Iglesia al día

" El Tiempo de la Creación es un tiempo para renovar nuestra relación con el Creador y con toda su maravillosa obra, la naturaleza, por medio de la celebración, la conversión y el compromiso. "
Tiempo de la Creación

La Iglesia en los medios Mirarla a los ojos [tema de interés]

SEMANARIO BRECHA |

Mirarla a los ojos

Mirarla a los ojosPreguntarse por cómo hemos estado mirando la pobreza sirve, entre otras cosas, para advertir que ésta no puede ser explicada sólo con números, para entender que el discurso moralizante sobre quienes la sufren se arrastra desde el siglo pasado, y también para dejar a un lado las miradas compasivas que anulan la capacidad de acción de aquellos considerados pobres. La interrogante, motivada por un seminario organizado por la Facultad de Humanidades días atrás, lejos de agotar la discusión, abrió nuevas preguntas.

“No contraten rubios para hacer de negros, nosotros queremos hacer de negros (…). Queremos hacer de negros dignos, pobres dignos. Fuimos pobres toda la vida, así que es un papel que podemos hacer”, pedía a los directores de cine Julio Arrieta, actor, gestor cultural y habitante de una villa porteña, en la sublime “docu-ficción” Estrellas.1 “Somos portadores de cara”, decía, reivindicando un hábito del cine independiente argentino: los pobres verdaderos representando a los pobres de la pantalla.

Fragmentos de la película protagonizada por Arrieta alimentaron el debate en una de las mesas del seminario “Miradas históricas y contemporáneas sobre la pobreza en Uruguay y América Latina”, organizado por la Facultad de Humanidades. “En Argentina hay una identidad del villero asumida como un elemento positivo, es una identificación cultural vinculada al peronismo, a la idea de los descamisados, de los cabecitas negras. En Uruguay es mucho más débil el reclamo de una dignidad desde la subalternidad. Acá no hay un cantegrilero que se reivindique. Los asentamientos quieren ser barrios, en su imaginario está la idea de pertenecer a la ciudad, no de reivindicar donde están”, afirman a Brecha los organizadores del seminario: los investigadores Aldo Marchesi, María José Álvarez y María José Bolaña.

La discusión sobre la pobreza y la desigualdad ha estado colonizada por los números, aseguran, y más allá de los indicadores económicos, aspectos cualitativos como la forma de vida y las iniciativas de movilización de aquellos que son llamados pobres han preocupado más bien poco a la academia. Una de las consideraciones que explican este hecho, según Marchesi, es que en Uruguay existe una tradición en la que prima la historia política –el estudio del Estado, los gobiernos y los partidos– sobre la historia de los movimientos sociales, de las ciudades y de las clases sociales. Incluso, sostiene el historiador, “la poca historia social que hay es la de los sectores fuertemente organizados, como los sindicatos, pero no existe historia sobre los sectores populares con menores niveles de organización”.

De forma un tanto atípica, el seminario no sólo reunió a académicos y estudiantes, sino que también integró la mirada de actores vinculados al Estado y a la cultura, de las organizaciones sociales y de los propios sujetos que encarnan la pobreza –a pesar de que, a diferencia del villero de la película, algunos de ellos se concebían a sí mismos más como vecinos o trabajadores que como pobres–. “En el fondo –dicen los organizadores–, poner a todos los actores en discusión tiene que ver con la idea de que la definición de pobreza es una definición colectiva.”

EN MOVIMIENTO. “Es muy fácil robar una imagen de un chico con los mocos colgando o una mujer con las patas sucias, eso se ve todos los días. Sobre la villa se han contado historias de bandas de chicos drogadictos y ladrones, de bandas de prostitutas, de pobreza, de miseria humana…”, resumía con tino Arrieta respecto de algunas de las formas más extendidas con que se ilustra la pobreza. El fetiche o la porción más grande de la crónica roja.

En el libro Squatters and the Politics of Marginality in Uruguay, publicado recientemente y presentado en el seminario, Álvarez estudia los asentamientos irregulares en Montevideo desde fines de la dictadura hasta los primeros años de este siglo. E intenta, en las antípodas de las representaciones sociales más habituales de la pobreza, “recuperar la capacidad de hacer de los más pobres”.

Según señala la investigadora en un artículo que resume la publicación2–hasta el momento editada sólo en inglés–, la movilización no ha estado ausente en los cantegriles. Y se refiere, concretamente, a dos momentos históricos. El primero es sobre el final de la dictadura, cuando surge el Movimiento a Favor de una Vida Decente (Movide) “como reacción ante una serie de amenazas de desalojo a un movimiento de ocupantes”, en articulación con parroquias y Ong. Esta organización, de la que poco se sabe y que llegó a ser convocada durante la transición democrática a participar en la Concertación Nacional Programática, implicó que “personas muy marginadas dialogaran con el movimiento sindical y estudiantil”.

El segundo momento transcurrió entre fines de los ochenta y principios de los noventa, cuando el número de asentamientos llegó a su punto máximo. En ese período hubo un auge de las ocupaciones planificadas –a diferencia de las invasiones por goteo que son las que ocurren con más frecuencia–, que implicaron una gran movilización por parte de los sectores más pobres para organizarse, buscar información sobre qué terrenos estaban disponibles, lotearlos, construir las viviendas, conseguir electricidad, etcétera. Una de las conclusiones a las que arriba Álvarez es que mientras en este último caso la competencia electoral que trajo la democratización fue una oportunidad política para los sectores populares –y votantes, a los ojos de los partidos–, en el tiempo del Movide la acción social en los asentamientos partió de una amenaza.

Otro asunto en el que hace hincapié la investigación es en los liderazgos: “Todos estos barrios tienen sus líderes, unos líderes muy interesantes, que tienen un capital cultural, una capacidad verbal y unas redes que no se explican por la educación formal, y que expanden el mundo de esos asentamientos”.

“Me acuerdo de Marina –relata Álvarez–, una señora que había sido prostituta y después formó parte de una ocupación de tierras en el este de Montevideo. Su capacidad de organizarse y de relacionarse con los partidos políticos era increíble. Tenía una casa súper pobre con piso de barro, pero en cada parte había un poema; en el baño, en el cuarto, poemas escritos en papel y colgados como cuadros.” “Estos líderes han sido funcionales a la supervivencia de muchas personas, y muy valiosos para la construcción de ciudad, porque han logrado estirar los límites del Estado y llevarlo a los barrios.”

FRAGMENTACIONES. “Hoy es menos común la ocupación, planificada o no. Desde hace unos años ocupar una tierra no se ve como modo posible de resolver el problema de la vivienda. Esto tiene que ver con muchas cosas, con la voluntad política de no aceptar las ocupaciones, con cambios legales, con el crecimiento económico de los últimos años”, sostiene Álvarez.

Según datos del Ministerio de Vivienda basados en el último censo, el número de personas que viven en asentamientos en Uruguay pasó de 179.545 en 2006 a 165.271 en 2011. Sin embargo, la investigadora afirma que aunque la “pobreza numérica” haya bajado, los problemas de fragmentación son mayores que en el pasado. “La fragmentación social permanece, se reproduce, toma nuevas formas, por eso discutir pobreza en un sentido amplio es muy importante”, dice.

“Ha subido enormemente el porcentaje de los que creen que los pobres son pobres porque no se esfuerzan, porque son perezosos, y específicamente los que opinan esto de quienes reciben ayuda del Estado –señala–. Antes, las razones eran atribuidas a causas más estructurales, y eso me parece que tiene que ver con políticas sociales que han fragmentado. Las políticas focalizadas hacia los más pobres, como planes de ayuda, emergencia, etcétera, han generado, incluso, fragmentación dentro de las clases populares, porque no sólo los ricos tienen ese discurso.”

La Encuesta Mundial de Valores más reciente3 señala que hace 20 años la mayoría de la población (el 77 por ciento) compartía la idea de que las personas en situación de pobreza “son pobres porque la sociedad los trata injustamente”. Por el contrario, actualmente esta visión es minoritaria y corresponde sólo al 34 por ciento; 43 por ciento de la población opina que los pobres “son pobres por flojos y falta de voluntad”.

Los investigadores sostienen que en Uruguay ha renacido el discurso moralizante. “Cambiar los valores, desarrollar una cultura del trabajo…, hay una serie de cuestiones que se repiten históricamente desde los años cincuenta. La tensión entre estructura social y aspectos culturales estaba presente cuando se discutía sobre la pobreza en el campo, mientras unos hablaban de que los pobres no tenían moral, de sus vicios, otros llamaban la atención sobre la desigual distribución de riqueza que genera el latifundio, esa tensión recorre el debate sobre la pobreza hasta hoy”, señala Marchesi.

“A mí me llamó mucho la atención, cuando estudié las políticas gubernamentales con respecto a los cantegriles (en la segunda mitad del siglo XX), la idea de que al pobre había que recuperarlo. Esas categorías morales que se aplicaban a los rancheríos rurales se trasladan al rancherío suburbano, los vicios de la prostitución, el alcoholismo, el concubinato. Ese discurso de recuperación, desde una moral que juzga al otro, se reproduce muchas veces cuando se habla de inclusión”, apunta Bolaña.

Mientras que la academia ha ido por la explicación estructural, a nivel social se relaciona la pobreza con una cultura “equivocada”. Sin embargo, acuerdan Marchesi, Álvarez y Bolaña, no todo se explica sólo a través de las causas estructurales. “Hablar de la cultura de la pobreza se volvió anatema en las aulas –sostienen–, pero también es cierto que hay modos de vida que se adaptan a condiciones materiales insuficientes, y que la segregación residencial hace que se generen subculturas en distintos lugares por una creciente homogeneidad en las relaciones sociales.” La pregunta que entienden pertinente es cómo hablar de aspectos culturales de la pobreza sin caer en el discurso criminalizador y generalizador.

OJOS QUE ANULAN. “La pobreza representada por el Arte con mayúscula para mí siempre ha sido sospechosa y, principalmente, cómplice”, planteó Gustavo Remedi, investigador abocado a temas vinculados a la cultura, en una de las mesas del mencionado seminario. Por eso se mostraba más interesado en las prácticas artísticas que no se consideran “legítimas” y las producidas por los propios sujetos subalternos: grafitis, videos caseros, música tropical, entre otras.

Un cuento escrito por el ya fallecido Arrieta –el hombre que reivindicó el trabajo de actor para los vecinos de la villa bonaerense–, podría ser parte de la categoría propuesta por Remedi. El relato narra “la visión que tiene un villero sobre los extraterrestres”. “¿Acaso los villeros no tienen derecho a tener marcianos? –preguntaba su autor en Estrellas–. ¿Dónde está escrito que no puede haber extraterrestres en la villa? Por lo general cuando uno mira una película que está hecha por los norteamericanos, los extraterrestres bajan en un barrio de plata, donde hay gente con plata (…). Villeros dentro de la ciencia ficción no hubo jamás, eso nunca ocurrió.”

En esta instancia del seminario, dedicada a las representaciones en el arte y la comunicación, Paula Baleato, de la Ong El Abrojo, y el cineasta Mario Handler pusieron sobre el tapete la compasión ante la pobreza, “tan extendida en distintos ámbitos y muy presente en las políticas sociales y en la formación académica”. La mirada compasiva, sostenía Baleato, termina siendo opresiva, ya que no reconoce al otro como un igual.

Ante la interrogante de cómo, al fin y al cabo, es posible ampliar la mirada sobre la pobreza, resulta revelador un pasaje de Álvarez relacionado con la capacidad de acción y movilización de los sectores marginados. Una suerte de llamado a advertir asuntos “que permanecerían velados si sólo nos centramos en los aspectos (…) de privación y exclusión”. En palabras de Arrieta: “No queremos que nos toquen la cabeza como a perros, ¡basta, carajo, de esa mierda!”.

Estrellas. Argentina, 2007.
“Ocupaciones de tierras y política en Montevideo a fin de siglo”, en Movimientos sociales en América Latina. Perspectivas, tendencias y casos. Clacso, 2017.
“Los valores en Uruguay: entre la persistencia y el cambio”, con base en datos de 2011.