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Tiempo de la Creación

La Iglesia en los medios Ni matrimonio ni igualitario [Opinión]

EL OBSERVADOR | Lincoln R. Maiztegui Casas

Convertir la convivencia entre personas del mismo sexo en matrimonio es un atentado a la razón

El Senado aprobó la ley el martes pasado. J. Lee-Bloomberg

Cuando se escriben estas líneas, Uruguay se encuentra en pleno proceso de aprobación de una ley que autoriza lo que, eufemísticamente, recibe el nombre de “matrimonio igualitario”; el Senado la votó favorablemente por amplia mayoría. El tema se las trae; se encierran en él aspectos morales, jurídicos, culturales, religiosos y hasta estéticos. Cuando quien esto escribe era un adolescente (o sea, hace un millón de años), sus mayores le decían que lo peor, absolutamente lo peor, que una persona podía llegar a ser, era maricón.

Los libros hablaban del “vicio nefando”, y todavía me acuerdo de una enciclopedia (no recuerdo cuál era) que, en medio de una proliferación de adjetivos tremebundos, decía que una de las peores consecuencias físicas del acto homosexual entre hombres era la formación del “ano infudibuliforme”, estrafalaria expresión que nos hacía llorar de risa.

Ha corrido mucha agua debajo de los puentes desde aquel tiempo, y creo que todos debemos felicitarnos de que las cosas hayan dejado de ser así. Hoy, al menos en el plano teórico (algo bastante diferente sucede en la práctica), las relaciones afectivo-sexuales entre personas de mismo sexo se miran como una “opción” (no lo es; nadie “opta” por ser homosexual. En todo caso, podría hablarse de “compulsión”) aceptada y aceptable.

Y está bien que así sea; como me dijo una vez un amigo, una persona es más, mucho más, que su sexualidad. De modo que, sin llegar a la exaltación de ciertas formas de homofilia preconizadas por Platón en El banquete, o sin tomar parte en esas chocantes manifestaciones del “orgullo gay” (la sexualidad, tema íntimo si los hay, no debería ser nunca motivo de “orgullo”), me parece que en este campo se ha avanzado mucho, en beneficio de la convivencia y de eso tan difícil que resulta la aceptación de quien, en cualquier plano, es “diferente”. Afirmo claramente mi convicción de que discriminar a alguien debido a su preferencia sexual es no solo ilegal, sino también inmoral.

Dicho esto, y con la misma contundencia digo que lo que está en vías de aprobarse en este país, ni es matrimonio, ni es igualitario. La institución matrimonial, desde sus orígenes etimológicos, está definiendo la unión, jurídica y afectiva, entre un hombre y una mujer. Uno de sus objetivos (no el único, pero sí el principal) es la perpetuación de la especie.

Por lo tanto, ninguna ligazón, por jurídica y éticamente válida que se la juzgue, entre personas del mismo sexo, puede ser llamado “matrimonio”. Esto no es discutible; la expresión “matrimonio gay” entraña una flagrante contradicción en los términos, es como hablar de un triángulo de cuatro lados. Y, con ese u otro nombre, tampoco será “igualitario”, porque los fines que se persiguen en una y otra institución no son, no pueden ser nunca, los mismos, por razones biológicas.

Si además, a este presunto “matrimonio” que no es tal, se le habilita a adoptar “hijos”, se llega al dislate. Claro que, como plantearon algunos legisladores, dos personas del mismo sexo que viven en comunidad puedan dar amor y protección a un niño abandonado. Pero no es razonable legislar para los casos excepcionales.

Miles de parejas heterosexuales están esperando para adoptar. ¿Deben tener preferencia? Rotundamente, sí. ¿Es discriminatorio? Solo en la medida en que lo impone la biología. No se desconoce el derecho de cada uno a vivir su sexualidad a su manera, pero en este punto está en juego el porvenir de un tercero; y no es moco de pavo.

Resumiendo, porque el espacio se acaba: bien está la aceptación de quien es diferente; bien está el respeto absoluto por la sexualidad de cada uno; bien está, como dijo alguien en el Senado, que la autoridad estatal no se meta en el dormitorio, ámbito reservado a la privacidad. Pero convertir la convivencia entre personas del mismo sexo en la caricatura absurda de un matrimonio, me sigue pareciendo un atentado a la razón, que no favorece a quienes lo “contraen” (más bien los ridiculiza) ni entraña un avance respecto a la posibilidad de convivir en paz. Todo lo contrario.

linmaica@hotmail.com