Iglesia al día

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Tiempo de la Creación

La Iglesia en los medios Pablo Bartol: educar con el ejemplo

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EL OBSERVADOR |

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Con el centro educativo Los Pinos, Pablo Bartol está generando una verdadera transformación cultural en Casavalle. Donde antes había un basural, hoy está uno de los mejores centros educativos del país

Viviendas informales, calles sin veredas y asentamientos de un lado y del otro fue lo que observamos al llegar a la zona de Casavalle. Ni bares ni almacenes. Basura acumulada y descampado. De repente, como una ilusión óptica, aparece Los Pinos. Un oasis del primer mundo en pleno barrio. Ya durante los primeros minutos en que estuvimos conociendo la institución se nos puso la piel de gallina. El lugar parece nuevo pero tiene 15 años, las mesas no tienen un rayón ni una firma. Las instalaciones son iguales o mejores que las de cualquier colegio privado y no hay un papel tirado en el piso.

Pablo Bartol, su fundador, demuestra tener la mezcla justa entre la vocación de un trabajador social y la de un gran empresario. Se rompe la burbuja Pablo creció en una familia numerosa, “mis recuerdos de esa época son muy divertidos. Hubo mucho vínculo afectivo familiar, éramos seis hermanos y decenas de primos”. Fue al colegio Queens, luego al Christian Brothers y terminó quinto año en el Colegio Seminario. Se describe a sí mismo como una persona vehemente y atropellada.

“Nací en mi casa porque mi madre un día se despertó y ya casi estaba afuera. Hasta para nacer fui atropellado”. Fue en sexto de liceo que Pablo hizo un quiebre, que salió de la burbuja. “Me fui al Zorrilla de San Martín, fue una etapa espectacular en mi vida. Era el año 85, el retorno a la democracia, la rehabilitación de los sindicatos estudiantiles; todo un descubrimiento. Me acuerdo de un congreso en el Bauzá, en el que había un montón de gente que pensaba muy distinto a mí y me encantó. En un momento, tuve una discusión con uno que estaba montado en cólera por las cosas que pensaba y me dijo: ‘A vos algún día te voy a meter un tiro en la frente’. Para mí fue increíble, realmente no conocía gente así. Al fin tenía un lugar donde conocerla. Estábamos en una gran efervescencia.

Ahí descubrí el gusto por lo social, por lo político, y mis ganas de cambiar el mundo”.Durante el liceo cambió varias veces de orientación. Luego empezó la Facultad de Ingeniería, la de Economía, cursó Facultad de Comunicación y terminó en Relaciones Internacionales. Se graduó y años después se especializó con dos maestrías, una en Dirección de Empresas y otra en Gobierno de las Organizaciones. Él dice que su formación fue “variopinta” y que a lo largo de toda su vida realizó siempre algún tipo de servicio en distintos barrios de Montevideo. El catolicismo y el Opus Dei fueron el trampolín que impulsó a Pablo a llevar adelante una vida comprometida con el trabajo y con ayudar a los demás. Convencido de que la mejor manera de transformar la sociedad es el uno a uno, persona a persona, dando oportunidades y educación, fue de a poco creciendo con su proyecto educativo y de inclusión social.

Casavalle lo dejó entrar

A través del Opus Dei Pablo desembocó en Casavalle, realizando talleres de carprintería en el centro CADI. Al tiempo de estar trabajando allí, empezó a generar algunos espacios (un poco de fútbol y clases de electricidad) con los chicos de la zona, hasta que en un momento empezó a cuestionarse su trabajo allí. “Me entró la veta del espíritu empresarial. Socialmente uno puede hacer cosas y quedar contento con lo que hizo. Pero también hay que pensar en términos de eficacia. Si el esfuerzo tiene alguna comparación con los resultados, si hay algún efecto a largo plazo. Además, empecé a querer poner límites y los chiquilines me decían: ‘No, la plaza es de todos, vos acá no mandás’”.

Entonces Pablo decidió salir a recorrer el barrio en busca de un lugar propio. El terreno que le llamó la atención fue un gran basural, pero muy bien ubicado. Un terreno grande y abandonado. El propietario resultó ser Leonardo Rozenblum, hijo de inmigrantes judíos y dueño de la empresa Motociclo. Demostraron que querían hacer algo realmente bueno en la zona y le pidieron que donara todo el predio. “¡Éramos unos cararrotas, no nos conocía nadie! Fuimos a verlo con un amigo y su padre, que era un gallego que había venido a Uruguay sin nada. Fue muy emocionante porque él le dijo a Rozenblum: ‘Usted es un inmigrante y yo también, este país le dio mucho a usted y a mí también. Yo creo que es hora de devolverle algo de todo lo que nos dio’. No solo fue un acto de generosidad lo que hizo Rozemblum en aquel entonces, también dio una muestra de tolerancia aceptando que a futuro pudiera enseñarse valores de la religión católica allí.

“Me dijo: ‘Mirá, mientras hagas algo por los niños de ese barrio, todo está bien para mí.’”Aunque hoy Pablo es muy respetado por los vecinos y las familias de Casavalle, la credibilidad se la fue ganando de a poco. Al principio ponía un cartel y alguien lo rompía, seguían tirando la basura en el predio luego de haber limpiado todo. Pablo dedicó los primeros años a recorrer el barrio, a hablar puerta por puerta, intentando convencer a los vecinos del proyecto Los Pinos, explicando cómo todo el mundo iba a beneficiarse, alentando a cuidar el espacio entre todos. Actualmente, el terreno es de libre uso para la gente, no hay muros, cualquier persona puede entrar. Los Pinos ya pertenece a quienes viven en el barrio.

“Hoy estamos consiguiendo un cambio cultural profundo. Cuando das algo espectacular, la gente pone realmente todo su esfuerzo y llega lejos, no están esperando un milagro. Con el ejemplo de sus vidas demuestran a los demás que se puede salir adelante”.

Salen campeonesAl entrar a Los Pinos, tres carteleras llenas de fotos invitan a acercarse y curiosear. En una, distintas autoridades nacionales que visitaron y reconocieron a la institución. En otra, los chicos de capacitación laboral en plena actividad, y, en la tercera, todas las repercusiones sobre las Olimpíadas de Matemáticas en Casavalle que nacieron ahí. Pablo nos recibe y, parados frente a esta última cartelera, nos cuenta que “para llegar realmente muy lejos, yo quiero mostrarle al barrio un afecto enorme traducido en oportunidades. Por eso, cuando hacemos las olimpíadas, acá tenemos 700 niños de todo Montevideo. Vienen a Casavalle y los campeones salen de acá”.Cuando Pablo fundó Los Pinos en 1997 eran 29 niños los que asistían al lugar. Desde entonces, es un centro educativo que brinda apoyo escolar y liceal, les dan el almuerzo y luego realizan deberes vigilados, ajedrez, computación, lectura, teatro, inglés y deportes. A través de convenios con Inefop, los jóvenes reciben capacitación laboral y se forman para incorporarse al sector productivo como operarios industriales y también como operadores Genexus en el sector de la informática. Luego de egresar, cada alumno cuenta con dos ofertas laborales y un acompañamiento de la institución. “Cuando nos metimos en capacitación laboral para los jóvenes, fue por una necesidad, algunas personas habían dejado el estudio y no accedían a buenos trabajos. La idea fue darles una preparación y hacerles de palanca para que entraran en empresas de primera línea”.Hoy asisten diariamente 360 niños y jóvenes del barrio, además de otros vecinos y familiares que trabajan y mantienen la institución. El modelo de este lugar es especial por varias razones, pero la que sobresale en la charla es que demuestra con hechos que se puede generar un cambio cultural a través de la educación y los hábitos de trabajo.

“Creemos que la inteligencia está distribuida aleatoriamente en la sociedad, no depende de las clases sociales ni del barrio donde naciste” El programa estrella es el de las Olimpíadas de Matemáticas en el que participan muchísimos niños de Casavalle e instituciones cercanas y por el que han logrado llegar al podio en las Olimpíadas nacionales en más de una ocasión. Sonriendo, cuenta sobre un nuevo triunfo. “Ayer me dijeron: ‘Fulano salvó el examen de sexto de liceo, mañana entra en facultad’ y me salió de adentro ‘¡Uruguay, nomá!’”. ¡Sí, se puede!El secreto de Pablo y Los Pinos es la constante evaluación del equipo de trabajo y la autoexigencia de siempre dar lo mejor. Más que hablar sobre políticas educativas, este proyecto las muestra en funcionamiento. “Yo creo que Los Pinos ha demostrado con hechos que podés ayudar al otro a salir adelante y servirle de escalón para que pise arriba tuyo y pegue un salto, un escalón que capaz no tuvo por su entorno, por las oportunidades que la vida no le dio, o por lo que sea. Tú le estás sirviendo de trampolín para desarrollar todo su potencial”. Le tomó tiempo, dedicación y mucho cariño. Siempre lo llevó adelante con el ojo puesto en los resultados a largo plazo, ayudándolos en su formación, en su educación y en adquirir hábitos de trabajo. Aunque, confiesa, “a veces haciéndolo bien y otras veces chamboneando”, este proyecto es un ejemplo a imitar.

Los Pinos cuenta con una Comisión Directiva integrada por siete personas que tienen el rol de asegurar el largo plazo de la institución. Colaboran económicamente desde hace años y ha ido aumentado su grado de involucramiento con el tiempo. “Contamos con ellos para lo que sea, siempre van a dar buenos consejos… Son personas que también se están jugando la ropa con lo que estamos haciendo acá”. El 60% de la financiación la cubre el Estado, entre un convenio con el INAU y otro con Inefop. El otro 40% que se necesita para que la institución funcione es gracias a donaciones de particulares que recauda esta comisión. Efecto ForlánEs clarísimo, si pretendemos una ciudad y un país unido para salir adelante, todos deberíamos salir de la burbuja en la que vivimos. Todos.

El deporte para Pablo es clave como método de inclusión social y al hablar de una competencia va cambiando el tono de voz, demuestra tener la camiseta del barrio bien puesta. “Soy muy fanático de este lugar. Por ejemplo, en las competencias de natación, me encanta alentarlos y, cuando están a punto de llegar, me dan ganas de saltar y correr al lado de ellos gritándoles: ‘¡Dale, campeón! ¡Dale, campeón!’”.Los jóvenes también aprenden rugby, un deporte que no se caracteriza por ser popular.

“Todos los sábados jugamos contra los colegios que hacen rugby, que en general son de Carrasco o Pocitos. Darse cuenta de que vas y les ganás de igual a igual demuestra que no somos menos que nadie. Que si entrenás durante la semana, el fin de semana todos tenemos dos piernas, dos brazos y corremos lo mismo. No hay diferencias y gana el que entrenó más”. Pablo cree fuertemente en romper las barreras del no se puede. “Esa confianza que te va dando el deporte te da ánimo para creer que en los demás aspectos de tu vida también podes salir adelante, que no estás condicionado”. Una vez al año, Los Pinos es locatario y llegan de todos los barrios a jugar a Casavalle. “Vienen y ven que tenemos canchas e instalaciones educativas iguales o mejores que las de ellos, y eso es porque los chicos las cuidan. Acá no hay muros, cualquiera entra, las puertas están abiertas. Estamos jugados a la confianza en que el barrio nos cuida. Porque ellos cuidan sus cosas y Los Pinos es de ellos”.Ya hace tres años que van a Buenos Aires a un campeonato de un colegio en San Isidro. “Los chicos de aquí se quedan a dormir tres días en la casa de los de allá. El experimento funciona muy bien. Nadie nota grandes prejuicios ni de un lado ni del otro, la pasan bárbaro y se vuelven amigos”. Y no solo en el exterior, también en Montevideo. “Hace 15 días estuvimos en el Lawn Tennis y eso para nosotros es importante. Vamos adonde sea, no hay barreras para esto, no hay eso de ser de acá o de allá”. La confianza y el impulso por cumplir las metas e incluso ir más allá se ha ido contagiando en el barrio. “Al igual que cuando Forlán salió mejor jugador del mundo en Sudáfrica y todos los uruguayos nos creímos los mejores jugadores de fútbol. Y un poco eso ocurre, por ejemplo, con Micaela Martínez, que fue medalla de oro nacional en las Olimpíadas de Matemáticas en sexto de escuela, en tercero y en quinto de liceo y ahora está haciendo Facultad de Ingeniería. Además, es profesora de esta institución y es un ejemplo para el barrio”.

“Esto está cambiando, ya está germinando. El modelo funcionó, la gente estudia y salva exámenes, saca a su familia adelante y ayuda a los demás”Cosechás lo que sembrásLos Pinos tiene mucho para crecer pero el objetivo no es acumular estudiantes sino generar un cambio cultural dándoles lo mejor. “Yo los trato como si fueran alumnos del British School, los trato igual, en todo sentido. Porque creo en ellos profundamente, en que van a salir adelante”. Tanto es así que

Pablo está convencido de que un día, en el futuro, él va a dejar el cargo de director. “Siempre dije que mi trabajo como director terminará el día en que alguien del barrio, que haya pasado por Los Pinos y que haya estudiado en la universidad, logre ocupar el puesto. Ese es el objetivo, dar oportunidades y que este lugar lo dirijan ellos”. Con el paso de los años, como cualquier director o profesor, Pablo se fue encontrando con exalumnos y el giro que ellos mismos han logrado dar a sus vidas es para él una verdadera satisfacción. “Me acuerdo de una anécdota lindísima, charlando con un exalumno que me encontré el año pasado en un festival. Me dijo: ‘Cuando hice el curso me drogaba, estaba en cualquiera, nunca había estudiado. Hoy tengo una familia, un laburo. Me fui para Paso de la Arena, me compré una casita, chica pero es mía. Un día fui, vi un terrenito abandonado, le corté el pasto, puse unos arcos y estoy haciendo lo que ustedes hacían conmigo: junto a los gurises del barrio, hago fútbol y trato de hablarles de valores y de salir adelante con el laburo’. Ese es el efecto que queríamos lograr, que se repliquen los ejemplos positivos como el de él y que esto vaya sacando personas adelante. Llegar a tener un barrio plenamente integrado a la ciudad, con gente trabajadora, que logre convencer a los que estaban en el delito de salir de eso”. Esperemos que todos los maestros y educadores puedan inspirarse en el ejemplo de Pablo y más allá de las dificultades peleen por darles lo mejor a sus alumnos, para poder transmitirles la confianza en que sí se puede llegar tanto o más lejos de lo que habían imaginado. Sin prejuicios, sabiéndonos campeones, creyendo que es posible cambiar el mundo desde un salón de clase.

Exigencia ejemplar

Este lugar así como está no se mantiene solo, hay mucha exigencia y es para todos: estudiantes, profesores y equipo de trabajo. “Hay mucho amor por los niños y las familias del barrio que trabajan acá, pero hay un nivel de exigencia muy duro. Se ponen metas y hay que cumplirlas. Acá las cosas no se hacen bien, se hacen muy bien, hay que cumplir y cuidar el detalle”. El resultado de esta exigencia es ver que muchos jóvenes que habían quedado por fuera del estudio y del mundo laboral “hoy están enamorados de su laburo y eso les llena la vida.”Afanarle gente a la esquina “Uno de los problemas que tuvimos es que los niños escolares y adolescentes que van al liceo tienen en la esquina el ejemplo de los que están chupando vino y están en cualquiera. Entonces nuestro concepto fue robarle gente a la esquina, empezar de a uno, por los electrones libres y el núcleo duro lo dejamos para después. Hoy diría que estamos rayando bastante el núcleo duro, jóvenes que estaban en el delito vienen a hacer el curso y ya están empezando a trabajar”.

Ping pong

¿Cómo te llevás con la tecnología?

Me llevo muy bien. Combino todo con todo, te puedo decir que ya no uso papeles. Tengo todo anotado en el celular, en notas o en lo que sea. El Google Calendar es permanente en mi vida. Además tengo Facebook y Twitter.

¿Sos de tuitear mucho?
Tuiteo regularmente, sí, pero no todo el tiempo.

Además de Los Pinos, ¿qué otras ocupaciones tenés?
Soy profesor del IEEM, la Escuela de Negocios de la Universidad de Montevideo, y además estoy en el Consejo de Administración de la Fundación UPM.

¿Cuál es tu principal tarea en UPM?
Aportar la visión de la trinchera a la hora de evaluar proyectos que nos presentan.

¿Un miedo?
¡Esta es de las bien difíciles de responder! Creo que mi mayor miedo es no tener cosas para aportar en mi trabajo.

¿Un libro?
La economía de la pobreza, de Esther Duflo.

¿Un punto de Montevideo adonde te guste ir a ver el atardecer?
No me entusiasma ver el atardecer.

¿Mascotas?
Ninguna. La verdad que jamás tuve una mascota. No soy bichero, para nada.

¿Tomás mate?
Sí, mucho.

¿Sos de llevarlo a todas partes?
La verdad es que soy terrible garroneando el de los demás. Tema pendiente.

¿Sos cocinero? ¿Tenés un plato como especialidad?
Las artes no se me dan en ninguna de sus expresiones.

¿La última película que viste?
No soy muy cinéfilo. Me pasa eso que le pasa a mucha gente, que me hablan de una película que vi hace dos meses y ya me olvidé. Una buena que vi hace poco y me gustó fue The Hundred-Foot Journey, con la actriz Helen Mirren.

¿Vacaciones en…?
Un lugar con wifi. Me cuesta desenganchar de la rutina de estar informado.

¿Apodos?
Nunca tuve. Pero ahora me podrían decir “el gordo”. Espero que por poco tiempo más.

¿Tu mayor virtud?
Alegrarles la vida a los que me rodean.

¿Una frase que te guste repetir?
La vida te da sorpresas…

¿Hacés deporte?
Más que nada me gusta caminar a orillas del Miguelete en el Prado.

¿Un equipo de fútbol?
Tricoloooor.