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Noticeu Mons. Galimberti aboga porque no se deje a los niños “a la intemperie”

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El Obispo de Salto, Mons. Pablo Galimberti, aboga porque los niños con padres involucrados en la droga no queden “a la intemperie” y  “se desplieguen y exploren todos los caminos” tendientes a encontrar “soluciones integrales” también para sus madres. Opina que “uno de los buenos hábitos que habría que potenciar y fortalecer es el del trabajo” y  “no fomentar mentalidad de gente subsidiada”.

El Obispo dedicó su columna publicada de este viernes en el Diario Cambio a la noticia de que los niños son usados como “correo” para la entrega de droga.

“La frase que leí hoy, jueves, me golpeó”, confesó Galimberti al tiempo que reconoció que “quizás es una realidad que no quiero ver o me cuesta mucho naturalizar como estilo de vida de un hogar uruguayo”.

“La droga se ha naturalizado en el tejido familiar” y es “un fenómeno multicausal” que “no se puede simplificar y analizar desde un solo punto de vista”. “Pero me parece que uno de los buenos hábitos que habría que potenciar y fortalecer es el del trabajo”, precisa.

“Lo importante es no fomentar mentalidad de gente subsidiada, adormecida para sumarse a algún emprendimiento”, sostiene el Obispo de Salto.

Destaca que hay “mujeres heroicas que sacan de tripas corazón”, y que  “con pequeños adiestramientos, subsidios o estímulos, se las podría agrupar, potenciando sus naturales habilidades”. “Junto con las habilidades manuales, motrices y artísticas, despiertan y se educan vínculos sociales y solidarios. Y todo esto redunda en beneficio de la propia familia”, subraya el Pastor..

A la intemperie

Mons. Pablo Galimberti

La frase que leí hoy, jueves, me golpeó. Quizás es una realidad que no quiero ver o me cuesta mucho naturalizar como estilo de vida de un hogar uruguayo.

El propio subsecretario del ministerio del interior, Jorge Vázquez, fue quien la divulgó, poniéndola en boca de muchos niños como cosa natural: “Los niños dicen: Maestra, me tengo que ir a las cinco de la tarde. No me puedo quedar ni un ratito más porque mi mamá tiene que vender droga y mi hermana hace la prostitución, y tengo que cuidar a mis hermanos menores”.

Cuando un narcotraficante va a la cárcel es un golpe duro para todos. Se corta el ingreso familiar, quizás el único. La madre, que debe sacar adelante a su familia, tiene que rebuscarse con lo que sabe o tiene a mano. Y así el circuito de la droga difícilmente se corta. Es como la hidra de muchas cabezas de la mitología; le cortaban una cabeza y le nacían dos, tres o más.

Un proyecto de ley enviado al Parlamento pretende que sea el Ministerio de Desarrollo (Mides) quien se encargue de la protección social de las mujeres, niños y adolescentes, con el fin de cortar la reproducción de las bocas de droga.

La droga, como se ve, tiende a enquistarse en el entramado familiar. A tal punto que los niños son utilizados como correos.

Se los ve con túnicas escolares correteando alegremente mientras dentro de sus mochilas pasan la droga de un barrio a otro. Pequeños e inocentes traficantes son forzados o aprenden a sortear controles, mimetizarse y  ayudar a mantener así la estabilidad económica familiar.

La droga se ha naturalizado en el tejido familiar. La policía persigue y captura al padre y quizás también a la madre. Un logro policial, por cierto, pero al mismo  tiempo otro golpe a los hijos que quedan a la intemperie.

La policía reconoce que han aumentado sensiblemente los casos de mujeres detenidas vinculadas al tráfico de drogas. Lo cual está planteando un nuevo escenario.

Un fenómeno multicausal no se puede simplificar y analizar desde un solo punto de vista. Pero me parece que uno de los buenos hábitos que habría que potenciar y fortalecer es el del trabajo.

Hay mujeres heroicas que sacan de tripas corazón. Que aprenden a cocinar, coser, pintar, saben hacer limpiezas, barrer calles o plazas, son excelentes vendedoras y están muy capacitadas para cuidar enfermos o acompañar a personas mayores.

Con pequeños adiestramientos, subsidios o estímulos, se las podría agrupar, potenciando sus naturales habilidades. Lo importante es no fomentar mentalidad de gente subsidiada, adormecida para sumarse a algún emprendimiento.

Junto con habilidades manuales, motrices y artísticas, despiertan y se educan vínculos sociales y solidarios. Y todo esto redunda en beneficio de la propia familia. He visto en algunos Caifs que las propias madres son parte de programas dirigidos a ellas. Y aprenden a cocinar y cuidar a sus hijos con aportes de psicomotricistas.

El asunto que comento ha tomado estado público y está en manos de los legisladores. Es de esperar que se desplieguen y exploren todos los caminos tendientes a encontrar soluciones integrales para estas  mujeres que, de algún modo, son víctimas de compañeros involucrados en la droga.

Sin duda que será una urgente y oportuna propuesta para los niños que no pueden quedar viviendo a la intemperie. O sea, quedar a la deriva y en tierra de nadie. Cuidarlos es dar una mano a los más frágiles de nuestra sociedad.

Publicado en el Diario “Cambio” del viernes 29 de Julio de 2016