Iglesia al día

" El Tiempo de la Creación es un tiempo para renovar nuestra relación con el Creador y con toda su maravillosa obra, la naturaleza, por medio de la celebración, la conversión y el compromiso. "
Tiempo de la Creación

Noticeu Mons. Bodeant: “En Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre, nosotros conocemos el Amor de Dios”

En su mensaje para la Navidad, el Obispo de Melo, Mons.Heriberto Bodeant, recuerda que en Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre, descubrimos que Dios es Amor y en su rostro “contemplamos al Padre misericordioso que sale al encuentro de todos”.

El Obispo señala que “el Niño recostado en el pesebre comienza a descorrer el velo que nos impide conocer a Dios como es”. Precisa que “nuestra imagen de Dios muchas veces está distorsionada por nuestra manera humana –pecaminosa– de ver”. Mons. Bodeant explica, en este sentido, que “en lugar de un Dios de Amor, a veces vemos un dios de ira y violencia. En lugar de un Dios fiel en quien confiar, vemos a un ser arbitrario que decide caprichosamente nuestro destino. En lugar del Dios Santo, que nos llama a ser santos y nos santifica con su Gracia, vemos la figura de un déspota que impone leyes que nos parecen absurdas”.

“Pero el Hijo de Dios, que ‘por su encarnación se ha unido, en cierto modo, a todo hombre’ (GS 22) descorre también otro velo”, asegura el Pastor. “La pesada cortina que nos impide ver el verdadero rostro del ser humano. Nuestros rostros de creaturas moldeadas por las manos amorosas del Padre. Nuestra vocación a participar de la vida misma de Dios como hijos suyos. La altísima dignidad de cada persona que viene a este mundo. El Niño envuelto en pañales “manifiesta plenamente el hombre al propio hombre” (GS 22). Si en Cristo encontramos la verdad sobre Dios, también encontramos la verdad sobre nosotros mismos”.

Mons. Bodeant sostiene que “contemplando al Padre como Jesús nos lo manifiesta y contemplando al ser humano bajo la luz del misterio de Cristo, toma sentido nuestra vida y nuestra libertad”.

“El enigma del mal, la oscuridad del dolor y de la muerte, comienzan a retroceder ante la luz que brota del pesebre”, asevera el Obispo de Melo.

 

MENSAJE DE NAVIDAD DEL OBISPO DE MELO, MONS. HERIBERTO BODEANT

 Al Pueblo de Dios que peregrina en Cerro Largo y Treinta y Tres

A tantos hermanos y amigos en el Uruguay y en el mundo…

“Un niño recién nacido, envuelto en pañales y acostado en un pesebre” (Lc 2,12). Imagen sencilla y humilde, si las hay. Un bebé que tiene por cuna un cajón lleno de pasto seco para la comida de los animales. Pero esa escena es una “señal”, como dice el ángel a los pastores. El que ha nacido es “un Salvador, que es el Cristo Señor” (Lc 2,11). Es el “Emmanuel, Dios con nosotros” (Mt 1,23). Es Dios Hijo, la Palabra Eterna del Padre. El Verbo, que “se hizo carne y habitó entre nosotros” (Jn 1,14).

Con los ojos admirados de los pastores, contemplemos también nosotros al recién nacido. Es “Jesucristo, Hijo único de Dios, nacido del Padre antes de todos los siglos (…) que por nosotros los hombres, y por nuestra salvación bajó del cielo, y por obra del Espíritu Santo se encarnó de María la Virgen, y se hizo hombre”, como confesamos en el Credo.

Cur Deus Homo? “¿Por qué Dios se hizo hombre? Se preguntaba hace casi mil años San Anselmo de Canterbury. “Por nosotros y por nuestra salvación” sigue respondiendo la fe de la Iglesia.

El Hijo de Dios se hizo hombre para salvarnos reconciliándonos con Dios.

En Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre nosotros conocemos el Amor de Dios. Más aún, descubrimos que Dios es Amor. En el rostro de Jesús contemplamos al Padre misericordioso que sale al encuentro de todos.

El Niño recostado en el pesebre comienza a descorrer el velo que nos impide conocer a Dios como es. Nuestra imagen de Dios muchas veces está distorsionada por nuestra manera humana –pecaminosa– de ver. En lugar de un Dios de Amor, a veces vemos un dios de ira y violencia. En lugar de un Dios fiel en quien confiar, vemos a un ser arbitrario que decide caprichosamente nuestro destino. En lugar del Dios Santo, que nos llama a ser santos y nos santifica con su Gracia, vemos la figura de un déspota que impone leyes que nos parecen absurdas.

Jesucristo “que inició y completa nuestra fe” (Hb 12,2) nos ayuda a reencontrar la fe de los grandes creyentes. La fe de Abraham, confianza total en las promesas del Señor (Gén 15,6). La fe de María, feliz por haber creído en la plenitud de aquellas promesas (Lc 1,45). La fe de Pablo, que sabe en quién ha puesto su fe (2 Tim 1,12). Con ellos, y en especial en este Año de la Fe, renovemos nuestra confianza en el Dios Fiel a sus promesas, que nos ha enviado a su único Hijo, para que todo el que crea en Él tenga vida (Jn 10,10).

Pero el Hijo de Dios, que “por su encarnación se ha unido, en cierto modo, a todo hombre” (GS 22) descorre también otro velo. La pesada cortina que nos impide ver el verdadero rostro del ser humano. Nuestros rostros de creaturas moldeadas por las manos amorosas del Padre. Nuestra vocación a participar de la vida misma de Dios como hijos suyos. La altísima dignidad de cada persona que viene a este mundo. El Niño envuelto en pañales “manifiesta plenamente el hombre al propio hombre” (GS 22). Si en Cristo encontramos la verdad sobre Dios, también encontramos la verdad sobre nosotros mismos.

Es así como contemplando al Padre como Jesús nos lo manifiesta y contemplando al ser humano bajo la luz del misterio de Cristo, toma sentido nuestra vida y nuestra libertad. Bajo la luz apacible que brota del pesebre, descubrimos con pesar nuestras miserias. Nos estremecemos viendo hasta dónde hemos ultrajado la dignidad de los demás y la nuestra. El encuentro con la realidad hiriente del pecado en nuestra propia vida y en nuestra sociedad nos llama “a un sincero y constante acto de conversión” (PF 13).

El enigma del mal, la oscuridad del dolor y de la muerte, comienzan a retroceder ante la luz que brota del pesebre. Esa luz alcanza su intensidad mayor en la Pascua de Cristo, que con su muerte destruyó la muerte y nos dio la vida, para que, hechos hijos en el Hijo, clamemos en el Espíritu Santo “¡Abba, Padre!” (cf. GS 22).

En esa fe y esa esperanza que nos anima, les deseo de todo corazón muy Feliz Navidad.

Con mi bendición,

+ Heriberto, Obispo de Melo