Iglesia al día

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Mons. Pablo Galimberti “Olor a oveja”: Reflexión de Mons. Pablo Galimberti a raíz de agresión a párroco montevideano

 Galimberti

En estos días me comuniqué con un párroco uruguayo de una zona de periferia de nuestro país. Quería manifestarle mi cercanía, escuchar su voz, interesarme por su salud y su ánimo. Días atrás fue víctima de un atraco y robo donde vive y trabaja.

Episodios de violencia se han “normalizado” en nuestra sociedad. Algunos hechos se difunden por noticieros, otros salen en periódicos, o circulan por las redes sociales y boca a boca. Pero muchos de ellos apenas los conocemos. A estos quiero referirme.

Regresaba a su parroquia. Buscaba la llave para ingresar a la casa, pegada al templo. Desde la oscuridad sonó en su cabeza un durísimo golpe. Sangrando, cualquier amague de resistencia o para balbucear algo era inútil. El contundente golpe con un arma fue la señal clara de que mandaba el intruso, ahora dueño de la situación. No le pregunté cuántos eran.

Entraron, revolvieron, no se qué cosas destrozaron, violentaron o se llevaron. No le pregunté por las pérdidas. No es lo que importaba. De inmediato llegó el auxilio de vecinos que acudieron para ofrecer los primeros auxilios en la cabeza y la cara que sangraban. En medio del alboroto logró mantener su buen espíritu.

Esas manos cuidadoras fueron expresión de una fuerte solidaridad que los acerca al querido párroco. Al que ven correr primero cuando un vecino, joven, anciano o familia necesita una palabra, aliento u otra ayuda en cualquier emergencia.

Gracias a Dios y gracias a quienes corrieron, su párroco pudo recuperarse y contar el cuento. Pero esta historia tiene una segunda parte.

Yo me enteré de lo ocurrido a través de algunos sacerdotes salteños que me hicieron ver en sus celulares enormes carteles en el frente del templo, desplegados por diferentes grupos de vecinos. Expresión de repudio y cálida solidaridad hacia su párroco.

No se si la noticia salió, al menos en letra chica, en algún periódico. Lo que sí me llegó es que un conocido periodista televisivo fue a visitar a este párroco con intención de entrevistarlo, indagar en los pormenores o anécdotas de lo ocurrido y pedir al párroco, víctima de este atraco, con huellas de heridas frescas, que brindara sus declaraciones.

Y aquí está lo que más rescato de este buen cura “con olor a oveja” como diría el Papa Francisco. Con amabilidad ante un periodista insistente, le manifestó que no pensaba hacer ningún tipo de declaraciones. Fue grande la sorpresa del periodista, habituado a reportajes en primeros planos para la televisión nacional.

No quiero que mis palabras afecten a la gente de este barrio, le dijo. Si hablo públicamente de lo que me pasó, podría resultar perjudicial. Porque mucha gente va a poner a este barrio en la lista negra. Y si mañana uno de mis vecinos se presenta a pedir trabajo y le preguntan dónde vive, es probable que la sola mención al barrio sea motivo para negarle la oportunidad.

Terminó mi breve conversación con este párroco y me quedó grabada su actitud. No importaba él. Tampoco importaba el periodismo que rastrea con curiosidad los hechos violentos. Lo que más le importaba era su comunidad, su barrio y su gente. A los que conoce y sabe que a diario pelean en ese barrio obrero por un trabajo digno y estable. Y él se siente parte de esa comunidad.

En ese gesto vi plasmado lo que el Papa Francisco nos pide que seamos: pastores con olor a oveja. Pastores, guías, educadores, conductores, dirigentes, padres y madres: cercanos y compasivos. Colaborando y sembrando confianza, fe y valores para una mejor convivencia: en la familia, el centro educativo o el barrio.

Gente con “olor a oveja” es gente capaz de cuidar a otros, sostenerlos en sus penurias, animarlos en las horas de angustia. En lugar de usar de los otros para escalar posiciones, cargos o fama. Una tentación que fascina en la sociedad del espectáculo.

Columna publicada en Diario “Cambio” del viernes 31 de julio de 2015