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Noticeu «Nos fue entregando lo que traía en su corazón: la ternura y la bondad del Buen Pastor»: Pbro. Luis Cardozo en homilía de misa exequial de Mons. Fernando Gil

 

El Vicario Pastoral de la Diócesis de Salto, Pbro. Luis (Tito) Cardozo, tuvo a su cargo la homilía en la Misa de exequias de Mons. Fernando Gil, obispo de Salto, celebrada el sábado 18 de enero en la Catedral San juan Bautista de Salto.

Al inicio se su homilía el Vicario Pastoral expresó que “es un momento marcado por el dolor, es cierto, pero nuestra celebración es una acción de gracias elevada a Dios Padre por la vida de nuestro obispo”.

El Pbro. Cardozo recordó el deseo de Mons. Gil al llegar a la Diócesis de Salto, en setiembre de 2018, de “integrarse en la huella que fue dejando la Iglesia en medio de esta porción del Pueblo Oriental sin grandilocuencia, con sencillez y apertura”. » Sin grandilocuencia, con sencillez y apertura y, por sobretodo, reconociendo ser parte de una historia que el Señor viene trazando en esta diócesis, nos fue entregando lo que traía en su corazón: la ternura y la bondad del Buen Pastor gestado con las comunidades de la diócesis de Merlo-Moreno, en la formación académica, con los sacerdotes, religiosos, consagrados, laicos que lo ayudaron a vivir la comunión fraterna en la Iglesia¨, agregó. «Quizás esta misma experiencia fue la que lo llevó a decir: quiero quererlos más que a mi propia vida y el Señor le tomó la palabra», manifestó.

El Pbro Cardozo resaltó que cuando el Obispo «pudo decidir quedarse en Buenos Aires al cuidado de su familia, con las comunidades con las que había vivido eligió venir a quedarse aquí con nosotros haciéndonos su propia familia». Luego, dirigiendo su mirada al Obispo de la Diócesis de Merlo-Moreno, Mons. Fernando Maletti, el sacerdote uruguayo confesó que le era «imposible olvidar las palabras de Mons Fernando Maletti en el día de la consagración episcopal de Mons Fernando Gil. Mons Maletti simplemente se dio vuelta y a los sacerdotes que estábamos detrás de él nos dijo: ‘Cuídenlo’”. «Mons Maletti no hemos podido curarlo porque no estaba en nuestras manos pero él nos permitió cuidarlo con el mismo cariño que lo haría su familia y comunidad», le aseguró.

Refiriéndose al camino que Mons. Gil fue trazando junto con sus diocesanos, el Vicario Pastoral destacó que «en sintonía con el Papa Francisco y movido por el deseo ir construyendo entre todos una Iglesia que sea ‘lugar de la misericordia gratuita, donde todo el mundo pueda sentirse acogido, amado, perdonado y alentado a vivir según la vida buena del Evangelio´ (EG 114) fue transmitiendo la firme convicción en un camino sinodal, que se construye entre todos. Un camino que lo invitaba a sentirse un peregrino más que acompaña a su pueblo». «Este convencimiento se fue haciendo vida en las estructuras de comunión y participación y fueron marcando las diferentes relaciones en la Iglesia. Caminar juntos cuesta pero es el verdadero camino de seguimiento de Jesucristo para que se cumpla en nosotros la voluntad del Padre. Caminar juntos incluso en medio de las adversidades y desafíos que nos va presentado la propia vida», afirmó.

El presbítero compartió  que «a muchos de nosotros nos causó admiración la fe con que Mons Fernando fue asumiendo su enfermedad y viviendo su propia muerte. Desde el primer momento parecía abrazar, no sin dolor, lo que descubría era la voluntad de Dios. El Señor le permitió ir haciendo el proceso para llegar al momento de desenlace de su vida como el encuentro con la hermana muerte. Y en un suspiro suave entregar su vida en paz». «Pero estas cosas no se improvisan. La donación total de la vida de Jesucristo es la consecuencia de una vida totalmente donada a los demás. Una vida que se hizo don para los otros hasta el punto de entregarlo todo en bien de aquellos que ama. En el momento de la muerte, podríamos decir: morimos como vivimos. Si hemos descubierto que nuestra vida es un don no hay mejor oportunidad para ofrecerla totalmente. Es el momento crucial a donde, de brazos abiertos, nos abrimos al abrazo amoroso del Padre que no defrauda porque en Él está nuestra esperanza», expresó. «La verdadera alegría del cristiano está precisamente en descubrir la vida como oportunidad para encontrarlo a Él y anunciarlo a Él. La vida se llena de un resplandor distinto cuando Él es el centro. El Dios de las Bienaventuranzas que nos permite decir: felices aun cuando nos sintamos necesitados, afligidos, con hambre y sed de justicia, cuando nos sintamos perseguidos e insultados por practicar la justicia es el que nos sale al encuentro en cada situación y nos permite vivir como comunidad de hombres y mujeres pecadores-reconciliados».

«El anuncio gozoso del Evangelio no es el resultado de nuevas estrategias pastorales, de una estrategia de marketing que llegue a todos de manera masiva sino que, lo que verdaderamente atrae a la fe es el encuentro personal y comunitario con aquél que levantado en la cruz atrae a todos hacia sí (Cfr J 12,32). A nosotros se nos plantea hoy descubrir este desafío y que nuestra Iglesia en salida sea la expresión de una comunidad que se siente trasformada desde dentro. Este era el convencimiento de Mons Fernando», enfatizó el Vicario Pastral en su prédica y concluyó aludiendo al lema episcopal del obispo fallecido: «En este momento nuestro corazón está en paz porque ¡Cristo es nuestra paz! El que nos permitió compartir un tiempo breve pero intenso con un pastor con olor a oveja».

TEXTO DE LA HOMILÍA DEL PBRO. LUIS CARDOZO EN LA MISA EXEQUIAL DE MONS. FERNANDO GIL EISNER 

Queridos hermanos sean todos bienvenidos a este templo Catedral San Juan Bautista, especialmente quienes han tenido que viajar desde lejos para estar hoy aquí presentes.

Hacemos propias las palabras del Apóstol Pablo cuando se dirige a los cristianos de Tesalónica: “no queremos que estén tristes como los que no tienen esperanza” (Tes 4,13). Es un momento marcado por el dolor, es cierto, pero nuestra celebración es una acción de gracias elevada a Dios Padre por la vida de nuestro obispo.

No hace tanto tiempo, el 23 de setiembre de 2018, recibíamos en este mismo lugar a Mons Fernando como el hombre elegido por Dios para guiar, en estos tiempos, a la Iglesia diocesana. Nuestros sentimientos no eran desconocidos por él: sorpresa, admiración, expectativa ante el nuevo nombramiento… pero se fue dando el tiempo para estar, recorrer, conversar, escuchar y de ese modo poco a poco se fue ganando un lugar en el corazón de la gente.

En sus primeras líneas, antes mismo de llegar a Salto, nos trasmitía su deseo de integrarse en la huella que fue dejando la Iglesia en medio de esta porción del Pueblo Oriental. Sin grandilocuencia, con sencillez y apertura y, por sobretodo, reconociendo ser parte de una historia que el Señor viene trazando en esta diócesis, nos fue entregando lo que traía en su corazón: la ternura y la bondad del Buen Pastor gestado con las comunidades de la diócesis de Merlo-Moreno, en la formación académica, con los sacerdotes, religiosos, consagrados, laicos que lo ayudaron a vivir la comunión fraterna en la Iglesia.

Quizás esta misma experiencia fue la que lo llevó a decir: quiero quererlos más que a mi propia vida y el Señor le tomó la palabra. Cuando pudo decidir quedarse en Buenos Aires al cuidado de su familia, con las comunidades con las que había vivido eligió venir a quedarse aquí con nosotros haciéndonos su propia familia. Me es imposible olvidar las palabras de Mons Fernando Maletti en el día de la consagración episcopal de Mons Fernando Gil. Mons Maletti simplemente se dio vuelta y a los sacerdotes que estábamos detrás de él nos dijo: “Cuídenlo”.

Mons Maletti no hemos podido curarlo porque no estaba en nuestras manos pero él nos permitió cuidarlo con el mismo cariño que lo haría su familia y comunidad.
En sintonía con el Papa Francisco y movido por el deseo ir construyendo entre todos una Iglesia que sea “lugar de la misericordia gratuita, donde todo el mundo pueda sentirse acogido, amado, perdonado y alentado a vivir según la vida buena del Evangelio” (EG 114) fue transmitiendo la firme convicción en un camino sinodal, que se construye entre todos. Un camino que lo invitaba a sentirse un peregrino más que acompaña a su pueblo.

Este convencimiento se fue haciendo vida en las estructuras de comunión y participación y fueron marcando las diferentes relaciones en la Iglesia. Caminar juntos cuesta pero es el verdadero camino de seguimiento de Jesucristo para que se cumpla en nosotros la voluntad del Padre. Caminar juntos incluso en medio de las adversidades y desafíos que nos va presentado la propia vida.

Solamente con la mirada de fe somos capaces de ver lo que el Señor va construyendo en el camino en medio de nosotros. Una mirada que nos hace descubrir la presencia silenciosa y misteriosa de Dios.

A muchos de nosotros nos causó admiración la fe con que Mons Fernando fue asumiendo su enfermedad y viviendo su propia muerte. Desde el primer momento parecía abrazar, no sin dolor, lo que descubría era la voluntad de Dios. El Señor le permitió ir haciendo el proceso para llegar al momento de desenlace de su vida como el encuentro con la hermana muerte. Y en un suspiro suave entregar su vida en paz.

A ejemplo de Jesucristo, Señor de la Vida, en el momento de mayor inactividad, de mayor imposibilidad, a donde sus capacidades fueron disminuyendo significativamente y su cuerpo ya no le respondía mantuvo inquebrantable el don de la fe. Cuando se podríamos decir que: ya no se puede hacer nada no perdió nunca la capacidad de hacer de su vida una entrega testimonial.

Clavado de pies y manos en el madero de cruz, el Hijo de Dios es para nosotros la referencia más clara de la fuerza transformadora que tiene la fe en la vida del hombre. Un don que hace posible hacer de la propia vida una entrega generosa a los demás. A semejanza del Maestro también el discípulo nos dejó su experiencia de vida como un testimonio.

Pero estas cosas no se improvisan. La donación total de la vida de Jesucristo es la consecuencia de una vida totalmente donada a los demás. Una vida que se hizo don para los otros hasta el punto de entregarlo todo en bien de aquellos que ama. En el momento de la muerte, podríamos decir: morimos como vivimos. Si hemos descubierto que nuestra vida es un don no hay mejor oportunidad para ofrecerla totalmente. Es el momento crucial a donde, de brazos abiertos, nos abrimos al abrazo amoroso del Padre que no defrauda porque en Él está nuestra esperanza.

La verdadera alegría del cristiano está precisamente en descubrir la vida como oportunidad para encontrarlo a Él y anunciarlo a Él. La vida se llena de un resplandor distinto cuando Él es el centro. El Dios de las Bienaventuranzas que nos permite decir: felices aun cuando nos sintamos necesitados, afligidos, con hambre y sed de justicia, cuando nos sintamos perseguidos e insultados por practicar la justicia es el que nos sale al encuentro en cada situación y nos permite vivir como comunidad de hombres y mujeres pecadores-reconciliados.

El anuncio gozoso del Evangelio no es el resultado de nuevas estrategias pastorales, de una estrategia de marketing que llegue a todos de manera masiva sino que, lo que verdaderamente atrae a la fe es el encuentro personal y comunitario con aquél que levantado en la cruz atrae a todos hacia sí (Cfr J 12,32). A nosotros se nos plantea hoy descubrir este desafío y que nuestra Iglesia en salida sea la expresión de una comunidad que se siente trasformada desde dentro. Este era el convencimiento de Mons Fernando.

En este momento nuestro corazón está en paz porque ¡Cristo es nuestra paz! El que nos permitió compartir un tiempo breve pero intenso con un pastor con olor a oveja.

Que el Señor que lo ha llamado a su presencia lo premie con la Bienaventuranza eterna y nos haga participar un día de su Reino. Que así sea.