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Christus vivit

Mons. Fernando Gil: El obispo que trabajó en las barriadas porteñas

Nota publicada en El Observador |

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Foto de El Observador

Es uruguayo pero vivió la mayor parte de su vida en Argentina, se formó como sacerdote en medio de la dictadura y se desarrolló en la periferia porteña

La década de los setenta llegaba a su fin y daba paso a los ochenta en Argentina. El miedo que la dictadura generaba le quitaba el sueño a muchos. Fernando Gil, mientras, estudiaba sobre la paz, la esperanza y el amor, porque quería ser cura. El número de desaparecidos aumentaba y entre ellos se encontraban compañeros y amigos suyos que habían optado por embanderarse con el peronismo radical y por la lucha por las armas. Él, en cambio, había decidido que sus armas fueran espirituales.

“Decidí buscar en medio de la confusión un camino religioso, un sendero trascendente. Por gracia de Dios tomé esa decisión”, dice ahora, a tres meses de haber sido nombrado por el papa Francisco como el nuevo obispo de Salto.

La Facultad de Teología, donde Gil estudió seis años para convertirse en sacerdote, estaba amenazada y de noche trancaban las puertas porque tenían miedo a un posible allanamiento de militares. “No teníamos nada para esconder, pero en dictadura cualquiera era sospechoso”, recuerda.

Años después, la opresión de la dictadura se apagó y el amor se expandió en las barriadas humildes del gran Buenos Aires. Quien hoy es obispo vivía en una capilla pequeña y recorría en bicicleta el entorno de la diócesis de Merlo-Moreno consumidos por la droga y la violencia, y les hablaba del Evangelio y la buena nueva de Jesús.

“Yo ayudaba a un cura. Los curas habían dejado las iglesias céntricas y acompañaban en las barriadas. Nuestro trabajo se da en el día a día, estás ahí, vas acompañando lo que va surgiendo”, cuenta. Al mismo tiempo tenía actividad académica, era docente de Teología en la Universidad Católica Argentina.

La relación de Gil con la academia nació cuando comenzó a estudiar ingeniería a los 18 años –carrera que continúo hasta los 23– pero luego tomó un rumbo más metafísico al estudiar Filosofía y Teología. Cursó un doctorado en Roma, volvió a Argentina para ser docente de Teología y finalmente se convirtió en vicedecano de esa facultad en la Universidad Católica Argentina.

Fue desde ese último rol que conoció al papa Francisco cuando este era el arzobispo de Buenos Aires y gran canciller de la Universidad Católica. “Como vicedecano fui a verlo una o dos veces para presentarle algún informe o contarle los problemas que había en la facultad”, dice.

Asegura que tiene “muy poca relación con el santo padre” a pesar del “mito” que se propagó de que eran amigos. “Para explicar por qué estando en Argentina me mandaron a ser obispo en Salto, la gente dice: ‘ah, es amigo del papa Francisco’”, explica. “El papa solo sabía quién era yo, que era uruguayo y conocía mucho a mi tío”, agrega haciendo referencia a Daniel Gil, exobispo de Salto.

El flamante obispo nació en Montevideo hace 65 años. Su infancia fue muy nómade porque su padre trabajaba en una compañía multinacional que le obligaba a cambiar de destino continuamente. “Cada dos o tres años íbamos a un país distinto”, recuerda.

A los 16 años llegó a Argentina para no volver a Uruguay en 49 años, sin contar los veranos que siempre pasaba junto a tíos y primos que habían quedado viviendo al oriente del río Uruguay. La relación siempre se mantuvo.

Nombramiento como obispo

Gil estaba dictando un curso en Colombia y tenía su celular apagado mientras lo llamaban desde la nunciatura –el puesto diplomático de Roma– en Argentina. Recién una semana después, de vuelta a su país, se percató de todas las llamadas perdidas que tenía. Al comunicarse finalmente con el nuncio le dieron la noticia.

“El santo padre lo ha nombrado como obispo de Salto, ¿acepta?”, le preguntaron. “¿Qué? Miren que allá fue obispo mi tío, van a decir que es acomodo”, respondió Gil.

La respuesta fue contundente: “No se preocupe, el santo padre sabe lo que hace”.

Ahora, meses después, admite que está feliz con el cambio: “No me costó nada volver a las raíces”.

Ya pasaron tres meses desde que Gil es obispo y los ha dedicado a recorrer las parroquias de la diócesis que abarca los departamentos de Artigas, Salto, Paysandú y Río Negro. “Me quedaba tres o cuatro días en cada parroquia con el cura y salíamos a recorrer para conocer la realidad religiosa, social y educativa de las parroquias”, cuenta.

La diócesis –que es la que posee más departamentos a su cargo– tiene una superficie de 49 mil kilómetros cuadrados, con una población católica aproximada de unos 292 mil habitantes.

Por ahora, las impresiones del obispo son positivas: “Voy percibiendo que hay muchas comunidades vivas”, dice. Sin embargo, le preocupa la migración de jóvenes que se van a estudiar a Montevideo y no vuelven. “El joven no tiene perspectivas dentro de Salto, Artigas, Paysandú. El joven dentro de una sociedad es lo que renueva, lo que da vida. Tendrían que surgir más oportunidades para los jóvenes acá”, opina.

En este corto lapso ya le ha tocado revivir algunas situaciones que supo enfrentar en Argentina, como el impacto de la dictadura y la consecuencia de las drogas en los contextos más críticos.

“Hace poco vino a visitarme un excura de origen francés que fue obrero en la zona de Bella Unión y fue torturado por los militares”, cuenta. El hombre viajó a Salto porque consiguió la dirección del coronel retirado que lo había torturado hace más de 30 años. Tocó el timbre para reconciliarse. Luego fue hasta el obispado para saludar a Gil y orar juntos. Rezaron un padrenuestro. “A partir de ahora puedo rezar mejor el padrenuestro. Ahora puedo repetir como nunca la frase que dice: ‘así como nosotros perdonamos a los que nos ofenden’”, cuenta que le dijo. Era una herida que hasta ese momento no había podido cerrar.

Las situaciones de violencia, robos, pandillas y drogas marcaron su trabajo en Argentina. Comenta que en Uruguay ocurren situaciones similares. “Un chiquilín de 13, 14 años, termina el colegio y se queda en la plaza y lo primero que va a hacer es fumarse un porro, después le ofrecen cocaína y comienza un camino sin retorno”, dice. Pero asegura que desde la religión se pueden encontrar soluciones: “Si están contenidos eso no pasa, se puede prevenir”.

Heriberto Bodeant, el actual obispo de Melo y exobispo auxiliar de Salto de la época en que el obispo era Daniel Gil, señala que Fernando Gil siempre “mantuvo una amplitud en su vocación” porque conjugaba “su servicio en la parroquia marginal” con “clases en la facultad de Teología”. “Es una persona muy criteriosa, muy ponderada, con un sentido de la misión de la iglesia que va más allá de lo interno sino con una relación con el entorno, inclusiva, de busca de diálogo y acercamiento”, opina.

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