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Noticeu “¿Por qué es difícil creer hoy?”: Reflexión de Mons. Pablo Galimberti

MonsGalimberti

El Obispo de Salto, Mons. Pablo Galimberti, dedicó su columna semanal en el Diario “Cambio” a las grandes interrogantes existenciales, mirándolas como caminos que llevan a la fe.

Según Mons. Galimberti, los seres humanos no estamos equipados para enfrentar, solos, las grandes preguntas.

¿Por qué es difícil creer hoy?

¿A quién le interesa Jesús? Al que necesita de él o es consciente de las propias heridas o insatisfacción. O se siente carente de “algo” y palpa su radical insuficiencia parecida a un barril que no tiene fondo. O quien ha cumplido con las grandes metas de la vida pero aún no se siente “completo”.

Advertir nuestra propia insuficiencia puede ayudar a “despertarnos”. Dice Martín Fierro que “no hay como el susto para despertar al mamado”. Lo repetirán pensadores del siglo XX diciendo que la muerte -y otros dirán que la vida-, nos plantea preguntas: ¿Qué busco? ¿Qué es lo que aguijonea nuestra sed insatisfecha?

Un pensador cristiano afirma que dos mil años después de Cristo, lejos de la Presencia que toma en serio todo nuestro deseo, el hombre no está en grado de mirarse a sí mismo y a su vida entera, teniendo que reconocer que no está equipado para afrontar solo las grandes preguntas. Necesitamos una presencia a la altura de nuestros deseos. Para no contentarnos con respuestas parciales o a corto plazo.

Quienes atravesamos alguna situación límite, tenemos necesidad de ser mirados como Jesús miraba, aceptaba y amaba a la gente. Obvio, este encuentro no ocurre como quien pone una moneda en un dispensador y tiene la bebida a la mano.

Los antiguos griegos intentaban atenuar el deseo o hybris, considerándolo peligroso. Es comprensible: sólo si se está frente a una respuesta adecuada, puede desplegarse la pregunta. De lo contrario es mejor reducirla para evitar el repetirse de la desilusión.

Hay veces que imitamos a la zorra de la fábula, que no pudiendo alcanzar las uvas, terminó diciéndose: ¡están verdes para mi refinado paladar! Jesús mira a las personas sin reducirlas ni manipularlas. Porque conoce hasta el último repliegue de la condición humana y ofrece una propuesta adecuada a las dimensiones del deseo.

La conclusión que podemos sacar es que la única mirada realista sobre  el hombre o mujer es la que ofrece la fe. Nuestra cultura ha vuelto a temer el deseo o reducirlo. La película Fanny y Alexander (1982) de Bergman plantea esta situación. En familia, están en la mesa y hay un diálogo muy ilustrativo: “Nosotros Ekdalh (… ) no estamos preparados para ciertas búsquedas. Lo mejor es mandar al infierno las grandes narraciones. Nosotros viviremos en el pequeño mundo. Y nos contentaremos con esto”.

¿A qué se reduce entonces la vida? “Gozar de este pequeño mundo, de la buena cocina, las dulces sonrisas, los árboles frutales que están en flor o incluso de un vals.”

No pudiendo mirar la vida en su totalidad, hay que contentarse afirmando que no estamos equipados para enfrentar solos las grandes preguntas. ¿Satisface esta salida? Necesitamos encontrar una presencia a la altura de los deseos para no ceder a una u otra forma de reducción.

Lejos de una óptica creyente el ser humano se parece a un caminante sin meta última, en búsqueda de algo que lo pueda satisfacer, terminando, más tarde o más temprano, en  el aburrimiento o hastío. Alberto Moravia en su novela “La noia” (1992) decía que ésta es el reconocimiento de la insuficiencia de todo.

Las grandes preguntas seguirán golpeando a nuestra puerta: ¿Por qué el sufrimiento, el dolor, la muerte? ¿Qué sentido tiene la vida? Cada tanto vuelven a emerger las preguntas que estaban como censuradas y a las que habíamos tratado de silenciar.

Columna de Mons. Pablo Galimberti, publicada en el Diario “Cambio” el viernes 20 de abril de 2018