Iglesia al día

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San Juan XXIII, papa

“Allá en el cielo debe haber una gran fiesta” IN MEMORIAM de Mons. Julio Bonino

Mons. Julio César Bonino, Obispo de Tacuarembó

Santa Lucía, 2 de febrero de 1947 – Tacuarembó, 8 de agosto de 2017

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No por esperada en los últimos dos o tres días, la muerte de Mons. Julio Bonino resulta menos triste. La Iglesia diocesana, pero toda la sociedad del norte uruguayo y toda la Iglesia del país viven la sensación de haber perdido un enorme pastor.

Mons. Bonino había nacido en la ciudad de Santa Lucía, Depto. de Canelones, el 2 de febrero de 1947, el .  Ingresó en el Seminario interdiocesano en el año 1965, y fue ordenado presbítero por Mons. Orestes Nuti, entonces obispo de Canelones, el 26 de mayo de 1974.

Como presbítero diocesano Bonino desempeñó todas las tareas posibles: fue vicario parroquial y párroco en El Dorado, Las Piedras; Mons. Nuti le encargó primero la pastoral Vocacional y Juvenil, y más tarde lo designó Vicario Pastoral. Realizó estudios bíblicos en el Instituto Teológico Pastoral del Celam en Colombia.  Finalmente, la Conferencia Episcopal Uruguaya le confía la tarea de coordinar la Pastoral de Conjunto a nivel nacional.

Es entonces que, ante la vacancia de la diócesis de Tacuarembó, es nombrado obispo de aquella iglesia, y es ordenado el 18 de marzo de 1990.

Se entregó a su diócesis en cuerpo y alma, con convicción, compromiso y alegría.  Buscó comprender la historia, la cultura, la riqueza espiritual de su pueblo norteño, identificándose con sus alegrías y esperanzas, sus búsquedas y sus penas.  Su acción trascendió la organización eclesial, a la que puso en marcha en un estilo neto de participación y de comunión.  Supo tejer todo tipo de relaciones con los más variados grupos y protagonistas de la sociedad, haciéndose presente y animando a todo aquello que impulsara el crecimiento humano del pueblo.

Su espíritu abierto y su mente fina le permitieron interesarse por los más variados temas de la realidad humana, siempre centrados en la promoción de los más vulnerables, de las minorías, de los marginados, del cuidado de la tierra como patrimonio y hogar común.  Su interés llegaba hasta el neto compromiso personal, como sucedió por ejemplo en la problemática ecológica planteada por la megaminería.

Como integrante de la Conferencia Episcopal, se ocupó en diferentes momentos de áreas como la Pastoral Juvenil, la Pastoral Bíblica, el Departamento de Vocaciones y Ministerios, el Departamento de Pastoral Social, la Cáritas Uruguaya, la Comisión Nacional del Clero y nuevamente como Coordinador Nacional de la Pastoral de Conjunto, función que había tenido en el momento en que fue elegido obispo, en todas ellas entregándose con el mismo empeño, alegría y lucidez con que hacía todas las cosas.

De trato absolutamente llano, cercano, personal, hacía gala de su buen humor a la vez que de la profundidad de su fe y de su diálogo con el Señor.  Era una de esas personas excepcionales que sabían evocar lo mejor que había en cada uno de los prójimos con los que se relacionaba.  Si en un encuentro numeroso y formal, se formaba un corrillo del que salían cantos y carcajadas, seguramente estaba Mons. Bonino en el centro, animándolo incluso con un acordeón o una guitarra…

Bonino habría querido retirarse cinco años antes de lo que aconseja el Código de derecho canónico; deseaba dedicarse a la vejez como siempre lo había hecho: con convicción y alegría. Pero, a decir verdad, las posibilidades de que la Santa Sede le concediera sus deseos eran escasas, por no. decir nulas.  Así que Dios lo escuchó, e intervino y le dijo: “Está bien, servidor bueno y fiel, entra en mi casa y festejemos juntos” (cfr. Evangelio según S. Mateo 25, 21).

Allá en el cielo debe haber una gran fiesta.

Obituario elaborado por el Pbro. Dr. Daniel Bazzano