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Mons. Pablo Galimberti Mons. Galimberti reflexiona sobre «Una película sugerente»

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Columna del Obispo de Salto, Mons. Pablo Galimberti

Hace pocos días vi la película “La legenda del santo bebedor”. El director italiano Ermanno Olmi, toma el argumento de una novela de Joseph Roth, austríaco, fallecido en 1939.

El escenario es París, año 1934. No la ciudad de las luces, cultura y modas, sino la penumbrosa, marginal y sumergida. Andreas es el protagonista. Vagabundo y bebedor contumaz. Sin hogar ni techo fijo, duerme bajo los puentes del Sena. El nudo que inyecta ritmo y suspenso a la trama aparece al inicio, como una estrella sosteniendo su tambaleante caminar.

Algo inesperado sacudirá su vida. Al borde del agua un anciano desconocido lo para: ¿Adónde va hermano? Andreas responde que no tiene hermano ni sabe adónde lo lleva el camino. Yo intentaré mostrárselo, responde el anciano, añadiendo que se ha convertido al cristianismo después de haber leído la historia de la pequeña santa Teresa de Lisieux.

Y el misterioso benefactor, con rostro luminoso, le entrega 200 francos. Soy hombre de honor, dice Andreas y pregunta dónde se los devolverá.

El desconocido le responde que deberá hacerlo, cuando su conciencia le obligue a saldar la deuda, en la iglesia de Santa María de Batignolles, donde hay una imagen de la pequeña Santa Teresa.

Me parece que plantea bien cuál es la raíz o nudo de nuestra conducta ética. Porque aunque las situaciones sean distintas, es ineludible que sentimos el choque con nuestra propia fragilidad. Que convive con cada uno; pero que se multiplica en la familia y sociedad. Es entonces cuando necesitamos buscar en la “bolsita de los recuerdos” para rescatar gestos gratuitos o de confianza que nos muestran que no estamos solos, nos sirven de consuelo y nos guían como estrellas en la noche. Aunque estemos encarcelados o enfermos.

Siendo estudiante en Roma, algunas noches subía a la terraza, rezaba el rosario y curaba mis “saudades” mirando en el cielo ya no la cruz del sur sino el cuadrilátero de Orión con las tres Marías. Y recordaba a mi padre que nos mostraba ese mismo pedazo de cielo.

Es claro que el cristiano encontrará muchas pistas o buenas “estrellas” que alimentan la memoria y nos acompañan en bonanzas y tormentas. Esta memoria es también una brújula que nos recuerda esos “200” francos que manos generosas confiaron en nuestras manos. Y hay que llevarlos o dejar que nos guíen hasta el destino final. Que ya no será el rostro concreto de un padre, madre, abuela, maestra, catequista o sacerdote, sino a ese Dios invisible que pone sus enviados en nuestro camino. O que también nos hace a nosotros estrellas para quienes están, como Andreas, en la noche, tambaleantes.

La vida de Andreas no es rectilínea. Como la nuestra. Pero también suele decirse que en esos renglones torcidos Dios escribe derecho. Milagros de Amor. Al fin y al cabo Jesús es el Hijo de Dios que asumió todo lo nuestro para “redimir”, es decir, rescatar pagando y devolvernos el anhelo y la sed de una vida reconciliada y reconciliadora, en paz y pacificadora.

Al vagabundo y aventurero Andreas, cuando lo ven sacar su billetera nueva, que fue lo primero que compró, se le arriman compañeros de juergas que fingen estar en apuros y él les regala todo. Otras veces son las sirenas, que encantan como a Ulises. Pero él sabe que su meta es Itaca donde está su Penélope. Y Andreas sabe que en aquella iglesia lo espera la pequeña Teresa, a la que ve entre sueños.

Andreas no desespera. Hasta esboza una sonrisa en situaciones límites. Y metido en la película, como en un estadio uno grita “dale que podés, antes que te lo gastes de nuevo”. Pero su adicción lo encadena. Ese vaivén es eterno, como lo relata gráficamente el poeta latino Ovidio: “Sin que yo lo quiera una extraña inclinación me arrastra y la pasión me sugiere una cosa y la mente otra: veo lo que es mejor y digo ´es justo´, pero hago lo peor”.

Pablo de Tarso experimentó lo mismo: “¡Ay de mí! ¿Quién podrá librarme de este cuerpo que me lleva a la muerte?” Sólo superará el conflicto desgarrador poniendo toda su confianza en Jesucristo, que pagó de antemano toda nuestra deuda.

Columna publicada en el Diario «Cambio» del viernes 26 de setiembre de 2014