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La Iglesia en los medios Mensajes de Notre Dame [columna]

EL OBSERVADOR |

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El arder la catedral, las interpretaciones transitan desde el incendio de un viejo edificio, cargado de reliquias, en el que se profesa un culto en riesgo existencial, o de una obra arquitectónica, consagrada a una religión que tiene hoy más valor en su condición monumental que como centro ritual. Pero también  como lo que es en su esencia: una catedral del medioevo, a la que las personas visitan con una veneración turística y aséptica. Finalmente, en el otro extremo, se ubicarían los creyentes, para quienes Notre Dame es una iglesia, una comunidad y refugio eucarístico, una casa que acoge al que todavía cree en la trascendencia y que en última instancia, le da un sentido a nuestra diminuta fugacidad.

Pero también existe la posibilidad de un simbolismo, del cual, cada uno de los que se ubican e identifican dentro de ese espectro, hallará su propio reflejo. El racional, el emocional y también el espiritual. Las imágenes de las llamas en su avance voraz recorrieron de la mano de la modernidad al mundo entero, ampliando a millones las reverberaciones de ese reflejo.

La Edad Media fue un periodo histórico en el que, desde las ruinas del imperio romano, comenzaron a germinar los brotes de la civilización contemporánea. Su cultura estuvo cargada y determinada por simbolismos utilizados para explicar los fenómenos de la existencia, muchos de ellos percibidos entonces como prodigios, augurios y señales dentro de la concepción dialéctica de lo divino versus lo maldito. Estos compusieron un cuerpo narrativo en imágenes y palabras que sirvió para preservar en parte el legado greco-romano y diseminar el progreso cognitivo y espiritual de la humanidad, propulsado por la expansión cristiana a través de Europa. Las catedrales fueron, antes de la imprenta, libros escritos en piedra, vidrio y metales como testimonios de una civilización en desarrollo.

Entrevistado por el periodista Marcelo Longobardi, el exembajador argentino en Francia, Carlos Pérez Llana, afirmó que dicha nación “forma parte del núcleo del alma europeo y Notre Dame es un símbolo”, destacando que “Notre Dame es el hogar constitutivo de la Francia que conocemos” y agregó que Notre Dame era Francia y “esa Francia es Europa”. Una Europa, advirtió, hoy asediada. Pero quizás lo más significativo fue el afirmar que :“Lo de Notre Dame puede ser un antes y un después. En su momento saldó la herida entre lo religioso y lo laico” y que tal acontecimiento, golpea y plantea una introspección.

En la edición de “The Guardian” del martes 15, Gilles Gressani y Mathéo Malik señalaban que el dolor es más profundo cuando se asume que la catástrofe de Notre Dame representa en forma tan perfecta a los europeos contemporáneos: “Personas condenadas a vivir entre maravillas, dadas por hecho, e ignorando que quizás exista la posibilidad de que éstas desaparezcan, “encontrándose de pronto en una situación que nunca habían concebido”.

Ambas expresiones invitan a una reflexión unificadora. La primera gira en torno a un significado cultural y político y como corazón y alma de la civilización europea que enfrenta asedios múltiples. En lo interno, el crecimiento de la ultra derecha, que amenaza socavar los cimientos de la democracia liberal y con ella el equilibrio, la aceptación y la sensatez. Caídos estos pilares como el techo de la nave catedralicia, lo que quedaría es la paz y la libertad, prácticamente indefensas. En una reciente entrevista que el propio Longobardi le hiciera, el director del diario El País de Madrid, Juan Luis Cebrián, advirtió que “Europa comenzaba a tener un escenario parecido al de la preguerra”, refiriéndose a la oscura y nefasta década de 1930, cuna del nazismo y del fascismo y en plena vigencia del brutal régimen comunista soviético de Josef Stalin.

En lo externo, el primer lobo es la Rusia de Putin, en parte cómplice e instigadora de los impulsos autoritarios y extremistas, mientras que China ya no oculta el afán de abrir su propio espacio de influencia geopolítica sobre el continente. A estas amenazas, se agregan la del terrorismo, –un enemigo interior como el de la ultraderecha- y la posibilidad de la llegada de olas migratorias como consecuencia del cambio climático y sus efectos.

Una segunda reflexión responde al hecho que, como maravilla humana, Notre Dame en llamas alerta a los europeos a proteger su existencia y legado. Una defensa no por las vías del odio, la xenofobia y la violencia sino con las mejores armas que han tenido desde su génesis: la propia cultura, su libertad, la unidad y diversidad amalgamadas por esa matriz cultural y civil. Evitar un retorno a lo peor de su historia muy reciente es tal vez uno de los mensajes de una catedral ardiendo en el centro de la razón europea.

La tercera reflexión, desde la estricta interpretación espiritual, refiere a la propia iglesia Católica y a la civilización cristiana en su totalidad. En su conmovedora sucesión, el techo de la nave fue una cruz en llamas, surgidas de su centro como el corazón de un Jesús sufriente, mientras que, como una lanza, lo atravesaba la aguja. El posterior descubrimiento de un edificio capaz de resistir el daño, evitando su ruina completa, parece ser una señal de esperanza a sus fieles y a sus representantes. Tal vez este mensaje es un poderoso llamado a la renovación de la iglesia, una mayor, más profunda que la que hoy asoma algo tibia y a los tropezones, soportando embestidas del laicismo acusatorio, la modernidad atea y la hostilidad del extremismo islámico. Una renovación interior, con un impulso determinado a limpiar de raíz sus graves impurezas y a recobrar un vigor transformador y fortalecedor de la fe, como una contribución fundamental del alma europea. El riesgo, como el de los europeos, es su propia extinción.