Iglesia al día

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Mons. Galimberti invita a mirar hacia el Corazón de Cristo y despertar el corazón adormecido

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En la Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús, el Obispo de Salto, Mons. Pablo Galimberti, anima a “volver a despertar el corazón adormecido” y a “mirar hacia el Corazón de Cristo”, que “nos permite abrir el paraguas y tomar las armas para pelear el combate diario que nos acompaña”.

“Este viernes la Iglesia Católica agradece y dirige su mirada hacia la fuente inagotable del amor fuerte y fecundo…al amor de Cristo”, comienza explicando en su columna semanal en el Diario “Cambio”.

Recuerda la entrega de Cristo “hasta el final no conoce límites ni de tiempo ni de lugares ni de intensidad. Decir que amó mucho no alcanza”.

El Obispo de Salto destaca que “en la vida de cada persona, creyente o no, los vínculos de amor o amistad tejen el núcleo de esas experiencias primordiales o fundantes”. En este sentido, afirma que “quien no ha vivido la experiencia de ser mirado con cariño, delicadeza, preocupación, incluso con algún rezongo, tendrá que reinventarla”, y “quien conserva esos hilos memoriosos necesita reciclarse, volver a despertar el corazón adormecido”.

Mons. Galimberti señala que es necesario “descubrir un hilo o conexión primordial en torno al cual anudar, ordenar y entrelazar los demás vínculos o relaciones (familia, amistades, afectos, trabajo, militancia, deporte, arte…)”. Asegura que para los cristianos el anclaje, el eje y ese amor fundante es  “Jesús de Nazaret, bien humano y bien arraigado en Dios”.

 

 

Amores líquidos y amores fuertes

Mons. Pablo Galimberti

En época de “amores líquidos” (expresión del polaco Bauman) es importante reavivar los amores fuertes y sólidos que orientan nuestra embarcación en medio de vientos y tormentas a lo largo y ancho de la historia personal y social dentro de cada cultura.

En la evolución  humana aflora siempre la experiencia del amor, admirado y padecido, suspirado y soñado en todos los tiempos y peripecias humanas. A él canta el poeta inspirado del Cantar de los Cantares: “Grábame como un sello en tu brazo, como un sello en tu corazón, porque el amor es fuerte como la muerte, la pasión más poderosa que el abismo; sus dardos son dardos de fuego y llamaradas divinas. Las aguas torrenciales no pueden apagar el amor, ni los ríos anegarlo.” (cap. 8).

Este viernes la iglesia católica agradece y dirige su mirada hacia la fuente inagotable del amor fuerte y fecundo. Me refiero al amor de Cristo. Su entrega hasta el final no conoce límites ni de tiempo ni de lugares ni de intensidad. Decir que amó mucho no alcanza. El judío Saulo de Tarso, que perseguía a los seguidores de Jesús, quedó deslumbrado y escuchó una voz: “¿Por qué me persigues?” En adelante cambió radicalmente su vida y confesaba emocionado: “me amó y se entregó por mí”.

El amor de Jesucristo dejó huellas imborrables en la historia escrita con sangre. Lo atestigua el apóstol Juan, refiriéndose a lo que vio con sus propios ojos aquel primer viernes santo: “Fueron los soldados y quebraron las piernas a los dos crucificados con él. Al llegar a Jesús, viendo que estaba muerto, no le quebraron las piernas; sino que un soldado le abrió el costado con una lanza. Enseguida brotó sangre y agua.” (Juan, cap. 19)

En la vida de cada persona, creyente o no, los vínculos de amor o amistad tejen el núcleo de esas experiencias primordiales o fundantes. Quien no ha vivido la experiencia de ser mirado con cariño, delicadeza, preocupación, incluso con algún rezongo, tendrá que reinventarla. Pero también, quien conserva esos hilos memoriosos necesita reciclarse, volver a despertar el corazón adormecido. “Recuerde el alma dormida, avive el seso y despierte…” escribe Manrique.

Necesitamos descubrir un hilo o conexión primordial en torno al cual anudar, ordenar y entrelazar los demás vínculos o relaciones (familia, amistades, afectos, trabajo, militancia, deporte, arte…). Ese vínculo primordial o amor fundante nos conecta y ubica en el espacio anónimo. Necesitamos ubicarnos, saber dónde estoy, descubrir y adherir a un eje. Para los cristianos el anclaje es Jesús de Nazaret, bien humano y bien arraigado en Dios.

Desde que los humanos asomaron la nariz en el universo tuvieron que pelear con “dioses” “espíritus” y “demonios” con los que convivían y peleaban. Cupido, nombre romano del dios Amor, en griego: Eros, hijo de Afrodita, diosa griega de la belleza, el placer y la fecundidad, ocuparon la imaginación de griegos y romanos. La aparición de Jesús de Nazaret en la historia, traza un antes y un después. Su conciencia de Hijo de Dios nos entregó una brújula segura para conocer nuestra ubicación en el espacio y tiempo. Sirva de ejemplo:

“Es del interior, del corazón de donde provienen las malas intenciones, las fornicaciones, los robos, los homicidios, los adulterios, la avaricia…”. (Marcos 7,21). Mirar hacia el Corazón de Cristo nos permite abrir el paraguas y tomar las armas para pelear el combate diario que nos acompaña.

Columna publicada en el Diario “Cambio” del viernes 8 de junio de 2018.