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La Iglesia en los medios Liceo privado y gratuito en el Cerro

 EL PAÍS |

Asisten 190 niños y adolescentes; 89% vive bajo la línea de pobreza

Siguiendo los pasos de otros liceos privados y gratuitos, como el Impulso y el Jubilar, el Centro Educativo Providencia se presta a llevar adelante una experiencia similar en el Cerro. Las aulas están en construcción y abrirá sus puertas en marzo de 2014.

Carlos Tapia

El liceo Providencia no se va a construir en cualquier parte. Sus cimientos ya fueron colocados en un sitio donde reina la mística. No se trata de un viejo cementerio indio. No es para tanto, pero sí es un lugar que para los jóvenes que asisten al Centro Educativo tiene mucha historia. Sobre el pasto del viejo potrero hoy están las bases de los salones de un liceo inspirado en el Jubilar, el Impulso y algunas instituciones públicas, que abrirá sus puertas en marzo del año próximo. Otra experiencia de institución privada y gratuita, que se financiará con donaciones, hermana de otras que tanto revuelo han generado en las últimas semanas por las críticas llevadas a cabo desde los sindicatos de la educación.

“Nos quedamos sin la canchita de fútbol, pero bueno… Al principio estábamos un poco enojados. Pasó cada cosa ahí…”, recuerda con un dejo de nostalgia que no coincide con su edad Toto (se llama Jhonatan, pero de antemano aclara que por su apodo es como todos lo conocen). Tiene apenas 15 años, está en tercero de liceo, pero es uno de los más viejos en el Centro Educativo Providencia. Hace 10 años que asiste. Desde primero de escuela. “El Centro es como nuestra casa. Nos sentimos a gusto. Nos dan mucho apoyo y nos ayudan a estudiar”, cuenta a El País.

Es que “el Providencia”, como ellos lo llaman, ya existe más allá del proyecto del liceo. Surgió hace 18 años, unas cuadras más alejado de la zona en que ahora está ubicado, en la cima del cerro de Montevideo. Nació como un comedor infantil y fue una iniciativa de un grupo de voluntarias. Lo fundaron para subsanar las carencias de varias familias del barrio que vivían bajo la franja de pobreza.

“Providencia nace como una respuesta a las familias de los chiquilines que viven en condiciones difíciles. Primero fue un merendero. Todo empezó con un contenedor que sigue estando ahí adelante (en la fachada de una de las dos casas que administran) y que ahora se usa para los chiquilines de quinto y sexto de liceo. Después todo se empezó a profesionalizar y se pudo contratar a varios técnicos y maestros”, explica a El País la encargada de desarrollo institucional del Centro, Laura Voituret.

Hoy Providencia se divide en dos. Por un lado está el Club de Niños, que funciona con el apoyo del Instituto del Niño y del Adolescente del Uruguay (INAU). Allí asisten, de lunes a viernes, unos 110 chicos en edad escolar. “Ellos van a la escuela y allí almuerzan, después vienen aquí, donde tienen un espacio de apoyo pedagógico. Lo que hacemos es potenciar las cualidades cognitivas básicas, es decir fortalecer los conocimientos que el chiquilín adquiere en la escuela”, señala Laura.

En el Club hay desde una maestra que trabaja con los chicos cuyos conocimientos son avanzados con respecto a su edad, hasta un equipo especial (con psicopedagoga, fonoaudióloga y psicóloga) para aquellos que tienen mayor dificultades para el aprendizaje.

En el Club, al que asisten desde las 13 a las 18 horas, los niños meriendan y luego, antes de partir, tienen una merienda cena. “Nos aseguramos de que se vayan con un plato caliente en el estómago, por si no comen en sus casas”, señala la encargada del Centro. Esto es importante si se tiene en cuenta que el 89% de las familias de los chicos que asisten a Providencia viven en condiciones muy precarias. “En muchas casas entra menos de 10.000 pesos cada mes”, aclara Laura.

Enfrente.

Por otro lado, Providencia cuenta con lo que se denomina el Centro Juvenil (este está en la acera de enfrente al Club de Niños). Allí los 80 adolescentes que asisten (que pueden ir siempre y cuando cursen el liceo o la UTU), cuentan, además de con apoyo pedagógico, con distintos talleres y cursos de informática y de inglés (gracias a un convenio con la Alianza).

Providencia, que está abierto siempre (“ni siquiera en verano cerramos”, advierte Laura) y tiene una lista de espera de unos 80 chicos, también cuenta con clases de catequesis, pero la coordinadora aclara que asistir a ellas no es un requisito y que incluso estas se llevan a cabo fuera de las actividades curriculares y con el consentimiento de los padres.

El Centro en este tiempo ya se ha puesto a prueba varias veces, a través de rendiciones de fondos y evaluaciones llevadas a cabo tanto por el INAU, como por el Instituto Nacional de Alimentación (INDA) y el Fondo Monetario Internacional (FMI), entre otros, los que han colaborado con su trabajo.

También embajadas e instituciones privadas han corroborado el buen trabajo que se realiza con el dinero que brindan. En esta lista se encuentran, entre otros tantos, la Embajada de Estados Unidos, la de Canadá, la de Japón, la Fundación Reaching U, la Fundación Partners Of América, la Fundación CAD América, Citi Group y Socat (el Servicio de Orientación, Consulta y Articulación Territorial, que depende del Ministerio de Desarrollo Social).

Protagonistas.

En el Club de Niños el barullo es grande. Es que están en plenas vacaciones. Los niños corretean, gritan, ríen. Otros están más serios, concentrados. Son artistas. Algunos dibujan, hacen collages y, otros, optan por las manualidades. El clima es de fiesta. “Estos días también nos sirven para conocer más a los chicos. Además, aprovechamos para hacer otros tipos de actividades, como paseos. El otro día fuimos al Parque Rodó, fue muy lindo, muchos ni siquiera lo conocían”, cuenta Laura.

En el Centro Juvenil, en tanto, ya sin el potrero, algunos ni descansan -están en plena clase de computación-, otros juegan al ping-pong después de un largo rato de trabajo, pues hay quienes pasan largas horas con los tutores en la preparación de exámenes del liceo de materias que les quedaron por salvar. En una cartelera se anuncia un taller de prevención de las adicciones. Algunos chicos, ya adictos y que asisten al Providencia, son tratados allí mismo. Quienes se recuperan ayudan a salir a los que todavía no lo han logrado.

Dentro del Centro se pueden descubrir las primeras pistas de lo que será el futuro liceo. Por ejemplo los bancos, que fueron brindados por la Embajada de Canadá, luego que Providencia participara en un fondo concursable para obtenerlos. Lo mismo sucede con las computadoras. La biblioteca, ya existe desde hace tiempo y el comedor también.

El liceo, para cuya creación se le ha pedido ayuda, entre otros, al padre Gonzalo Aemilius, será doble horario y solo para el ciclo básico. Aunque en un principio empezará a funcionar solo con dos primeros.

“La idea es que los chicos sean protagonistas de este proceso. Son los mejores a la hora de decidir cómo quieren que sea el liceo. Hay muchos que vienen desde hace años, conocen como nadie la institución. Queremos que tengan también su papel allí, por ejemplo transmitiendo las cosas que fueron adquiriendo en este tiempo”, señala Laura desde la biblioteca del Centro Juvenil, a metros de la construcción que está en pleno proceso.

Allí, en la biblioteca, también están Andrés y Nicolás, el primero de 15 y el segundo de 16 años. Ellos trabajan seriamente en la creación de su primer gran emprendimiento: una empresa que va a fabricar productos con objetos reciclados. “Estamos haciendo el reglamento interno”, sostiene Nicolás con cara seria.

El proyecto lo van a presentar en un concurso. Ambos ya están en cuarto de liceo, por eso es que no van a poder asistir ya al centro educativo que se está edificando, sin embargo están muy contentos. “Esto va a ser algo muy bueno para todo el barrio”, advierte Andrés, al tiempo que su amigo, más tímido, asiente con la cabeza.

A unos pasos de allí, en la sala de informática, Toto ya se ríe de lo que al principio le molestó mucho. “Con el liceo Providencia van a cambiar muchas cosas en el Cerro -se arriesga a vaticinar. Acá en el barrio hay mucha gente que no va a estudiar por las pocas ganas que tienen de ir hasta el liceo, porque está muy lejos. Con un liceo en el barrio todo va a ser mucho mejor. Nosotros acá nos quedaremos sin jugar fútbol, pero la verdad es que vale la pena”.

ALGUNOS DATOS

Ubicación

El Liceo Providencia se ubicará en la periferia de la ciudad de Montevideo, en la zona de Cerro Oeste (Municipio A). Según datos extraídos del Censo 2011, en este municipio reside el 15,76% de la población de Montevideo (exactamente 207.933 personas), de las cuales el 31,6% se encuentra viviendo por debajo de la línea de pobreza (el mayor porcentaje de la capital). El Municipio A cuenta con el 41% de los asentamientos irregulares de Montevideo, convirtiéndose también en el municipio en el que mayor porcentaje de la población está viviendo en esta situación. Esto trae aparejado un montón de dificultades: entre otras problemáticas, se destacan la falta de acceso a servicios básicos y pobres condiciones habitacionales y sanitarias.

Objetivo

Providencia se compromete a pasar de 60 alumnos en su apertura el año próximo, a 180 para 2017. El Centro señala que la idea de abrir un Liceo nace ante ciertas realidades a las que se enfrenta la educación secundaria en el Uruguay. Entre otros datos con los que lo justifica se destaca que, mientras que para los estudiantes pertenecientes al quintil de más altos ingresos, la probabilidad de completar la educación secundaria es de 8 en 10, para los del quintil de menores ingresos, esta relación pasa de ser de 3 en 10 (según la Encuesta de Hogares Ampliada 2009, del INE). Por otro lado, el 40% de los adolescentes que asisten a centros de enseñanza públicos repite el año y el 48,1% no logra culminar la enseñanza básica (según cifras oficiales de la ANEP).

La cifra

89%

Es el porcentaje de las familias de los chicos que asisten al Centro Educativo Providencia que viven bajo la franja de pobreza.