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Papa Francisco

Dios “hace crecer flores en medio del desierto”: Mons. Martin Krebs visitó la Diócesis de Melo

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Plaza de la Concordia, donde estuvo san Juan Pablo II el 8 de mayo de 1988, dirigiendo un mensaje al mundo del trabajo.

El Nuncio Apostólico en Uruguay, Mons. Martin Krebs visitó el pasado fin de semana la Diócesis de Melo.

Acompañado por el secretario de la Nunciatura, Mons. Simón Bolívar Sánchez Carrión, Mons. Krebs llegó en ómnibus a Melo, el viernes 16 de agosto, y compartieron la cena con el Obispo Diocesano, Mons. Heriberto Bodeant, en la casa de la familia Márquez-Botti. Allí fue a saludarlos el Intendente de Cerro Largo, Dr. Pablo Duarte, junto con su familia.

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Tumba de Mons. Roberto Cáceres, Obispo emérito de Melo.

Los invitados se alojaron en el Obispado y en la mañana, después del desayuno, Mons. Bodeant los llevó a conocer la Catedral. Allí el Nuncio rezó un momento en el banco donde se arrodillara san Juan Pablo II durante su visita. Recorrieron después la Plaza de la Concordia, apreciando los diversos detalles, especialmente el busto del santo Papa y la imagen de la Virgen de los Treinta y Tres.

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En camino a la Fazenda de la Esperanza, se detuvieron en el cementerio, donde el Nuncio permaneció algunos minutos en silencio ante la tumba de Mons. Roberto Cáceres. Antes de las 10 de la mañana, Mons. Krebs y Mons. Bodeant se encontraban en la Fazenda. Mariana, la actual responsable de la comunidad, les mostró la casa al Nuncio y al secretario, mientras el Obispo revisaba detalles de la preparación de la Misa. La celebración comenzó a las 11 en punto, con presencia de algunos sacerdotes y diáconos, familias de algunas de las internas, jóvenes de la Fazenda masculina, voluntarios y personas allegadas. El bautismo de Elisa y la entrega del diploma del año cumplido a Mélany fueron dos puntos culminantes de la celebración, que todos los presentes vivieron con mucha emoción. En su homilía, Mons. Krebs animó a los presentes a “no abandonar nuestra esperanza en Dios”. “Él hace crecer flores en medio del desierto”, aseguró, al tiempo que recordó que “el Reino de los Cielos nos pertenece si dejamos que Él nos bendiga. Nos impone las manos con ternura”.

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Tras la Misa el Nuncio estuvo sentado a la mesa con internos y voluntarios de las Fazendas femenina y masculina. Escuchó con atención sus historias de vida y comentó, luego, que le había impresionado mucho la forma libre y sana en que se expresaban sobre hechos dolorosos de su vida. A las 14:30 horas los dos visitantes emprendieron el regreso a Montevideo, intercambiando agradecimientos con el Obispo.

Crónica y fotos publicadas en https://dar-y-comunicar.blogspot.com/2019/08/dios-hace-crecer-flores-en-medio-del.html

Homilía del Nuncio Apostólico en el Uruguay, Mons. Martín Krebs, en la Misa en acción de gracias por los aniversarios de las Fazendas de la Esperanza en la Diócesis de Melo: Fazenda masculina Quo Vadis?, Cerro Chato (2009) y Fazenda femenina Betania, Melo (2015). 

Estimado Mons. Heriberto, queridos responsables y miembros de las Fazendas de la Esperanza, autoridades civiles, hermanos en el sacerdocio, hermanos y hermanas en la fe:

Me gusta mucho poder estar hoy con ustedes para celebrar juntos el décimo aniversario de la Fazenda de la Esperanza para varones en la diócesis de Melo. ¡Muchas gracias por la invitación!

Con ustedes, doy gracias a Dios por las grandes obras que ha hecho aquí en el pasado. Al mismo tiempo, tenemos grandes esperanzas en el futuro de todos los que viven y trabajan aquí, que buscan y rezan aquí. Además, el proyecto, que lleva el inspirador nombre “Fazenda de la Esperanza”, tiene un fuerte impacto exterior, porque también anima a otros a actuar de forma similar. El proyecto me hace pensar en el profeta Isaías que dijo una vez: ¡Regocíjense el desierto y la tierra reseca, alégrese y florezca la estepa! ¡Sí, florezca como el narciso! (Isaías 35:1). En un lugar que podría parecer un desierto, encontramos signos de esperanza; flores, por así decirlo.

En nombre del Papa Francisco, cuyo representante soy en Uruguay, los felicito a todos. Las personas que buscan sanación en las Fazendas de la Esperanza y se esfuerzan por un nuevo comienzo, de hecho, se pueden comparar con las personas que caminan a través de un desierto. Han renunciado a sus antiguas vidas y han abandonado la ciudad en la que vivían antes. La Fazenda no está en una ciudad, está fuera, en el campo. Pero los que viven en la Fazenda todavía no han llegado a una nueva ciudad. Una vida así a menudo se siente incómoda. No se está definitivamente en casa en este ambiente. Es motivo de consuelo que todos los hombres tengan que vagar por desiertos. Porque nadie que quiera encontrar y realizar su verdadera vocación como ser humano puede permanecer en las costumbres de su infancia. Todos debemos crecer, no solo físicamente, sino como personas. El precio de este crecimiento son los momentos de incertidumbre. También la realización de la vocación a la vida cristiana se busca en periodos de “desierto”.

La Cuaresma, que celebramos cada año antes de Pascua, es un camino de 40 días, con el que imitamos al pueblo de Israel, que durante 40 años vagó sin hogar, después de haber dejado atrás la esclavitud en Egipto. Pero, antes de vivir en un nuevo país, tuvo que pasar por el desierto, soportando luchas, hambre y sed. ¿Qué ayuda reciben las personas que caminan por el desierto, para evitar que vuelvan a sus antiguas vidas? ¿Hay “flores” que brotan en lugares inesperados y dan esperanza para seguir adelante? En su viaje por el desierto, el pueblo de Israel perdió a veces la esperanza. Querían volver a su antigua forma de vida y volver a confiar en los poderes del mal, en dioses falsos. Uno de estos poderes malignos era la creencia de muchos de que podían llegar a ser completamente felices satisfaciendo su hambre y sed, es decir, saciando solo sus necesidades físicas. Ellos anhelaban exclusivamente “ollas llenas”. San Pablo dijo una vez sobre estas personas: “su Dios es su vientre”. Ya no están en camino, no tienen planes para el futuro y solo viven en una falsa satisfacción. En la primera lectura escuchamos cómo Israel miraba hacia atrás, hacia el tiempo en que adoraba dioses falsos. Cuando el pueblo sintió la tentación de volver a ellos, Josué les exigió que decidieran: ¡Dejen de lado los dioses extraños que hay en medio de ustedes, e inclinen sus corazones al Señor, el Dios de Israel!» El pueblo respondió a Josué: «Nosotros serviremos al Señor, nuestro Dios, y escucharemos su voz.»  El pueblo recordó que el verdadero Dios los había salvado en el desierto y de las manos del enemigo. Por eso, confesó solemnemente: El Señor, nuestro Dios, es el que nos hizo salir de Egipto, de ese lugar de esclavitud, a nosotros y a nuestros padres, y el que realizó ante nuestros ojos aquellos grandes prodigios. Él nos protegió en todo el camino que recorrimos y en todos los pueblos por donde pasamos.  De este modo, el pueblo recuperó su determinación y pudo continuar su camino. En recuerdo de la cercanía de su Dios, Josué colocó una piedra, que debía motivarlos en los momentos de debilidad y ayudarlos a no volver a las antiguas tentaciones. La dura piedra se había transformado en un signo de esperanza para el pueblo, como “una flor que había florecido en medio del desierto”. En el Evangelio de hoy encontramos otro signo que nos recuerda la cercanía de Dios, y nos ayuda a permanecer fieles a Él. Es la bendición que Jesús daba a los niños que la gente le traía. Cuando Jesús los bendecía, les prometía la ayuda de Dios en los peligros a los que los niños estarían expuestos. Su bendición aseguraba a cada uno de los niños: Dios ha demostrado ser fuerte en el pasado; Él seguirá guiándote y protegiéndote en el futuro. Por lo tanto, Jesús dijo: Dejen a los niños, y no les impidan que vengan a mí, porque el Reino de los Cielos pertenece a los que son como ellos.  Y después de haberles impuesto las manos, se fue de allí. Jesús nos mostró que los niños son extraordinariamente importantes para Dios, y les regaló una señal de la infinita ternura de Dios. Cuando un adulto recibe la bendición de Dios, se confía a Él como un niño. Se separa de los dioses falsos con los que se había engañado a sí mismo. Ya no cree en falsas promesas. Como el pueblo de Israel, está firmemente convencido de que vale la pena permanecer fiel al Señor, incluso en el desierto. Como signo de la cercanía de Dios, Jesús ya no pone una piedra, sino que impone sus manos sobre las personas. También en la celebración de algunos sacramentos, el sacerdote impone sus manos sobre nosotros, para renovar la bendición de Jesús, gesto que realizaremos dentro de poco en el bautismo, que Elisa recibirá. Las manos de Jesús puestas sobre nosotros son como una flor de esperanza para todos los que están en camino hacia Dios. Nos dan fuerza, en una vida que puede experimentarse como un desierto.

Escuchemos al final cómo el Papa Francisco nos anima a no abandonar nuestro camino cuando atravesamos un “desierto”. En su documento sobre la “alegría del Evangelio”, escribe: Es cierto que en algunos lugares se produjo una «desertificación» espiritual, fruto del proyecto de sociedades que quieren construirse sin Dios o que destruyen sus raíces cristianas. Allí «el mundo cristiano se está haciendo estéril, y se agota como una tierra sobreexplotada, que se convierte en arena» (J. H. Newman, 1833) En otros países, la resistencia violenta al cristianismo obliga a los cristianos a vivir su fe casi a escondidas en el país que aman. Esta es otra forma muy dolorosa de desierto. También la propia familia o el propio lugar de trabajo puede ser ese ambiente árido donde hay que conservar la fe y tratar de irradiarla. Pero «precisamente a partir de la experiencia de este desierto, de este vacío, es como podemos descubrir nuevamente la alegría de creer, su importancia vital para nosotros, hombres y mujeres. En el desierto se vuelve a descubrir el valor de lo que es esencial para vivir; así, en el mundo contemporáneo, son muchos los signos de la sed de Dios, del sentido último de la vida, a menudo manifestados de forma implícita o negativa. Y en el desierto se necesitan sobre todo personas de fe que, con su propia vida, indiquen el camino hacia la Tierra prometida y de esta forma mantengan viva la esperanza (EG 86).

Queridos hermanos y hermanas, estamos invitados a no abandonar nuestra esperanza en Dios. Él hace crecer flores en medio del desierto. El Reino de los Cielos nos pertenece si dejamos que Él nos bendiga. Nos impone las manos con ternura. Ahora hará lo mismo con Elisa, quien, luego de confesar al Dios trinitario, recibirá el bautismo. Amén