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“Vengan y vean, de lo otro se encarga Dios”: ecos de la misión de los jóvenes jesuitas 2018

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Más de 100 jóvenes impregnados por la espiritualidad de San Ignacio interrumpieron durante una semana su descanso estival o su tiempo de estudio para formar parte de la misión “San Francisco Javier”, que se desarrolló del 17 al 25 de febrero, en 9 puntos de la Diócesis de San José de Mayo. A la vez de tratarse de una experiencia compartida de dar y recibir, cada joven vivió su “propia” misión que le dejó huellas indelebles. Así lo atestiguan María Agustina y Matías, reincidentes en la experiencia.

Los misioneros, acompañados por más 50 jóvenes de la Pastoral Juvenil de la Diócesis de San José y algunos Padres Jesuitas, recorrieron los barrios y visitaron a los vecinos casa por casa. En estas visitas también se extendía la invitación a participar en talleres para niños, jóvenes y adultos. Estos encuentros terminaban cada día dando gracias a Dios en la celebración de la Eucaristía.

TESTIMONIOS MISIONEROS

Una joven participante de la misión, María Agustina Peralta, comparte con NotiCEU que “Cada misión tiene su toque especial, deja su marca”. Es la segunda vez que participa en la misión San Francisco Javier y siente que va dejando una huella en su vida. “El espíritu ignaciano contagia y alienta a seguir en el camino que Cristo nos llama”. En cada casa visitada, en cada taller o juego con niños, Agustina reconoce su deseo de servir y amar. “También uno se descubre a sí mismo al estar a cargo de un grupo, reconociendo y fortaleciendo las propias capacidades”.

La experiencia en esta misión es que la “fe y el amor de Cristo se vive con el otro, siendo transparente y auténtico ante Dios, entregándolo todo para recibir ese amor que el corazón necesita para ser feliz y estar en paz”. La invitación es la de Jesús a los primeros discípulos, “vengan y vean, de lo otro se encarga Dios”.

Matías Leguizamo narra una situación concreta que resume mucho de lo vivido por los jóvenes misioneros. En su relato presenta un día de mucho calor y cansancio. En medio del deseo de poder descansar un poco más escucha de lejos el aviso de que es momento de salir de dos en dos a visitar las casas del barrio. “Después de 6 años me sigue generando el mismo nudo en el estómago que el primer día”, evoca su primera salida misionera en una lluviosa mañana en Salto. “Algunas cosas no cambian y eso no me parece mal”.

Los misioneros salen a visitar a los vecinos, “el mate ya está un poco lavado y la excusa de pedir yerba toma fuerza como una buena entrada”. Golpean la primera puerta y demoran en ser atendidos. “Un señor de esos que parecen contar buenos mates y cebar buenas historias abre tímidamente”. El saludo de los jóvenes no genera mucho interés en el vecino, “qué bajón”. Los misioneros intentan generar una charla inicial, “Cómo esta todo por acá, hace mucho qué vive en el barrio, quiere un mate, que horrible la calor che”. Casi resignados piensan: “conteste algo por favor”. “El partido se cae pero aparece una señora desde atrás y acariciamos el milagro”, son invitados a pasar acomodándose en el fondo de la casa.

Cuenta Matías que “el veterano sigue a su esposa en su deseo de recibirnos y se pone a conversar. En esto se juega el amor, pienso mientras me muestra el jardín del fondo y me comenta lo bravo que es hacer crecer ese limonero de la derecha. Atrás, las mujeres ya hablan de cosas más profundas”. Mientras tanto el “galponcito” del fondo y las herramientas se transforman en el centro de la charla con él. Desde ahí surgen los rostros y las historias de una vida llena de trabajo, sacrificio y amor, “asoma en cada recuerdo una pareja que ha sabido luchar”.

Después de entrar en confianza les cuentan a los misioneros sus “cosas lindas” de cada día, “la familia, las mesas compartidas, los amigos que aún se reúnen a celebrar las ganadas y las perdidas de tantos años, lo cotidiano”. En este encuentro los jóvenes experimentan la presencia del Señor, “lo cotidiano que se vuelve mágico, digo bajito, evocando a  Mercedes Sosa y Dios se hace presente en un mate lavado abajo de una parra. Al final no precisábamos tanta yerba, pensé mientras la caldera chirriaba  desde la cocina anticipando un nuevo termo lleno de historias bien cotidianas”.

La misión culminó con el reencuentro de todos los misioneros en la Catedral de San José de Mayo, donde celebraron la Eucaristía, que fue presidida por el Obispo Diocesano, Mons. Arturo Fajardo.

Agradecemos el aporte del P. Álvaro Pacheco sj y de Sofía Vázquez