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La Iglesia en los medios No es la madera ni las piedras [opinión]

BRECHA |
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Sobre el incendio de Notre Dame.

El 15 de abril de 2019 se incendió Notre Dame, la catedral de París, y miles de usuarios alrededor del mundo llenaron las redes sociales con comentarios al respecto. Manifestaciones de angustia y pena, ilusionados festejos por el fin del patriarcado, apasionadas argumentaciones a favor y en contra de la Iglesia Católica y del capitalismo, crónicas lacrimógenas sobre el edificio y sus alrededores, fotos viejas y nuevas de turistas sonrientes: cientos de miles se sintieron afectados por la imagen de la gran iglesia en llamas. Fue uno de esos eventos del universo virtual en los que opera fuertemente el imperativo de la expresión: parece que fuera obligatorio decir algo al respecto.

Pero más allá de las exhortaciones a favor y en contra de su significado o importancia, ¿qué es Notre Dame? ¿Importan realmente sus condiciones materiales? ¿De verdad lo que nos duele son los rosetones, las bóvedas de crucería, el arbotante? ¿Sufrimos por la antigüedad de las gárgolas que miraron, impávidas, ocho siglos de historia?

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En un mundo signado por la guerra, los edificios que son patrimonio de la humanidad suelen sufrir sus consecuencias. El 30 de agosto de 2015, el templo de Bel fue bombardeado por el Estado Islámico. Era una construcción ubicada en Palmira, Siria, que databa del año 32 a C, cuyas columnas eran una síntesis perfecta de los estilos arquitectónicos típicos del Antiguo Oriente y del mundo grecorromano. Después de las bombas, los ladrillos quedaron desperdigados por el piso. Sólo la mitad de una pared quedó en pie, pero ahora es imposible reconocer en ella la delicada obra de los orfebres de hace más de dos mil años.

En la batalla de Mosul, en Irak, participaron las tropas kurdas, el gobierno iraquí y las milicias aliadas. Contaban con el apoyo de la coalición internacional, encabezada por Estados Unidos, Francia e Inglaterra. El objetivo era recuperar la ciudad de Mosul, donde estaba la gran mezquita de al Nuri, famosa por su torre inclinada. La mezquita tenía ochocientos años y hasta ese momento, todas las generaciones de iraquíes habían rezado a su alrededor. Con tal de no ver ondear en ella la bandera que simbolizaría su derrota, el 21 de junio de 2017 los yihadistas la demolieron con un fuerte estallido. Aunque no tiene demasiadas visualizaciones, el video de ese exacto momento puede verse en Youtube.

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Notre Dame no fue bombardeada: se confirmó que el incendio fue producto de un cortocircuito. Mientras realizaban la necesaria restauración de la aguja construida por el arquitecto Viollet-le-Duc en la década de 1840, los obreros (¿serían franceses o inmigrantes?) fumaban en los andamios, y en un primer momento se los culpó de haber encendido la chispa de la fatalidad. Había que encontrar culpables; aunque el incidente no causó ningún muerto, el mundo entero habló de “tragedia”. Es que lo que ardía en llamas era un símbolo que, en ese mismo momento, evidenciaba su poder. Un poder que tiene poco que ver con lo estrictamente real en términos de bienes materiales o de años de historia; un poder que se refleja en la capacidad de afección de una imagen sobre los cientos de miles, católicos o no, que miraban, angustiados o extasiados, cómo se destruía lo que habían creído eterno.

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¿Cómo se construyó y se sigue construyendo un símbolo como Notre Dame? ¿Para quiénes resulta realmente un símbolo? Fuimos las clases medias, medias altas y altas del mundo las que lloramos o festejamos el incendio. Las clases que nuclean a quienes vimos su aguja recortada cientos de veces en los fondos del cine; a quienes tuvimos el privilegio de tener un libro de historia del arte en las manos, o un docente con diapositivas, o con Google, que usara el famoso edificio parisino para ilustrar el poderío del estilo gótico y sus innovaciones técnicas frente al románico, aun cuando después no mencionara una sola mezquita en todo el año. Son las clases medias, medias altas y altas del mundo las que viajan a París, centro del poder simbólico de un Occidente que todo lo puede, como demuestran los japoneses al retratarlo con sus ansiosas camaritas. Porque lo que llamamos “cultura universal” es un producto hegemónico de la desigualdad, una red invisible de significados que se vuelven comunes a fuerza de imposición, de programas educativos, de una veneración al pasado que seguimos trasmitiendo de generación en generación y que trasciende en grande los contenidos estrictamente religiosos. En esa red simbólica que construye el lenguaje más allá de la lengua, Notre Dame, como significante, ocupa un lugar privilegiado, justamente porque todos sus significados están asociados con el poder.

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En la década de 1790, los protagonistas de la revolución francesa desacralizaron Notre Dame. Desarmaron la aguja original gótica (que por eso tuvo que ser reconstruida en el siglo siguiente), saquearon el tesoro, destruyeron una parte y terminaron usando la iglesia de almacén. Lograron convertir el símbolo sacro en otra cosa; profanar de verdad, conscientemente, el poder simbólico de la Iglesia Católica. Una iglesia que arde es solamente una imagen; para que esas llamas tengan un verdadero sentido de final y de comienzo, no puede obviarse el deseo de los cuerpos de los hombres y mujeres que deciden cambiarlo todo. Ninguna casualidad es, por sí sola, revolucionaria.

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Pero soñemos: ¿sería posible destruir todos los símbolos de la hegemonía del norte global? ¿Tendría algún sentido hacerlo? ¿Cómo renunciamos a esos puentes de pertenencia afectiva que existen entre las personas y que están asociados con la fantasía de grandes experiencias significativas, como la idea de que hay que viajar a París y ver Notre Dame porque ir ahí es “cumplir un sueño”?

Gucci, Louis Vuitton, Apple: las empresas multimillonarias del mundo ya se encargaron de asegurar la reconstrucción de la catedral, donando más de 400 millones de euros. Para ellas, conservar intactos los símbolos que prometen cumplir sueños es un asunto crucial. Cuando erijan de nuevo la aguja quemada, joya del neogótico reconstruida en el siglo XXI, quienes nos empeñemos en la memoria colectiva tendremos el consuelo de saber que ese símbolo perfecto del poder occidental y cristiano tiene una fisura: la mentira plástica, de cajita feliz, de ser una réplica. De todos modos, eso no le va a importar mucho al turista que, en el futuro, se saque una selfie pensando que todas esas piedras tienen ochocientos años. Que los rosetones y las gárgolas fueran o no originales siempre fue un detalle menor; poca gente sabía que la aguja de Viollet-le-Duc era del siglo XIX y no del XIII, y que tuvo que hacerla porque a la anterior la habían desarmado los revolucionarios. Eso sí, es probable que a las mezquitas milenarias nunca podamos volver; al fin y al cabo, ninguno de nosotros quiere bancarse las ruinas y los escombros. Los espacios bombardeados no son lo suficientemente bellos como para sacarnos una foto y subirla a Internet.

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Si pensamos en otra sociedad, en otro modo de organización, ¿cómo construimos símbolos nuevos que tengan fisuras que sí sean visibles? ¿Seríamos verdaderamente capaces de renunciar a ciertas pertenencias, de reconocer a nuestros hijos, si les negamos los grandes símbolos del arte occidental? ¿Cómo pensar en una sociedad en la que la idea de cultura no esté necesariamente enmarcada en conocer edificios como Notre Dame o la Capilla Sixtina, o textos como la Biblia o La divina comedia, y, sin embargo, derive de nosotros, de lo que realmente somos? Más allá de la verdad de esas llamas que destruyen la madera, los vitrales y las piedras, ¿cuáles son los sentidos inmateriales, espirituales, a los que deberíamos prender fuego? No nos queda otra que hacernos preguntas; tal vez el pensamiento pueda devolverles algo de sacralidad a los pobres símbolos rotos de nuestro capitalismo plástico, esos que parecen haber perdido todo sentido de trascendencia, hasta para incendiarse.