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Noticeu Tras el mundial: “Campeones también de fútbol”

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Columna del Pbro. Guillermo Buzzo, de la Diócesis de Salto, publicada en el Quincenario “Entre Todos”

Alemania es el campeón del mundo. En el fútbol, pero seguramente no sólo en el fútbol. Y los que no lo somos seguramente tenemos mucho para aprender de ellos; de nuevo, en lo que se refiere al fútbol, pero seguramente también en muchos otros aspectos.
Confieso mi sorpresa al llegar a Bonn como estudiante extranjero, y ser tan bien recibido. ¿No eran éstos los más fríos europeos? Cierto que no se caracterizan por la arrolladora exuberancia afectiva de algunos italianos, ni viven de las emociones, como nos pasa a muchos de los latinos. Pero los que hemos conocido en estos días son generosos, discretos, solidarios y sencillos.

¿Dónde podremos mirar el mundial? –nos preguntábamos, ignorando que en cada esquina, bar, o Biergarten abundaban las pantallas dispuestas, las caras pintadas, banderas y vestimenta oficial del que luego fue el campeón del mundo.

Ya cerca de la hora de comienzo, vimos cómo una enorme cantidad de jóvenes se movía por la ciudad hasta los lugares de encuentro. Cientos, quizá miles de jóvenes en bicicleta (en esta ciudad de 350.000 habitantes se estima que hay más de 500.000 bicicletas, y casi ninguna moto…) revestidos con los colores de su bandera, protagonizaron cada día una fiesta.

Los pocos latinoamericanos que estábamos allí entreverados en el mar de alemanes, quedábamos muy pronto en evidencia, no sólo por ser eventualmente hinchas del cuadro opuesto (no es fácil gritar un gol de Argelia), sino porque la carga emotiva que implica un partido de éstos para nosotros es muy distinta.

Un claro ejemplo lo teníamos en el contenido de los 15 minutos del entretiempo. Allí no se siegue hablando del partido que todos estamos viendo, ni de cómo debe continuar, como nos tienen acostumbrados en casa. No. En el entretiempo aparecía con toda seriedad el periodista que dirige el noticiero de todos los días, hablando de la situación política en Medio Oriente, las novedades financieras, y en un breve apéndice sin mayor trascendencia, agrega antes de finalizar: “…cambiando de tema, en el marco del campeonato mundial de fútbol, el equipo alemán vence parcialmente a Brasil por 5 goles a 0”. Y con la misma seriedad se despide.

Espontáneamente intenté explicar que los periodistas de Uruguay casi no podían cumplir su tarea cuando salimos cuartos en Sudáfrica 2010, a causa de la emoción y hasta de las lágrimas que les brotaban al realizar la transmisión.

Cada victoria alemana terminaba en estos lugares con un aplauso, y a lo sumo algún abrazo. Nada más. Pocas bocinas, poco ruido. Yo, uruguayo, nacido y criado allí donde el fútbol es casi religión oficial, leía estas discretas manifestaciones como prudencia. Me decía: “no están seguros de ganar y entonces no festejan demasiado los resultados parciales. Seguro se reservan para la final”.

Pero me equivoqué. El domingo 13, cuando después de dos horas de juego Alemania se coronó campeón mundial, la realidad no fue muy distinta. Quizás las bocinas se extendieron un par de horas más. Pero aunque Bonn es una ciudad universitaria, y por lo tanto llena de jóvenes, no vimos al otro día señales de ningún desborde, exceso o euforia desmedida.

¿Puede acaso un uruguayo imaginar que después de salir campeón del mundo (en verdad necesariamente debemos imaginarlo los nacidos después de 1950), concretamente al día siguiente, no se mencione casi el tema? Hablando con los nacidos en estas tierras, a un extranjero como yo, le quedaba la sensación de que ya era un tema cerrado. Y quizás sea así.

¿Es que no lo disfrutan? Creo que sí, que lo disfrutan y mucho. Pero es justamente eso: algo para disfrutar, para divertirse; una excusa perfecta para juntarse con los amigos, emocionarse y brindar (en esto también son campeones). Pero el sentido de sus vidas no está sujeto al resultado. Ganar no parece significar más que eso: ganamos un campeonato de fútbol. Perder no quiere decir: nuestra vida se ha arruinado para siempre.

Por eso, conforme pasaban los partidos fue creciendo mi admiración y me di cuenta que justamente porque no han asociado el fútbol con algo casi religioso, es que pueden disfrutarlo más que yo, que he sufrido con la celeste y, como no puedo ni quiero nacer de nuevo, seguiré sufriendo, aunque un día seamos campeones. Y lo seremos. Ojalá no sólo en el fútbol.