabaja en la ONU y en su fundación

A través del teléfono, Immaculée suena simpática y a veces hasta se ríe casi a carcajadas. Es cuando se le pregunta si no se cansa de rezar o si verdaderamente es tan poderosa la fe en Dios.

Cuando vuelve a Ruanda, ¿ve mucho odio?

No lo veo más que otras cosas. Sí se ve mucho sufrimiento: la gente no tiene familia como antes y, si bien se ve que las personas realmente se están recuperando, aún se puede sentir su soledad. Pero se están recuperando de manera impresionante.

¿Los hutus se sienten culpables por lo que pasó?

Sí, se sienten muy culpables. Si se ve en el plano individual, depende de las personas. Algunos están en la cárcel y creo que ellos están mucho mejor porque saben que ese es el castigo por lo que hicieron. Otros se sienten muy culpables. Tengo amigos que no pueden escuchar la palabra “hutu” porque la asocian con todo lo que pasó. Hay mucha culpa y algunos la bloquean en una manera que se convierte en odio y lo único que quieren es luchar contra esa culpa.

¿Cómo ve la reconstrucción del país?

Es alucinante, para mí es un milagro, algo que nadie esperaba. Para dar algunas claves, antes no había mujeres en el Parlamento, por algún motivo no tenían muchas posibilidades. Hoy el 55% del Parlamento es femenino. Teníamos dos o tres universidades en el país, hoy tenemos 27. Es chocante.

Y después, la fe se volvió inmensa en Ruanda. La gente que antes rezaba, ahora reza mucho más, desde el corazón. Cuando fue la elección presidencial los protestantes, baptistas, católicos, y de todas las religiones se encontraron en el estadio para rezar por el país durante una semana. Fue imponente ver cómo la gente se unió más. En general, puedes ver el cambio.

Hay otra cosa que quiero mencionar. Cuando era niña teníamos una tarjeta de identidad que decía si eras hutu o tutsi y había que presentarla en todas partes. Era muy persecutorio. Cuando los demás te veían, aunque no fueran extremistas, te miraban mal. Ahora el nuevo gobierno ha descartado la tarjeta de identidad. No más tutsis ni hutus, todos somos ruandeses. Y eso ha ayudado mucho. Los hutus no tienen idea del regalo que les han hecho, no saben lo que es ser discriminado antes de que te vean.

¿Persiste la discriminación?

Individualmente, sí, ciertamente que la hay. Físicamente, hay una diferencia muy pequeña entre hutus y tutsis. Además, como la gente se conoce desde hace tanto, es fácil saber quién es quién. Entonces, tal vez no se diga “soy tutsi o soy hutu”, pero entre amigos igual sabrán de qué hablar frente a ti o que no se sentarían contigo en el restaurante. Todavía hay un poco de discriminación, solo porque la gente está resentida, asustada o se siente culpable. Pero es a nivel individual, no a nivel del gobierno.

¿Todavía tiene en su cabeza las imágenes del horror?

No, de ninguna manera. A no ser que quisiera recordarlo. Nunca se me vienen porque recuerdo, más que nada, lo que Dios hizo por mí. “Dios, no puedo creer que me diste un trabajo cuando no conocía a nadie”, “no puedo creer que esa señora de la silla de ruedas me haya llevado consigo y hayan pasado tantas cosas buenas”.

Cuando estaba en el baño rezaba mucho. ¿No se cansaba, perdía la fe o la paciencia?

(Se ríe) Nooo. Cuando pierdes eso es porque tienes algo que es mejor (y se ríe más). Y yo no tenía nada mejor que hacer, en qué distraerme. Si dejaba de rezar, mi mente era un infierno y empezaba a pensar en todo lo que podía pasar: ‘Oh mi Dios, me van a violar, me van a cortar, me van a cortar la cabeza’… y no podía pensar en eso, era demasiado malo y peligroso, iba a llenarme de odio y miedo. Cuando rezaba era el único momento en que encontraba paz en mi corazón.

¿Imagina haber sobrevivido sin fe?

Nooo, me habrían matado. Soy muy terca. Si no hubiera rezado, habría abierto la puerta del baño. Era demasiado doloroso, no tenía sentido esperar. Si esperaba, ¿para qué? En mi inteligencia humana, pensaba que me iban a encontrar y eso iba a ser muy doloroso, así que era mejor abrir la puerta y terminar con la tortura. Solo gracias a la oración sentía que no tenía que abrir, que Dios estaba conmigo y que Él podía ayudarme. “No te preocupes, no te rindas, no te rindas”, eso estaba constantemente en mi mente.

Mucha gente la traicionó. ¿Cómo puede volver a confiar?

Eso es muy lindo. Puedo decir que es la gracia de Dios, aunque en realidad desconfiar de todos no tiene sentido, la gente no es toda igual aunque tengamos mucho en común. Racionalmente sabemos que, aunque una persona haga algo malo, igual hay mucha gente muy buena. No me pasó eso de tomar el patrón de lo que hace una persona y aplicárselo a todos, pero entiendo que fue por la gracia de Dios, porque lo más fácil es hacerle la cruz a todos. Eso es lo que hacemos los humanos. Pero no tiene ningún sentido, si nos bloqueamos de amar y confiar, no podemos vivir una vida plena.

¿Escribir el libro fue difícil o una suerte de alivio?

Fue un alivio, 100%, nada difícil. Más bien, estaba asustada porque ponía demasiadas cosas en el papel y no creía que fuera un alivio para las demás personas. Cada vez que escribía me preguntaba: ¿qué estoy intentando hacer? ¿Qué pasa si alguien lo lee y se siente muy mal? ¿Cuál sería mi logro? Esa primera vez dejé de escribir porque eso me preocupaba. Pero decidí hacerlo para mi propia sanación, porque era muy bueno, y luego me preocuparía por lo otro; primero quise escribir toda la verdad, todas las emociones que tuve.

Empecé a escribir en 2000 o 2001. Terminé el libro en tres semanas y nunca más lo quise mirar. Hasta que un día en 2005 empecé a escribir otra vez, eso me llevó tres meses.

¿Por qué cree que los otros países no actuaron en Ruanda?

Solo puedo decirlo en mis palabras, a mi modo. La gente es frágil en el amor, débil en fortaleza, ambiciosa, todo lo que quiere es para sí misma. No hay mucha gente que realmente quiera dar y no escaparse cuando llegan los problemas. Es como que intentan ser buenos, pero cuando aparecen los problemas, no quieren saber nada con ellos. Ahí hay egoísmo, y el egoísmo no es inteligente. En el caso de Ruanda, cuando comenzaron los problemas, corrieron por atrás. Podían haber puesto fin a tantas consecuencias, podían haber frenado la guerra con un poco de presión.

¿Ve similitudes entre Ruanda y República Centroafricana hoy?

Sí, ciertamente. Es gente que tiene poder y que está matando gente inocente. Hay avaricia, como en Ruanda, gente que empezó a matar para robar un auto, una silla. Porque nadie controla y promueve la paz. De la misma manera, en ese país hay matanzas porque no hay ley, no hay control. Y esto va a continuar: cuanto más maten, más insensibles se volverán.

¿Lo que pasó en Ruanda puede ser una lección para actuar ahora?

Sí, definitivamente. Si el mundo prestara atención e hiciera algo desde el corazón, algo en serio –y no pensando en lo que ese país le puede dar– lo podrían frenar en cualquier segundo. Pero no entiendo cómo está funcionando el mundo ahora. La gente es muy egoísta.

Usted es conferencista. ¿Cuál es su mensaje central?

Mi mensaje principal es confortar a las personas y hacerles saber que si hay algo que quieren especialmente en la vida, tengan esperanza y no se den por vencidos. Que no sean como yo, que quería abrir la puerta y terminar mi vida. Hay esperanza en Dios, no se den por vencidos y no se acuesten a llorar, no busquen alguien a quien culpar, busquen una solución.

Otro mensaje que le quiero transmitir a la gente es que, si yo puedo perdonar y encontrar un sentido a mi vida gracias al perdón, cualquiera puede perdonar.