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La Iglesia en los medios Libertad o rebaño: Columna de Claudio Paolillo [De interés]

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COLUMNA
Libertad o rebaño

La Constitución asegura un régimen de autonomía a los organismos estatales que dirigen la enseñanza en el Uruguay. La autonomía fue concebida para blindar a ese sector tan sensible para la sociedad de eventuales influencias políticas o ideológicas que los gobiernos pudieran sentirse tentados a aplicar, porque es donde se forman los futuros ciudadanos.

Pero, ¿qué pasa si, escudándose en la autonomía, los directivos de la enseñanza son, ellos mismos, los que rompen el blindaje y comienzan a influir política, filosófica o ideológicamente sobre los estudiantes de acuerdo con una agenda propia?

Juan Pedro Mir, director de Educación del Ministerio de Educación y Cultura, parece estar resuelto a no dejar pasar por alto situaciones de esa naturaleza. “Yo, como director nacional de Educación, no me voy a callar la boca respecto a esto. Todos los países serios toman los materiales educativos como una política de Estado para evitar que a los gurises se les lave la cabeza”, declaró enfáticamente el martes 11 en “El Observador”.

Mir formuló ese comentario en un artículo titulado “MEC interviene para evitar textos tendenciosos en libros de estudio” y, aunque no se refirió a él, lo hizo pocos días después de que Búsqueda difundiera fragmentos de un texto para liceales, de reciente edición, en el que se pone en duda el carácter “democrático” de los gobiernos posteriores a la última dictadura (1973-1985) y se afirma que aplicaron, igual que los militares, políticas “neoliberales”. (Búsqueda, Nº 1.827)

Todo esto tiene que ver con un tema central para la sociedad uruguaya: la vigencia de la laicidad.

Hay quienes creen que la laicidad en la enseñanza existe solamente para evitar que los dogmas religiosos sean inculcados a los alumnos en los centros de estudio. Pero esa es una visión que se queda muy corta. La laicidad existe para impedir que los niños y los adolescentes sean dogmatizados desde las aulas, tanto en materia religiosa, como en materia política, filosófica o ideológica, cualquiera sea el signo del dogma que se procure inocular.

La laicidad es, además, uno de los rasgos distintivos más apreciados de la historia y de la tradición uruguayas.

En mayo de 1972, el profesor Luis Villemur Triay, a la sazón presidente de la Alianza por la Educación Laica (APEL), escribió un enjundioso artículo sobre la laicidad en la educación secundaria.

Villemur Triay recordó que el laicismo es la doctrina “que procura independizar todos los servicios públicos, y en especial los educativos, de toda influencia dogmática”.

“El laicismo no quiere servicios públicos en los que se realice discriminación por la causa que fuere entre los distintos ciudadanos y, por lo tanto, la ‘laicización’ de esos servicios, al igualar los derechos de todos los ciudadanos, cualesquiera fueren sus ideas políticas, religiosas o filosóficas, es la base del estado democrático”, precisó.

En palabras de Néstor Píriz, citado por Villemur Triay, “si la laicidad desaparece o amenaza perderse, aparecen de inmediato los totalitarismos, los sectarismos y los dogmatismos (…). La laicidad es nuestro derecho a no ser esclavizados por dogmas, a ser respetados en la libre formación de la personalidad y en la libre expresión del pensamiento”.

Y aún más: “la laicidad es un método de educación y de enseñanza, y es también un método de relación humana, de inter-comprensión social y de comunicación de las ideas, fundamentado en la conducta a-dogmática y a-sectaria de cada hombre”, “es una actitud positiva y progresista” a la cual “no le preocupa la existencia de dogmas, pero no reconoce el derecho a dogmatizar”.

El escrito de Villemur Triay fue publicado en 1972, en plena convulsión política, en el apogeo de la violencia y en un país que se acercaba todos los días un poco más al despeñadero por el cual, al final, acabó deslizándose.

Por eso no sorprende que en aquellos tiempos, cuando las pasiones exacerbadas en todos los ámbitos ganaban con holgura la batalla al reino de la razón y de la inteligencia, la laicidad no haya vivido su mejor época en el Uruguay.

Lo que sí asombra, a 43 años de distancia, es la vigencia de la preocupación que quitaba el sueño al viejo profesor en los prolegómenos de la dictadura militar.

“Ni los alumnos, ni la mayoría de los padres, y lo que es más grave, ni algunos docentes respetan hoy día los principios fundamentales de la educación laica y de la laicidad en general. (…) En el clima de violencia o de su amenaza constante en el que se vive hoy día en todo el ámbito de la educación media, es imposible educar. (…) Es desde tiendas políticas, filosóficas o ideológicas que se dogmatiza”, advertía.

¿Cuándo fue escrito esto? ¿En 1972 o en 2015?

Desde luego, la violencia de hoy es muy diferente a la de 1972: no hay guerrilleros a balazos con policías y militares. Pero hay violencia cuando las maestras y los profesores son golpeados por padres y estudiantes. O cuando “educadores” del INAU forman patotas para descargar golpizas injustificables contra muchachos que son mantenidos bajo su custodia porque han violado la ley. Hay múltiples intentos por dogmatizar, y no precisamente desde la religión, sino desde la ideología o desde la política. Y la mayoría de los padres, de los docentes y de los alumnos ignoran el concepto de la laicidad, en su acepción más abarcadora: la tolerancia, el respeto por el otro, la lealtad, la apertura mental, el diálogo fecundo y el espíritu crítico.

Y no se trata, de modo alguno, de sustituir a un dogmatismo por otro ni de dirigir a los jóvenes hacia algún tipo de “pensamiento único”, aunque ese sea el que nos pueda gustar a nosotros. Se trata de actuar con la mayor honestidad de manera que los docentes —y, también, los padres— sientan el deber de que lo único que tienen que hacer es ofrecer a sus alumnos, con la mayor imparcialidad posible, todo el material informativo que exista sobre cualquier tema, para que luego, cuando llegue el momento, sean los jóvenes por sí mismos, por su propio razonamiento, quienes decidan y elijan.

Hoy, como hace 43 años, la disyuntiva sigue siendo la misma: “O educación ‘comprometida’, que ahoga la espontaneidad y la libertad del educando, frustrándolo y formando futuros hombres para una sociedad pensada y reglada por sus antecesores, en la que serán rebaño de lo resuelto por otros; o educación para la libertad que estimula la espontaneidad y la libertad del educando, formando futuros y auténticos hombres para una sociedad pensada y reglada por ellos, coincidente o no con la que pensaron y reglaron sus antecesores”.

En definitiva, no es más que puro sentido común. Tan común, que Platón lo explicó así hace 2.500 años: “Cuando los padres se habitúan a que sus hijos operen a su antojo, cuando los hijos no tienen en cuenta las opiniones de sus padres, cuando los maestros tiemblan ante sus alumnos y prefieren halagarlos, cuando finalmente los jóvenes menosprecian las leyes porque no reconocen la autoridad de nadie, estamos en el comienzo de la tiranía”.

No, no va a haber un golpe de Estado pasado mañana ni un régimen totalitario dentro de un mes. Pero, como dice el refrán, “de a uno come la gallina y se llena”. Si el Uruguay —no solo el gobierno; todo el Uruguay— no cuida esos valores fundamentales, un día la sociedad se despertará sorprendida. Y, para entonces, ya será tarde.