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Mensaje del Santo Padre Francisco para la Cuaresma 2020

Noticeu Mons. Fuentes sugiere tres actitudes para darle a Dios muchas alegrías en este año de la Misericordia

Mons. Jaime

“Debemos darle a Dios muchas alegrías, muchas”, dijo el Obispo de Minas, Mons. Jaime Fuentes, en la Misa tras la apertura de la Puerta de la Misericordia el Domingo 13 de diciembre, en la Catedral de Minas, con la que dio inicio al Jubileo de la Misericordia.

El sábado 19, a las 17 horas,  el Obispo abrirá la Puerta de la Misericordia en la Capilla Madre de la Misericordia ubicada en la cumbre del Cerro del Verdún.

En la homilía de la Misa del Domingo 13, Mons. Fuentes le planteó a los fieles qué hacer en este año de gracia convocado por el Papa Francisco y propuso darle a Dios muchas alegrías asumiendo tres actitudes: “sentirnos hijos que necesitan ser perdonados por su Padre”, ser “colaboradores suyos y, en consecuencia, ir a buscar ´ovejas perdidas´” y “ser “misericordiosos como el Padre”.

En primer lugar, el Obispo instó a estar alegres siempre en el Señor. “Esto significa que se trata de una alegría sobrenatural, una alegría que solamente puede estar originada en Dios, Señor nuestro”, puntualizó.

“Sentirnos hijos que necesitan ser perdonados por su Padre” es la primera sugerencia que indicó Mons. Fuentes a sus feligreses para el Año de la Misericordia  y explicó que “lo que Él desea es, precisamente, perdonarnos… Y de aquí arranca la alegría, la Suya y la de cada uno”.

En este sentido, el Pastor manifestó que “darle alegrías a nuestro Padre Dios se expresará, en primer lugar, haciendo un examen a fondo de nuestra conducta, de nuestros pensamientos, de nuestras palabras, para descubrir cuántas cosas requieren ser perdonadas por Dios”. “Nos acercaremos entonces a la fuente del perdón, al sacramento de la Misericordia divina, pidiéndole al sacerdote que nos ayude a profundizar en ese examen personal”, señaló. Recordó que “ganaremos la indulgencia propia del Año Santo, que nos llenará de la gracia de Dios para continuar nuestra peregrinación por el camino de la vida, con una nueva alegría, fresca, invalorable».

“Darle alegrías a nuestro Padre del Cielo quiere decir también sentirnos, cada uno, colaboradores suyos y, en consecuencia, ir a buscar ´ovejas perdidas’, con el interés y la perseverancia con que lo hacía aquel pastor… Ayudarlos, con afecto y perseverancia, a volver a la Iglesia, que es la casa del Padre”, animó Mons. Fuentes.

Y, recomendando una tercera actitud para este Año de la Misericordia, el Obispo de Minas planteó que “si Jesucristo es, en definitiva, la misericordia en persona, trataremos de seguir sus huellas con más fidelidad” y con su ayuda,  ser “misericordiosos como el Padre”.

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HOMILÍA APERTURA PUERTA MISERICORDIA 2015

Mons. Jaime Fuentes

“¿Qué debemos hacer?”… Esto preguntaba la gente a Juan el Bautista. Hoy, todos nosotros, que hemos atravesado la Puerta de la Misericordia, hacemos nuestra la pregunta de aquellos hombres: ¿qué tenemos que hacer en este Año de gracia que estamos estrenando?

Dios, nuestro Padre, en este tercer Domingo de Adviento nos responde con San Pablo: “Alégrense siempre  en el Señor”. Quizás no esperábamos esta respuesta… Pero, para despejar cualquier clase de duda sobre el querer de Dios, San Pablo repite: “Vuelvo a insistir: alégrense”.

¿Qué significa este requerimiento? Hay un dato más, que compone la alegría de la que nos habla el Apóstol: “alégrense siempre en el Señor”. Esto significa que se trata de una alegría sobrenatural, una alegría que solamente puede estar originada en Dios, Señor nuestro.

¿En qué consiste? Jesús nos responde por medio de dos parábolas, de manera que todo el mundo pueda entenderlo: “¿Quién de ustedes, si tiene cien ovejas y pierde una, no deja las noventa y nueve en el campo y sale en busca de la que perdió hasta encontrarla? Y, cuando la encuentra, la pone sobre sus hombros, gozoso, y al llegar a casa reúne a los amigos y vecinos y les dice: Alégrense conmigo, porque encontré a la oveja que se me había perdido. Les digo que, del mismo modo, habrá en el cielo mayor alegría por un pecador que se convierta, que por noventa y justos que no tienen necesidad de conversión.– ¿O qué mujer, si tiene diez monedas y pierde una, no enciende una luz y barre la casa y busca cuidadosamente hasta encontrarla? Y, cuando la encuentra, reúne a las amigas y vecinas y les dice: alégrense conmigo, porque encontré la moneda que se me había perdido. Así, les digo, hay alegría entre los ángeles de Dios por un pecador que se arrepiente” (Lc 15, 4ss).

Volvemos a preguntarnos, conociendo ahora la respuesta: ¿qué debemos hacer en este Año de la Misericordia recién inaugurado? Debemos darle a Dios muchas alegrías, muchas. Saben que en la tercera de estas parábolas “de la Misericordia”, Jesús no habló ya de monedas ni de ovejas, sino de un hijo que se le había perdido a un Padre lleno de amor… Es Dios, nuestro Padre.

¿Qué debemos hacer, entonces, para darle alegrías? Sentirnos hijos que necesitan ser perdonados por su Padre: lo que Él desea es, precisamente, perdonarnos… Y de aquí arranca la alegría, la Suya y la de cada uno.

Cuando le hacían a Juan Bautista la pregunta, esperaban, obviamente, una respuesta concreta, en “algo” tenían que cambiar… ¿Y nosotros?

Darle alegrías a nuestro Padre Dios se expresará, en primer lugar, haciendo un examen a fondo de nuestra conducta, de nuestros pensamientos, de nuestras palabras, para descubrir cuántas cosas requieren ser perdonadas por Dios. Nos acercaremos entonces a la fuente del perdón, al sacramento de la Misericordia divina, pidiéndole al sacerdote que nos ayude a profundizar en ese examen personal. Ganaremos la indulgencia propia del Año Santo, que nos llenará de la gracia de Dios para continuar nuestra peregrinación por el camino de la vida, con una nueva alegría, fresca, invalorable.

Darle alegrías a nuestro Padre del Cielo quiere decir también sentirnos, cada uno, colaboradores suyos y, en consecuencia, ir a buscar “ovejas perdidas”, con el interés y la perseverancia con que lo hacía aquel pastor… Ayudarlos, con afecto y perseverancia, a volver a la Iglesia, que es la casa del Padre.

¿Qué debemos hacer? Nos sentimos “abrumados” por el amor del Padre Misericordioso, por ese amor que no hace distinciones entre sus hijos; si Jesucristo es, en definitiva, la misericordia en persona, trataremos de seguir sus huellas con más fidelidad: trataremos, con suayuda, de ser “misericordiosos como el Padre”.

De estas huellas hablaba el Papa Francisco, al convocar el Año Santo: Es mi vivo deseo, escribió, que el pueblo cristiano reflexione durante el Jubileo sobre las  obras de misericordia corporales y espirituales. Será un modo para despertar nuestra conciencia, muchas veces aletargada ante el drama de la pobreza, y para entrar todavía más en el corazón del Evangelio, donde los pobres son los privilegiados de la misericordia divina. La predicación de Jesús nos presenta estas obras de misericordia para que podamos darnos cuenta si vivimos o no como discípulos suyos. Redescubramos las obras de misericordia corporales: dar de comer al hambriento, dar de beber al sediento, vestir al desnudo, acoger al forastero, asistir los enfermos, visitar a los presos, enterrar a los muertos. Y no olvidemos las obras de misericordia espirituales: dar consejo al que lo necesita, enseñar al que no sabe, corregir al que yerra, consolar al triste, perdonar las ofensas, soportar con paciencia las personas molestas, rogar a  Dios por los vivos y por los difuntos.

No podemos escapar a las palabras del Señor y en base a ellas seremos juzgados: si dimos de comer al hambriento y de beber al sediento. Si acogimos al extranjero y vestimos al desnudo. Si dedicamos tiempo para acompañar al que estaba enfermo o prisionero (cfr Mt 25,31-45). Igualmente se nos preguntará si ayudamos a superar la duda, que hace caer en el miedo y en ocasiones es fuente de soledad; si fuimos capaces de vencer la ignorancia en la que viven millones de personas, sobre todo los niños privados de la ayuda necesaria para ser rescatados de la pobreza; si fuimos capaces de ser cercanos a quien estaba solo y afligido; si perdonamos a quien nos ofendió y rechazamos cualquier forma de rencor o de odio que conduce a la violencia; si tuvimos paciencia siguiendo el ejemplo de Dios que es tan paciente con nosotros; finalmente, si encomendamos al Señor en la oración nuestros hermanos y hermanas. (…) No olvidemos las palabras de san Juan de la Cruz: « En el ocaso de nuestras vidas, seremos juzgados en el amor».

Le encomendamos a la Madre de Misericordia: ayúdanos en este Año a darle alegrías a Dios, nuestro Padre, muchas alegrías, sabiendo que sólo Él puede darnos la alegría que el mundo no puede dar. Y ayúdanos a ser misericordiosos como el Padre. Así como tú le diste siempre alegrías, que nos esforcemos para imitarte. Virgen Santísima, Madre de Misericordia y Causa de nuestra alegría porque Ella es la Madre del Verbo encarnado, ruega por nosotros.