Iglesia al día

" La bondad es lo que importa, pues es el bálsamo que pone un poco de suavidad en cualquier amarga llaga. "
San Pío X

Mons. Heriberto Bodeant: “Ha partido un Pastor, padre, hermano y amigo”

CerroBatovi

“Mons. Julio César Bonino Bonino, Obispo de Tacuarembó, falleció el 8 de agosto. Ha partido un Pastor: padre, hermano y amigo”. Así comienza el post publicado hoy por el Obispo de Melo, Mons. Heriberto Bodeant en su blog Dar y Comunicar. .

En su post Mons. Bodeant expresa su agradecimiento “por la vida y el testimonio de Julio: el testimonio de su pastoreo, de su acompañamiento, de sus sueños; de su amistad, de su ternura, de sus lágrimas `soy muy llorón, decía´ en las que transparentaba todas sus grandes emociones, mucho más que sus tristezas; de sus historias de vida, sus anécdotas llenas de color, de sus gestos… de su amor por la gente, por la tierra, por las raíces de esta cultura del norte uruguayo al que fue enviado este santaluceño que en Tacuarembó y Rivera encontró dos pagos que lo hicieron suyo´”.

“En un momento de desolación como el que estamos viviendo con la partida del Pastor, aunque tengamos el consuelo la Esperanza, brotan desde nuestro corazón las palabras del salmista: `Levanto mis ojos a los montes: ¿de dónde me vendrá el auxilio?”, expresa el Obispo de Melo.

“La muerte de toda persona querida nos pone ante el misterio final de nuestra existencia. La muerte del Pastor nos pone ante la incertidumbre, nos abre a los interrogantes sobre lo que vendrá… no sobre quién vendrá, sino sobre el peregrinar del Pueblo de Dios en Tacuarembó y Rivera”, plantea.

“Ahora que nos ha dejado, rogamos por él, para que concluya su peregrinación y esté ya en la morada definitiva, en la Casa del Padre”, concluye Mons. Bodeant.

 

El Cerro, el Verbo y el Pastor

En la sala de la casa de Mons. Julio estuvo durante mucho una pintura (sobre cuero, si mal no recuerdo) que representa el cerro Batoví. Al pie del cerro, estaba escrito su lema episcopal: “El Verbo se hizo carne” (1).

Cuando cruzo por Tacuarembó, moviéndome entre mis dos querencias, la del Litoral de mis orígenes y la de la frontera Este de mi presente, siempre que puedo, me desvío unos kilómetros, sobre todo cuando voy con alguien, para contemplar el Batoví.

No somos un país de grandes alturas, pero allí están nuestros cerros, invitándonos a levantar la mirada y a elevar nuestra vida. Nos invitan a trabajar y a pedir de Dios el don para poder realizar la ascensión humana, pasando cada día de “condiciones menos humanas a condiciones más humanas”, hasta alcanzar “la unidad en la caridad de Cristo, que nos llama a todos a participar, como hijos, en la vida del Dios vivo, Padre de todos los hombres” (2). Pienso hoy en todas las inquietudes e iniciativas de Julio en favor del desarrollo integral de los departamentos de su Diócesis.

A Abraham, el Padre de los creyentes, Dios se le manifestó como El Sadday, nombre que puede traducirse como “el  Dios de las montañas” o “el Dios de las alturas” (3).

En un momento de desolación como el que estamos viviendo con la partida del Pastor, aunque tengamos el consuelo la Esperanza, brotan desde nuestro corazón las palabras del salmista:

“Levanto mis ojos a los montes: ¿de dónde me vendrá el auxilio?”

“El auxilio me viene del Señor, que hizo el cielo y la tierra” (4) responde de inmediato el mismo salmo. Aquí reencontramos el lema de Julio: “el Verbo se hizo carne”. El Señor ha enviado su auxilio. Más aún, ha venido Él mismo a socorrernos. El Verbo se hizo carne y armó su carpa entre nosotros. La tienda del nómade, como la de Abraham, pronta a ser desarmada y enrollada para seguir la marcha. La casa de ese peregrino que es cada uno de nosotros en esta tierra.

El Verbo se hizo carne, es decir, asumió nuestra condición humana –en todo, menos en el pecado– para que por su muerte y resurrección se realice lo que nos dice San Pablo: “sabemos que si esta tienda, que es nuestra morada terrestre, se desmorona, tenemos un edificio que es de Dios: una morada eterna, no hecha por mano humana, que está en los cielos” (5).

La muerte de toda persona querida nos pone ante el misterio final de nuestra existencia. La muerte del Pastor nos pone ante la incertidumbre, nos abre a los interrogantes sobre lo que vendrá… no sobre quién vendrá, sino sobre el peregrinar del Pueblo de Dios en Tacuarembó y Rivera.

Allí está la oscuridad, la noche oscura del alma que experimentó el mismo Abraham en lo alto del cerro, al caer el sol, en la presencia de El Sadday (6).  El alma se sobresalta, se inquieta, se interroga… y entonces se manifiesta el Verbo “luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo” (7).

Bajo esa luz, damos gracias por la vida y el testimonio de Julio: el testimonio de su pastoreo, de su acompañamiento, de sus sueños; de su amistad, de su ternura, de sus lágrimas “soy muy llorón, decía” en las que transparentaba todas sus grandes emociones, mucho más que sus tristezas; de sus historias de vida, sus anécdotas llenas de color, de sus gestos… de su amor por la gente, por la tierra, por las raíces de esta cultura del norte uruguayo al que fue enviado este santaluceño que en Tacuarembó y Rivera encontró dos pagos que lo hicieron suyo. Ahora que nos ha dejado, rogamos por él, para que concluya su peregrinación y esté ya en la morada definitiva, en la Casa del Padre.

+ Heriberto, Obispo de Melo

1)  Juan 1,14

2)  Pablo VI, Populorum Progressio, 20-21.

3)  Génesis 17:1 Cuando Abram tenía 99 años, se le apareció Yahveh y le dijo: «Yo soy El Sadday, anda en mi presencia y sé perfecto.

Génesis 35:11 Díjole Dios: «Yo soy El Sadday. Sé fecundo y multiplícate. Un pueblo, una asamblea de pueblos tomará origen de ti y saldrán reyes de tus entrañas.

4)  Salmo 120,1-2.

5)  2 Corintios 5,1

6)  Génesis 15:12 Y sucedió que estando ya el sol para ponerse, cayó sobre Abram un sopor, y de pronto le invadió un gran sobresalto.

7)  Juan 1,9