Iglesia al día

" Me alegra que el tema elegido por la familia ecuménica para la celebración del Tiempo de la Creación 2020 sea 'Jubileo de la Tierra', precisamente en el año en el que se cumple el cincuentenario del Día de la Tierra "
Papa Francisco

La Iglesia en los medios Laicidad y construcción republicana [carta al Director publicada en la edición anterior pero aparece como de las notas más leídas en el portal]

BUSQUEDA |

http://www.busqueda.com.uy/nota/laicidad-y-construccion-republicana/ls-1440-d063643c88da28ee45d5

En más de una ocasión hemos utilizado este espacio, que Búsquedabrinda generosamente a sus lectores y a la opinión pública en general, para resaltar los beneficios que la laicidad y el laicismo le han brindado durante casi un siglo a nuestro país. Hoy queremos señalar, con cierta desazón, que cuando creíamos que la sociedad había superado un debate sobre la laicidad propio del siglo XIX, apreciamos con preocupación que la doctrina del laicismo se encuentra aquí y en el mundo bajo el escrutinio de quienes ansían recuperar el terreno perdido frente a la libertad de conciencia, en una reacción conservadora y fundamentalista con un ataque persistente y sistemático.

Pero, observando la laicidad uruguaya con una perspectiva enfocada hacia lo que resta del siglo, la doctrina del laicismo que la sustenta, sin dejar de lado la dimensión religiosa ni subestimar la intervención de la Iglesia para combatirla y desprestigiarla, debe privilegiar a la dimensión política. Porque lo que la Iglesia no visualiza es que con sus ataques contra el laicismo y la laicidad no solo la debilita, pretendidamente a favor de sus intereses, sino que, involuntariamente, abre el camino a otros dogmatismos pero de corte ideológico o político que son mucho más dañinos hoy en día que lo que pueden serlo los de base solamente religiosa.

Esta “comunidad espiritual”, como la llamaba con cariño Wilson Ferreira Aldunate, en su descripción de nuestra nación, se constituyó sobre la base de tres pilares fundamentales: el republicanismo, el liberalismo y la laicidad. Por la conjunción de estos tres valores, no dudamos en afirmar que la nuestra es una República excepcional en el continente. Y en ese contexto nuestra laicidad abstencionista conjuga magistralmente la relación entre las cuestiones del Dios y del César en una forma que respeta y promueve el individualismo, pero que al mismo tiempo acepta la igualdad ciudadana, la libertad de los individuos y la tolerancia fraternal en la sociedad que los nuclea. Parafraseando a Aron, digamos que se inserta en esa “grandeza de Occidente”, de una forma que no lo hace ninguna otra nación latinoamericana, si se nos permite una cierta licencia chovinista para realizar esta afirmación, que creemos que no se aleja mucho de la realidad.

Y por esa dimensión política nuestra concepción de laicidad abstencionista debe ir más allá del abstencionismo proselitista en la enseñanza pública, o de las naturales divergencias que pueden venir reflejadas desde el mundo académico o desde la actividad partidaria. Porque se refiere fundamentalmente a la construcción republicana, tanto en la enseñanza pública, en cuanto a su papel formador de ciudadanía, como a la participación política, concebida en el libre ejercicio de la democracia representativa, que no se debe agotar en la mera participación electoral cada determinado número de años, sino que debe preservar mecanismos de interacción entre representantes y representados, protegidos estos en sus derechos públicos por la concepción laicista de la ciudadanía y de la República.

Hoy en día la laicidad abstencionista se encuentra golpeada y maltrecha, y no solo por la acción de quienes ponen en tela de juicio sus fundamentos doctrinarios, desde visiones tan ultramontanas de la realidad religiosa como las del siglo XIX, aunque con ropajes más modernos, sino también por la acción disruptiva de quienes desde el campo político y muchas veces con posturas materialistas y opuestas a lo religioso o espiritual, so pretexto de defenderla, la socavan con actitudes tan fanáticas y fundamentalistas como las de base religiosa.

Esa suerte de parálisis, o de pérdida de los reflejos que supo tener el Uruguay laico y republicano hasta por lo menos mediados del siglo XX, que lo mantuvo al margen de aquella corriente populista, que llevó a muchos países de América Latina al autoritarismo y la dictadura, explica en parte el descaecimiento de la educación y el deterioro de los valores y de la convivencia ciudadana. Si no recuperamos la educación pública, el país caerá inexorablemente en una suerte de bancarrota social.

Ese deterioro alarmante de la educación se refleja directamente en la convivencia y ello ha llevado, entre otros factores igualmente preocupantes, a que distintas áreas de la capital y de algunos departamentos aledaños se hayan convertido en las llamadas zonas rojas, adonde la Policía encuentra enormes dificultades para ejercer su función y a los ciudadanos honestos y trabajadores, que viven en ellas, les resulta cada vez más difícil sobrevivir. Ya que no se puede llamar de otro modo a la peripecia vital cotidiana en la que se encuentran inmersos esos ciudadanos, mientras buena parte de la sociedad mira distraídamente para otro lado.

Por lo tanto, quienes defendemos a la laicidad debemos actuar, todos juntos, aunque nos parezca que estamos más solos que lo que estuvieron los laicistas del siglo XIX, con la misma militancia que aquellos, denunciando los intentos de irrupción en el espacio público de las religiones, no solamente de la Iglesia católica sino también de un conjunto de nuevas corrientes que vienen a ocupar los espacios que fuera perdiendo la propia religión católica.

Pero, sin contentarnos solamente con lo anterior, debemos denunciar también a los sectores de la arena política o sindical que actúan con los mismos, o quizás más virulentos, reflejos fundamentalistas que los sectores religiosos. Defendiendo también la libre deliberación colectiva de los temas que hacen a la sociedad civil, con argumentos de respeto al otro y desprovistos de dogmatismos o fanatismos, aun los de origen aparentemente democrático, pero que conducen irremediablemente a los populismos. Y deslegitimando un relato histórico que pretende adoctrinar a los individuos de las nuevas generaciones en lugar de formarlos en los valores asociados a la libertad, la ciudadanía y la laicidad y promoviendo la construcción, en un plano de igualdad republicana, de opiniones libres y, por sobre todo, respetuosas de las conciencias ajenas.

Debemos reconstruir, más temprano que tarde, un colectivo social republicano que se enfrente a la mentira, a la hipocresía y al doble discurso, actuando con la energía y el coraje con que lo hizo el maragato por adopción Enrique Jacobsen cuando le dijo que no en 1861 a quienes pretendieron coaccionar su libertad de conciencia, en una forma perversa y extorsiva, y con esa acción consiguió, pos mortem, que el Estado secularizara los cementerios y a partir de allí comenzara el largo proceso de consolidación constitucional de la laicidad uruguaya, culminado hace casi un siglo en 1918.

Debemos ponernos a la altura de las circunstancias y ser conscientes de la responsabilidad que tenemos, como integrantes de una sociedad que supo ser ejemplo en América y que hoy corre el riesgo de convertirse en una caricatura de lo que supimos ser. No nos puede temblar el pulso para promover la enseñanza de valores fundamentales en el marco de una reforma educativa integral en la que se involucren todos los actores políticos y sociales del país, para tratar de salir airosos en el marco de lo que H.G. Wells describía como que “la civilización es una carrera entre la educación y la catástrofe”.

Gastón Pioli