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" La paz como camino de esperanza: diálogo, reconciliación y conversión ecológica "
Mensaje del Papa para la Jornada Mundial de la Paz (1 de enero de 2020)

Noticeu Mons. Heriberto Bodeant invita a preguntarse «qué mandado tiene Jesús para nosotros»

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En su Mensaje para Navidad el Obispo de Melo, Mons. Heriberto Bodeant, recuerda que “Jesús sigue llegando a nosotros en cada persona (amigable o aún odiosa) y en cada acontecimiento (grato o aún ingrato)” y advierte que “sólo estando despiertos es posible reconocer esa Presencia, a veces escondida a los sentidos y sólo visible a la mirada de la fe”.

“Sólo estando despiertos es posible reconocerlo y servirlo”, precisa.

El Pastor invita, en su mensaje, a acercarse “igual que los pastores, al misterio de Belén”, y “preguntémonos qué ‘mandado’ tiene el Señor para nosotros”. “Es posible que el camino que tengamos que recorrer para cumplirlo esté en primer lugar, dentro de nuestro propio corazón. Tal vez nos mande buscar dónde pusimos el respeto, la consideración, la solidaridad… el amor por los semejantes, por el prójimo”, detalla el Obispo. “Vayamos a buscarlos y pongámoslos otra vez en juego. En nuestra familia en primer lugar, pero también en la gran familia humana de la que formamos parte”, invita Mons. Bodeant.

 

«Un niño nos ha nacido, un hijo nos ha sido dado”

Palabras sencillas, que expresan un acontecimiento que transforma la vida de una familia. Un niño nos ha nacido. Una vida humana nueva ha entrado a este mundo. Ha terminado felizmente su gestación y ha sido dado a luz por su madre.

Llega y trastoca alegremente la vida de la casa. Sus ojos exploran ese universo que se abre ante ellos, poblados de cosas totalmente nuevas y de otros ojos que lo contemplan.
El niño recién nacido nos invita a hacernos niños con él, a crecer con él. A darnos una segunda oportunidad en la vida. Volver a empezar.

Un hijo nos ha sido dado. Ha llegado como un don. Es nuestro, pero lo hemos recibido. No podemos hacer de él cualquier cosa. Lo recibimos con gratitud y respeto, con inquietud y esperanza. ¿Qué llegará a ser de este niño? ¿Quiénes están preparados para su misión de padres, su misión de primeros educadores de sus hijos? Nadie está bien preparado… pero nadie lo hará mejor que ellos. Nadie puede amarlo más que ellos. El don trae una misión.

“Encontrarán a un recién nacido envuelto en pañales, acostado en un pesebre”

El niño que llega para María y José es perfectamente humano. No hay ninguna apariencia. Los pañales no son un adorno. Tienen su función a cumplir. El pesebre no es un detalle pintoresco: es el cajón de madera donde se coloca la comida de los animales. El niño que reposa en la improvisada y humilde cuna es el Hijo de Dios Padre. La Palabra eterna del Padre que se ha hecho carne. Se ha hecho uno de los nuestros. Un niño nos ha nacido, un hijo nos ha sido dado. No sólo para María y José: para toda la familia humana.

Ya sucedió, hace más de dos mil años. Pero recordarlo, celebrarlo, es volver a introducirnos en ese misterio de la Navidad. ¿Por qué, para qué, Dios se ha hecho hombre? ¿Por qué ha tomado ese camino de humildad para llegar a nosotros?

Se ha hecho hombre para, de ese modo, unirse a cada uno y cada una de nosotros. Para decirnos así lo importante que es para Dios cada persona humana, cada uno de sus hijos e hijas, sin distinción ninguna.

Como niño pequeño que se ha hecho, necesita del amor de sus padres. Como Dios que se ha hecho niño, nos está mostrando hasta dónde llega el amor de Dios. Y llegaría aún mucho más lejos. Ese nacimiento en la periferia está anunciando también la muerte en los márgenes de la ciudad.

“Les anuncio una buena noticia, una gran alegría para todo el pueblo”

La noticia es para todos, pero quienes la reciben primero son los humildes. Y los que están despiertos, hay que añadir. Los pastores que, por turnos, vigilaban sus rebaños durante la noche.

Nace humilde, se anuncia a los humildes, para desde allí llegar a todo el pueblo. Muchas veces Jesús repetirá su consejo: estén despiertos, manténgase en vela.

Jesús sigue llegando a nosotros en cada persona (amigable o aún odiosa) y en cada acontecimiento (grato o aún ingrato). Sólo estando despiertos es posible reconocer esa Presencia, a veces escondida a los sentidos y sólo visible a la mirada de la fe.

Sólo estando despiertos es posible reconocerlo y servirlo. En su meditación sobre el nacimiento de Jesús, San Ignacio de Loyola nos propone introducirnos en la escena, como “un pobrecito y esclavito indigno, mirándolos, contemplándolos y sirviéndoles en sus necesidades”. En criollo, como un gurí o una gurisa para los mandados, expectantes, atentos a la indicación, al pedido.

Acerquémonos, igual que los pastores, al misterio de Belén, y preguntémonos qué “mandado” tiene el Señor para nosotros. Es posible que el camino que tengamos que recorrer para cumplirlo esté en primer lugar, dentro de nuestro propio corazón. Tal vez nos mande buscar dónde pusimos el respeto, la consideración, la solidaridad… el amor por los semejantes, por el prójimo. Vayamos a buscarlos y pongámoslos otra vez en juego. En nuestra familia en primer lugar, pero también en la gran familia humana de la que formamos parte. Hagamos que sea para todos una Feliz Navidad.