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La Iglesia en los medios Que Dios NO nos perdone [Opinión]

LA REPÚBLICA |

Dr. Ismael Blanco, abogado y analista

Cuando los medios “tradicionales” salieron casi como dándose de codazos para anunciar que el Papa Francisco, preocupado por los asuntos pendientes en materia de Derechos Humanos en nuestra tierras y en particular con Uruguay, ofrecía su colaboración para ayudar en la situación de los detenidos desaparecidos, subrayaron y recalcaron que la propuesta de Francisco era a la “sudafricana”, algo así, en las propias palabras de estos medios: “información a cambio del perdón”.
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Lo que pretendían resaltar tan “sensibles medios” no era un problema pendiente de la sociedad uruguaya, sino el contenido de la presunta solución: el perdón. Es que cuando uno se pregunta dónde vamos a buscar la Verdad, la Justicia y la Memoria… habrá que buscarlas vaya a saber dónde, lo seguro que a la tan honorable Suprema Corte de Justicia, no. Y menos uno vaya a pretender que a la bienintencionada prensa hegemónica se le vaya a ocurrir apoyar este reclamo que aturde cada 20 de mayo con silencioso estruendo.

Esperé lo que corresponde para aguardar la información que podía aportar el máximo representante de la Iglesia Católica en nuestro país, el recientemente nombrado Cardenal Sturla, y lo que él sabía era lo informado por los medios “tradicionales”. Es decir nada. Lo peor fue que Sturla, de primera mano estando en el Vaticano y en contacto con Francisco, confirma que “no hay ninguna iniciativa del Papa para Uruguay relacionada con los derechos humanos y los desaparecidos”. Una vez más el fraude, la falacia y el embuste de El Observador y Búsqueda, que pretendieron imponerse en un asunto de los más dolorosos y delicados de nuestra sociedad.

Ellos, que ven en Francisco al “papa negro” por su condición de jesuita en la mirada peyorativa del Opus Dei o al cura “rojo”, que si vamos al caso para ellos es lo mismo, sólo se molestaron en difundir un aspecto que les hubiera resultado una “bendición”, si no hubiera sido falso. Actuaron como lo que son: hipócritas y fariseos.

Solo pasaron unos días para que el presidente electo Tabaré Vázquez anunciara la creación de la Comisión para la Verdad, integrada entre otras iglesias por la Católica, y ante las preguntas de ocasión remarcó lo que ya había anunciado en cuanto al objeto de la misma: aportar información directamente al presidente sobre la situación de los detenidos desaparecidos sobre la base de Verdad y Justicia y agregó Memoria.

En ese momento concluí que se estaba cumpliendo otro compromiso preelectoral, sin aspavientos, sin tonos grandilocuentes, en concreto y sin bulla.

En estos días se sucedieron tres hechos: la designación del comandante del ejército Manini Ríos, la presunta propuesta del Papa y la conformación de la Comisión para la Verdad. Hubo tres hechos en cuestión de días. Hechos que de ninguna manera son simplezas.

Aclaro que no creo en Dios; por diversos motivos renuncié a ciertas ventajas que podía darme el agnosticismo para declararme enteramente ateo, más allá de que algunos seres queridos me identifiquen con un zurdo a la italiana, tan rojo como cristiano, puede ser…

El planteo de Tabaré Vázquez de crear tribunales especializados para investigar los delitos cometidos por el terrorismo de Estado, ya chocó con un anuncio que pasó casi desapercibido: consultado por el tema el presidente de la Suprema Corte de Justicia, Jorge Chediak, ya anunció la inconstitucionalidad de la propuesta. Sostiene que la misma colisiona con el artículo 19 de la Constitución que violaría el principio del “juez natural”. Sin perjuicio de ser correcta o no esta observación, la respuesta del supremo magistrado fue a la velocidad de la luz.

Es sabido que la Comisión Internacional de Juristas en un reciente documento llamado: “Uruguay: La lucha por Verdad y Justicia en la encrucijada” observó a la Suprema Corte de Justicia de nuestro país al decir: “Lamentablemente la Suprema Corte de Justicia no tardó en retroceder en su posición jurídica en cuanto al valor del derecho internacional.

En efecto, reaparece con fuerza una opción sumamente conservadora por parte de los miembros del máximo organismo judicial. La Corte aboga claramente -y sin consideración por el derecho nacional e internacional, ni por la opinión de eminentes tratadistas y de organismos internacionales (incluyendo aquellos de la OEA y las Naciones Unidas)- a favor de terminar a cualquier costo con la investigación de las violaciones a los derechos humanos cometidas durante la dictadura militar, y sobre todo, para evitar la sanción penal y civil de los responsables”.

El doblez que se tiene por parte de la jerarquía del Poder Judicial apenas es salvado por la heroica valentía y honradez de unos pocos jueces y fiscales que no han desistido de investigar y aplicar el derecho en los casos vinculados a los terroristas de Estado, a riesgo de caer en desgracia, oscilan entre las amenazas y el “premiado traslado”.

Hay quienes siguen creyendo que puede haber un punto final en esta materia. En estos graves hechos las sociedades no pueden aplicar ni un punto y aparte. Pero no se dejará de hablar, manifestar y exigir justicia, mientras lo impune se imponga. Y aún habiendo justicia, las futuras generaciones tienen la obligación de recordar lo que aquí sucedió. Y en esa historia que construimos día a día quedará en el peor recuerdo la actuación de la Suprema Corte de Justicia que, libre, sin presiones y en un pleno Estado de Derecho, optó por los brutales victimarios y no por las víctimas.

Tres tribunales de apelaciones, tres opiniones, tres criterios para computar la prescripción de la ley de caducidad y el tipo de delito que se cometió. Tres versiones sobre los mismos aberrantes hechos. ¿Dónde esta la justicia? No me mueve un músculo si digo que la inmoralidad es tan absoluta que se debe echar al azar la suerte de las víctimas. Si la palabra indecencia tiene un sentido pleno en algún lugar, es en este aspecto. Es todo tan impúdico, tan obsceno, que al decir de Gades: “prefiero el eructo de un borracho que el rezo de un hipócrita”.

Y soy absolutamente claro: en lo que a mí respecta, existen ciertos asuntos del mundo y de la vida en los que no hay perdón que valga; el perdón en todo caso y en una visión cristiana es algo divino y tan divino que queda reservado para Dios. En lo que sí creo es en la justicia, la justicia terrenal y no me planteo utopías, pues me remito a la justicia que viene de la mano de la aplicación concreta y en todos sus términos de la sentencia Gelman de la Corte Interamericana de los Derechos Humanos, en la Comisión de las Naciones Unidas en esta materia, en los planteos de la Comisión Internacional de Juristas y en lo que nuestro parlamento aprobó en su momento en esta materia.

Lo que pienso tengo el hábito de decirlo y escribirlo. Confieso que por lo delicado del tema fui precavido y aguardé que se sucedieran algunos hechos que confirmaran las falsas noticias de la presunta propuesta papal y en ese ínter pensé que alguien me ganaría de mano en lo que me referiré. Tiene que ver con el hecho de que el nuevo Jefe del Ejército, Guido Manini Ríos, ante la pregunta sobre si las Fuerzas Armadas deberían pedir perdón responde que él tenía 14 años cuando ingresó a la fuerza (?!).

Dice textualmente: “Honestamente, no sé si es válido que alguien pida perdón por algo que no hizo ya que casi la totalidad del personal del ejército en 2015 no integraba la fuerza en aquella época. Yo soy de los 2 o 3 mayores en edad que hay en el ejército. Tenía 14 años en 1973. Para nosotros es un historia bastante lejana por más que se la catalogue de historia reciente”.

Resulta curioso lo que significa la historia para ciertos individuos que asumen responsabilidades institucionales, actuando como inquilinos, meros arrendatarios de un cargo. Por momentos la falta de sentido de la institucionalidad asombra. Hasta el presidente de un club de bochas sabe que cuando asume responde por todo, pudiendo aclarar, especificar, estableciendo límites pero admitiendo que la historia es propia y no ajena.

Y agrego que en la hipótesis de que aún habiendo una actuación de la justicia acorde a las normas internacionales de Derechos Humanos, “sin murallas” preestablecidas y anunciadas por integrantes de la Suprema Corte, y por lo tanto hallando a todos los responsables de los crímenes de lesa humanidad y estos respondiendo por sus actos, es necesario que las fuerzas armadas uruguayas muestren remordimiento y pidan perdón como institución.

Sólo un acto de estas características será una forma de dejar de mancillar el uniforme del ejército patriota y artiguista. Sólo mostrando sincero arrepentimiento, solicitando perdón, reparando a las víctimas y colaborando con la justicia se podrá comenzar a reconstruir una relación sincera con la sociedad civil. Mientras tanto seguirá todo mezclado, oficiales y tropa decente y honrada con torturadores, violadores, secuestradores y todo tipo de delincuentes.

Si las instituciones que conforman el Estado no logran un camino sincero de justicia, sin salidas salomónicas, sin teoría de los dos demonios, sin el que hay que perdonar y dar vuelta la página, sin la aplicación irrestricta de las normas que hacen a un Estado de Derecho, entonces si es así, no habrá solución duradera; si es así, lo del título: Que Dios NO nos perdone.