Iglesia al día

" El Tiempo de la Creación es un tiempo para renovar nuestra relación con el Creador y con toda su maravillosa obra, la naturaleza, por medio de la celebración, la conversión y el compromiso. "
Tiempo de la Creación

Noticeu Mons. Tróccoli subraya 5 aspectos de la espiritualidad del Adviento para vivirlo con intensidad

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El Adviento es “tiempo de espera gozosa, y a la vez tiempo de reconocer al Señor de la historia en nuestra vida cotidiana”, señala el Obispo Auxiliar de Montevideo, Mons. Milton Tróccoli, en el Quincenario “Entre Todos” de esta semana.

“Hay un refrán que dice: `quien espera desespera´, la única que es llamada la `dulce espera´ es la de un nacimiento. Esta es la espera del Adviento. Jesús que nace, luz para los pueblos y esperanza para toda la humanidad´”, puntualiza.

El Obispo describe en el artículo de su autoría cinco aspectos que caracterizan la espiritualidad del Adviento: La plegaria, la esperanza, la reconciliación, la solidaridad y como tiempo de María.

Aludiendo al primer aspecto, la plegaria, el Adviento “es tiempo de una oración confiada, porque el Señor cumple sus promesas”, afirma Mons. Tróccoli.

El Obispo Auxiliar de Montevideo invita a mirar “la historia de nuestro mundo y nuestra propia historia personal y comunitaria con una mirada esperanzada”. Llama, asimismo a “aportar la luz de Cristo, de un modo constructivo, en los diversos ámbitos de nuestra vida personal y social, a fin de que quienes nos conocen perciban en nuestro comportamiento la auténtica esperanza cristiana”.

“Que la luz que se nos ha regalado en el bautismo, guíe nuestros actos cotidianos. Hemos de vivir en una atmósfera de apertura, verdad y sinceridad”, exhorta Mons. Tróccoli.

El Pastor anima, en este tiempo de Adviento a “convertirse”, que “significa cambiar el estilo de vida y pedir perdón a quien hemos ofendido, dejarnos perdonar por nuestro prójimo; y, saber aceptarnos a nosotros mismos”. Insta, asimismo, a celebrar “el sacramento de la Reconciliación; en él recibimos el perdón de Dios, la gracia y la fuerza del Señor para edificar su Reino en nuestro mundo”.

Refiriéndose al Adviento como tiempo de solidaridad, el Obispo indica que la espiritualidad de este tiempo litúrgico “resulta así una espiritualidad comprometida, un esfuerzo hecho por la comunidad para recuperar la conciencia de ser Iglesia para el mundo, servidora de la humanidad, solidaria con los gozos y fatigas de todos los hombres y mujeres de nuestra sociedad, reserva de esperanza y de gozo”.

“Vivamos disponibles con quien necesita nuestra ayuda. Seamos especialmente generosos, la Navidad es una magnífica ocasión para hacer real y eficaz nuestra solidaridad con quienes sufren”, subraya Tróccoli.

El Obispo destaca que “María es plenamente la Virgen del Adviento en la doble dimensión que tiene siempre en la liturgia su memoria: presencia y ejemplo. Presencia litúrgica en la palabra y en la oración, para una memoria grata de Aquélla que ha transformado la espera en presencia, la promesa en don. Memoria de ejemplaridad para una Iglesia que quiere vivir como María la nueva presencia de Cristo, con el Adviento y la Navidad en el mundo de hoy”.

Mons. Tróccoli enfatiza que “la Virgen María…es el modelo cristiano del Adviento”. “Ella esperó con inefable amor de madre al Salvador del Mundo. Acerquémonos a María, y percibamos en ella a nuestra madre que supo acompañar a Jesús desde sus mismas entrañas hasta el pie de la cruz, para participar después de la gloria de su resurrección”.

“Vivamos este Adviento con nuestra mirada puesta en Jesús, que es  fuente de vida para cada uno en particular y para nuestro tiempo. Que al final de este tiempo litúrgico podamos cantar con el profeta: ¡Qué hermosos son sobre los montes los pies del mensajero que anuncia la paz, que trae buenas nuevas, que anuncia salvación, que dice a Sión: “Ya reina tu Dios”! (Isaías 52, 7)”, concluye el Obispo.

Texto completo de la reflexión publicada en el Quincenario “Entre Todos” 391, 3 de diciembre de 2016

Cinco aspectos de la espiritualidad del Adviento

Por Milton Tróccoli

Estamos viviendo el tiempo litúrgico del Adviento. Tiempo de espera gozosa, y a la vez tiempo de reconocer al Señor de la historia en nuestra vida cotidiana.

Hay un refrán que dice: “quien espera desespera”, la única que es llamada la “dulce espera” es la de un nacimiento. Esta es la espera del Adviento. Jesús que nace, luz para los pueblos y esperanza para toda la humanidad.

Durante este tiempo preparamos especialmente nuestra vida  para recibir al Señor que viene, no solo el día de Navidad, sino también al final de los tiempos, ese encuentro de toda la humanidad con Cristo. Los cristianos no esperamos un final de destrucción, sino de plenitud.

En este sentido la espiritualidad del Adviento está caracterizada fundamentalmente por cinco aspectos.

1. La plegaria

El Adviento es una intensa y concreta celebración de la larga espera en la Historia de la Salvación, es aprender a descubrir a Cristo presente en cada página del Antiguo Testamento, desde el Génesis hasta los libros Sapienciales. Es contemplar la historia pasada vuelta y orientada hacia el Cristo escondido en los libros del Antiguo Testamento, que sugiere la lectura de nuestra historia como una presencia y una espera de Jesús que viene.

En el hoy de la Iglesia, el Adviento nos hace recordar y celebrar los títulos mesiánicos del Señor, a través de las lecturas bíblicas y las antífonas: Mesías, Libertador, Salvador, Esperado de las naciones, Anunciado por los profetas… En sus títulos y funciones Cristo, revelado por el Padre, se convierte en la figura central, la clave del arco de una historia, de la historia de la salvación de la humanidad.

Adviento es por eso tiempo del Espíritu Santo. El verdadero Precursor de Cristo es el Espíritu, y es también el Precursor de la segunda venida. El ha hablado por medio de los profetas, ha inspirado los oráculos mesiánicos, ha anticipado con sus primicias de alegría la venida de Jesús en Zacarías, Isabel, S. Juan, la Virgen María.

En el Evangelio de Lucas esto se manifiesta en su primer capítulo, cuando todo parece un anticipado Pentecostés para los últimos del Antiguo Testamento, en la profecía y en la alabanza del Cántico de Zacarías (Benedictus) y la alabanza de María (el Magnificat).

En la espera del nuevo Adviento la Iglesia pronuncia su “Ven Señor”, como Esposa, guiada por el Espíritu Santo (Ap 22,20).

Como nos dice A. Nocent:

“Preparándonos a la fiesta de Navidad, nosotros pensamos en los justos del Antiguo Testamento que han esperado la primera venida del Mesías. Leemos los oráculos de sus profetas, cantamos sus salmos y recitamos sus oraciones. Pero nosotros no hacemos esto poniéndonos en su lugar como si el Mesías no hubiese venido todavía, sino para apreciar mejor el don de la salvación que nos ha traído. El Adviento para nosotros es un tiempo real. Podemos recitar con toda verdad la oración de los justos del Antiguo Testamento y esperar el cumplimiento de las profecías porque éstas no se han realizado todavía plenamente; se cumplirán con la segunda venida del Señor. Debemos esperar y preparar esta última venida”.

Por eso es muy importante durante este tiempo leer y meditar la Sagrada Escritura, estar atentos a la voz de Dios que nos habla a través de las lecturas bíblicas que escuchamos en la misa, y en las que la liturgia nos invita a leer y meditar.

Es tiempo de una oración confiada, porque el Señor cumple sus promesas.

2. Tiempo de esperanza

La perspectiva de la Navidad renueva en nosotros la memoria de muchas de estas promesas ya cumplidas, aunque si bien no definitivamente.

Por eso el tema de la espera es vivido en la Iglesia con la misma oración que resonaba en la asamblea cristiana primitiva: el Marana-tha (Ven Señor) o Maran-athá (el Señor viene), expresado en los textos de S. Pablo (1 Cor 16,22) y del Apocalipsis (Ap 22,20). Todo el Adviento resuena como un “Marana-thá” en las diferentes modulaciones que esta oración adquiere en las peticiones de la Iglesia.

La Palabra en la Antigua Alianza nos invita a repetir en la vida la espera de los justos que aguardaban al Mesías; la certeza de la venida de Cristo en la carne nos estimula a renovar la espera de la última aparición gloriosa en la que las promesas mesiánicas tendrán total cumplimiento, los cielos nuevos y la tierra nueva.

El tema de la espera del Mesías y la conmemoración de la preparación para este acontecimiento salvífico tomará pronto su auge en los días que preceden a la Navidad. La Iglesia hace memoria de nuestros Padres en la Fe, escucha al profeta Isaías, recuerda el pequeño núcleo de los pobres de Yahvé (anawim) que está allí para esperarle: Zacarías, Isabel, Juan, José, María.

Todo esto nos invita a mirar la historia de nuestro mundo y nuestra propia historia personal y comunitaria con una mirada esperanzada. A querer aportar la luz de Cristo, de un modo constructivo, en los diversos ámbitos de nuestra vida personal y social, a fin de que quienes nos conocen perciban en nuestro comportamiento la auténtica esperanza cristiana.

Para preparar la llegada de la luz que “nace de lo alto” debemos abrirnos cada vez más a ella y examinarnos interiormente. Es la invitación a dejar que la luz que se nos ha regalado en el bautismo, guíe nuestros actos cotidianos. Hemos de vivir en una atmósfera de apertura, verdad y sinceridad.

La liturgia une desde Adán y Eva hasta José, el esposo de la Madre de Dios, a todos los antepasados según la carne, a los Justos y los Profetas, que han anunciado con sus obras y palabras la venida en la carne del Hijo de Dios. Según las propias palabras del Señor: Cualquiera que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos, ése es para mí un hermano, una hermana y una madre (Mt 12,49).

3. Tiempo de reconciliación

En el tiempo de Adviento la Iglesia nos invita a vivir con más intensidad la búsqueda de la reconciliación. La experiencia cercana del Jubileo de la Misericordia tiene que seguir resonando en nuestros corazones para generar, como dice el Papa Francisco, la “cultura del encuentro”.

Una de las figuras que nos invitan este tiempo a la reconciliación es Juan el Bautista.

El anuncio del nacimiento de Juan es solemne. Se realiza en el marco litúrgico del templo. Desde la designación del nombre del niño, que significa «Dios es favorable», todo es concreta preparación divina del instrumento que el Señor ha elegido.

El Espíritu habita en él desde el seno de su madre. A su vocación de asceta se une la de guía de su pueblo (Lc 1, 17).Precederá al Mesías, es el Señor quien le ha elegido, es Él quien dirige todo y guía a su pueblo.

El nacimiento de Juan es motivo de un admirable poema que, a la vez, es acción de gracias y descripción del futuro papel del niño. Este poema lo canta la Iglesia cada día al final de los Laudes reavivando su acción de gracias por la salvación que Dios le ha dado, y en reconocimiento porque Juan sigue mostrándole «el camino de la paz».

S. Juan Bautista es el signo de la irrupción de Dios en su pueblo. El Señor le visita, lo libera, realiza la Alianza que había prometido.

El papel del precursor es muy preciso: prepara los caminos del Señor (Is 40, 3), da a su pueblo el conocimiento de la salvación. La salvación es el perdón de los pecados, obra de la misericordiosa ternura de nuestro Dios (Lc 1, 77-78).

Toda la grandeza de Juan Bautista le viene de su humildad y ocultamiento: «Es preciso que él crezca v que yo disminuya» (Jn 3, 30).

El papel de Juan, es «allanar el camino del Señor». Él lo sabe y se designa a sí mismo, refiriéndose a Isaías (40, 3) como la voz que clama en el desierto: «Allanen el camino del Señor». Más positivamente todavía, deberá mostrar a Aquel que está en medio de los hombres, pero que éstos no lo conocen (Jn 1, 26) y a quien llama, cuando lo ve venir: «Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo» (Jn 1, 29). Juan debe dar testimonio de la presencia del Mesías.

El sentido exacto de su misión, su voluntad de ocultamiento, han hecho del Bautista una figura siempre actual a través de los siglos. No se puede hablar de él sin hablar de Cristo, pero la Iglesia no recuerda nunca la venida de Cristo sin recordar al Precursor. No solo el Precursor está unido a la venida de Cristo, sino también a su obra, que anuncia: la redención del mundo y su reconstrucción hasta el fin de los tiempos. Cada año la Iglesia nos hace actual el testimonio de Juan: la Iglesia, y cada uno de nosotros en ella, tiene como misión preparar los caminos del Señor, anunciar la Buena Noticia. Pero recibirla exige la conversión. Entrar en contacto con Cristo supone el desprendimiento de uno mismo. Sin esta actitud Cristo puede estar en medio de nosotros sin ser reconocido (Jn 1, 26).

Como Juan, nosotros comunidad de la Iglesia tenemos la misión de no hacer pantalla a la luz, sino de dar testimonio de ella (Jn 1, 7). La esposa, la Iglesia, debe ceder el puesto al Esposo. Ella es testimonio y debe ocultarse ante aquel a quien testimonia. Vivir su rol misionero de anunciar la Buena Noticia,estar firmemente presente en el mundo, hasta el martirio.

La elocuencia del silencio en el desierto es fundamental a todo verdadero y eficaz anuncio de la Buena Noticia. Orígenes escribe en su comentario sobre San Lucas (Lc 4): En cuanto a mí, pienso que el misterio de Juan, todavía hoy, se realiza en el mundo. La Iglesia, en realidad, continúa el papel del Precursor; nos muestra a Cristo, nos encamina hacia la venida del Señor. Durante el Adviento, la gran figura del Bautista se nos presenta viva para nosotros que caminamos el día de Cristo.

San Lucas describe a Juan como un predicador que llama a la conversión absoluta y exige la renovación: «Que los valles se levanten, que montes y colinas se abajen, que lo torcido se enderece, y lo escabroso se iguale. Se revelará la gloria del Señor y todos los hombres la verán juntos». Se trata de una renovación, de un cambio, de una conversión que reside, sobre todo, en un esfuerzo por volver a la caridad, al amor verdadero (Lc 3, 10-14).

Preparar los caminos del Señor, anunciar la Buena Noticia, es el papel de Juan y el que nos exhorta a que nosotros desempeñemos. Hoy, este papel no es más sencillo que en los tiempos de Juan y nos incumbe a cada uno de nosotros. El martirio de Juan tuvo su origen en la honestidad con que denunció el pecado.

Preparar la llegada de Jesús implica la conversión de nuestra vida. Convertirse significa cambiar el estilo de vida y pedir perdón a quien hemos ofendido, dejarnos perdonar por nuestro prójimo; y, saber aceptarnos a nosotros mismos. Celebremos el sacramento de la Reconciliación; en él recibimos el perdón de Dios, la gracia y la fuerza del Señor para edificar su Reino en nuestro mundo.

4. Tiempo de solidaridad

La Iglesia recupera en el Adviento su misión de anuncio del Mesías a todas los pueblos y la conciencia de ser “reserva de esperanza” para toda la humanidad.

En un mundo marcado por guerras y conflictos, (una guerra mundial en partes, como dice el Papa Francisco), las experiencias del pueblo de Israel y la espera mesiánica, las imágenes de la paz y de la concordia, se convierten reales en la historia de la Iglesia de hoy que posee la presencia del Mesías esperado de los tiempos.

En la renovada conciencia de que Dios no desdice sus promesas, la Iglesia ejercita su esperanza, proyecta a todos los hombres hacia un futuro nuevo, del cual la Navidad es primicia y confirmación preciosa.

La espiritualidad del Adviento resulta así una espiritualidad comprometida, un esfuerzo hecho por la comunidad para recuperar la conciencia de ser Iglesia para el mundo, servidora de la humanidad, solidaria con los gozos y fatigas de todos los hombres y mujeres de nuestra sociedad, reserva de esperanza y de gozo.

La auténtica conversión implica siempre la solidaridad con el prójimo y la opción por los más vulnerables. Vivamos disponibles con quien necesita nuestra ayuda. Seamos especialmente generosos, la Navidad es una magnífica ocasión para hacer real y eficaz nuestra solidaridad con quienes sufren.

5. Tiempo de María

La primera venida del Señor se realizó gracias a ella. Y, por ello, todas las generaciones le llamamos Bienaventurada. Hoy, que preparamos, cada año, una nueva venida, los ojos de la Iglesia se vuelven a ella, para aprender, con estremecimiento y humildad agradecida, cómo se espera y cómo se prepara la venida del Emmanuel: del Dios con nosotros. Más aún, para aprender también cómo se da al mundo el Salvador.

Por eso durante el tiempo de Adviento, la liturgia celebra con frecuencia y de modo ejemplar a la Virgen María: recuerda algunas mujeres de la Antigua Alianza, que eran figura y profecía de Su misión; exalta la actitud de fe y de humildad con que María de Nazaret se adhirió, total e inmediatamente, al proyecto salvífico de Dios; subraya su presencia en los acontecimientos de gracia que precedieron el nacimiento del Salvador. También se le dedica una atención particular sobre todo con las novenas de la Inmaculada y de la Navidad.

Hoy el Adviento ha recuperado de lleno este sentido con una serie de elementos marianos de la liturgia, que podemos sintetizar de la siguiente manera:

– Desde los primeros días del Adviento hay elementos que recuerdan la espera y la acogida del misterio de Cristo por parte de la Virgen de Nazaret.

– La solemnidad de la Inmaculada Concepción se celebra como “preparación radical a la venida del Salvador y feliz principio de la Iglesia sin mancha ni arruga (“Marialis Cultus 3).

– En los días del 17 al 24 el protagonismo litúrgico de la Virgen es muy característico en las lecturas bíblicas.

La Virgen María aparece con los siguientes títulos:

– Es la llena de gracia, la “bendita entre las mujeres”, la “Virgen”, la “Esposa de Jesús”, la “sierva del Señor”.

– Es la mujer nueva, la nueva Eva que restablece y recapitula en el designio de Dios por la obediencia de la fe el misterio de la salvación.

– Es la Hija de Jerusalén, que representa el Antiguo y el Nuevo Israel.

– Es la Virgen del “hágase” (fiat), la Virgen fecunda. Es la mujer de la escucha y de la acogida.

María es plenamente la Virgen del Adviento en la doble dimensión que tiene siempre en la liturgia su memoria: presencia y ejemplo. Presencia litúrgica en la palabra y en la oración, para una memoria grata de Aquélla que ha transformado la espera en presencia, la promesa en don. Memoria de ejemplaridad para una Iglesia que quiere vivir como María la nueva presencia de Cristo, con el Adviento y la Navidad en el mundo de hoy.

La Virgen, como Madre de la Palabra hecha carne, ha hecho posible Su ingreso definitivo, en el mundo y en la historia del hombre.

La solemnidad de la Inmaculada (8 de diciembre), profundamente sentida por los fieles, da lugar a muchas manifestaciones de piedad popular, cuya expresión principal es la novena de la Inmaculada. Esta se armoniza bien con algunos temas principales del Adviento: nos remite a la larga espera mesiánica y recuerda profecías y símbolos del Antiguo Testamento, empleados también en la Liturgia de este tiempo litúrgico.

Acompañada por múltiples manifestaciones populares en el continente americano se celebra, al acercarse la Navidad, la fiesta de Nuestra Señora de Guadalupe (12 de diciembre), que acrecienta en buena medida la disposición para recibir al Salvador: María unida íntimamente al nacimiento de la Iglesia en América, fue la Estrella radiante que iluminó el anuncio de Cristo Salvador a los hijos de estos pueblos.

La Virgen María, por tanto, es el modelo cristiano del Adviento. Ella esperó con inefable amor de madre al Salvador del Mundo. Acerquémonos a María, y percibamos en ella a nuestra madre que supo acompañar a Jesús desde sus mismas entrañas hasta el pie de la cruz, para participar después de la gloria de su resurrección.

Decía San Agustín: «mi amor es mi peso» (Amor meus, pondusmeus). Se refería a que así como todas las cosas tienden a su centro de gravedad, su corazón se precipitaba al Amor inmenso de Dios, como atraído por un irresistible imán. María lleva en su seno inmaculado el verdadero Centro de todas las cosas, de todo amor, que bien es llamado Amor de los amores.

Vivamos este Adviento con nuestra mirada puesta en Jesús, que es  fuente de vida para cada uno en particular y para nuestro tiempo. Que al final de este tiempo litúrgico podamos cantar con el profeta:

“¡Qué hermosos son sobre los montes los pies del mensajero que anuncia la paz, que trae buenas nuevas, que anuncia salvación, que dice a Sión: “Ya reina tu Dios”! (Isaías 52, 7).