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“Educadoras con alma”: Mons. Galimberti narra experiencias de ida y vuelta entre educadoras y familias en un CAIF

Galimberti

El ahora Administrador Apostólico de Salto, Mons. Pablo Galimberti, dedicó su columna en el Diario “Cambio” de Salto a narrar experiencias de “ida y vuelta” entre las educadoras de un Caif y las familias de cada niño, que le provocaron asombro y profunda alegría.

Según Galimberti, en estos centros se está realizando una “revolución silenciosa” y pone el secreto del logro en las “educadoras con alma”, reconocimiento y título de sus líneas.

 

Educadoras con alma

Mons. Pablo Galimberti

En el curso de una mañana de evaluación las educadoras de un Caif intercambiaban experiencias sobre la interacción entre el centro y las familias del barrio. Quedé sorprendido por la relación de ida y vuelta. Algo digno de contarse.

Es un movimiento de ida y vuelta entre el Caif y las familias de cada niño o niña. Naturalmente el niño es vehículo portador espontáneo de pautas, en el modo de hablar, comer, jugar y relacionarse.

Contaba una educadora que un niño pidió ir al baño y al entrar dejó la puerta abierta. La costumbre, le dijo la educadora, es cerrar la puerta del baño cuando vas a usarlo. El niño respondió: ¿Y cómo hago en mi casa donde el baño no tiene puerta?

Entre casa y centro educativo se produce un vínculo de ida y vuelta. Las madres tienen un rol natural que se les reconoce y apoya. A la vez que se las invita a ser parte del crecimiento y desarrollo integral de sus hijos.

Pude palpar un respeto activo y la cuota de paciencia de todas las educadoras. Saben que las familias, en particular las madres, les confían lo más valioso, sus propios hijos. Y las educadoras pasan a ser sus ojos, gestos, miradas y cercanía, acompañando los pasos y desarrollo de cada uno de estos pequeños ciudadanos. Un centro Caif, animado por maestras comprometidas, es una levadura  que va despertando y colaborando en el desarrollo integral de muchos hogares del barrio.

Aprenden a esperarse para empezar a comer todos juntos, a decir “gracias”, “por favor”, permiso, etc. A un niño le habían enseñado el uso de la cuchara. Al día siguiente lo ven sentado en la mesa, con una cuchara en la mano izquierda pero llevando la comida a la boca con la derecha. Es una educación a la socialización en clima de buena convivencia.

Chicos que viven en un ranchito de un metro y medio por dos, acostumbrados a jugar al aire libre con tierra, van entrando en un ritmo que les descubre otros modos de convivencia. Pero no se pretende ignorar el papel de las madres.

El Caif “acompaña”, pero no suple a la familia. Esto lo dejan claro ante las madres. El respeto es un eje trasversal de toda la educación. El salón tiene espacios para que un chico pueda estar entretenido solo o bien reunido con otros.

Un criterio que manejan es llamar y hacer que entre ellos usen sus nombres propios. Algunos sólo saben sus apodos, como el caso de un niño que siempre fue llamado “Patito”. Esto tiene que ver con la construcción de su propia identidad, la que tendrán que mostrar toda su vida.

A pesar del clima socio cultural con signos vulnerables, las educadoras señalan las tareas de cada día con tono optimista, relatando los pequeños logros que se van sumando a lo largo de los días. Lo cual es también motivo de positivo asombro especialmente por parte de las madres.

Otros ejemplos que daban tienen que ver con la corporeidad como lenguaje. A través de diferentes animales unos niños saltaban como  canguros, otros imitaban sonidos de un perro o gato, otros imitaban a una jirafa, etc. Resultó un momento de mucha hilaridad cuando lo hicieron delante de sus propios padres y madres.

Los ejemplos que escuché me dejaron con el asombro y la profunda alegría de cómo los Caifs están produciendo una revolución silenciosa, que habrá que ver cómo se complementa en las siguientes etapas de la educación curricular. Somos optimistas. Pero el secreto del logro está sin duda en las educadoras con alma.

Columna publicada en el Diario “Cambio” del viernes 3 de agosto de 2018