Iglesia al día

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Noticeu Papa Bergoglio “Un hombre perdonado”: Columna de Mons. Pablo Galimberti

Galimberti

Durante la reciente visita a Ecuador, Bolivia y Paraguay no se firmaron acuerdos comerciales o económicos. Los momentos más significativos, -según las imágenes, mensajes o crónicas-, se desarrollaron ante una variadísima multitud de rostros: chicos y grandes, familias, jóvenes, trabajadores, presos; autoridades públicas como presidentes, ministros y responsables políticos. Y de un modo más preciso su auditorio fue sin duda el pueblo católico de todas las edades y procedencias: religiosas, sacerdotes o jóvenes que caminan hacia esta meta, obispos, presidentes, ministros y autoridades.

Y ante la cercanía viva y gestual, devolviendo saludos expresados con pancartas y canciones, el Papa Francisco respondió en el mismo tono.

En Asunción, en medio del asentamiento ubicado en una zona costera castigada por frecuentes crecidas, me encantaron sus primeras palabras. Pudieron sorprender a algunos, poco habituados a transitar por esas zonas de marginalidad.

Los antiguos oradores latinos, como Quintiliano, que Bergoglio, estudiante jesuita, frecuentó durante sus estudios humanísticos, destacaría en sus palabras iniciales, lo que llamaba “captatio benevolentiae”, o sea, captación de la benevolencia o simpatía de los oyentes, tocando fibras, mostrando cercanía y comprensión cordial de la precaria situación que viven a diario. Obvio, para el Papa no es un artificio retórico. Le brota del corazón de pastor y del “olor a oveja” que machaca debemos practicar los pastores de la iglesia.

Así empieza: “… les confieso que desde que comencé a pensar en esta visita, desde que comencé a caminar desde Roma hacia acá, venía pensando en la Sagrada Familia (es el nombre de la Parroquia de ese lugar). Ver sus rostros, sus hijos, sus abuelos. Escuchar sus historias y todo lo que han realizado para estar aquí, todo lo que pelean para tener una vida digna, un techo. Todo lo que hacen para superar la inclemencia del tiempo, las inundaciones de estas últimas semanas, me trae al recuerdo, todo esto, a la pequeña familia de Belén. Una lucha que no les ha robado la sonrisa, la alegría, la esperanza. Una pelea que no les ha sacado la solidaridad, por el contrario, la ha estimulado y la ha hecho crecer.”

Otro comienzo conmovedor lo encuentro en la visita al Centro de Rehabilitación Santa Cruz – Palmasola, que alberga a más de 5.000 reclusos. El clima es afectuoso y cercano. Una ráfaga de viento le hace volar lo que cubre su cabeza; y  con naturalidad, comenta “con tal que no se vuele mi cabeza!!”

“Buenos días, hermanas y hermanos, no podía dejar Bolivia sin venir a verlos…” El tono es casi confidencial, predisponiendo a su auditorio a entrar en la misma sintonía: “¿Quién está ante ustedes?  Me presento con una certeza de mi vida que me ha marcado para siempre. El que está ante ustedes es un hombre perdonado; un hombre que fue y es salvado de sus muchos pecados”. Y les descubre el artífice de ese milagro: Jesús, la Misericordia del Padre.

Hay dos palabras y dos realidades que en el Evangelio van juntas y se entrelazan: miseria y misericordia. San Agustín, comentando la página evangélica en que Jesús está ante una pecadora pública empujada con malicia ante él para que reafirme la sentencia condenatoria, comenta: ¡miseria y Misericordia frente a frente!

A los jóvenes les repitió las mismas palabras que les dijo en Río, durante la Jornada Mundial de Jóvenes: “¡Sigan haciendo lío!” Y añadió: “pero también ayuden a ordenar el lío que hacen!” Oí decir que esto último surgió cuando algunos le comentaron respetuosamente al Papa: Mire que después somos nosotros que tenemos que aguantarlos!!!

Hasta aquí mis primeras impresiones.

Columna del Obispo de Salto, Mons. Pablo Galimberti, publicado en el Diario “Cambio” del 17 de julio de 2015