Iglesia al día

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Noticeu María, mujer de Fe, acompaña a las Comunidades. Retiro de las Comunidades Eclesiales de Base de Cerro Largo

Con participantes de Río Branco, Fraile Muerto, Noblía y de la ciudad de Melo, se realizó un retiro de CEBs y Pequeñas Comunidades. El Obispo de Melo, Mons.Heriberto Bodeantexplicó de esta forma el lema:

En este día, víspera de la solemnidad de la Inmaculada Concepción de María y muy cerca de la fiesta de Nuestra Señora de Guadalupe, hemos sido invitados a un tiempo de retiro, para contemplar a María, mujer de Fe, que acompaña a las Comunidades.

María Mujer de fe 

Recogiendo la enseñanza del Concilio Vaticano II y del Papa Juan Pablo II, Francisco nos dice de María:

“Ella es la mujer de fe, que vive y camina en la fe (cf. LG 52-59), y

«su excepcional peregrinación de la fe representa un punto de referencia constante para la Iglesia» (RM 6).

Ella se dejó conducir por el Espíritu, en un itinerario de fe, hacia un destino de servicio y fecundidad.” (EG 287)

Lo primero que me viene a la mente al pensar en María como mujer de fe, son las palabras que le dirige Isabel al recibirla:

“¡Feliz la que ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor!” (Lc 1,45).

“Feliz la que ha creído” es una bienaventuranza. Es la misma palabra que usa Jesús cuando dice “Felices los pobres, los que tienen hambre, los que lloran…” Y aunque no es Jesús quien proclama aquí a María feliz o bienaventurada (no olvidemos  que, en este momento, Jesús está en el seno de María) Isabel dice esas palabras “llena del Espíritu Santo”.

Esta expresión “feliz la que ha creído” es como una certificación de la fe de María, si eso fuera necesario. Un reconocimiento de que la fe de ella es auténtica, y por eso es “feliz”.

Isabel también nos dice algo de lo que ha creído María: “ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor”. Eso se refiere al anuncio del ángel:

«El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el que ha de nacer será santo y será llamado Hijo de Dios. Mira, también Isabel, tu pariente, ha concebido un hijo en su vejez, y este es ya el sexto mes de aquella que llamaban estéril, porque ninguna cosa es imposible para Dios». (Lc 1,35-37)

María ha creído en todo el contenido del anuncio, y por eso está en la casa de Isabel. La fe tiene consecuencias prácticas. No sólo provoca movimientos en el interior de la persona, sino que la moviliza en todo sentido. Recientemente el Papa Francisco le agregó a María otro título:

“…es nuestra Señora de la prontitud, la que sale de su pueblo para auxiliar a los demás «sin demora» (Lc 1,39)” (EG 288).

Ahora, mirando todo esto, podríamos quedarnos en la fe de María como una experiencia personal, muy de ella. Dios le hace un anuncio que no tiene otros testigos, ni siquiera José, que va a conocer la voluntad de Dios por otros caminos. Ella es la que ha creído, pero la fe de María no es ajena a la fe su pueblo. La fe de María tiene una profunda dimensión comunitaria. Cuando Isabel le dice “feliz la que ha creído…”, María responde con su canto (Lc 1,46-55): “engrandece mi alma al Señor…”

Todos conocemos ese pasaje del Evangelio. Lo tenemos en muchos de nuestros cantos. Pero vamos a mirar cómo María expresa allí su fe.

María empieza hablando de su propia experiencia, aunque no dice “yo”. Ella habla de sí misma en tercera persona: “mi alma”, “mi espíritu”. “Engrandece mi alma al Señor y mi espíritu se alegra en Dios mi salvador”. Inmediatamente pasa a hablar de la acción de Dios hacia ella: “[Dios] ha puesto los ojos en la humildad de su esclava” y de lo que eso va a significar para ella de ahí en adelante: “desde ahora todas las generaciones me llamarán bienaventurada, porque ha hecho en mi favor maravillas el Poderoso”.

A continuación María describe como se manifiesta Dios, subrayando su misericordia, especialmente para los humildes y hambrientos:

“Santo es su nombre y su misericordia alcanza de generación en generación

a los que le temen.

Desplegó la fuerza de su brazo, dispersó a los que son soberbios en su propio corazón.

Derribó a los potentados de sus tronos y exaltó a los humildes.

A los hambrientos colmó de bienes y despidió a los ricos sin nada.”

El canto finaliza con la referencia directa a su pueblo y, nuevamente, a la misericordia de Dios:

“Acogió a Israel, su siervo, acordándose de la misericordia – como había anunciado a nuestros padres – en favor de Abraham y de su linaje por los siglos”.

La fe de María está enraizada en la fe de su pueblo. Todo eso comprende y desborda la fe que ha compartido en familia o con aquellos con los que pueda sentirse parte de una pequeña comunidad, los vecinos de Nazaret. Más todavía, la fe de María no está enraizada en el presente de su pueblo, sino en la experiencia de Dios acumulada de generación en generación, a partir de Abraham, padre de los creyentes y de su nieto Israel, cuyos doce hijos son cabeza de las doce tribus del pueblo de Israel.

Con esa fe, que hunde sus raíces en la fe de su pueblo y que, a la vez, la pone en un camino de servicio y fecundidad, María acompaña a las comunidades.

María acompaña las comunidades 

Volvemos a otro texto de Lucas, en este caso de los Hechos de los Apóstoles. Allí se nos cuenta de la primera comunidad cristiana y se dice que:

“Todos ellos perseveraban en la oración, con un mismo espíritu en compañía de algunas mujeres, de María, la madre de Jesús, y de sus hermanos.” (Hch 1,14)

Es una referencia muy sencilla. “María, la madre de Jesús”, participando de la vida de comunidad, en la oración, acompañando.

En cada Avemaría seguimos pidiendo que la Virgen nos acompañe con su oración, con su intercesión por nosotrs: “Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros pecadores…”

Es algo muy lindo, y podríamos quedarnos simplemente con esto, pero hay más, y eso nos lo trae el Evangelio de Juan.

“Jesús, viendo a su madre y junto a ella al discípulo a quien amaba, dice a su madre: «Mujer, ahí tienes a tu hijo». Luego dice al discípulo: «Ahí tienes a tu madre». Y desde aquella hora el discípulo la recibió en su casa.” (Jn 19,26-27)

En su exhortación Evangelii Gaudium, el Papa Francisco comenta este pasaje. Ya el título nos dice mucho: “El regalo de Jesús a su pueblo”. Dice Francisco:

“En la cruz, cuando Cristo sufría en su carne el dramático encuentro entre el pecado del mundo y la misericordia divina, pudo ver a sus pies la consoladora presencia de la Madre y del amigo. En ese crucial instante, antes de dar por consumada la obra que el Padre le había encargado, Jesús le dijo a María: «Mujer, ahí tienes a tu hijo». Luego le dijo al amigo amado: «Ahí tienes a tu madre» (Jn 19,26-27).

Estas palabras de Jesús al borde de la muerte no expresan primeramente una preocupación piadosa hacia su madre, sino que son más bien una fórmula de revelación que manifiesta el misterio de una especial misión salvífica. Jesús nos dejaba a su madre como madre nuestra. Sólo después de hacer esto Jesús pudo sentir que «todo está cumplido» (Jn 19,28).

Al pie de la cruz, en la hora suprema de la nueva creación, Cristo nos lleva a María. Él nos lleva a ella, porque no quiere que caminemos sin una madre, y el pueblo lee en esa imagen materna todos los misterios del Evangelio. Al Señor no le agrada que falte a su Iglesia el icono femenino. Ella, que lo engendró con tanta fe, también acompaña «al resto de sus hijos, los que guardan los mandamientos de Dios y mantienen el testimonio de Jesús» (Ap 12,17).” (EG 285)

Francisco sigue hablándonos de lo que significa esa presencia y compañía de María como madre:

“María es la que sabe transformar una cueva de animales en la casa de Jesús, con unos pobres pañales y una montaña de ternura.

Ella es la esclavita del Padre que se estremece en la alabanza.

Ella es la amiga siempre atenta para que no falte el vino en nuestras vidas.

Ella es la del corazón abierto por la espada, que comprende todas las penas.

Como madre de todos, es signo de esperanza para los pueblos que sufren dolores de parto hasta que brote la justicia.

Ella es la misionera que se acerca a nosotros para acompañarnos por la vida, abriendo los corazones a la fe con su cariño materno.

Como una verdadera madre, ella camina con nosotros, lucha con nosotros, y derrama incesantemente la cercanía del amor de Dios.” (EG 286)

Así, María no es sólo la madre que espera y recibe al que se acerca, sino que también es la madre que sale al encuentro del que se aleja. Así sucede en el relato del acontecimiento de Guadalupe. Allí tenemos a Juan Diego complicado con la salud de su tío Juan Bernardino, que se siente morir y le ha pedido que le consiga un sacerdote. Cuando Juan Diego va a pasar por el cerro del Tepeyac, donde fueron las apariciones, decide candorosamente ir por el otro lado, para no encontrarse con la Virgen.

Entonces ella le sale al encuentro, le pregunta a dónde va, le escucha sus razones y le dice:

“Escucha, ponlo en tu corazón, hijo mío el menor, que no es nada lo que te espantó, lo que te afligió, que no se perturbe tu rostro, tu corazón; no temas esta enfermedad ni ninguna otra enfermedad, ni cosa punzante, aflictiva.

¿No estoy aquí, yo, que soy tu Madre? ¿No estás bajo mi sombra y resguardo? ¿No soy, yo la fuente de tu alegría? ¿No estás en el hueco de mi manto, en el cruce de mis brazos? ¿Tienes necesidad de alguna otra cosa?

Que ninguna otra cosa te aflija, te perturbe; que note apriete con pena la enfermedad de tu tío, porque de ella no morirá por ahora. Ten por cierto que ya está bueno.”

La madre que recibe, la madre que sale al encuentro, la madre que guía a la comunidad misionera, a la comunidad que emprende la peregrinación evangelizadora.

“Nosotros hoy fijamos en ella la mirada, para que nos ayude a anunciar a todos el mensaje de salvación, y para que los nuevos discípulos se conviertan en agentes evangelizadores.” (EG 287)

En las nuevas Orientaciones Pastorales de la CEU, uno de los criterios para la acción pastoral y evangelizadora nos pide:

“Hacer resplandecer la Maternidad de la Iglesia, con la vivencia y testimonio de la misericordia, buscando la forma de atender a los heridos del camino, promoviendo la pastoral de la escucha, repensando los lenguajes para el diálogo.

Y termina diciendo:

“La Virgen María es ejemplo del afecto materno, con el que es necesario estén animados todos los que participan en la misión de la Iglesia (cfr. LG 65).”

Con Francisco, la invocamos y le pedimos:

Virgen y Madre María, tú que, movida por el Espíritu,

acogiste al Verbo de la vida en la profundidad de tu humilde fe,

totalmente entregada al Eterno,

ayúdanos a decir nuestro «sí» ante la urgencia, más imperiosa que nunca,

de hacer resonar la Buena Noticia de Jesús.

Tú, llena de la presencia de Cristo,

llevaste la alegría a Juan el Bautista,

haciéndolo exultar en el seno de su madre.

Tú, estremecida de gozo, cantaste las maravillas del Señor.

Tú, que estuviste plantada ante la cruz con una fe inquebrantable

y recibiste el alegre consuelo de la resurrección,

recogiste a los discípulos en la espera del Espíritu

para que naciera la Iglesia evangelizadora.
Consíguenos ahora un nuevo ardor de resucitados

para llevar a todos el Evangelio de la vida que vence a la muerte.

Danos la santa audacia de buscar nuevos caminos para que llegue a todos

el don de la belleza que no se apaga.
Tú, Virgen de la escucha y la contemplación,

madre del amor, esposa de las bodas eternas,

intercede por la Iglesia, de la cual eres el icono purísimo,

para que ella nunca se encierre ni se detenga

en su pasión por instaurar el Reino.

 

Estrella de la nueva evangelización,

ayúdanos a resplandecer en el testimonio de la comunión,

del servicio, de la fe ardiente y generosa,

de la justicia y el amor a los pobres,

para que la alegría del Evangelio

llegue hasta los confines de la tierra

y ninguna periferia se prive de su luz.

 

Madre del Evangelio viviente,

manantial de alegría para los pequeños,

ruega por nosotros.

Amén. Aleluya.

Tomado de http://dar-y-comunicar.blogspot.com/