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La Iglesia en los medios P. Dr. Fernández Techera en conmemoración de Kristallnacht: “hay cosas que no pueden banalizarse”

COMITÉ CENTRAL ISRAELITA DEL URUGUAY |
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Queridos supervivientes del Holocausto, queridos hijos, nietos y bisnietos de supervivientes de la Shoá, señoras y señores:

Cuando hace unos meses un grupo de personas de B´nai B´rith, dirigido por su presidenta, la Dra. Ana Wilensky, me visitó para invitarme a ser el orador de esta noche, me sentí bastante abrumado por la petición, al tiempo que honrado por su elección.

Aunque entre miembros de la Iglesia Católica y la comunidad judía ha habido una cercana y fraterna relación en el mundo y en Uruguay por más de cincuenta años, en la que han sido activos papas, cardenales, obispos, sacerdotes, religiosos e innumerables laicos: hombres y mujeres, muchos de los cuales conozco y cuya tarea he seguido, personalmente no he tenido participación en esas actividades. Solo recientemente he tenido la oportunidad de establecer vínculos cercanos, de amistad, aprendizaje y trabajo con judíos. De alguna manera cuando recibí la invitación me parecía que estaba asumiendo algo que no me correspondía y que me excedía. Con el paso de los meses, profundizando en el sentido de esta conmemoración y haciendo memoria de mi propia vida, me he dado cuenta de que no es así.

Estar hoy aquí, como ser humano, como cristiano, como ciudadano uruguayo y del mundo, como sacerdote jesuita, como educador y como rector de la Universidad Católica del Uruguay, se debe a que estoy involucrado y soy parte de esta historia, la de la Kristallnacht, la del pueblo judío y la del presente de nuestro mundo. Por ese motivo agradezco vivamente a la Dra. Wilensky y las autoridades de B´nai B´rith el honor que me han hecho al invitarme a asumir esta historia y a compartir con ustedes algunas reflexiones que estos meses me han sugerido.

Primera reflexión: Aunque nací y me crié en un barrio relativamente cercano al Barrio de los Judíos, en el Reducto, no conocí a ningún judío hasta que tuve diecisiete años. Mi vida social fue en una parroquia y un colegio católico. Recién cuando trabajé como mandadero de la Farmacia Capozzoli en 21 de Setiembre y Franzini, encontré a las primeras familias judías, que eran clientes de la farmacia. Allí descubrí que en las casas judías había una “cajita” en la jamba derecha de sus puertas, que muchos años después supe que se llamaba mezuzá y que contenía el Shemá Israel Adonai, el primero de los mandamientos de la ley mosaica.

A pesar de esta poca cercanía con los judíos, tengo conciencia de que el Holocausto, como hecho histórico terrible y siniestro, lo peor de la Segunda Guerra Mundial, que fue un acontecimiento lleno de cosas terribles y siniestras, fue algo conocido y claro para mí desde prácticamente siempre. Lo quiero señalar porque es uno de los motivos fundamentales de esta conmemoración, el recuerdo de lo ocurrido para honrar a las víctimas, pero también para que no se olvide y sirva de enseñanza para el presente y el futuro, para que no se repita nunca más. ¿Por qué tenía esta conciencia del Holocausto?

Básicamente gracias a la televisión. Cuando estaba en Primero de Secundaria, con 12 o 13 años, pasaron la serie Holocausto y fue un programa que vimos en casa y que me impresionó mucho. He estado leyendo en estas semanas sobre esa miniserie, pues no recordaba nada de ella, fuera del impacto que me causó y que dejó claro en mi memoria que el Holocausto existió y que fue un horror. He leído que ha habido críticos duros con la serie, entre ellos Elie Wiesel, y no he tenido tiempo aún de volverla a ver en YouTube. También pude leer que su repercusión en Estados Unidos, Alemania y otros países fue muy grande y que para una generación fue el instrumento más potente de difusión de lo ocurrido entre 1933 y 1945, y de cómo la ideología nazi persiguió y asesinó a más de seis millones de judíos.

Otro programa que me impactó por sus imágenes de los campos de concentración fue la serie británica El Mundo en Guerra, que, aunque es de 1973, la ponían en nuestra televisión en 1983, al mismo tiempo que en el colegio estábamos estudiando la Segunda Guerra Mundial. Las imágenes de violencia y sufrimiento de los campos de exterminio que vi entonces me quedaron grabadas a fuego.

No sé si esa experiencia mía fue de toda la generación o estuvo muy influida por mi pasión por la historia, que me hacía ver y leer todo lo que tenía que ver con el pasado. Lo que puedo decir es que el Holocausto se volvió algo obvio para mí; obvio y terrible. ¿Lo es para todo el mundo? ¿Lo es para las generaciones jóvenes? Creo que no.

Hace unos meses leí una entrevista a la Sra. Charlotte de Grünberg de la Radio Televisión Española. Se la hicieron con motivo de la presentación de la conmovedora novela de Ruperto Long, que todos ustedes conocen, que recoge la historia de la familia de Charlotte de Grünberg huyendo de la persecución nazi, y que se llama La niña que miraba los trenes partir. Ella dice en la entrevista: La gente no tiene claro tres generaciones después lo que pasó y sobre todo los jóvenes. Nadie lee y nadie enseña cómo se produjo todo. Los nazis levantaron una industria criminal que logró matar a seis millones de personas en un tiempo récord y con una tecnología de aquella época. Cada vez que me acuerdo de eso en términos adultos no puedo encontrar la paz.

¿Es tan importante conocer esa historia para no repetirla? ¿Es necesario recordar hechos tan crueles, desagradables, tristes y desoladores? Claramente sí. En la larga historia de la humanidad ha habido grandes tragedias e injusticias. Nuestra civilización se construyó con poesía, ideales, virtudes, grandes reflexiones y maravillosas obras de arte, ingeniería y ciencia, con mármol y bronce; pero también con sangre, injusticia, barro, sufrimiento, lágrimas, odio, desprecio, opresión, explotación y genocidios. La ignorancia, el conocimiento superficial de nuestro pasado o el maniqueísmo moral para juzgarlo, llevan a la banalización del mal, como diría Hannah Arendt, a la negación del sufrimiento y al desconocimiento de la dignidad humana de nuestros contemporáneos, y también de nuestros antecesores. El conocimiento, el estudio, la reflexión sobre lo ocurrido y en concreto, sobre el Holocausto, es lo que puede ayudarnos como personas, a ser mejores y a estar alertas ante los brotes de intolerancia, discriminación u opresión.

Para mostrarles el efecto que tiene la formación les voy a contar una anécdota. Cuando me fui a estudiar a Madrid, en 1995, me inscribí en la Universidad de Comillas en un grupo de teatro estudiantil. El profesor eligió montar Terror y miseria del Tercer Reich, una obra de Bertold Brecht, que escribió en 1938, el año del pogromo de la Noche de los Cristales Rotos. Brecht vivía en el exilio y escribió su obra en pequeñas escenas independientes que mostraban cómo se estaba viviendo en Alemania bajo el régimen nazi, aún antes de la Segunda Guerra Mundial. A una de las integrantes del grupo de teatro, que tendría unos 20 o 21 años le tocó hacer de oficial nazi. Se aprendió bien el libreto y como tenía una gran capacidad histriónica vino al ensayo e interpretó al oficial nazi en plan caricaturesco, exagerado, ridículo, algo así como el Gran Dictador de Chaplin. A todos nos gustó mucho su manera de encarar el papel, incluido el director del grupo de teatro. Una semana después volvió al ensayo y su manera de interpretar el personaje nazi, prepotente y violento, se había transformado completamente. Lo hizo muy bien, pero ya no era un personaje caricaturesco y ridículo, sino dramático y serio. Le preguntamos qué había pasado, por qué había cambiado. Su respuesta nos dejó atónitos y no sé si todos pudimos comprenderla. Nos dijo que en esa semana había estado leyendo sobre el nazismo y lo que había significado el actuar de los nazis y que no podía hacer algo esperpéntico, cómico, de algo tan trágico y malvado. ¡Qué lección fue para nosotros!

Desde ese momento, todo el encare de la obra que estábamos preparando cambió. Caímos en la cuenta de que lo que estábamos representando era una tragedia y que como tal teníamos que actuarla. A mí me quedó una enseñanza enorme para la vida: Hay cosas con las que no se juega, hay cosas que no pueden banalizarse.

Eso será posible si todos nos formamos y formamos a nuestros jóvenes en el conocimiento de lo que pasó y lo que fue el Holocausto.

Un ejemplo de esa tarea es lo que realiza el Proyecto Shoá, que ustedes conocen, pero también es la labor que en estas décadas han llevado adelante cineastas, escritores, periodistas, historiadores y educadores para dar a conocer el Holocausto a las nuevas generaciones. Como educador y rector de una universidad, considero que es fundamental renovar una y otra vez el compromiso con la enseñanza de la historia y en particular con la enseñanza de la Shoá.

Segunda reflexión: Como decía recién, hay que formar a las nuevas generaciones, pero también tenemos que seguirnos formando los adultos para entender mejor lo que pasó, por qué pasó y cómo pasó. Les voy a contar algo de lo que he aprendido este año sobre el Holocausto.

Con motivo de un viaje del que luego les hablaré, leí este año tres libros del historiador norteamericano Timothy Snyder, un profesor de Yale que ha dedicado treinta años al estudio de los países del Reino Polaco-lituano: The Reconstruction of Nations, sobre los avatares en el siglo XX de Polonia, Lituania, Belarús y Ucrania; The Red Prince, sobre un archiduque de Austria transformado en héroe nacionalista ucraniano; y Black Earth: The Holocaust as History and Warning, o Tierra negra. El Holocausto como historia y advertencia. Este último es el único que está traducido al español, publicado por Galaxia Gutenberg, y es de 2015.

No soy un experto en la historia del Holocausto y seguramente aquí hay gente que ha leído mucho más y podrá juzgarlo mejor que yo. Es un libro que une historia científica y ensayo interpretativo, sobre todo en un capítulo final muy discutido por los especialistas. Me ha parecido un libro provocador, sólido en su fundamentación histórica, que me ha hecho pensar mucho en situaciones que están ocurriendo hoy en países de nuestra región y otros lugares del mundo.

¿Cuál es la tesis fundamental del libro? Que, para lograr llevar adelante el genocidio del pueblo judío, el nazismo necesitó destruir antes al Estado, entendido como estado de derecho, burocracia estatal, soberanía, relaciones diplomáticas, tribunales de justicia, ciudadanía, etc. Aunque la discriminación y persecución a los judíos comienza como sabemos, desde el momento en que Hitler y el nacionalsocialismo se hacen con el poder en 1933, y los guetos se establecen desde el comienzo de la Segunda Guerra en los territorios ocupados, la Solución Final no empieza hasta mediados de 1941, cuando se lanza la Operación Barbarroja, con la ofensiva alemana contra la Unión Soviética. En esos dos años, en que Polonia fue ocupada en el oeste por Alemania y en el este por la Unión Soviética, el Estado polaco fue destruido. Sus élites dirigentes, intelectuales, políticas y militares fueron asesinadas, enviadas a los campos de concentración, al gulag siberiano o exiliadas; su soberanía, su burocracia, su ejército, sus organismos estatales y judiciales y el estado de derecho, fueron arrasados. Se creó una situación, como la llama Snyder, de “no estatalidad”, y eso hizo posible la Solución Final, el Holocausto. En el caso de las repúblicas bálticas, la invasión y anexión por parte de la Unión Soviética en 1940, provocó el descabezamiento de los gobiernos de los estados nacionales. La invasión alemana a esos mismos estados, un año más tarde, fue el final de toda estatalidad y el comienzo de la Shoá. Así lo señala Timothy Snyder en Tierra Negra:

Dondequiera que el Estado había sido destruido, ya fuese por los alemanes, por los soviéticos o por ambos, casi todos los judíos fueron asesinados. El Holocausto dio comienzo bajo la forma de campañas de ejecución masiva en tierras donde el Estado había sido destruido por partida doble en una rápida sucesión, primero el Estado nación anterior a la guerra a manos de los soviéticos, y después el aparato soviético a manos de los alemanes. Las técnicas desarrolladas en la zona de doble no estatalidad –el reclutamiento de sus habitantes, el uso de múltiples instituciones alemanas, las ejecuciones públicas- también se aplicaron más al este, hasta llegar a todos los rincones donde se extendía el domino alemán. En la Polonia occidental y central, donde los alemanes habían estado presentes desde septiembre de 1939, aunque la matanza de judíos no empezase hasta dos años después, se aplicaron otras técnicas; cámaras de gas secretas, deportaciones desde los guetos o cazas de judíos.

Analizando los países ocupados por Alemania en el oeste: Francia, Países Bajos, Bélgica o Dinamarca, Snyder ve cómo hay una correlación entre el tipo de ocupación, los elementos de estatalidad que se mantuvieron y la magnitud de la persecución y asesinato de los judíos. Así puede comparar cómo en Dinamarca, donde le gobierno se mantuvo en el país, y las instituciones políticas, judiciales y burocráticas siguieron funcionando, sobrevivió un casi el 99% de los judíos que tenían ciudadanía danesa. Mientras que, en los Países Bajos, donde el gobierno marchó al exilio y la ocupación militar fue mucho más dura, tres cuartas partes de la población judía fue asesinada. Incluso considerando a los países aliados de Alemania, como Hungría, Rumania, Bulgaria, Eslovaquia e Italia, en todos los cuáles había una legislación antijudía, el historiador norteamericano muestra cómo el genocidio del pueblo judío se dio cuando fueron invadidos por Alemania, o en las regiones que en algún momento fueron ocupadas por los soviéticos y luego recuperadas; es decir, cuando los gobiernos propios fueron derribados y se perdió soberanía.

Otro aspecto importante que facilitó y aumentó el Holocausto fue la negación de la ciudadanía a los judíos. Los gobiernos de los países ocupados o los aliados de Alemania, fueron más cuidadosos con los judíos que tenían su ciudadanía y dieron la espalda a los judíos que tenían otras nacionalidades, sobre todo la polaca, que era un país que había dejado de existir. Por poner el caso francés, Snyder señala que El Holocausto en Francia fue principalmente un crimen contra judíos que los franceses consideraban extranjeros. Así lo expuso François Darlan, jefe del Gobierno en 1941 y 1942: “Los judíos apátridas, que han llegado en masa a nuestro país durante los últimos quince años no me interesan”. La probabilidad de que se deportara a Auschwitz a un judío sin la ciudadanía era diez veces mayor que la de que se deportara a un judío ciudadano francés.

No voy a seguir con más ejemplos que pone Timothy Snyder, pero quisiera señalar la enseñanza que esta historia del Holocausto me deja y que nos puede ayudar a todos.

Más allá de la ideología racista, impregnada de pseudociencia de los nazis; más allá de la avaricia de muchos, que querían apoderarse de los bienes de los judíos; más allá del antisemitismo que era frecuente en muchos países europeos; más allá de las manipulaciones propagandísticas, la Shoá, como destrucción programada y sistemática de seis millones de judíos: niños, mujeres, ancianos y hombres, fue posible porque se destruyó el estado de derecho en muchos países, porque se desconoció el derecho a la ciudadanía, porque se rompieron todas las formas de organización política, judicial y burocrática. No habla Snyder de democracia, porque muchos de esos países o no eran democráticos, o tenían democracias deficientes; habla de organización estatal, de soberanía, de organización social, de defensa de los propios ciudadanos. Y digo que es una enseñanza porque con frecuencia vemos y quizás participamos de cuestionamientos al estado de derecho y de desprecio de las instituciones.

Si miramos nuestro mundo vemos crisis sociales y políticas en muchos países, en los de nuestra vecindad, pero también en Europa y Norteamérica, en Asia y África. El Holocausto no fue el último genocidio que hemos vivido. La comunidad internacional, a la que también pertenecemos nosotros como ciudadanos y como país, ha vuelto a mirar para el costado varias veces. Ha habido genocidios en Camboya, en Ruanda, en Burundi, en países del Medio Oriente y en tantos otros lugares. Ha habido violaciones de los derechos humanos en nuestro país y en muchos países cercanos; las sigue habiendo. Esos hechos deplorables están vinculados al desconocimiento del estado de derecho, de la democracia, de la independencia del poder judicial; al desconocimiento del derecho a la ciudadanía, a la identidad cultural, a la organización política.

Puede ser que esas situaciones nos parezcan lejanas; puede ser que a veces las miremos con cierta sensación de superioridad moral, sintiéndonos una isla de concordia y paz en una región marcada por las crisis sociales, económicas y políticas. Sin embargo, cuando uno entra en el mundo de las redes sociales de nuestra comunidad, de muchos de nuestros conciudadanos, de todas las ideologías y partidos, no deja de llamar la atención el nivel de agresión, maniqueísmo, falsedad e insulto que se aprecia. En particular en los últimos meses, en este año electoral, el grado de incivility, como le llaman los anglosajones, de falta de civilidad en las redes sociales, es notable. Alguno podrá decir que las redes sociales son una burbuja, que no representan la realidad cotidiana, que luego la gente convive armoniosamente. En parte es cierto…, por ahora.

La realidad es que cuando nos acostumbramos a esos razonamientos maniqueos, cuando repetimos mentiras o medias verdades sobre políticos o partidos, cuando menospreciamos las instituciones y a quienes las representan, cuando formamos a nuestros niños y jóvenes, -que también están en las redes sociales-, en actitudes de resentimiento, desprecio y agresión, estamos construyendo intolerancia, odio, discriminación y violencia. Es lo mismo que hicieron los nazis y muchos otros antisemitas por décadas antes de que Hitler llegara al poder, se desencadenara la Segunda Guerra Mundial y se concretara el horror del Holocausto. El profeta Oseas dice que quién “siembra vientos cosechará tempestades”. Ojalá nosotros, uruguayos de todas las tendencias y partidos, seamos capaces de construir concordia, paz, respeto e integración, y evitar sembrar los vientos de la exclusión, la descalificación, el engaño y la estigmatización del otro.

Tercera y última reflexión: A finales del año pasado recibí una invitación para visitar una universidad en Cracovia. Como nunca había estado en Europa Oriental me dediqué a leer mucho sobre Polonia. Me leí la Trilogía de Henryk Sienkiewicz, el premio nobel de Literatura polaco, conocido en el mundo por ser el autor de Quo Vadis. Son tres novelas ambientadas en el siglo XVII, que recrean la lucha de la República de las Dos Naciones o el Reino Polaco-lituano por sobrevivir a las invasiones de los cosacos, los suecos y los tártaros. Releí la biografía de Juan Pablo II, papa por el que siento una particular devoción.

Volví a ver la película El Pianista, de Roman Polanski y leí una historia de Polonia muy buena del historiador polaco-británico Adam Zamoyski. Cuando me reuní con las autoridades de B´nai B´rith, Ana Wilensky me recomendó visitar el Museo Judío de Varsovia, el Polin.

En mayo viajé a Polonia y también fui a Kaunas y Vilna en Lituania, y a Leópolis, Lvov o Lviv en Ucrania. Fueron tres semanas en las que me sentí permanentemente conmovido, como no me había pasado nunca en otro viaje. Aunque fue un viaje a la tierra de Juan Pablo II y del catolicismo polaco, también fue un acercarme al mundo judío y al Holocausto. Estuve en Auschwitz; en el barrio Kazimierz y el distrito de Podgórze en Cracovia; en la zona donde estuvo el Gueto de Varsovia y en el Museo Polin; en los bosques que rodean Vilna, donde fueron asesinados cientos de miles de judíos; en las ruinas de la sinagoga de Zamosc y caminé horas por las calles de Lvov. Aprendí mucho y, sobre todo, el viaje me motivó para saber más sobre el Holocausto y su historia, pero no solo sobre eso. La visita al Museo Polin de Varsovia me hizo caer en la cuenta de algo que, -y con gran respeto lo digo-, es más grande que la Shoá: el legado cultural e histórico del pueblo judío para la humanidad.

Me explico. Es obvio que, para mí, como cristiano y sacerdote, el pueblo judío es parte de mi tradición e historia. Creo firmemente que Dios eligió al pueblo de Israel para hacer una alianza, y se encarnó en un judío, Jesús de Nazaret, para ser nuestro salvador. Cada día me encomiendo a él, un judío, y a su madre María, una judía, para que me guíen y ayuden.

Para nosotros los cristianos, el Antiguo Testamento, que es la Biblia judía, es parte fundamental de nuestra vida de oración y acción. Esa parte de la herencia y la historia judía los tenía claro. ¿Pero qué pasa con la tradición, la cultura y la historia judías posteriores a Cristo? ¿Ésto también es parte de nuestra civilización, de mí cultura, de mi vida? Quizás hasta hace unos meses no lo tenía tan claro, o no había caído en la cuentade ello.

El Museo Polin, que se llama así, porque de esa manera los judíos de la Edad Media llamaban a Polonia, fue inaugurado en octubre de 2014. No es un museo del Holocausto, como hay en otros lugares del mundo, sino un museo que cuenta la historia de los judíos en tierras polacas durante mil años, entendiendo Polonia en un sentido histórico, que incluye partes de las actuales repúblicas de Lituania, Ucrania y Belarús. Es un museo extraordinario por su concepción arquitectónica, estética e histórica. Uno se introduce en la historia de los judíos y la vive. Cuando fui había cientos de niños en las diversas dependencias y era fascinante verlos interactuar con la historia y enriquecerse por un legado extraordinario por su variedad, pues hay muchas maneras de ser judío. Por supuesto que la Shoá está presente y de manera muy clara, pero en ese museo se la ubica en su contexto histórico. ¿La disminuye? ¿La relativiza? Al contrario, creo que la muestra aún más terrible. Porque terrible es que se asesine a una persona, cualquiera sea su condición. Terrible es que se elimine a un pueblo, aunque sea una pequeña tribu en la selva, que pudiera no haber tenido contacto con el resto de la humanidad. Pero aún es más terrible que se elimine a seis millones de personas que pertenecen a un pueblo que ha brindado a la humanidad toda, tanta cultura, conocimiento, creatividad, folclore, arte e historia. Esta tercera reflexión tiene que ver con conmemorar, agradecer, reconocer y valorar a partir de la Shoá, la historia y el legado del pueblo judío a lo largo de toda su historia.

La visita al Museo Polin me hizo caer en la cuenta de que el legado judío en mi vida no tenía solo que ver con la Historia de Salvación hasta Cristo y a partir de entonces, poco y nada. Mi pasión por la historia nació cuando estaba en cuarto de primaria y la maestra Pola, nos leyó la biografía de Magallanes de Stefan Zweig, un extraordinario escritor judío que me ha acompañado hasta ahora. Mi pasión por el cine en gran medida se la debo a Woody Allen, un cineasta judío. Mi tesis de licenciatura de teología fue sobre Dios y la religión en la filmografía de Woody Allen, para la cual tuve que leer muchísimo sobre la cultura judía del siglo XX. Una de las obras que más me han impactado e influido en los últimos quince años ha sido la de Etty Hillesum, una joven intelectual holandesa, judía, que durante los años de la ocupación alemana llevó un diario extraordinario, en el que expresa con una delicadeza única, una aguda introspección y una fabulosa capacidad de escritura, el proceso de humanización, compasión y fe que desarrolló en tiempos de odio, intolerancia y persecución. Ella y su familia terminaron asesinados en Auschwitz.

Muchas más personas judías y obras marcaron mi vida: Victor Frankl y la logoterapia que conocí en las clases de Filosofía de bachillerato; la música de Leonard Bernstein; el cine de Roman Polanski, la pintura maravillosa de Chagall, El Arte de Amar y El Miedo a la Libertad, de Erich Fromm, que también descubrí en el Colegio Seminario. Muchos de ellos fueron víctimas del Holocausto, otros son parte de la gran tradición cultural judía. Podría agregar a cientos de científicos, filósofos, académicos, empresarios, políticos y activistas sociales. Cada uno de los que está aquí hoy, judío o no judío, podría hacer un repaso de cómo el legado del pueblo judío ha tocado, afectado y moldeado su vida. Verían que es mucho mayor de lo que a primera vista podríamos reconocer.

Como rector de la Universidad Católica del Uruguay, me siento orgulloso y feliz, no habiendo tenido ningún mérito en ello, de que desde hace dieciocho años tengamos la Cátedra Permanente de Judaísmo. Fue creada a instancias del Prof. Nisso Acher, de bendita memoria y que hoy da su nombre a la cátedra, con el apoyo del Padre Antonio Ocaña, S.I. Es una actividad conjunta de la UCU y el Comité Central Israelita. Su misión es lo que motiva esta tercera reflexión, dar a conocer el legado del judaísmo, desde la formación del pueblo de Israel con Abraham, nuestro padre común en la fe, hasta el presente.

El Holocausto fue una tragedia humana inconmensurable, pero también fue el intento de una ideología por eliminar el legado religioso, cultural e histórico del judaísmo.

Por eso creo que conmemorarlo también tiene que llevarnos a agradecer, valorar, conocer y cuidar ese legado.

Muchas gracias.

P. Dr. Julio Fernández Techera, S.I.
Rector de la Universidad Católica del Uruguay