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La Iglesia en los medios La revolución dentro de los hogares: ¿cómo cambiaron las familias uruguayas?

EL PAÍS |
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¿Qué tanto hemos cambiado como nación en los años que llevamos de vida democrática? Este informe es el primero de tres que intentarán acercarse a la respuesta.

Este es un trabajo de El País en conjunto con la Universidad de Montevideo (UM) y el Centro de Estudios para el Desarrollo (CED).

Han pasado 20 años del siglo XXI, Uruguay va a cumplir 35 años de vida democrática, y el país en el que los uruguayos nos paramos hoy ha registrado, como es evidente, profundos cambios en distintos planos. Uno de ellos es el de las familias. La base de la sociedad ha protagonizado una revolución desde 1985 y eso impacta en nuestras vidas.

Si ponemos la lupa en ese año de fin de dictadura, nos trasladamos a un Uruguay en el que la mayoría de la población estaba unida en matrimonio. El 54,6% de los uruguayos mayores de 15 años había pasado por el Registro Civil para sellar su relación de pareja. Ese año se celebraron 22.792 matrimonios. Las parejas en unión libre representaban el 4,4% del total, con lo cual se puede concluir que había 12,3 casados por cada pareja en convivencia por fuera del matrimonio.

El declive de la práctica matrimonial es notorio si nos ubicamos en 2018. El año pasado hubo 9.518 celebraciones, lo que significa una reducción drástica: los casamientos bajaron más de la mitad. Y esto vino de la mano de un aumento importante de las uniones libres, al punto que estas parejas se multiplicaron por cinco en los últimos 35 años.

Actualmente la relación entre matrimonios y uniones libres es sensiblemente menor: hay 1,4 casados por cada uruguayo viviendo en concubinato. Eso sí: si observamos con cuidado las cifras disponibles, vemos que la vida en pareja, de la forma que sea, sigue siendo la opción mayoritaria: en 1985 abarcaba al 59% de los uruguayos, y en 2018, al 54,7%.

En consecuencia, otros estados civiles se han mantenido relativamente estables. Los solteros eran en 1985 el 28% de la población mayor de 15 años, y hoy apenas han disminuido, siendo poco más de un cuarto de la población. Los viudos, fruto del aumento de la expectativa de vida —de lo que ya nos ocuparemos— son un poco menos: bajaron de 8,9% a 6,67%.

Los divorciados sí crecieron de 1985 a hoy: pasaron de 4,9% a 13,1%. El índice de disoluciones matrimoniales aumentó, como es notorio, pero a diferencia de lo que se podría creer, pocos años después se estabilizó en relación a los matrimonios. Los datos del Registro Civil muestran que la proporción permanece casi incambiada a partir de los 90, habiendo 2,94 matrimonios por cada divorcio en 1990, y 2,96 en 2018. Es decir: los matrimonios bajaron a la mitad en ese período, pero los divorcios también.

Otra transformación se procesó más acá en el tiempo: en 2013 se aprobó por ley el matrimonio igualitario. No hay cifras que distingan las uniones homosexuales de las heterosexuales, pero según el informe Demografía de las parejas del mismo sexo, elaborado en diciembre de 2018 por investigadores la Facultad de Ciencias Sociales de la Udelar, el 0,7% de las parejas uruguayas son gays. El 62% de estas parejas son hombres, el 38% son mujeres, y tres de cada cuatro conviven, principalmente en Montevideo.

Por otro lado, la tasa de fecundidad ha registrado un descenso sostenido hasta ubicarse, en 2018, en 1,6 hijos por mujer en edad reproductiva. Desde 2004 Uruguay está por debajo de la tasa de reemplazo, que es 2,1, y la baja se acentuó en los últimos años como consecuencia de la de caída del embarazo adolescente. Parte de la explicación radica en un mejor acceso a métodos anticonceptivos. Pese a lo que podría creerse, el Censo 2011 muestra que el nivel socioeconómico apenas incide en este indicador: las mujeres pobres tienen 2,3 hijos en promedio.

De la mano de las profundas transformaciones conyugales y de la baja en la tasa de fecundidad, menos personas comparten techo en Uruguay, lo cual además de ser una revolución familiar, conlleva un impacto económico. Los hogares pasaron de tener 3,4 individuos a 2,8 en promedio. Y cada vez son más los niños que viven en hogares monoparentales o reconstituidos.

Cada vez más solos: crecen los hogares unipersonales

De la mano de la caída en los matrimonios —sustituidos en parte por uniones libres—, del crecimiento de los divorciados o separados, y el aumento de la expectativa de vida desde 1985 hasta hoy, se produjo un cambio significativo en las viviendas: aquel año, el 15% de los hogares uruguayos eran unipersonales; esa cifra creció más del 50% en el último censo, ubicándose en 23,4% y constituyendo casi un cuarto del total de los hogares en 2011. A su vez, las parejas sin hijos aumentaron, aunque no sustancialmente (de 14,6% a 16,8%) y las parejas con hijos bajaron (de 35,1% a 31,4%). Esto se inscribe en una tendencia mundial:la gente no solo se casa menos, sino que lo hace más tarde; y no solo tiene menos hijos, sino que los tiene más tarde. Por otra parte, las viviendas de padre o madre solos con hijo/s aumentaron de 8,5% a 11,1%. Y en contrapartida, los hogares extendidos (con parientes más allá del núcleo básico) y compuestos (con personas no parientes) descendieron. Los extendidos pasaron de ser 20,5% en 1985 a 14,9% en 2011;los compuestos bajaron de 6,3% a 2,5%.

La mortalidad infantil ha bajado en las últimas tres décadas en forma sostenida y significativa. En 1985 era mucho más común sufrir la pérdida de un hijo: morían casi 30 menores de un año por cada 1.000 que nacían vivos. En 2018 la tasa alcanzó su mínimo histórico: 6,6.

Y en este mismo período, otra mejoría gradual con efectos en la economía local y el sistema de seguridad social, es que la muerte les llega a los uruguayos, en promedio, cinco años más tarde.

Estas transformaciones son, como dicen los economistas, un conjunto de “hechos estilizados” que trascienden fronteras. La revolución es tan poderosa que, cada vez más, la academia busca entenderla y dimensionarla.

Del dolor como norma a la atención personalizada

Cuando Alfredo Abelleira (63) empezaba su carrera como cirujano, la vesícula se extraía por una incisión transversa de 15 a 20 centímetros de largo. Se cortaban todos los músculos de la pared abdominal y el paciente quedaba cinco días internado. Hoy opera con cirugía laparoscópica. Se hace un orificio en el ombligo por donde entra una cámara, otro orificio debajo del esternón y dos orificios laterales. Así es como Abelleira extirpa una vesícula con las herramientas actuales, sin incisiones y sin dañar los músculos. Los pacientes salen de la internación entre las 24 y 48 horas posteriores.

El cambio tecnológico en la medicina uruguaya en los últimos 35 años es evidente. Hoy hay historias clínicas digitales, la ecografía y las radiografías han avanzado, se usan instrumentos electrónicos y los laboratorios se han modernizado. Además, la medicina en Uruguay se ha transformado también desde el punto de vista de la humanización.

Rosario Piña (62) es paciente de salud pública. Tuvo cuatro embarazos, el primero en 1978 con 20 años y el último en 1996, cuando tenía 39. Según Piña, recibió mejor atención y asesoramiento en su último parto que en el primero. “Antes se hacía lo que se podía. Con el primer embarazo me hicieron ver las estrellas. Ese trato ha ido cambiando y rara vez te enterás de un caso de esos”, dice.

Casos como los de Piña son consecuencia de una evolución de la atención neonatal que, además de incluir la atención a la embarazada, logró una mejora en la mortalidad infantil y neonatal. “Hemos llegado a récords históricos”, comenta Mónica Pujadas, epidemióloga e infectóloga pediatra. Las mejoras están asociadas a la vacunación y el manejo apropiado de las infecciones, dice. Hay otros componentes: avances técnicos en los procesos, la categorización del riesgo del embarazo, la profesionalización de la atención en general. Sin embargo, la tasa presenta altos niveles de inequidad territorial. “En algunas partes, Uruguay tiene una mortalidad infantil terrible que la podés asimilar a los lugares más pobres de América y, por otro lado, tenés acá en Montevideo una mortalidad infantil del mejor lugar de Europa”, indica Elvira Fernández (53), ginecóloga en el Hospital Pereira Rossell.

La pesquisa neonatal, una batería de exámenes que se les hace a los recién nacidos para identificar posibles enfermedades, es una de las técnicas de diagnóstico que logró disminuir la mortalidad infantil y la materna. Además, según Pujadas, hay otras técnicas que han aportado a la salud preventiva, como el carné de salud que exige el papanicolau.

Uruguay tiene hoy la tasa de mortalidad materna más baja de América Latina: 1,4 muertes cada 10.000. “En 2002 tuvimos un boom de muertes maternas por aborto en condiciones de riesgo”, dice Fernández. “Cuando comenzó el asesoramiento como técnica de disminución de riesgo, cayó abruptamente la mortalidad de las madres embarazadas y se mantuvo bajo desde la creación de la ley de salud sexual y reproductiva y la de interrupción voluntaria del embarazo”.

Por otro lado, los controles durante el embarazo han aumentado. Fernández recuerda que cuando comenzó la carrera “en el área de nacimientos, aproximadamente 25% de los embarazos que llegaban eran no controlados y el 50% eran mal controlados”. Hoy estima que los embarazos sin chequeos previos son menos del 10%.

Con respecto a enfermedades que han logrado controlarse y disminuirse en la población, Pujadas menciona la hepatitis A y la neumotóxica. Hay otras cuyos casos se han reducido por un cambio en el estilo de vida. Las políticas antitabaco de los últimos años lograron disminuir significativamente las patologías cardiovasculares y los cánceres asociados al tabaco. Para Pujadas, se debe seguir trabajando en otro tipo de enfermedades muy prevalentes: las de salud mental y los trastornos alimenticios.

Del casamiento en casa a los wedding planners

A los 22 años, Estela Echenique (64) conoció a Carlos. Siempre veraneaban en Piriápolis y lo veía en la playa. Cuando se mudó a Montevideo, se reencontraron. Carlos le contó que su hermana estudiaba odontología, como ella. De ahí sacaron tema y nadie sabe bien cómo, pero surgió el pedido de teléfono. Él la llamó y empezaron a salir. Dos años después, pusieron fecha. Al día de hoy, llevan 42 años de casados.

Estela se casó en la casa que creció, a 200 kilómetros de Montevideo, casi en Sarandí del Yí, Durazno. Para ella era importante contraer matrimonio allí. Sin embargo, a los novios se les hacía difícil organizar la boda, estudiar y viajar al interior para encargarse. Con ayuda de los suyos, lo lograron. Como era costumbre, lo económico se resolvía entre padres y suegros. Unos se encargaban de la confitería, y otros de las bebidas y la música.

La noche de la boda Estela se vistió, maquilló y peinó con sus primas en casa de sus tíos. Horas más tarde, en un altar ubicado bajo un árbol de acacia, se celebró la ceremonia religiosa y, aunque un poco apretadas, 200 personas festejaron con los recién casados.

Tras un día totalmente soleado, a eso de las tres de la madrugada empezó a caer una lluvia torrencial. Como carecían de electrificación rural, tuvieron que pedir generadores eléctricos a los vecinos. Nadie había previsto un plan B en caso de mal tiempo. “El sacerdote, al verme tan mal, me dijo: ‘Novia mojada, novia bienaventurada’, pero yo me quería morir. Por suerte todos colaboraron divino, nos metimos en unos galpones y bailamos toda la noche”, relata Estela.

El caso de Estela es uno más de tantos matrimonios que se festejaron en casa de la novia. Sin embargo, hoy en día muchas parejas prefieren dejar esa presión en manos de los que saben: un equipo de wedding planners. Doce años atrás, cuando Fabiana Hodara (43), la organizadora de fiestas y eventos de Hodara Planners, decidió dedicarse al negocio de las bodas, recién se estaba titulando la primera wedding planner uruguaya, Sandra Candales. Incluso ella debió viajar a Buenos Aires para estudiar porque en el país no existía ningún curso.

Hodara estima que hoy hay cinco empresas de wedding planners; sin embargo, también existen decoradores que además organizan el evento, o los mismos salones que ofrecen un servicio integral. Hodara lleva a cabo hasta 25 casamientos por año; cuando empezaron, tenían 10. Declara: “La gente me decía que estaba loca y que esto no era ‘yanquilandia’ ni Brasil ni China. Acá, con la madre, la suegra y las amigas, alcanzaba y sobraba. Pero me dije: si yo los hubiera contratado, ¡no debo de ser la única loca! Y al final, el tiempo me dio la razón”. El promedio de preparación oscila entre ocho y 10 meses. Y entre US$ 100 y US$ 200 por persona es el costo de las bodas en Montevideo; en Colonia o Punta del Este, los costos son más elevados.

Pero no siempre es a lo grande. María Eugenia (32) contrajo matrimonio en 2016, luego de haber convivido con Federico (33) por dos años. Ella explica que decidieron retrasar la boda porque no tenían mucho dinero, y como los dos eran muy independientes, pedir ayuda a sus padres no era una opción.
“Si era por mí, la verdad, pasábamos por el Registro Civil y nada más, pero él quería fiesta. Ahí empezamos a pensar cómo hacer coincidir mis ganas de casarme con sus ganas de celebrar y el presupuesto del que disponíamos. Aunque teníamos más de 100 personas solo contando a los primos, queríamos un casamiento íntimo”, cuenta María Eugenia.

El menú consistió en pizzas y chivitos. Los postres los hicieron algunas primas, que son reposteras, a modo de regalo, y de la decoración se encargaron otras primas, que se especializan en eso. Los novios demostraron que, aún en 2019, es posible disfrutar de una fiesta con amigos y familia sin tener que invertir tanto dinero.

De pedir permiso a militar contra la discriminación

Ruben se animó y creó un seudónimo: “Permiso”. Era la década del 80 y escribió a la publicación Los susurros de Galindo para conocer gente. Obtuvo 78 respuestas, eligió dos y concretó los encuentros. El primero fue fugaz, un apretón de manos, nunca se volvieron a ver. El segundo fue una promesa: “Permiso” se encontró con “Yo”, cuyo nombre real era Mario. Ruben tenía casi 30 años cuando conoció a Mario en el Mercado del Puerto. Hoy tiene 61 y, ese día, por primera vez, tuvo el “coraje” de ser libre.

Durante años Ruben se dedicó solo al trabajo: no quería pasar tiempo libre, dejar espacio a la vida personal ni vincularse con mujeres como “máscaras ante la sociedad”. Rompió “las cadenas” porque se enamoró. Estaba cansado de “ese doble discurso hipócrita de darle a la sociedad lo que quiere”. Primero se negó a sí mismo, estaba “esperando el milagro”. Luego se acercó a la religión porque quería sacarse el sentimiento de culpa, pero no encontró respuestas y decidió hacer terapia. Si la homosexualidad era una enfermedad, como decían, debía encontrarle cura. Pero lo único que logró fue enfrentarse a sí mismo.

Con los años encontró la fuerza para amar y para convertirse, junto con Mario, en la primera pareja homoparental de América en adoptar un niño. Llevaban cuatro años viviendo juntos cuando Camilo llegó a sus vidas por el sistema de adopción simple. Era un bebé; hoy tiene 22 años y está en la Armada. “Había mucha carga de prejuicios”, dice Ruben. Llevaron al niño a los mejores especialistas y jamás se dieron ni la más mínima demostración de cariño frente a él hasta que cumplió 16 años. Camilo es heterosexual.

Ruben y Mario se acostumbraron a ser distantes. La primera vez que mostraron su afecto fue en Nueva York hace 23 años, en una marcha de la diversidad. Se sintieron abrazados, acompañados: no estaban solos. Desde entonces la pareja ha dado conferencias en distintas partes del mundo para contar su experiencia. Reciben en su casa a quienes necesitan un consejo, un respaldo para dejar de pedir permiso.

Unos años después, Santiago decidió romper las reglas. Se bajó una app de citas y concretó un encuentro con un desconocido. Se sentía “como en una bolsa de sensaciones, emociones y colores”. Tenía nervios.

Cuando era chico nunca fue un problema que jugara con muñecas de su madre o labiales de su abuela. Jamás sintió que su familia le pusiera frenos. Sin embargo, en el colegio “los parámetros eran otros, al igual que las expectativas sociales». Recién en la adolescencia comenzó a preguntarse qué eran “esas cosas” que sentía. Leyó en internet, habló con varias personas, se apoyó en sus amigos del liceo. Se dio cuenta de que no estaba solo: “Más temprano o más tarde, todos alguna vez se replantean qué es lo que quieren, cómo se sienten sexualmente y si es real o es lo que les obligan a sentir”.

Un día, como cualquier joven, salió a divertirse. Era la madrugada de un sábado en un boliche de Cordón.

—Vos no podés ingresar.

—Pero. ¿por qué?— le preguntó Santiago al guardia del local.

—Por cómo estás vestido. No va con lo que queremos.

Esa noche Santiago llevaba un pantalón ajustado negro, botas haciendo juego y una chaqueta de charol con brillos. «Mucha luz para tanta oscuridad», pensó y se fue. Era la primera vez que le tocaba pasar por algo así. Le habían comentado que esas cosas sucedían, pero nunca se permitió sentirse juzgado ni tener miedo al qué dirán.

Las redes sociales jugaron un papel fundamental. Allí encontró el apoyo que le faltaba, sobre todo en Instagram, que la usa para difundir todo el conocimiento que adquirió por sí solo: “El hecho de tener más información te hace sentir empatía por quienes reciben maltrato o discriminación por su orientación sexual, y entender lo fuertes que son esas personas. Por eso tomé la posición de militar y estar al tanto de esta comunidad”.

Estos textos son de la autoría de: Federica Bordaberry, Stephen Milder, Tatiana Oviedo, María Ana González, Magdalena Cal, Lucía Alonso y Manuela Silva.