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Mons. Romero recuerda a su amigo en la partida: “Julio, un obispo soñador, nostálgico de lo nuevo que está en camino”

 

Romero

Mons. Orlando Romero, Obispo emérito de Canelones, recuerda al recientemente fallecido Mons. Julio Bonino como un Pastor con “una gran `capacidad de diálogo´, no solo al interior de la Iglesia sino con los de fuera”, empeñado en ofrecer una “propuesta atractiva del Evangelio”, capaz de “descubrir las experiencias del interlocutor” y “las situaciones humanas de la gente”, no con “slogans para conseguir prosélitos” sino con “una pedagogía de construir puentes para que el Evangelio expandiera toda su fuerza original y única en las realidades y experiencias”.

“Como Pastor de la diócesis de Tacuarembó lo caracterizó una cordialidad de cercanía, de confidencialidad, que se mostraba en dar a la casa episcopal el ser una casa de “puertas abiertas” y de acogida afectuosa donde uno se sentía “estar en casa”, con una permanente atención de todos los que la habitaban, con los venían y se iban: jóvenes, mayores, sanos y enfermos”, comparte Mons. Romero.

El Obispo emérito de Canelones, quien conocía profundamente a Mons. Julio asegura, en su evocación del amigo, que su “observación histórica, de la vida de la gente, su preocupación por el medioambiente no eran solo temas, sino situaciones de la gente, fidelidad al lema elegido para orientar el servicio de su ministerio episcopal: `El Verbo se hizo carne´que rotulaba el emblemático Cerro Batoví”.

En definitiva, concluye Mons. Romero en que todo “esto hacía que Julio fuera no solo respetado, valorado por los de dentro y los de fuera sino también querido. Su lenguaje y su tono coloquial suscitaba cercanía y escucha porque no hablaba desde `fuera´ sino que se `involucraba personalmente`´”.

Julio, un obispo soñador, nostálgico de lo nuevo que está en camino

Al expresarles mi testimonio sobre la vida de Julio quisiera que la conmoción de su partida y la amistad que me unía a él, me permita ser lo más objetivo posible.

Nuestro mutuo conocimiento comenzó en un momento en que asumíamos una responsabilidad en la Conferencia Episcopal, yo como Secretario General siendo obispo auxiliar de Montevideo, y Julio como coordinador nacional de la pastoral de Conjunto, siendo sacerdote de la diócesis de Canelones.

Al hacerse cargo de la Diócesis de Tacuarembó lo precedía  la experiencia de su estrecha colaboración con su obispo, Mons. Nuti, en un momento de organizar la diócesis con renovadas estructuras  de comunión y participación conforme a las orientaciones del Concilio Vaticano  II; poner a la Diócesis canaria  en situación  de  un profundo “aggiornamento” en la organización de decanatos, consejos, renovación de la catequesis, liturgia, formación e interiorización de los agentes pastorales, en lo que Julio tuvo aportes decisivos y eficientes  junto a su obispo.

Como Pastor de la diócesis de Tacuarembó lo caracterizó una cordialidad de cercanía, de confidencialidad, que se mostraba en dar a la casa episcopal el ser una casa de “puertas abiertas” y de acogida afectuosa donde uno se sentía “estar en casa”, con una permanente atención de todos los que la habitaban, con los venían y se iban: jóvenes, mayores, sanos y enfermos. Lo que vivía en su casa, lo proyectaba en la casa grande de su Diócesis. En las conversaciones con Julio siempre había temas importantes y atrayentes combinados con salidas de expansión para mostrar los emprendimientos en los que tantos participaban. Esta actitud de acogida cordial era su alegría y satisfacción.

Otra experiencia en nuestros intercambios interminables que teníamos, era la “propuesta atractiva del Evangelio”. Dicho así puede parecer algo “novelero”, sin embargo, era una preocupación que articulaba su accionar pastoral: descubrir las matices culturales al norte del Río Negro: su historia, su religiosa, (la Virgen de Itatí), las Reuniones de los diócesis de fronteras, etc. Descubrir las experiencias del interlocutor, las situaciones humanas de la gente no era  slogans para conseguir prosélitos sino una pedagogía de construir  puentes para que el Evangelio expandiera toda su fuerza original y única en las realidades y experiencias; por eso la observación histórica, de la vida de la gente, su preocupación por el medioambiente no eran solo temas sino situaciones de la gente, fidelidad al lema elegido para orientar el servicio de su ministerio episcopal: “El Verbo se hizo carne” que rotulaba el emblemático Cerro Batoví. Era  machacón en recordarnos a los hermanos obispos los compromisos contraídos en las Orientaciones Pastorales consignadas en las Actas. Perseverante y coherente en la formación de los laicos, en la renovación de la catequesis, en la experiencia de las Comunidades Eclesiales de base (CEBs), en la atención de los jóvenes, en la atención de los sacerdotes. Realmente se tomaba en serio  las responsabilidades que le encomendaba la Conferencia Episcopal.

Una gran “capacidad de diálogo” no solo al interior de la Iglesia sino con los de fuera: con instituciones no religiosas, con historiadores, empresarios, portavoz de de liberadores reclamos populares. No imponía sino que sugería, abría caminos.

Esto hacía que Julio fuera no solo respetado, valorado por los de dentro y los de fuera sino también querido. Su lenguaje y su tono coloquial  suscitaba cercanía y escucha porque no hablaba desde “fuera” sino que se “involucraba personalmente”.

Gracias, Julio, por tu vida y testimonio, que el Señor te acoja en su misericordia, y plenifique  lo que quedó en tus anhelos. Y a nosotros nos permita encontrarte nuevamente un día en su Reino. Amén