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Noticeu Mons. Sanguinetti en Jueves Santo: Es tiempo de “llorar y pedir al Señor que se apiade de su Iglesia y sane a los heridos”

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El Obispo de Canelones, Mons. Alberto Sanguinetti, en la Misa de la Cena del Señor del jueves Santo destacó que en los tiempos que vivimos “en que hemos visto tanto pecado cometido por sacerdotes” es tiempo de “llorar y pedir al Señor se apiade de su Iglesia y de los pequeños en la fe; que sane a los heridos”. No obstante, reivindicó “desde la humildad de nuestras personas”, la “grandeza del sacramento del orden sagrado, del sacerdocio ministerial, que Cristo ha dado a su Iglesia como instrumento y garantía de su propia acción”.

En la homilía celebrada en la Catedral Nuestra Señora de Guadalupe Mons. Sanguinetti señaló que “es necesario en la intimidad de esta noche creer en que la potencia y acción de los sacramentos, celebrados por el sacerdote ordenado, no proceden de la santidad de la persona, ni se destruyen por el pecado del ministro, sino que en ellos siempre obra Cristo, cabeza y Señor, sumo sacerdote, mediador y santificador”.

El Pastor recordó que la cena de Jesús con sus discípulos “es la noche de la entrega, de las múltiples entregas de Jesús”. “El Padre entrega al Hijo, porque ha amado al mundo sin medida y quiere la salvación de los hombres. El Hijo se entrega al Padre en amor obediente hasta la muerte, llevando a cabo la obra de su misericordia”, puntualizó.

Mons. Sanguinetti explicó que “la entrega, en la unidad de la Iglesia, ungida por el Espíritu de caridad, se realiza en el mandato del amor mutuo: por eso donde hay caridad y amor allí está el Señor, según él lo ordenó: ámense unos a otros como yo los he amado. Y nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos».

NOTRE DAME: PROCLAMACION DE UN PUEBLO ENAMORADO DE LA EUCARISTÍA

En el último tramo de su prédica, Mons. Sanguinetti aludió a la Catedral de Notre Dame de París, cuyo incendio causó conmoción en todo el mundo. “Toda su belleza, todo su arte, el esfuerzo de generaciones y de siglos, son una proclamación de un pueblo enamorado de la Eucaristía – pues sólo para eso se hizo – que desborda en fe y amor a Cristo eucarístico, con entrañable profesión de fe en su ser Dios y hombre verdadero, crucificado y resucitado gloriosamente, con una fe desbordante en la presencia real de Jesucristo en la Eucaristía y la verdad de su santo sacrificio salvador”, dijo el Pastor.

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“No se entiende la Catedral católica sin la fe en el bautismo, la confirmación y el Santo Sacrificio de la Misa, junto con la fe en el episcopado, con su presbiterio, como instrumento de Cristo Cabeza y Señor de la Iglesia, llenándolo todo con su Espíritu para gloria del Padre. La Catedral es efecto, signo e instrumento de la presencia de la Trinidad Santo por la Encarnación del Verbo e Hijo de Dios..Para ello la catedral es consagrada, dedicada y ofrecida a Dios”, explicó.  “De aquí que este pueblo, pobre, pecador, pero confesor de la fe y renovado por la caridad, supo hacer brotar aún para este mundo, las mayores obras de arte, en una síntesis de espacio, tiempo, historia,  como aparecen en  la catedral de París”, precisó.

“Que ella, Notre Dame, Nuestra Señora, vida, dulzura y esperanza nuestra, nos guíe a recibir a Cristo, a dejarnos amar, sanar y perdonar, a buscar amarlo y servirlo, a olvidarnos de nosotros, para que con el templo de piedras vivas, que somos nosotros por el bautismo y la confirmación, en la eucaristía ofrezcamos sacrificios espirituales agradables a Dios, que él acepta por Jesucristo, que por nosotros murió y resucitó, y vive y reina, por los siglos de los siglos”, concluyó Mons. Sanguinetti.

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Homilía jueves santo 2019, en la Catedral Ntra. Señora de Guadalupe, Canelones.

Mons. Alberto Sanguinetti Montero.

Alabado sea Jesucristo. r./. sea por siempre bendito y alabado.

Él que nos reúne en la noche de su entrega, en la que dio a sus apóstoles los misterios de su cuerpo y de su sangre.

Como lo escuchamos el domingo pasado en la pasión según san Lucas, la pasión comienza con la cena de Jesús con sus discípulos. Allí empieza su entrega.

Es la noche de la entrega, pero no pensemos sólo en Judas o los demás personajes que entregan a Jesús. Es la noche de la entrega, de las múltiples entregas de Jesús.

El Padre entrega al Hijo, porque ha amado al mundo sin medida y quiérela salvación de los hombres.

El Hijo se entrega al Padre en amor obediente hasta la muerte, llevando a cabo la obra de su misericordia.

El Hijo se entrega en manos de los hombres, se pone en nuestras manos, aún hasta la humillación y muerte, para llevar sobre sí el pecado. Sufre Dios en la carne el pecado que lo ofende.

El Hijo se entrega por nosotros, para el perdón de los pecados y para darnos su vida.

Jesucristo se entrega por su Iglesia, a la que ama para presentarla ante sí como esposa sin mancha ni arruga.

Él se entrega a su Iglesia, se da a Ella, y en ella se da a nosotros en el memorial de su pasión, en el sacrificio pascual de su cuerpo entregado y su sangre derramada. Se nos da.

La Iglesia se entrega a Jesús en respuesta de gratitud y amor. Y en ella nosotros nos entregamos al Señor. Recibiendo la entrega del Señor, particularmente en la Eucaristía, todos los santos se han entregado a Jesús, queriendo darle amor por amor, queriendo reparar las ofensas, queriendo con él y en él participar de la salvación de los hombres.

La Eucaristía  no es una representación nuestra como un “pesebre viviente” Lo realiza la Iglesia, según el mandato de Jesús a los apóstoles. La dio él, para él mismo actualizar su entrega: el sacrificio de la cruz irrepetible, hecho de una vez para siempre, aquí se actualiza sacramentalmente.

Aquí, en la Eucaristía, en este altar, el Padre nos entrega a su Hijo.

Aquí Cristo se entrega al Padre, en el Espíritu, para el perdón de los pecados, para darnos su vida, su Padre como nuestro Padre.

Aquí el Espíritu Santo es derramado para que la oración de Cristo una consigo a la Iglesia toda: por Cristo, con él y en él, oramos ofreciendo a Cristo al Padre y nosotros con Él.

Para ello, nos incorpora consigo en el bautismo, haciéndonos pasar de muerte a vida, de lejanos a cercanos, y por él tenemos acceso al Padre en un mismo Espíritu.

El sello de la alianza, la unción que consagra a los bautizados en la confirmación, culmina haciéndonos un pueblo de reyes, sacerdotes, profetas y mártires. Y la máxima realización de ello es el santo sacrificio de la Eucaristía, la Misa.

Esta entrega la deja y la actualiza la Trinidad en la presencia sacramental, verdadera, substancial del cuerpo y la sangre de Cristo: entregado y resucitado, glorificado a la derecha del Padre.

Esa entrega la deja Cristo en la participación de su sacerdocio que da a todo su pueblo, para que  podemos ofrecerlo y ofrecernos con él. La entrega, en la unidad de la Iglesia, ungida por el Espíritu de caridad, se realiza en el mandato del amor mutuo: por eso donde hay caridad y amor allí está el Señor, según él lo ordenó: ámense unos a otros como yo los he amado. Y nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos.

Esta entrega la realiza también el Señor por la misión y consagración de los apóstoles, a quienes hace instrumentos de la entrega de su cuerpo y sangre. De la Eucaristía, del sacrificio pascual, de la proclamación del evangelio, de los sacramentos en particular del bautismo y la comunicación del Espíritu. El lavatorio de los pies, es la acción salvadora de Cristo en la Cruz, es el bautismo que nos purifica, es el ejemplo de servicio de amor, y es también la purificación de los apóstoles para participar del sacerdocio de Cristo, como eran lavados los sumos sacerdotes.

Vivimos  tiempos en que hemos visto tanto pecado cometido por sacerdotes, que han dañado a quienes fueron puestos a su cuidado, y que han dañado la fe y la caridad de muchos. No es momento de analizar, ni de juzgar. Sí de llorar y pedir al Señor se apiade de su Iglesia y de los pequeños en la fe; que sane a los heridos. También por cierto es tiempo de pedir por el perdón y la conversión de los extraviados, puesto que también a ellos llega la sangre de Cristo.

Pero, sobre todo, quisiera proclamar, desde la humildad de nuestras personas, la grandeza del sacramento del orden sagrado, del sacerdocio ministerial, que Cristo ha dado a su Iglesia como instrumento y garantía de su propia acción.

Es necesario en la intimidad de esta noche creer en que la potencia y acción de los sacramentos, celebrados por el sacerdote ordenado, no proceden de la santidad de la persona, ni se destruyen por el pecado del ministro, sino que en ellos siempre obra Cristo, cabeza y Señor, sumo sacerdote, mediador y santificador. La fe en la acción de Cristo por medio de su Iglesia, a pesar de los pecados de sus miembros, la fe en la salvación dada por las acciones sacramentales de sus obispos, sucesores de los apóstoles y de los presbíteros sus colaboradores, es fe en que son siempre acciones de Cristo y en ellos obra el Espíritu de santificación y de gracia. La santidad de los sacramentos no depende de la santidad del ministro, mero instrumento, sino la fuerza salvadora de la cruz de Cristo.

La fe en la grandeza y santidad de la Eucaristía y  en la presencia real de Cristo en ella, y en la eficacia del sacrificio de la cruz, actualizado y ofrecido en el altar, está unida a la fe en la acción de Cristo a través del sacerdocio católico. ¡Qué alteza la del Señor! ¡Qué abajamiento el quedarse significado en el pan y el vino! ¡Qué humildad querer dejarse representar por hombres, que no son más que hombres, y aún pecadores, para así hacer presente en medio de nosotros la intercesión que Él presenta ante el Padre en el cielo!

Agradezcamos esta noche el don del apostolado, del sacerdocio dado a la Iglesia, y pidamos por todos los que tienen que servir con este ministerio con temor y temblor, pero confiando en que es Dios quien obra en nosotros el querer y el obrar, como bien le parece (cf Fil 2,12).

Estos días hemos compartido, cada uno a su modo, el sacudimiento por el incendio de la catedral de Notre Dame de París. Toda su belleza, todo su arte, el esfuerzo de generaciones y de siglos, son una proclamación de un pueblo enamorado de la Eucaristía – pues sólo para eso se hizo – que desborda en fe y amor a Cristo eucarístico, con entrañable profesión de fe en su ser Dios y hombre verdadero, crucificado y resucitado gloriosamente, con una fe desbordante en la presencia real de Jesucristo en la Eucaristía y la verdad de su santo sacrificio salvador.

No se entiende la Catedral católica sin la fe en el bautismo, la confirmación y el Santo Sacrificio de la Misa, junto con la fe en el episcopado, con su presbiterio, como instrumento de Cristo Cabeza y Señor de la Iglesia, llenándolo todo con su Espíritu para gloria del Padre. La Catedral es efecto, signo e instrumento de la presencia de la Trinidad Santo por la Encarnación del Verbo e Hijo de Dios.

Para ello la catedral es consagrada, dedicada y ofrecida a Dios.  Tiene dos espacios: el del pueblo sacerdotal, bautizado y confirmado, cuyo acto supremo es recibir el perdón,  para adorar a Dios y ofrecerse a él. Y el presbiterio en donde el sacerdocio católico, una y otra vez, por gracia y poder del resucitado, es instrumento de la oración de Cristo, de la efusión del Espíritu para gloria del Padre. Eucaristía, pueblo consagrado para la Trinidad y sacramento del orden sagrado forman una unidad inseparable.  Amor a la Eucaristía y reconocimiento del sacerdocio católico como don de Cristo son uno: éste, el sacerdocio, al servicio de la Misa y del pueblo santo.

De aquí que este pueblo, pobre, pecador, pero confesor de la fe y renovado por la caridad, supo hacer brotar aún para este mundo, las mayores obras de arte, en una síntesis de espacio, tiempo, historia,  como aparecen en  la catedral de París. De la eucaristía, del misterio de Cristo, con toda la cristiandad, brotaron  los hospitales para los enfermos, las universidades para el saber, la investigación y la contemplación de la creación y la redención. Esperando la vida eterna, reflejada y presente en la misa, pudieron iluminar y transformar la convivencia humana.

La catedral de París, consagrada a la Trinidad, está bajo la invocación de Nuestra Señora de París, Notre Dame. Así como la nuestra está bajo la invocación de Nuestra Señora de Guadalupe, Nuestra Señora. En ella se sintetiza toda la fe: la divinidad y la encarnación de Cristo, su perdón, la salvación, la filiación divina y la vida eterna.

En ella la Iglesia, el pueblo santo, cada uno de nosotros, reconoce el don de Dios en su entrega por nosotros. Y el don de Dios, en su Espíritu, que nos hace capaces de entregarnos a él, pobremente y humildemente, en fe, esperanza y caridad.

Que ella, Notre Dame, Nuestra Señora, vida, dulzura y esperanza nuestra, nos guíe a recibir a Cristo, a dejarnos amar, sanar y perdonar, a buscar amarlo y servirlo, a olvidarnos de nosotros, para que con el templo de piedras vivas, que somos nosotros por el bautismo y la confirmación, en la eucaristía ofrezcamos sacrificios espirituales agradables a Dios, que él acepta por Jesucristo, que por nosotros murió y resucitó, y vive y reina, por los siglos de los siglos. Amén.