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La Iglesia en los medios Los jóvenes vencen el miedo de alojarse en favelas

EL OBSERVADOR |

Entre los peregrinos que acudirán a ver al papa a la JMJ, hay quienes optaron por pasar la semana en las favelas

Cientos de jóvenes que vinieron a ver al papa se hospedan en favelas de Río, donde para su sorpresa, sus pobladores no portan armas de fuego y los tratan “mejor que en casa”.

Varios de ellos llegaron hace unos días a la parroquia Nossa Senhora de Guadalupe, en el barrio de Inhaúma, desconociendo que se halla en el Complexo de Alemao, un grupo de 11 favelas exbastión del narcotráfico.

Son peregrinos que vinieron de todas partes de Brasil para asistir a la Jornada Mundial de la Juventud (JMJ) que presidirá el papa Francisco del 23 al 28 de julio en Río y recibieron hospedaje en distintas casas de familia del Complexo, que acogerá en total a unos 700 jóvenes.

Cientos más están alojados en otras barriadas pobres, incluidas varias del Complexo de Manguinhos, donde se encuentra la favela de Varginha que el papa visitará el jueves 25.

Miedo a la favela

“Aquí no me quedo”, exclamó Carol Schneider (21), de Gramado, cuando durante la misa de recibimiento, el padre Julio se refirió al lugar donde se encontraban.

Es que este sitio es comúnmente asociado a palabras como tiroteo, narcotráfico y asesinato, por las impactantes imágenes de enfrentamientos entre policías y narcotraficantes que hasta hace unos años dominaban los noticieros.

“Teníamos otra visión del Complexo” do Alemao, dice Eduardo Gonçalves (36), que vino de Florianópolis y también se hospeda en una en casa de lugareños.

Durante décadas el Complexo do Alemao estuvo dominado por los narcos, la policía no entraba y los pobladores tenían prohibido hablar de lo que sucedía, según cuentan a la AFP algunos vecinos, aunque todavía evitan hablar demasiado por miedo a las represalias.

“Lo que sabíamos sobre este lugar antes de venir no coincide con lo que estamos viviendo”, agrega Flavia Pinheiro (27), de Paraná.

En 2010, el Complexo fue ocupado por la policía y el Ejército, apoyados por blindados y helicópteros, tras una semana de violencia urbana que dejó 37 muertos. Actualmente la barriada es vigilada por policías de las nuevas comisarías instaladas en la zona, conocidas como “Unidades de Policía Pacificadora”.

Las autoridades de Río de Janeiro iniciaron en 2008 una carrera contrarreloj para ahuyentar de las favelas a las milicias parapoliciales y a los narcotraficantes, de cara a la JMJ, la Copa del Mundo en 2014 y los Juegos Olímpicos en 2016.

Dormir entre plantas y canarios

“Pero la gente fue muy acogedora, parece como si fuéramos sus hijas”, explica Schneider al describir la familia que la hospeda, en una casa llena de plantas, canarios verdes que cantan e imágenes religiosas.

Ella y Pinheiro duermen junto a otras nueve jóvenes en una barbacoa sin paredes sobre el techo de la casa de una familia del Complexo.

Allí, Almarinda Bolzan, ama de casa, esposa y madre de cuatro hijos, les preparó un espacio para descansar. “Mi marido les fabricó un mueble para la ropa”, cuenta con orgullo al mostrar la estantería de madera.

El lugar está dividido en dos por un toldo gris. De un lado los colchones inflables y un par de camas, y del otro una mesa con café, pan y frutas.

“No pagan nada, aquí tienen cama y desayuno”, dice Bolzan. Y en broma asegura que las jóvenes admiten querer quedarse a vivir ahí.

“Mejor que en casa”

“Mejor que en casa”, dice entre risas Rittha Igniz (33), de Paraná, al mostrar las manzanas y bananas que les han dejado sobre la mesa.

Las jóvenes coinciden en que no tiene miedo a que alguien se les meta en el cuarto, a través de los techos de distintos niveles que las rodean, y que en la tarde son ocupados por niños que aprovechan estar en la altura de los cerros para remontar sus cometas.

“Ya me siento en casa”, dice Schneider al admitir que, al igual que las demás peregrinas, ahora se pasea tranquila entre los niños, perros y gatos, que pese a la lluvia y la noche juegan descalzos en las empinadas calles de esta barriada.

“Cristo nos invita, vengan mis amigos, Cristo nos envía, sean misioneros”, entonan entre aplausos las peregrinas, antes de irse a acostar, sin temor a que algún vecino les pida callar el himno de la JMJ, en un país donde la mayoría de los habitantes es católica (64,6%, según el censo de 2010).