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Noticeu Mons. Bodeant en ordenación sacerdotal de Juan Gómez: “Cada pequeña comunidad es grano de mostaza capaz de dar origen a un gran árbol”

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El sábado 11 de julio, el Obispo de Melo, Mons. Heriberto Bodeant, ordenó  sacerdote a Juan Gómez Carmona al servicio de la Diócesis de Melo (Cerro Largo y Treinta y Tres).

La ordenación sacerdotal, que tuvo lugar en el marco de una Eucaristía que se celebró en la Catedral de Melo, a las 17 horas, fue presidida por Mons. Bodeant y concelebrada por el Obispo emérito, Mons. Roberto Cáceres, (a quien se le tributó un homenaje)  y sacerdotes de la Diócesis.

Los primeros minutos de su homilía, el Obispo los dedicó homenajear a Mons. Cáceres, quien celebra sus 70 años de sacerdocio.“Dios dispone todas las cosas para el bien de los que lo aman, de aquéllos que él llamó según su designio”, recordó Mons. Bodeant aludiendo a la segunda lectura de la Eucaristía de San Pablo en su carta a los Romanos. “Ese testimonio de fe del apóstol da un marco a nuestra celebración. En los 70 años de sacerdocio de Mons. Roberto, vemos realizada esa Palabra. Dios dispuso todas las cosas para su bien y para bien del Pueblo de Dios a quién él sigue sirviendo fielmente”, destacó el Pastor.

El Obispo señaló que la misma cita evangélica podía aplicarse al sacerdote que sería ordenado pero en términos de Esperanza “de que este nuevo sacerdote se haga un pastor según el corazón de Jesús para bien de nuestra comunidad diocesana y para su propio bien”.

“A Juan, Jesús lo miró con cariño y le dijo `sígueme´. Y Juan ha respondido ‘aquí estoy’”, destacó el Obispo de Melo.

Aludiendo al Concilio Vaticano II, Mons. Bodeant resaltó que “conocer a los hombres y mujeres entre quienes se vive, conocer un pueblo y su cultura, compartir sus alegrías y tristezas, sus angustias y esperanzas es fundamental para un sacerdote, discípulo misionero de Jesús, enviado para que nuestros pueblos en Él tengan vida”. Advirtió, no obstante, que “pero para ayudar a los hombres a encontrarse con Jesucristo, a encontrarse con el Camino, la Verdad y la Vida, el sacerdote tiene que ser auténtico discípulo; discípulo que vive y renueva diariamente su encuentro con el Señor”.

El Pastor indicó que “con Jesucristo, el sacerdote reza cada día los salmos, uniéndose en su oración a la oración del Señor. Con la ayuda del Espíritu Santo, que enseña todas las cosas y que trae a la memoria las enseñanzas de Jesús , el sacerdote medita diariamente la Palabra de Dios, para entregarla fielmente al Pueblo de Dios”. “A la luz de esa Palabra contempla los sucesos de la vida y reconoce en cada persona y en cada acontecimiento al Señor que viene a nuestro encuentro, especialmente cuando presenta su rostro sufriente y nos hace oír su grito de abandonado, para servirlo con amor”, puntualizó. .

Destacó, asimismo, que “celebrando cada día la Eucaristía para el Pueblo de Dios, el sacerdote se une a la entrega de Cristo al Padre, para hacerse él mismo pan y darse a sus hermanos”.

Al culminar, Mons. Bodeant encomendó el ministerio del nuevo sacerdote a Nuestra Señora del Pilar que, según la tradición, alentó al apóstol Santiago en los comienzos de la evangelización de España, cuando él apenas había logrado reunir una pequeña comunidad. “Este relato nos invita a considerar el valor de lo pequeño, tan presente en el Evangelio. Cada pequeña comunidad es grano de mostaza capaz de dar origen a un gran árbol. Es cucharada de levadura que puede fermentar toda la masa. Es la pequeña cruz, pequeña pero visible, que manifiesta la fe y al esperanza de un pueblo en Aquel que nos amó hasta dar la vida¨

JUAN GOMEZ CARMONA

El flamante sacerdote nació en Argelia, Antioquia (Colombia) en 1980. Estudió Teología en la Universidad Pontificia Bolivariana, graduándose en 2001.

Siguió un itinerario vocacional con el acompañamiento de distintos sacerdotes, bajo cuya dirección realizó también diversos servicios pastorales en diferentes parroquias. Trabajó, asimismo, en colegios católicos, en la obra El Minuto de Dios y en la Escuela de formación laical Didajé, en la ciudad de Medellín.

Su relación con la Diócesis de Melo se inició en tiempos de Mons. Luis del Castillo, a través del P. Álvaro Mejía, uno de sus formadores en Colombia.

Llegó a Uruguay como seminarista en 2010. Después de dos períodos de residencia en la Diócesis, en Treinta y Tres, Cerro Chato y Melo, con el parecer favorable del Obispo y del Consejo de Presbiterio fue ordenado Diácono el 30 de diciembre del año pasado.

El ya sacerdote Carmona está ejerciendo su ministerio en la Parroquia Sagrado Corazón de Jesús en Cerro Chato.

 

TEXTO COMPLETO DE LA HOMILIA DE MONS. HERIBERTO BODEANT

“Dios dispone todas las cosas para el bien de los que lo aman, de aquéllos que él llamó según su designio”. Así nos dice San Pablo en su carta a los Romanos, segunda lectura que acabamos de escuchar. Ese testimonio de fe del apóstol da un marco a nuestra celebración. En los 70 años de sacerdocio de Mons. Roberto, vemos realizada esa Palabra. Dios dispuso todas las cosas para su bien y para bien del Pueblo de Dios a quién él sigue sirviendo fielmente. En la ordenación sacerdotal de Juan Gómez Carmona, que va a celebrarse a continuación, vemos también realizada esa Palabra, en cuanto creemos que Dios, según su designio, llamó a Juan y lo trajo hasta nosotros a través de un largo recorrido. Pero, en esta ordenación, escuchamos esa Palabra en esperanza. Esperanza de que este nuevo sacerdote se haga un pastor según el corazón de Jesús para bien de nuestra comunidad diocesana y para su propio bien.

Pero hay otro pasaje de la Palabra de Dios que también hace parte del marco en el que vivimos esta celebración. Libro del Deuteronomio, primera lectura: “El Señor (…) los eligió, no porque sean el más numeroso de todos los pueblos; al contrario, tú eres el más insignificante de todos. Pero por el amor que les tiene (…) los libró de la esclavitud…” Cuando Dios elige, cuando elige una familia, un grupo, un pueblo, o una persona determinada, esa elección no tiene un “por qué”, o por lo menos no tiene un por qué humano. No tiene que ver con méritos o cualidades. Es la elección de su amor misericordioso. Dios mira con cariño a quienes llama para seguirlo. Es una elección gratuita, como lo recordaba estos días en Ecuador el Papa Francisco. Pero también pongámonos todos nosotros, que representamos aquí el Pueblo de Dios que peregrina en Cerro Largo y Treinta y Tres, bajo esa mirada del Señor que nos eligió, que nos llamó, con esa gratuidad suya. Quien va a ser ordenado hoy, para el servicio de todo nuestro pueblo, está también bajo su mirada.

A Juan, Jesús lo miró con cariño y le dijo “sígueme”. Y Juan ha respondido “aquí estoy”. Juan Gómez Carmona llegó a Uruguay en febrero de 2010, junto a otros tres colombianos, dos de los cuales son hoy sacerdotes en nuestra diócesis. En esos primeros días los llevé a visitar algunos lugares de Montevideo. Cerca del Seminario Interdiocesano, donde nos alojábamos, se encuentra el Museo Blanes, y allí nos encaminamos una tarde. Nos detuvimos a contemplar “El Juramento de los Treinta y Tres Orientales”, la gran obra del pintor de la Patria. Yo traté de explicarles el momento histórico que esa pintura evoca y su significación en nuestra memoria de pueblo oriental. Contemplamos detenidamente ese grupo de patriotas, pero fue Juan quién señaló un detalle pequeño, pero significativo: “ahí hay uno que tiene una crucecita en la mano”. Efectivamente, el segundo personaje que aparece desde la izquierda del que mira, tiene levantado el brazo y en su mano una pequeña cruz. Los treinta y tres retratados por Blanes no son anónimos, y el hombre que sostiene la cruz es Juan Acosta. Otro Juan. Colombia, la tierra de Juan Gómez, es un país marcadamente católico. Los símbolos de la fe cristiana están visibles y patentes en todas partes. No sucede así en nuestro Uruguay de cultura laica, donde las expresiones religiosas quedan muchas veces relegadas al ámbito privado. La pequeña cruz que observó nuestro Juan muestra, sin embargo, que la fe está presente en muchas personas de nuestro pueblo. Esa pequeña cruz muestra que la fe la puede aparecer a los ojos de aquel que sepa reconocer sus signos. El Concilio Vaticano II nos dice que, así “como el mismo Cristo escudriñó el corazón de los hombres y los ha conducido con un coloquio verdaderamente humano a la luz divina”, así los misioneros “deben conocer a los hombres entre los que viven, y tratar con ellos, para advertir en diálogo sincero y paciente las riquezas que Dios generoso ha distribuido a los pueblos” . Conocer a los hombres y mujeres entre quienes se vive, conocer un pueblo y su cultura, compartir sus alegrías y tristezas, sus angustias y esperanzas es fundamental para un sacerdote, discípulo misionero de Jesús, enviado para que nuestros pueblos en Él tengan vida. Pero para ayudar a los hombres a encontrarse con Jesucristo, a encontrarse con el Camino, la Verdad y la Vida, el sacerdote tiene que ser auténtico discípulo; discípulo que vive y renueva diariamente su encuentro con el Señor. Con Jesucristo, el sacerdote reza cada día los salmos, uniéndose en su oración a la oración del Señor. Con la ayuda del Espíritu Santo, que enseña todas las cosas y que trae a la memoria las enseñanzas de Jesús , el sacerdote medita diariamente la Palabra de Dios, para entregarla fielmente al Pueblo de Dios.

A la luz de esa Palabra contempla los sucesos de la vida y reconoce en cada persona y en cada acontecimiento al Señor que viene a nuestro encuentro, especialmente cuando presenta su rostro sufriente y nos hace oír su grito de abandonado, para servirlo con amor . Celebrando cada día la Eucaristía para el Pueblo de Dios, el sacerdote se une a la entrega de Cristo al Padre, para hacerse él mismo pan y darse a sus hermanos. Como dice uno de nuestros cantos de comunión: “quiero ser pan, para el hambre de mi pueblo”. Juan, nuestro pueblo te ha esperado y te recibe. Por la imposición de mis manos y la oración consagratoria, el Señor te hará sacerdote para siempre, al servicio de la comunidad diocesana en Cerro Largo y Treinta y Tres. Te invito a que pongas tu ministerio bajo el manto de María, a quien tenemos como patrona bajo la advocación de Nuestra Señora del Pilar. Recuerda como ella, según la tradición, alentó al apóstol Santiago en los comienzos de la evangelización de España, cuando él apenas había logrado reunir una pequeña comunidad. Este relato nos invita a considerar el valor de lo pequeño, tan presente en el Evangelio. Cada pequeña comunidad es grano de mostaza capaz de dar origen a un gran árbol. Es cucharada de levadura que puede fermentar toda la masa. Es la pequeña cruz, pequeña pero visible, que manifiesta la fe y al esperanza de un pueblo en Aquel que nos amó hasta dar la vida. Pongámonos todos ahora bajo la mirada cariñosa de Jesús y de María, acompañando la celebración de este Sacramento.