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Noticeu Mons. Sanguinetti invitó en la Misa Crismal a renovar la fe en esta Iglesia “santa y avergonzada”

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El Obispo de Canelones, Mons. Alberto Sanguinetti, en la Misa Crismal que presidió el Miércoles Santo en la Catedral Nuestra Señora de Guadalupe de Canelones animó al Presbiterio “a la valentía sacerdotal, a correr tras de Cristo y su cruz, a reavivar el fuego del Espíritu que recibimos por la imposición de manos y la unción en nuestras manos”.

En su homilía, el Obispo agradeció a los religiosas y religiosas por su presencia y ser en la Iglesia al tiempo que instó a los jóvenes a poner “todas sus energías, sus ilusiones, para buscar a Jesús y dejarse alcanzar por él”. “Tengan fortaleza para ser fieles. Él no defrauda. Busquen conocerlo más, unirse más con él y con la Iglesia”, les manifestó. A Diáconos les agradeció su servicio y los exhortó a tomar el ejemplo de los grandes santos diáconos.

Al inicio de su prédica, Mons. Sanguinetti llamó a renovar “la fe en Jesús, el Mesías, el Ungido del Señor, el Cristo” así como la “fe en la Iglesia, una, santa, católica y apostólica”. El Obispo afirmó que la oración y el sacrificio de muchos de sus miembros purifican a esta Iglesia “santa y avergonzada por los pecados de sus miembros” que “pide perdón por tantas infidelidades y escándalos  que se cometen en su seno”. “Esta misma Iglesia sigue siendo la que Jesús amó, por la que se entregó y en la que reposa el Espíritu Santo”, puntualizó.

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El Pastor explicó que “la santidad de la Iglesia se manifiesta en primer lugar en el perdón de los pecados que el Señor por ella otorga, restableciendo y curando a sus miembros enfermos por la misericordia y la penitencia y guiándolos por el camino de los mandamientos. En ella, con paciencia sin límites Dios misericordioso llama y espera, perdona y corrige, da el don dela conversión y la vida, une a la cruz de Cristo”.

Asimismo, Mons. Sanguinetti llamó a renovar la fe en la Iglesia “santa y santificadora por el vigor de la palabra de Dios”. “En una cultura del relativismo, que hunde a los seres humanos en el sinsentido,  en la afirmación de que la verdad no puede ser alcanzada, que sólo queda lo que ‘a mí me parece´, o lo que yo siento, en esa nebulosa, la Iglesia proclama el esplendor de la verdad, del mandamiento divino, del llamado de Dios, en Cristo, el Verbo que viniendo a este mundo ilumina a todo hombre”, subrayó.

Luego, el Obispo de Canelones invitó a renovar “la fe en Cristo el Ungido que derrama el Espíritu,  que obra y actúa dando vida  por de los sacramentos” y agradeció  a quienes colaboran en la renovación en la catequesis y en la celebración de los sacramentos de la iniciación cristiana.  El Obispo aprovechó, asimismo, a anunciar la institución del catecumenado diocesano para todos los que no han sido bautizados en la primera infancia.

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Homilía en la Misa Crismal del 17 de abril de 2019

Mons. Alberto Sanguinetti Montero.

Sea alabado y bendito Jesucristo r./. sea por siempre bendito y alabado

Hermanos  carísimos, nos reúne hoy nuestro Rey y Cabeza, nuestro Sumo Sacerdote, el ungido para traer el Evangelio del Padre, el Esposo que amó a la Iglesia, para unirnos estrechamente en el fruto de su bienaventurada Pasión y su gloriosa Resurrección y su admirable ascensión a la derecha del Padre, el dador permanente del Espíritu Santo.

Esta Misa Crismal nos hace vivir la gracia sobreabundante del Espíritu Santo que desde la cabeza, Jesucristo, se derrama sin medida sobre todo su cuerpo, la Iglesia.

Lo acabamos de oír de él mismo, en la profecía y en el cumplimiento, en su carne bendita: El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido.

renovemos nuestra fe en Jesús, el Mesías, el Ungido del Señor, el Cristo.
Él estaba prefigurado en el sumo sacerdote Aarón. Jesús, Hijo de Dios, puesto al frente de la casa de Dios, se nos presenta como sumo sacerdote capaz de compadecerse de nuestras debilidades y, al mismo tiempo, santo, puro, separado de  los pecadores. Acerquémonos confiados al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y recibir ayuda en tiempo oportuno

Él llego a ser sumo sacerdote perfeccionado con el sufrimiento y así entró en el santuario celestial, a través del velo de su cuerpo, ofreciendo su propia sangre. Allí él se ofrece e intercede como sacerdote y cordero inmaculado.

Él estaba anunciado en David, a quien Dios buscó, eligió como rey y ungió con óleo santo. El Domingo pasado, hemos aclamado a Jesús, entrando en Jerusalén,  como Hijo de David, con reinado salvador y eterno.

El Espíritu del Señor estaba sobre Jesús,  cuando anuncio el año de gracia, el Reino de Dios que se ha acercado, que trae el perdón y la libertad, la luz, la vida.

En Cristo el Ungido, entregado y glorificado, por él y con él, se nos da la Trinidad Santa. El Padre que lo unge, lo envía, lo entrega, lo resucita, lo sienta a su derecha y lo pone como cabeza, salvador, señor y esposo de la Iglesia, el Pueblo santo de Dios. Él, colmado de la unción del Santo Espíritu, lo derrama por todo su cuerpo, lo entrega a su Esposa, santifica a sus hermanos.

Por ello, renovemos también hoy nuestra fe en la Iglesia, una, santa, católica y apostólica.
Esta Iglesia santa y avergonzada por los pecados de sus miembros pide perdón por tantas infidelidades y escándalos  que se cometen en su seno: la oración y el sacrificio de muchos miembros que sufren la purifica.

 Esta misma Iglesia sigue siendo la que Jesús amó, por la que se entregó y en la que reposa el Espíritu Santo. “Donde está la Iglesia allí está el Espíritu; y donde está el Espíritu allí está la Iglesia y toda gracia. El Espíritu es la verdad”, enseña San Ireneo (Adv. Haer.s, II, 24, 1).

La santidad de la Iglesia se manifiesta en primer lugar en el perdón de los pecados que el Señor por ella otorga, restableciendo y curando a sus miembros enfermos por la misericordia y la penitencia y guiándolos por el camino de los mandamientos. En ella, con paciencia sin límites Dios misericordioso llama y espera, perdona y corrige, da el don dela conversión y la vida, une a la cruz de Cristo.

La santidad que el Espíritu Santo infunde en la Iglesia brilla en sus santos. Por cierto en los que en ella se santificaron, ya desde la antigua alianza, que a la Iglesia estaban dirigidos, como  por cierto en la novedad de la Alianza Nueva y Eterna. La Iglesia santa es la de los mártires, los confesores de la fe, los que fueron santificados en vida de oración y penitencia  y los que lo hicieron en las condiciones de una vida simple y común. La Iglesia hoy en día vive principalmente en sus santos, los conocidos y los pequeños fieles creyentes. Alegrémonos con ella y repitamos: “cantaré eternamente las misericordias del Señor, anunciaré su fidelidad por todas las edades”.

Renovemos la fe en la Iglesia santa y santificadora por el vigor de la palabra de Dios. La Iglesia es santa en la confesión de la fe, en el anuncio del Evangelio, la proclamación de Cristo, ungido, testigo de la verdad, Verbo de Dios.  Apoyada sobre la confesión de fe apostólica, la Iglesia habla a todos desde la verdad de Jesús, que revela al Padre, en el testimonio del Espíritu Santo.
En una cultura del relativismo, que hunde a los seres humanos en el sinsentido,  en la afirmación de que la verdad no puede ser alcanzada, que sólo queda lo que “a mí me parece”, o lo que yo siento, en esa nebulosa, la Iglesia proclama el esplendor de la verdad, del mandamiento divino, del llamado de Dios, en Cristo, el Verbo que viniendo a este mundo ilumina a todo hombre.

De esta verdad hemos de vivir. Esta verdad hemos de proclamar y defender. De una u otra forma por la verdad de Cristo hemos de morir.

Renovemos la fe en Cristo el Ungido que derrama el Espíritu,  que obra y actúa dando vida  por de los sacramentos.
El Padre obra por Cristo, que es su Hijo, su sabiduría, su Verbo y su Imagen. Y ambos obran por y con el Espíritu Santo Señor y dador de Vida.

El órgano de acción de Cristo por el Espíritu es su humanidad bendita, que asume consigo el cuerpo de la Iglesia. Toda la Iglesia es regida por la cabeza, Cristo. Toda la Iglesia es llevada, vivificada, por el Espíritu Santo.

Y esto lo vemos principalmente en los sacramentos. Vamos a pedir la infusión del Espíritu en el óleo de los catecúmenos, para que éstos puedan librar el combate contra el maligno, el padre de la mentira, el que es homicida desde el principio.

En la vigilia pascual la oración de la Iglesia unida a Cristo consagrará el agua, para que, en el bautismo, muertos al pecado, renazcan a vida nueva, vida de hijos de Dios, en justicia y santidad verdadera, como hermanos en la Iglesia, herederos de la vida eterna.

Ese mismo Espíritu será invocado por la Iglesia, para que Cristo, el Ungido, lo derrame en el Santo Crisma. Así este ungüento precioso, este perfume, supera el olor y  la belleza de la creación y transmite la belleza de Cristo muerto y resucitado, de su verdad, de su amor y humildad, de su caridad infinita, de su perfecta glorificación del Padre. Los bautizados somos ungidos, crismados, confirmados con la gracia del Espíritu para tener la perfección sacramental del ser cristiano, de la Iglesia.

Así podemos verdaderamente participar de la acción suprema de Cristo, podemos unirse al sacrificio de alabanza al Padre, a la Santa Misa. Hechos uno con Cristo y sellados por el Espíritu nos ofrecemos al Padre en sacrificio de alabanza y acción de gracias, a quien es dado todo honor y toda gloria. Nos ofrecemos en la misa, para ofrecer nuestra persona y nuestra vida.

Reconozcamos, hermanos, nuestra dignidad de bautizados y confirmados, hechos reyes, sacerdotes, profetas y mártires. Seamos fieles a esa gracia. Confiemos en Cristo el testigo fiel, dejémonos llevar por la unción del Santo Crisma, para que nos configure con Cristo para gloria del Padre, para nuestra santificación, para entregarnos al servicio del prójimo, al que el Señor nos envía, a quienes pone a nuestro cuidado.

Tomemos la cruz real, gloriosa de Jesús, para librar el combate, para convertirnos de nuestras pequeñeces, para ser uno con el Señor, manso y humilde, crucificado y humillado, glorioso y bendito.

En esta mirada a la presencia de la Trinidad en los sacramentos, brevemente quiero agradecer a todos los que han ido colaborando en la renovación en la catequesis y en la celebración de los sacramentos de la iniciación cristiana. Agradezco a los que les ha sido más fácil y a los que han colaborado aunque les cueste. Aún nos queda camino para andar. Es sin duda un fruto bueno de la renovación de la Iglesia.
Aunque ya lo he ido anunciando, quiero compartir en este ámbito la institución del catecumenado diocesano para todos los que no han sido bautizados en la primera infancia.  También aquí pido voluntad y entrega. No estamos para quedarnos parados. Creo de verdad que son frutos del Espíritu en la Iglesia, que van más allá de un entusiasmo pasajero y son parte, pequeña, humilde, pero concreta – si la asumimos de verdad – de una Iglesia que hace participar el don de Cristo.
Sin olvidar a nadie, permítaseme una palabra a los sacerdotes, próvidos colaboradores del orden episcopal. Yo he sido muchos más años presbítero que obispo, por ello conozco penas y alegría, tentaciones y gracias. Deseo invitarlos a la valentía sacerdotal, a correr tras de Cristo y su cruz, a reavivar el fuego del Espíritu que recibimos por la imposición de manos y la unción en nuestras manos.
A los diáconos mi gratitud y mi oración. Consagrados para el ministerio, para el servicio. Tomen el ejemplo de los grandes santos diáconos.
Una palabra especial para los religiosos, destacando a las religiosas. En ustedes la gracia del bautismo y la unción de la confirmación las configura especialmente con la Iglesia, esposa, virgen y madre. Gracias por su presencia y su ser en la Iglesia.
Quiero agradecer especialmente a los que han venido de otras naciones a servir en nuestra Iglesia local en distintas vocaciones. Vivimos la realidad de una Iglesia una, en la que no hay judío o griego, bárbaro o escita. Gracias  por su generosidad y por ayudarnos a vivir en esta Iglesia, la Iglesia única y católica.
Me dirijo a los jóvenes. Pongan todas sus energías, sus ilusiones, para buscar a Jesús y dejarse alcanzar por él. Tengan fortalece para ser fieles. Él no defrauda. Busquen conocerlo más, unirse más con él y con la Iglesia. Es en ella, especialmente en la oración y la Eucaristía, donde con humildad y fidelidad han de encontrar la fuente de la vida. Y si en algo tropiezan, vuelvan siempre a Cristo y a la Iglesia.
Una última mirada a Santa María, la Virgen Madre de Dios.  En ella está toda la santidad de la Iglesia, toda su mediación maternal, toda su fidelidad a Cristo. Este año queremos consagrarnos a María, para que ella nos a vivir la gracia del bautismo y la confirmación, para la gloria del Padre, para nuestra salvación y la del mundo entero.

Miremos al que atravesamos. A Jesucristo, el testigo fiel, el primogénito de entre los muertos, el príncipe de los reyes de la tierra. Aquel que nos ama, nos ha librado de nuestros pecados por su sangre, nos ha convertido en un reino y hecho sacerdotes de Dios, su Padre. A él la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén.

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