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Papa Francisco

La Iglesia en los medios «Los armenios tienen claras sus raíces y qué fue lo que pasó» (Se cita a Hagop Kelendjian, arzobispo de la Iglesia Armenia)

ECOS.LA/UY |

Este lunes se recuerda el genocidio armenio. Cuatro figuras de la colectividad le cuentan a ECOS su sentir en un día triste e inolvidable.

Por Lucía Cuberos y Leonel García

Este lunes 24 de abril se cumplen 102 años del Genocidio Armenio. Entre las balas y dagas del ejército del Imperio Otomano y el sol inclemente del desierto Deir el Zor, escenario de una huida desesperada, se calcula que un millón y medio de personas murieron entre 1915 y 1923. Comenzaría una historia de resistencia, resiliencia y renacimientos en distintos puntos del mundo donde debió asentarse la diáspora.

Fueron nuevos comienzos y el inicio de una lucha que continúa hasta hoy: que Turquía, heredera del Imperio Otomano, reconozca el genocidio armenio, tal como ya lo hicieron Uruguay –antes que nadie- y una treintena de países en todo el mundo.

ECOS consultó a varios integrantes destacados de la colectividad armenia en Uruguay para que relaten qué representa este día para ellos, que a la vez marcó su pasado, presente y futuro.

¿Qué significa este día para ustedes?

Liliam Kechichian, ministra de Turismo: “Es, antes que nada, tener muy presente a mis abuelos y a mis padres. Mi padre vino muy chiquito al país. Mi abuelo que dejó su familia en el Cerro y se puso a vender palillos el mismo día en que llegó. Eran de Yozgat, una localidad que hoy se la robó Turquía, a través del Líbano, en 1918”.

Hagop Kelendjian, arzobispo de la Iglesia Armenia: “Es una página negra en la historia armenia. Un genocidio significa borrar de la faz de la tierra a un pueblo entero. Los sobrevivientes por su parte se refugiaron en diferentes partes del mundo. Los armenios tienen claras cuáles son sus raíces y qué fue lo que pasó. Por eso, reclaman justicia el 24 de abril, la fecha en la que inicio el genocidio”.

Berch Rupenian, empresario de las comunicaciones: “Es un día de reflexión. De dolor por lo que significó el primero genocidio del siglo XX, pero de reflexión. El mundo no puede tener actos de esta calamidad sin que sean reconocidos. No se puede vivir en un mundo con miedo”.

Garo Arakelian, músico: “Es un día de conmemoración y de recuerdo, de reinterpretación constante de la realidad política en la que vivimos, que es la misma que hace 102 años. Una realidad política manejada por los mismos intereses, con las mismas potencias inalteradas, con las mismas falsas banderas, con la misma situación de rehenes de pueblos, e intereses que no les corresponden y que están convencidos que sí les corresponden. Lo que se ha puesto debajo de la alfombra es siempre lo mismo. El concepto de ‘verdad y justicia’, que pasó a ser un slogan totalmente boicoteado por la izquierda de mi país, sigue siendo una búsqueda urgente de tener un terreno base donde construir algo mejor”.

¿Cómo fue la integración de su familia a Uruguay?

Kechichian: “Mis abuelos siempre contaban que estaban muy conmovido con un Uruguay que les había dado trabajo y escuela pública y gratuita para sus hijos. Mi abuelo y mi padre terminaron siendo muy uruguayos, muy carnavaleros, muy futboleros. Pero mis abuelos vistieron de negro hasta el último día de sus vidas, por todos los muertos que quedaron allá. Quedaron muy marcados”.

Kelendjian: “Mis padres y yo fuimos refugiados en un país árabe, en Siria, la cual nos dio refugio a muchos armenios. Países como el Líbano e Irak, fueron países hospitalarios. El pueblo árabe en general, nos recibió con los brazos abiertos. Yo crecí escuchando el llanto de mi abuela, que en esos años perdió tres hijos. Ella siempre se golpeaba el pecho llorando mientras los nombraba. Este tipo de cosas afectó mucho a nuestra generación. Y acá, cuatro generaciones de armenios han vivido en este país hospitalario”.

Rupenian: “Mi padre llegó en 1925 con 15 años y se encontró con una colectividad que estaba creciendo y manteniendo sus tradiciones e idioma con muchas dificultades. Se encontró con otro país, otra cultura y otro idioma. Fue muy difícil. Pero mi padre terminó siendo un líder de la colectividad. En 1935, para un poco unir a la comunidad creó la Audición Armenia en la radio, que tuvo 72 años de vida, hasta 2007”.

Arakelian: “Soy descendiente de armenios por parte paterna. Como todos, salieron de lo que es la pequeña Armenia que está en territorio turco hoy en día y pasaron de ahí a Alepo en Siria y de ahí al Líbano, todas las zonas que hoy en día son conflictivas y que son motivo de la manipulación que vemos. Es de ahí de donde vienen mis abuelos. Gracias a los sirios yo existo. Del Líbano se fueron a Francia y de ahí al Rio de la Plata, que fue el itinerario de la mayor parte de los inmigrantes en ese momento”.

¿Duele aún el no reconocimiento turco?

Kechichian: “De Turquía y de muchos otros países. Duele e indigna, claro que sí, porque la verdad está más que clara. Duele Turquía y también duele que Israel, que también tiene una historia de Holocausto y sufrimiento, no lo haya reconocido. Por suerte, más de un país se va sumando cada año a reconocerlo”.

Kelendjian: “Nos duele mucho. Es una causa pendiente con los turcos, con Turquía. Ellos dicen que hubo matanzas, pero no de la magnitud de un genocidio. Nos duele no solo el exterminio del pueblo armenio, sino la usurpación del territorio patrio. La parte oriental de Turquía es la ex Armenia Occidental”.

Rupenian: “Lo que uno no puede entender es… pongo el ejemplo del holocausto judío: Alemania la tuvo, la provocó y asumió la responsabilidad. Y todavía está pagando el daño que le hizo al pueblo judío. A nosotros nos robaron las tierras, nos mataron a un millón y medio, nos dejaron familias desunidas en algo concebido, organizado y ejecutado por los turcos. Y no pasa nada. Eso es absolutamente inadmisible”.

Arakelian: “Lo que duele es que tu madre no te quiera dar de comer. No es dolor con respecto a Turquía, yo no tengo ningún tipo de dolor, creo que ningún armenio sensato le duele eso. La voluntad de Turquía si hay algo que no genera es dolor, lo que genera es una impotencia tremenda, es ver cómo los intereses mezquinos, capitalistas, siempre los mismos, han sido inalterables todos estos años. No es dolor la palabra. El dolor tiene una cuota de rendición, y eso no, para nada”.