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La Iglesia en los medios Nostalgia del Aronofsky terrenal [Opinión]

EL OBSERVADOR |

CRÍTICA

Fernanda Muslera – fmuslera@observador.com.uy

Noé. Más allá de los agregados a la historia bíblica, la última película del director de el cisne negro entretiene como buen blockbuster pero está lejos de las grandes películas del cineasta

El actor neozelandés Russell Crowe interpreta a Noé

Como todas las películas que toman como material argumental la Biblia, estaba claro que Noé iba a causar controversias en cuanto a su mayor o menor literalidad con respecto a las Sagradas Escrituras. Más incluso si fue el mismo Darren Aronofsky quien reconoció que Noé “es la película menos bíblica que se haya realizado”. El director es conocido, además, por haber hecho de la controversia casi un modo de ser, al despertar a lo largo de su carrera gran cantidad de entusiastas como de detractores, que creen que su cine es meramente visual y pretencioso. Ese no es el caso de quien escribe estas líneas.

Aquellos que quieran ir a ver Noé buscando literalidad seguramente se sentirán un tanto decepcionados, teniendo en cuenta que hay bastantes agregados a la historia original. No obstante, esto es algo totalmente coherente, ya que sería imposible realizar una película de 138 minutos con la escasa información que da el Antiguo Testamento del patriarca bíblico.

Pero más allá de quienes se quejan de las licencias creativas tomadas por el director –como la aparición de seres de luz atrapados en cuerpos de piedra que ayudan a construir el arca o el hecho de que Noé no tuviera comunicación directa con Dios– y quienes las defienden alegando que el filme da una visión humanizada de la figura del patriarca que permite hablar del tema desde un ángulo nuevo, lo que queda es una película regular.

Se trata de un filme que, pese a haber sido largamente ambicionado por Aronofsky, ya que estaba obsesionado con la figura de Noé desde que era niño y tardó 14 años en poder concretar el proyecto, no está a la altura de otras cintas que dirigió. Tampoco es un filme que vaya a trascender más allá de los buenos efectos especiales o de la polémica que su tema pueda suscitar. Sí es cierto que en lo visual Aronofsky logra imágenes potentes en su reconstrucción de la inundación o del estado de barbarie previo a esta. Pero a una película que pretenda algo más que ser un blockbuster se le pide más que eso. Quizá también porque a esta altura estamos mucho más acostumbrados a los efectos especiales de catástrofes naturales que en la época de Los diez mandamientos.

Hay líneas argumentales por lo menos discutibles, y una de ellas es central en la cinta, como la de la preocupación de uno de los hijos de Noé por llevar a una mujer al arca para asegurarse la descendencia. Aquí Aronofsky no juega sobre una ausencia de información, ya que la Biblia dice que los hijos de Noé estaban acompañados por sus mujeres (más adelante hay otro hecho crucial, que marca la segunda mitad de la película, cuya elección también es discutible).

Pero, más allá de estas licencias creativas, el problema que puede presentárseles a los fans del director es lo poco que Noé tiene de sus filmes predecesores. Sus películas más aclamadas e icónicas, Pi (1998), Réquiem por un sueño (2000) y El cisne negro (2010) tenían en común el poderío visual y de edición pero representaban también perfiles empáticos y claustrofóbicos sobre la psicología obsesiva y enferma de sus personajes.

El luchador (2008) también apostaba a esto y salía airoso, aunque lo hiciera de una forma mucho más convencional. El uso de Aronofsky de la cámara subjetiva en estas películas fue la clave para que el espectador sintiera el tormento por el que atravesaban estos personajes y su efecto perdurara hasta mucho después de abandonar la sala de cine.

Pero cuando Aronofsky saca los pies de la tierra y vuela hacia terrenos más místicos las cosas parecen no funcionar tan bien, aun si con esas películas representa la cosmovisión de su mundo, como fue el caso de La fuente de la vida (2006), cinta que medita sobre la naturaleza del amor, la vida y la muerte a través del tiempo y que es su película menos exitosa hasta la fecha. Con Noé pasa algo parecido, solo que la emoción es menos fuerte y personal que en La fuente de la vida, quizá porque su personaje principal –un sobrio Russell Crowe– no logra generar una empatía suficiente.

Las actuaciones son correctas. En el reparto se encuentran Jennifer Connelly, que vuelve a hacer una buena pareja con Crowe después de Una mente brillante, y Anthony Hopkins interpreta a Matusalén. La que más se luce es Emma Watson, quien viene sorprendiendo luego de su paso por Harry Potter.

En definitiva Noé es una película que logra entretener, pero que está lejos del magnetismo psicológico y visual que Aronofsky ha sabido ofrecer en sus trabajos más terrenales. l

Sueño

Aronofsky estaba obsesionado con la figura de Noé desde que era niño