Iglesia al día

" El amor al otro por ser quien es, nos mueve a buscar lo mejor para su vida. Sólo en el cultivo de esta forma de relacionarnos haremos posibles la amistad social que no excluye a nadie y la fraternidad abierta a todos. #FratelliTutti "
@Pontifex

La Iglesia en los medios Los enemigos del Papa Francisco

EL PAÍS |

En materia de instituciones y Estados, hay edificios que, por imponentes que sean, no pueden abrir ventanas sin que incontrolables vendavales los desmoronen como castillos de naipes.

Fue el caso de la URSS, imperio que se derrumbó súbitamente por la apertura que produjeron la Glasnost y la Perestroika. Y el ala conservadora del clero teme que lo mismo le ocurra a la Iglesia si el Papa concreta las aperturas que está impulsando.

Por eso acaba de demostrar en el sínodo sobre la familia, que está dispuesta a resistir contra los vientos reformistas de Francisco. Vocero del ala conservadora, el cardenal Raymond Burk resaltó la decisión de “cambiar radicalmente” el texto sugerido por el pontífice. “Los padres sinodales consideran inaceptables las afirmaciones” sobre divorcio y relaciones homosexuales.

Para la Iglesia de las condenas y los anatemas, la homosexualidad es una desviación enferma y el divorcio una inaceptable ruptura de lo que “Dios ha unido hasta que la muerte separe”.

Leyendo en profundidad a Henri de Lubac, exponente de la “Nouvelle Theologie Francaise”, y a Michel de Certeau, autor de “La invención de lo cotidiano”, Bergoglio optó por una Iglesia de apertura, comprensión y compasión que, inexorablemente, marchará a contramano de la Iglesia que juzga y condena. El primer choque quedó expuesto en el sínodo sobre Familia.

Es el choque entre la Iglesia conciliar de Juan XXIII y Pablo VI, con la estructura rigurosamente jerárquica que, como instrumento de poder, comenzó a erigirse tras el Edicto de Milán del año 313 poniendo fin a la Iglesia horizontal y asamblearia que salía de las catacumbas.

En la pulseada expuesta en el sínodo, la Iglesia-poder que anatemiza y sentencia, mostró que aún no considera el amor como fundamento del vínculo. Milenios bendiciendo matrimonios pactados, generaron la tradición que excluye al amor al considerar el divorcio.

No importa que una pareja ya no se ame, importa que permanezca unida. De tal modo, el sacramento matrimonial se convierte en una condena. Tampoco importa que dos personas se amen; si están divorciados no pueden volver a casarse. Y excluyendo al amor, juzga la homosexualidad como desviación. La juzga desde lo sexual, sin plantearse lo esencial: el amor también se da entre personas del mismo género.

La realidad muestra que puede haber amor entre seres del mismo sexo y que puede no haberlo en matrimonios heterosexuales. Pero eso no importa a la Iglesia de los anatemas. Por eso enfrenta al Papa que, sobre gais y divorciados, se pregunta: “¿Quién soy yo para juzgarlos?”.